Mi mujer se quitó el bikini y la playa entera la miró
Por fin.
Después de varios veranos atados a las vacaciones familiares, este año Lucía y yo conseguimos escaparnos solos cinco días al mar. Ni niños, ni suegros, ni horarios. Y os prometo que esos cinco días no los vamos a olvidar nunca.
Llegamos al hotel pasado el mediodía, con ese cansancio raro del viaje que se mezcla con las ganas de empezar a vivir. Nos dieron una habitación en la última planta, con una terraza estrecha desde la que se veía el agua hasta donde alcanzaba la vista.
Dejamos las maletas tiradas sin deshacer. No teníamos paciencia para colgar nada. Lucía se metió en el baño a cambiarse mientras yo me ponía el bañador a toda prisa, como un crío.
—¿Qué tal voy? —preguntó al salir.
Llevaba su bikini negro de siempre, el favorito. No es nada provocador, pero a ella le hace sentir cómoda, segura. Le sujeta bien el pecho y le redondea las caderas, esas caderas que se le ensancharon después de ser madre y que a mí, lejos de molestarme, me vuelven loco.
—Estás tremenda —le dije, y no era un cumplido de compromiso. Se me estaba poniendo dura solo de mirarla.
Se echó por encima uno de esos vestidos de tirantes finos que sirven más bien de excusa para no andar en bikini por los pasillos, y bajamos a la playa con dos toallas bajo el brazo.
Era una de esas playas semiprivadas del hotel, con hamacas propias y un chiringuito montado a pie de arena. Con el todo incluido en la pulsera, nos instalamos cerca de la barra y empezamos la tarde como mandan las vacaciones.
Una cerveza. Otra cerveza. Un mojito. Y, entre trago y trago, nuestro juego de siempre.
—Mira el cuerpazo de la del bikini rojo —dijo Lucía señalando con la barbilla—. Parece modelo.
—A mí me gusta más esa de ahí, la que está con el peque en la orilla —contesté—. Y el marido tampoco está nada mal, fíjate qué paquete se le marca.
—¡Anda! —se rió—. Mira tú qué calladito te lo tenías. ¿Se la chuparías?
—Cállate, guarra —le contesté riéndome, aunque la pregunta me puso caliente.
Es un juego que jugamos desde novios. Ninguno de los dos es celoso de hablar así. Decir en voz alta que alguien está buenísimo no nos amenaza; al contrario, nos da morbo descubrir en quién se fija el otro. Es como abrir una puerta pequeña y mirar dentro sin entrar.
Llevábamos un buen rato tostándonos al sol cuando Lucía me sorprendió con una pregunta que no esperaba.
—¿Te importaría que hiciera topless?
Me pilló a contrapié. No porque fuera algo nuevo —de novia lo hacía siempre—, sino porque desde que nació nuestra hija no había vuelto a hacerlo. Yo se lo había propuesto mil veces y ella siempre encontraba una excusa. Inseguridad, decía. El cuerpo ya no es el de los veinte.
—Claro que no me importa —le dije—. Bastantes ataduras tenemos todo el año. Aquí venimos a soltarnos.
Me sonrió. En menos de un segundo se había desatado la parte de arriba del bikini y la había dejado caer sobre la toalla.
Llevo doce años con esta mujer y todavía me cuesta apartar los ojos de sus tetas. Cuando la conocí las tenía pequeñas y respingonas; el embarazo y la lactancia se las cambiaron, se las volvieron más grandes y más blandas, con esas aureolas anchas y oscuras que se le pusieron con la leche y que no se le fueron del todo. Puedo jurar, sin miedo a equivocarme, que ahora me gustan mucho más. Se le abrían al sol como dos frutas maduras, con los pezones ya empezando a marcarse.
—¡Olé, mami! —dije, lo primero que se me pasó por la cabeza.
—Tonto —contestó, riéndose, y se ahuecó el pelo con las dos manos.
Ese gesto, tan simple, el de levantar los brazos sin ninguna prisa sabiéndose mirada, con las tetas subiéndosele en el aire, me puso la piel de gallina y la polla empezó a hincharse dentro del bañador.
Hasta ese momento no había caído en un detalle: en aquella playa pequeña, con tan poca gente, ninguna otra mujer estaba en topless. No sé si ella lo había notado, o si fue precisamente eso lo que la animó. La cuestión es que se sentía única. Y se le notaba.
No habían pasado ni cinco minutos cuando se levantó decidida, se ajustó la braguita del bikini metiéndose la tela por la raja del culo para enseñar más muslo y más nalga, y caminó hacia el agua sin decirme nada.
Yo me quedé en la toalla, con el mojito a medio terminar, mirándola alejarse con el culo al aire y la polla ya medio dura debajo de la toalla.
***
No tardó mucho en aparecer un grupo de tres chicos. No sé de dónde salieron; un momento la playa estaba tranquila y al siguiente estaban allí, lanzándose un balón a pocos metros de Lucía, dentro del agua.
Eran hombres jóvenes, treintañeros, con esa energía de quien está de vacaciones y no tiene nada que perder. A ratos se les «escapaba» el balón cerca de ella. A ratos la salpicaban «sin querer». El truco más viejo del mundo, y aun así funciona siempre.
Vi cómo Lucía, al principio, intentaba no asomar demasiado el cuerpo fuera del agua. Se cruzaba de brazos tapándose las tetas, se hundía hasta los hombros. La timidez de los primeros minutos.
Pero los tres la fueron rodeando poco a poco, con esa coreografía amable de quien sabe acercarse sin asustar. Uno de ellos le lanzó el balón por alto, casi como un reto. Y mi mujer, en lugar de apartarse, saltó a por él.
Os podéis imaginar la escena: ella saliendo del agua de un brinco, las tetas mojadas botando al sol, los pezones tiesos, brillando. La cara de los tres fue un poema. Uno de ellos se giró de perfil para disimular la erección que se le marcaba en el bañador. Y la de Lucía también fue un poema, porque en ese instante sintió vergüenza, se volvió a sumergir hasta el cuello de golpe y me buscó con la mirada.
Y aquí, si soy sincero, pasó algo que todavía me cuesta explicar.
Clavó los ojos en mí desde el agua. La vi sonreír. Creo que hasta se mordió el labio. No era una mirada de «sácame de aquí». Era una pregunta. ¿Te molesta? ¿O te gusta?
Mi única respuesta fue levantarle el pulgar desde la toalla, con la otra mano acomodándome disimuladamente la polla dentro del bañador.
Fue como darle permiso a algo que ninguno de los dos había puesto nunca en palabras.
La vi ponerse de pie despacio. El agua le llegaba apenas a los muslos. Se acomodó la braguita a modo de tanga, metiéndose la tela entre las nalgas sin disimulo, dejando el culo entero a la vista, sabiendo perfectamente que yo la miraba y que ellos también, y se metió a jugar con las tetas al aire.
—¡Muy bien, cariño! —grité desde la arena.
No sé por qué lo dije. Me salió de dentro, instintivo. Estaba disfrutando de aquello más de lo que jamás habría imaginado. La tenía tan dura que me dolía.
***
Los siguientes quince minutos fueron los más largos y los más cortos de mi vida, las dos cosas a la vez.
El juego subió de tono solo, sin que nadie lo propusiera. Empezaron a tirarle el balón al cuerpo, a lanzarse sobre ella para quitárselo, a hacerle ahogadillas. La levantaban de la cintura y la dejaban caer entre risas. Y, en medio de todo aquello, había roces. Un antebrazo contra las tetas. Una mano en la cadera que tardaba medio segundo de más en soltarse. Un muslo restregándose contra su culo por debajo del agua.
Vi con mis propios ojos cómo uno de ellos, el más moreno, la agarraba de la cintura para hacerle una ahogadilla y le dejaba la mano descaradamente cerrada sobre una teta durante un par de segundos, palpándosela, apretándosela. Lucía se dejó. No apartó el brazo, no se giró. Otro, aprovechando el forcejeo por el balón, se le pegó por detrás y le restregó la polla dura contra el culo. Lo vi perfectamente desde la toalla: el bulto marcado en el bañador, empujando entre las nalgas de mi mujer, un segundo, dos, tres. Ella tardó en apartarse. Cuando lo hizo, me buscó otra vez con los ojos y se pasó la lengua por el labio de arriba.
Todo «fortuito». Todo dentro de los límites de un juego de playa. Pero yo lo veía. Y, sobre todo, veía que ella me miraba a mí cada poco tiempo, comprobando mi reacción, midiendo hasta dónde podía llegar.
Y debo admitirlo sin vergüenza: la situación me encendía. Ver a mi mujer dejándose sobar las tetas y frotar el culo por tres desconocidos en el agua me ponía a cien. Se me marcaba la polla contra el bañador de una manera que no podía disimular, y me daba igual. Pero lo que de verdad me hervía la sangre era verla disfrutar, verla soltarse, verla recuperar de golpe a aquella zorrita de veintidós años que se desnudaba sin pensar.
Si yo estaba cachondo en la toalla, ella lo estaría el doble en el agua. Lo sabía por cómo se movía, por cómo separaba las piernas un poco de más cada vez que uno se le acercaba, por cómo empujaba el culo hacia atrás en lugar de apartarlo.
Estuve tentado de meterme. De cruzar la arena, entrar en el agua y reclamar lo que era mío delante de ellos. Pero no lo hice. Entendí, sin que nadie me lo explicara, que mi sitio aquella tarde era ese: la toalla, la distancia, la mirada. Que mi placer estaba justo en no tocar. Y que después, cuando la tuviera desnuda en la habitación, todo aquello iba a volver conmigo.
La escena terminó cuando ella decidió que ya estaba bien. Salió del agua corriendo hacia mí, con las tetas botando y los pezones de punta del frío y de todo lo demás, y se dejó caer sobre mi cuerpo sin medir el golpe.
Nos besamos. Un beso largo, hambriento, con lengua y sabor a sal. Le metí la mano por debajo, buscándole el coño por encima de la tela mojada, y noté al instante que la braguita no solo estaba empapada de agua de mar: estaba caliente, hinchada, resbalosa por dentro. Chorreaba. Le froté por encima con dos dedos y ella soltó un gemido bajito contra mi boca. No nos dijimos nada. No hacía falta. Los dos sabíamos exactamente lo que acababa de pasar entre nosotros, en silencio, a la vista de todo el mundo.
—Ya está bien por hoy —me susurró al oído, con la voz ronca—. Vamos a la habitación. Fóllame ya, por favor.
***
Subimos en el ascensor pegados como dos adolescentes. Ella todavía sin la parte de arriba del bikini, solo cubierta a medias con la toalla, y yo incapaz de quitarle las manos de la cintura ni la boca del cuello. Le metí la mano por dentro de la braguita en cuanto se cerraron las puertas y le hundí el dedo corazón hasta el nudillo. Estaba hirviendo, empapada, abierta.
—Estás chorreando, guarra —le susurré al oído.
—Toda tuya —contestó, y me mordió el labio inferior.
En cuanto la puerta de la habitación se cerró, la toalla cayó al suelo.
—¿Te ha gustado? —me preguntó, empujándome contra la pared—. Dímelo. ¿Te ha gustado verme así?
—Me ha vuelto loco —admití—. No sabía que necesitaba verlo hasta que lo he visto.
—¿Has visto cómo me tocaba el moreno? —siguió, mientras me bajaba el bañador de un tirón y me sacaba la polla, tiesa como una piedra—. ¿Has visto cómo me apretaba la teta? ¿Y el otro, cómo me metía la polla por el culo por debajo del agua?
—Lo he visto todo —jadeé.
—Estaban durísimos por mí —murmuró, cogiéndomela con la mano y meneándomela despacio, mirándose el puño lleno de mi polla—. Los tres. Como tú ahora.
Se arrodilló sin dejar de mirarme. Me la agarró por la base, se la acercó a los labios y me pasó la lengua entera desde los huevos hasta la punta, lamiéndome como si fuera un helado. Después se la metió en la boca hasta el fondo, tanto que se atragantó, y empezó a mamármela con una rabia que yo llevaba meses sin verle. Me clavaba las uñas en el culo para hundirme más contra su cara. Se le caía la baba por la barbilla, se me pegaba a los huevos, y ella no paraba, chupando, tragando, sacándomela para lamerme los cojones uno por uno y volviéndomela a meter hasta la garganta.
—Me imaginaba a los tres —masculló con la polla en la boca, dejándomela caer un segundo sobre la lengua para hablar—. Uno aquí, mamándomela como te la mamo yo. Otro cogiéndome por atrás. Y tú mirando. Como en la playa.
—Puta —le dije, agarrándole el pelo—. Puta mía.
—Tu puta —contestó, y volvió a tragársela.
La levanté del pelo antes de correrme en su boca. La tiré sobre la cama boca arriba, le arranqué la braguita del bikini de un tirón y le abrí las piernas de par en par. El coño lo tenía brillante, hinchado, con los labios abiertos y un hilo de flujo bajándole hasta el ojete. Me tiré de cabeza. Le hundí la lengua entera dentro, la subí hasta el clítoris y se la chupé como si me fuera la vida en ello. Sabía a sal, a mar, a coño caliente. Ella me apretaba la cabeza contra su chocho con las dos manos, levantándome las caderas contra la cara, mientras se retorcía en el colchón.
—Sí, así, cómemelo entero —jadeaba—. Cómete el coño de tu mujer, que se lo han estado mirando tres tíos toda la tarde. Cómemelo.
Le metí dos dedos mientras le seguía chupando el clítoris y se corrió en menos de un minuto, arqueando la espalda del colchón, apretándome los muslos contra las orejas, gimiendo tan fuerte que estoy seguro de que se oyó en el pasillo. Se me quedó chorreando en la mano, temblando entera.
No le di tregua. Me subí encima, le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se las abrí bien abiertas, con las tetas bailándole en el pecho, y le metí la polla de una sola embestida hasta el fondo. Los dos gemimos a la vez. La tenía tan mojada que se me hundía sola.
—Fóllame —jadeó—. Fóllame como si fueras uno de ellos.
Empecé a follármela duro, sin cuidado, dándole golpes secos con las caderas que le hacían botar las tetas y le sacaban un gemido cada vez. La cama chirriaba. El cabecero golpeaba la pared. Ella me clavaba los talones en el culo empujándome más adentro.
—Cuéntame —le pedí, sin parar de metérsela—. Cuéntame qué querías que te hicieran.
—Quería que me la sacaran —soltó entre embestidas, con los ojos entrecerrados—. Debajo del agua. Que me bajaran la braguita y me la metieran ahí mismo, delante de ti. Uno por delante y otro por detrás. Y que tú lo vieras todo desde la toalla, cachondo, sin poder hacer nada.
—Guarra —le dije, embistiéndola más fuerte—. Guarra mía.
La saqué, la puse a cuatro patas y le clavé la polla otra vez desde atrás. Le agarré una nalga con cada mano, abriéndoselas, viendo cómo el ojete se le fruncía cada vez que empujaba. Le di una palmada en el culo que le dejó la marca roja. Y otra. Y otra. Ella empujaba contra mí, meneándome el culo en la cara.
—Dame más —gemía contra la almohada—. Más fuerte. Más.
Le agarré el pelo y le tiré de la cabeza hacia atrás mientras se la metía hasta las pelotas. Le veía la espalda arqueada, las tetas colgando de lado a lado, el sudor bajándole por la columna. Cuando noté que se le venía otro orgasmo la solté del pelo, la agarré de las caderas y aceleré. Se corrió apretándome la polla dentro con esos espasmos de coño que te chupan hacia adentro, y yo ya no aguanté más.
—Me corro —gruñí.
—Adentro —jadeó—. Córrete adentro. Lléname, cariño. Lléname bien.
Descargué dentro de ella con tres, cuatro, cinco embestidas largas, vaciándomele en el coño mientras la sujetaba de las caderas. Sentí cada latigazo de mi corrida saliéndome, empujada por meses de rutina y por una tarde entera de cachondeo acumulado en la toalla. Ella se dejó caer sobre el colchón boca abajo con mi polla todavía dentro y yo me desplomé encima, sin salirme, sintiendo cómo se me iba ablandando por dentro de ella, cómo se me escurría la corrida hacia afuera bordeándole el coño hasta el ojete.
Nos quedamos así un rato largo, respirando. Le besaba la nuca, los hombros, la oreja. Cuando por fin me salí, se le escurrió por el muslo un hilo grueso de semen mezclado con su flujo. Ella se pasó dos dedos, lo recogió y se los chupó mirándome.
Terminamos abrazados, sudados, riéndonos como tontos de lo que acababa de ocurrir.
—Quedan cuatro días —dijo ella, con la cabeza apoyada en mi pecho y un brillo nuevo en la mirada.
—Cuatro días —repetí.
Y los dos supimos, sin necesidad de decirlo, que ninguno de esos días iba a parecerse a lo que habíamos sido hasta entonces.





