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Relatos Ardientes

La noche que mi profesora se entregó del todo

El viaje hacia el chalet de Bárbara empezó tranquilo. Yo iba de copiloto al lado de Carolina, mi profesora de Literatura Comparada y, desde hacía dos meses, la mujer que me robaba el sueño. Su pelo cobrizo le caía sobre el hombro mientras conducía con una mano, y cada vez que pasaba un coche en sentido contrario las luces le iluminaban el perfil y a mí se me olvidaba respirar.

Detrás iba Katia, su mejor amiga, rusa de Kazán y enfermera en Córdoba. Era la única, además de nosotros, que sabía lo nuestro: nos había pillado dándonos placer en la ducha hacía dos semanas, y desde entonces fingía no acordarse cuando le convenía y nos lo recordaba a la mínima.

—¿Cuántos cumple tu amiga? —preguntó Katia para romper el silencio.

—Veintidós —contesté—. Es la mayor del grupito.

—Pintamos poco ahí, Adrián. Treinta y seis y treinta y tres rodeadas de chavales de veinte. Vaya planes que nos buscas.

—Calla, Katia, que cuando salíamos por el centro tampoco encontrábamos hombres de nuestra edad —intervino Carolina—. Y los pocos que había eran insufribles.

—Por cierto —siguió Katia—, no le he contado a Adrián lo del almeriense.

—No, por favor, esa historia muere conmigo —dijo Carolina apretando el volante.

—Va, suéltala —insistí girándome para verla mejor.

Katia se rió y me contó una noche de copas en la que un tipo demasiado guapo se las había llevado a su casa. Cuando llegaron al dormitorio y el chico se bajó los pantalones, descubrió que tenía una polla diminuta y que, peor aún, lo único que quería era que se la metieran a él. Katia, después del fiasco, le había aceptado cincuenta euros por ponerse un arnés y follárselo entera.

—Y desde entonces, cada vez que me acuerdo, me pongo —remató ella sin disimulo.

—Eres una guarra —protestó Carolina—. Pero en mi coche te estás quieta.

—Las manos quietecitas, prometido —contestó Katia guiñándome un ojo.

***

No fue verdad. A los pocos minutos noté el roce del cinturón aflojándose detrás y, sin atreverme a girarme, supe que se estaba desabrochando el pantalón. Por el rabillo del ojo la vi recostarse, abrir las piernas y meter la mano bajo el tanga negro. Me miraba a mí, no al techo del coche. Quería que yo la viera.

La mano de Carolina, que llevaba un rato sobre mi rodilla por costumbre, empezó a subir. Su atención estaba en la carretera; la mía, partida entre la nuca de Katia y los dedos de Carolina, que avanzaban hacia mi entrepierna sin saber qué pasaba a sus espaldas.

—¿Estás bien, cielo? —me preguntó al notarme tenso.

—Estaba pensando en lo guapa que estás conduciendo —mentí.

Carolina sonrió y, con la música ya alta, bajó la mano hasta mi bragueta. Yo apreté los puños sobre los muslos. Detrás, Katia se mordía el labio y se metía dos dedos hasta el fondo, sin apartar los ojos de mí. Carolina, ajena, me sacó la polla del calzoncillo y empezó a masturbarme con esa lentitud profesoral suya, marcándome el ritmo.

Mi mano cruzó el coche y se hundió bajo su pantalón. Bajo el tanga la encontré empapada. Cuando metí un dedo, ella soltó un gemido que se confundió con la batería de la canción. Detrás, Katia hacía lo mismo, sola, con la respiración cada vez más entrecortada y los ojos clavados en mi cara.

Los tres nos corrimos casi a la vez, entre el bombo de un tema que ya no recuerdo y el motor del coche. Katia se subió los pantalones a duras penas. Yo me limpié con un pañuelo. Carolina, sin perder la sonrisa, miró por el retrovisor y dijo: «Mira a la bella durmiente, qué descansadita va».

***

Aparcamos delante de un chalet absurdamente grande, con luces que daban al jardín entero. Bárbara salió corriendo a recibirnos en bikini marrón, descalza, todavía con el pelo mojado de la piscina. Era guapísima, con esa belleza casi accidental de la gente que no se la trabaja. Me abrazó con fuerza, presentó a las chicas como mis amigas de la facultad y nos llevó dentro.

—No nos hemos traído bañador —avisó Katia.

—Tengo de sobra —contestó Bárbara—. Aunque a ti te van a quedar pequeños arriba.

Katia se rió, encantada. Carolina, mientras Bárbara nos guiaba por un pasillo eterno, me apretó la cintura.

—Una cosa, Adrián. Que no se le escape a nadie que soy tu profesora. Si esto llega al claustro, lo nuestro se acaba antes de empezar.

—Tranquila. Y Katia ya sabe el cuento.

—Nos presentó ella, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Le di un beso corto y entramos al jardín. En las tumbonas estaban mis amigos Marcos e Iván; dentro de la piscina, asomadas al bordillo, dos chicas que Bárbara me presentó como Daniela y Paula. Ambiente de cubatas, música baja, atardecer de mayo. Demasiado bonito para lo que vendría después.

***

Las chicas tardaron diez minutos en aparecer con los bikinis prestados. Cuando Carolina cruzó el patio con el bañador rosa de Bárbara, mal abrochado y dejándole medio culo al aire, hubo un silencio incómodo de varios segundos. Pelo rojo, piel blanca, una cicatriz minúscula donde antes hubo un piercing. Llevaba meses imaginándomela así y la realidad le sacaba ventaja.

—Como alguien aquí abra la boca, lo tiro al fondo con un bloque atado a los pies —avisé.

—Tranquilo, hermano —contestó Marcos sin apartar los ojos.

Marcos intentó algo con Katia en cuanto se acercó: una mano en la cara, un piropo. Katia le devolvió una bofetada limpia y le explicó en ruso lo que significaba «hasta nunca». Iván, que hasta entonces no había abierto la boca, soltó una carcajada nerviosa y se fue a por otra copa.

El alcohol empezó a hacer su trabajo. La conversación se relajó, el agua se templó porque Bárbara fue a encender la calefacción de la piscina, e Iván se ofreció a acompañarla a la caseta del fondo del jardín. No me gustó cómo la miraba, pero tampoco le di importancia. Error mío.

***

Lo de la caseta fue rápido y feo. Bárbara salió corriendo, con la cara descompuesta, y se metió en la casa sin decir nada. Daniela la siguió. A los pocos minutos apareció Iván, agarrándose la entrepierna, y se largó al coche sin despedirse.

—El hijo de puta le ha metido mano —nos contó Daniela cuando volvió—. Le ha pegado una patada en los huevos y se ha podido soltar.

Bárbara volvió un rato después, ya con un cubata en la mano y los ojos rojos pero secos. No quiso denuncias ni dramas. «Es mi cumpleaños y me lo voy a pasar bien», dijo. Subió el volumen y se metió al agua. Nadie discutió, aunque a mí me costó un buen rato volver a soltar los puños.

***

El resto pasó como cuando alguien decide tapar una herida con purpurina. Daniela se quitó el bikini de arriba, retó a Katia a hacer lo mismo, y Katia, que de tímida tiene poco, le devolvió la apuesta con las suyas al aire. Bárbara hizo lo propio entre carcajadas. Solo Carolina y Paula resistieron unos minutos más, y no muchos.

Yo estaba al borde de la piscina con Carolina pegada a la espalda. Su mano había encontrado el camino bajo mi calzoncillo y me masturbaba debajo del agua con una calma que no encajaba con lo que pasaba alrededor. Marcos se besaba con Bárbara mientras Paula le frotaba las tetas por detrás. Daniela y Katia se devoraban contra el bordillo, con las manos perdidas en el agua y los ojos cerrados.

—Quiero follarte, Adrián —me susurró Carolina al oído—. Aquí mismo.

—Aquí no. La primera vez no. Quiero una cama.

—Que sea ya, entonces.

Salimos del agua chorreando. Bárbara, generosa hasta en eso, interrumpió lo suyo el tiempo justo para indicarnos una habitación al final del pasillo. Marcos arrastraba a las otras dos a la suya. La casa entera, en cinco minutos, se había convertido en otra cosa.

***

La habitación que nos dejó Bárbara estaba pensada para silenciar lo que pasara dentro: cortinas pesadas, alfombra gruesa, una lámpara de luz cálida que apenas iluminaba la cama. Cerré la puerta y el resto del mundo dejó de existir.

Carolina se arrodilló sin decir palabra. Me bajó los calzoncillos con los dientes, me cogió la polla con las dos manos y empezó a chupármela despacio, sin teatro, mirándome desde abajo como si quisiera grabarse mi cara. Cuando creyó que estaba a punto, paró, me empujó hacia atrás y me obligó a sentarme en el borde de la cama.

—Me toca a mí.

Le quité el tanga y le abrí las piernas. Estaba depilada salvo por una mata de pelo rojo recortada en la parte de arriba que me volvía loco. Le pasé la lengua por encima del clítoris, primero rodeándolo, luego marcando el ritmo que ella misma me pedía con la mano en mi nuca. Cuando le metí un dedo, se le doblaron las piernas. Cuando le metí dos, se corrió con un grito tan limpio que se debió oír desde la piscina.

—Hazme el amor, por favor —dijo entre jadeos—. Quiero sentirte dentro.

Nos tumbamos en la cama. Ella se puso encima, se frotó mi glande contra los labios un par de veces y, sin más preámbulos, se hundió hasta el fondo. Nos quedamos quietos varios segundos, mirándonos, sintiendo cómo su cuerpo se acomodaba al mío. Después empezó a moverse despacio, con las palmas apoyadas en mi pecho, marcando ella los tiempos.

Desde la habitación de al lado llegaban los gemidos de Marcos y las dos chicas, mezclados, indistinguibles. Carolina aceleró y empezó a saltar sobre mí con fuerza, agarrándose a mis hombros, mordiéndome el cuello, soltando palabras en una voz que yo nunca le había oído en clase. Le clavé las manos en el culo, le marqué el ritmo, sentí cómo se contraía a mi alrededor justo cuando yo no podía aguantar más. Nos corrimos a la vez, ella con un grito y yo con la cara hundida entre sus pechos.

Se dejó caer encima, exhausta, todavía empalada.

—Qué polvazo, Adrián —dijo riéndose contra mi pecho—. Te quiero, idiota.

Era la primera vez que me lo decía. Pensé que tenía toda la vida por delante para escucharlo otras mil veces.

***

No la tuve. Los años que vinieron después no son materia para este relato. Basta con decir que fui imbécil, que la perdí por orgullo y por miedo, y que durante mucho tiempo creí que no había vuelta atrás. Una madrugada me asomé al puente romano con muy malas intenciones, y un bombero me agarró por la espalda en el último segundo. Le debo lo que soy.

Después vino la terapia, los años de reconstruirme y, al final, esto: escribir lo que viví con mi profesora de la universidad y con la chica del tren, para que no se me olvide, y para que tú, que me lees, no cometas mis errores. Si tienes algo bueno entre las manos, agárralo con las dos. No siempre hay segundas oportunidades.

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Comentarios (6)

ElTurbio77

que situacion jajaj, impecable el relato. mas por favor

Lautaro_CR

Tremendo final, no me lo esperaba para nada. Tenes mas de este estilo?

NatySV

Como describis la tension se siente la adrenalina en cada parrafo. Sigue escribiendo!

FerCiudad22

jajaja me mato completamente, no me esperaba ese giro. increible

SergioBsAs

Me trajo el recuerdo de algo parecido que me paso hace años. Ese tipo de momentos no se olvidan nunca

ClaudioMzq

Es real o ficcion? porque se siente muy autentico todo, tiene mucho detalle

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