Mi novio no sabía que su sobrino nos miraba
Andrés y yo llevábamos casi dos semanas de vacaciones cuando su hermana Carolina nos pidió el favor. Ella y su marido se iban a Cantabria con los niños, y alguien tenía que regar las plantas y vigilar que la piscina no se llenara de hojas. Nos ofreció el chalet en la sierra a cambio. Acepté antes de que terminara la frase.
Era una casa absurdamente grande para dos personas, con jardín, piscina, una cocina abierta al porche y un dormitorio principal que parecía sacado de una revista. Llegamos el viernes por la tarde, descargamos las bolsas y antes de deshacer la maleta ya estábamos en el agua.
Esos primeros días fueron una fiesta privada. Comíamos cuando teníamos hambre, dormíamos hasta tarde, encendíamos la barbacoa con cualquier excusa. Y, lo más importante, nos acostumbramos a estar desnudos. Al principio fue casualidad —una toalla que se cayó, un baño nocturno sin traje—, pero al segundo día ya ni nos molestábamos en vestirnos hasta la hora de comer. Nadie podía vernos. El chalet estaba en lo alto de una urbanización vacía en agosto, rodeado de pinos. Solo se oían las cigarras.
El domingo por la mañana, Carolina nos avisó por mensaje. «Llega Bruno esta tarde, ¿os importa? Sale mañana temprano para Tarifa con sus amigos.» Bruno era su sobrino, el hijo del hermano mayor de Andrés. Tenía veintidós años, estudiaba arquitectura y a mí me había caído bien las pocas veces que coincidimos en cumpleaños familiares. Era tímido, hablaba poco y se reía con los ojos antes que con la boca.
—Llega sobre las nueve —dijo Andrés mirando el móvil—. ¿Te importa?
—No, qué va. ¿Dónde lo metemos?
—En la habitación del fondo. La del baño chiquito.
Cuando Bruno apareció, ya con el sol bajo, traía una mochila pequeña y una bolsa con un par de cervezas para compartir. Llevaba el pelo más largo de lo que recordaba, despeinado por el viaje, y una camiseta blanca que se le pegaba a los hombros por el calor. Me dio dos besos un poco torpes y no terminó de mirarme a los ojos durante la cena.
Comimos pizza congelada y nos bebimos las cervezas en el porche. Andrés y Bruno hablaron de coches, de la beca de Erasmus que Bruno había pedido para Lisboa, de un primo que se casaba en otoño. Yo escuchaba más que hablaba. Cada tanto pillaba a Bruno mirándome de reojo, pero apartaba la vista enseguida, fingiendo interés por una polilla o por el fondo del vaso.
A las once, Bruno bostezó y se levantó.
—Voy a tirarme, que mañana salgo a las seis.
—Buenas noches, guapo —le dije, y me arrepentí del «guapo» en cuanto salió de mi boca. No fue intencionado. O quizá sí.
***
Andrés y yo recogimos los platos despacio. Él me pasó una mano por la cadera mientras yo enjuagaba un vaso, y supe perfectamente cómo iba a terminar la noche.
—El jacuzzi —murmuró contra mi cuello.
El dormitorio principal tenía un baño que daba envidia. Bañera grande, columna de hidromasaje, una pared casi entera de cristal que daba a la terraza superior. Esa terraza comunicaba todas las habitaciones de la planta de arriba, pero a esas horas las otras puertas estaban cerradas. La de Bruno, al final del pasillo, llevaba un rato apagada.
Llenamos la bañera, echamos sales y encendimos el motor del hidromasaje. El sonido era constante, un ronroneo grave que tapaba cualquier otro ruido. Andrés ya estaba dentro cuando yo me solté el pelo y dejé caer el albornoz. Me metí frente a él, de espaldas, y él me rodeó la cintura con los dos brazos.
—¿Crees que se ha dormido? —pregunté en voz baja.
—Fijo. Lleva horas conduciendo.
Empezó suave. Su boca en mi cuello, sus manos subiéndome por las costillas hasta encontrarme los pechos. Me los sostuvo, jugó con los pezones entre los dedos, y yo arqueé la espalda contra él hasta sentir cuánto me deseaba. Llevé una mano hacia atrás, debajo del agua, y lo busqué. Lo tenía duro. Lo apreté despacio, midiendo cada centímetro como si fuera la primera vez.
Andrés respondió bajando una mano por mi vientre. Pasó los dedos entre mis muslos, separó los labios con el índice y el corazón, y empezó a buscar despacio el punto que ya estaba esperándolo. Cuando lo encontró, dibujó círculos pequeños, sin prisa, y me metió un dedo. Después dos. Yo dejé caer la cabeza sobre su hombro y solté un gemido que se me escapó más alto de lo que quería.
—Shhh.
—Perdón.
Me giré dentro del agua. Lo miré a los ojos un segundo y me incorporé sobre él. Me apoyé con las rodillas en los bordes interiores de la bañera y descendí despacio, sintiendo cómo entraba, cómo me llenaba centímetro a centímetro hasta tocar fondo. Me quedé quieta unos segundos, los dos respirando contra la boca del otro.
Desde esa posición, sobre él, yo miraba directamente hacia la puerta del baño. Estaba abierta de par en par. Daba a la terraza superior, y más allá se veía el cielo limpio, sin luna, con esa cantidad de estrellas que solo se ven cuando estás lejos de la ciudad. Empecé a moverme. Despacio al principio, marcando el ritmo con las caderas. Sentirlo dentro mientras miraba ese cielo era una cosa rara, como si estuviera follando en el centro de una catedral abierta.
Y entonces lo vi.
Una sombra a la izquierda del marco de la puerta. Quieta, pegada a la pared exterior de la terraza. Tardé dos segundos en entender qué era, y otros dos en distinguir la silueta de Bruno agachado, con las rodillas dobladas y la espalda contra el muro.
No me detuve. No sé por qué. Algo en la cabeza me dijo «no aceleres ni frenes, sigue exactamente igual», y eso hice. Seguí moviéndome sobre Andrés con el mismo ritmo, sintiendo cómo me iba acercando, y al mismo tiempo intenté distinguir mejor qué estaba haciendo el sobrino.
Bruno había venido en ropa interior, solo eso. Tenía una mano en su entrepierna, sobre la tela, y se acariciaba despacio mirando hacia adentro. Estaba claro que no contaba con que yo levantara la vista en ese momento. Llevaba la cabeza un poco inclinada para no perder ángulo a través de la puerta.
Andrés no veía nada. Estaba con los ojos cerrados, concentrado en lo suyo, las manos firmes en mis caderas marcándome el ritmo. Y yo, encima de él, sostenía la mirada al chico de la terraza sin que se diera cuenta de que ya lo había descubierto.
—Para —susurré.
Andrés abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
—Nada. Quiero chupártela.
Me bajé de él. Andrés se incorporó, se levantó hasta quedar de pie dentro del agua, y se acercó al borde de la bañera. Yo me arrodillé entre sus piernas y se la pedí con la mano. Me la puso a un palmo de la cara y yo la cogí con dos dedos, como si me la estuviera pidiendo prestada, y la metí en la boca despacio.
La posición era perfecta. Desde donde yo estaba ahora, de rodillas frente a Andrés, mi cara quedaba apuntando casi exactamente hacia la puerta. Si Bruno me miraba —y me estaba mirando, lo sabía— me veía de perfil, con la boca llena y los pechos colgando sobre el agua.
Sentí cómo Andrés me ponía una mano en la nuca. Empecé a moverme adelante y atrás, lamiendo el glande en cada subida, tragándola entera en cada bajada. Cerré los ojos un par de veces para no parecer demasiado obvia, pero cada vez que los abría comprobaba que el chico seguía ahí.
Bruno se había bajado la ropa interior. Ahora se la veía toda y se masturbaba sin disimulo, apoyado contra el muro de la terraza con una pierna doblada. Me concentré en mantener el ritmo con la boca y en no cambiar la cara para que Andrés no notara nada.
Que disfrute, pensé. Que se acuerde de esta noche el resto del verano.
Subí el ritmo. Andrés empezó a moverse contra mí, marcándome el final con cada empujón. Yo me dejé llevar. Cuando estaba ya a un par de respiraciones de correrse, sacó la polla de mi boca, se la cogió con la mano y terminó sobre mí. Sentí los chorros calientes en la mejilla, en el cuello, en las clavículas. Una parte resbaló entre mis pechos y cayó al agua.
No me limpié inmediatamente. Me quedé un segundo así, con la cabeza ligeramente levantada y los ojos abiertos. Y entonces, despacio, giré la cara hacia la puerta del baño.
Bruno y yo nos cruzamos la mirada por primera vez. Él se estaba corriendo en ese momento. Lo vi tensarse entero, contener un gesto con los dientes apretados, y se sacó un calcetín del bolsillo a toda prisa para terminar dentro. Sus ojos no se movieron de los míos.
No me asusté. Tampoco me indigné. Le sonreí muy despacio, casi imperceptible, y le guiñé un ojo.
***
Andrés se sentó otra vez en la bañera, agotado, con la cabeza apoyada en el borde y la respiración entrecortada. No tenía idea de lo que acababa de pasar a tres metros de él.
—Joder —dijo.
—Sí, joder —repetí yo.
Volví a mirar hacia la terraza. Bruno se había puesto de pie. Se subió la ropa interior y se quedó un segundo más mirándome a través del cristal, ya sin esconderse. Levantó dos dedos hasta los labios y me tiró un beso. Después se giró y desapareció hacia el pasillo, descalzo, sin hacer ruido.
—¿Qué miras? —preguntó Andrés.
—Una estrella fugaz. Creo.
—Pide un deseo.
—Ya lo pedí.
Salimos del agua. Me sequé con calma, intentando que no se me notara nada en la cara. Andrés tenía esa media sonrisa boba de después, y me besó en la sien antes de meterse en la cama. Yo me quedé un minuto más en el baño, mirando la puerta abierta, la terraza vacía, el cielo todavía intacto.
Cuando me acosté, Andrés ya estaba casi dormido. Me abrazó por detrás, me pasó un brazo por la cintura, hundió la nariz en mi pelo y se desconectó del mundo en menos de un minuto.
Yo me quedé despierta un rato largo. Pensando en si Bruno estaba durmiendo o si seguía mirando el techo de su habitación, repasándolo. Pensando en lo fácil que había sido sostenerle la mirada. Pensando en lo que no me había contado a mí misma todavía: que cuando lo vi agazapado en la terraza no aceleré por miedo a ser descubierta, sino porque me gustó. Me gustó saberlo ahí.
A la mañana siguiente, a las seis y media, oí el motor de un coche en la entrada. Me asomé a la ventana medio dormida y vi a Bruno cargando su mochila en el maletero de un amigo que había venido a buscarlo. Antes de subirse, levantó la vista hacia la ventana del dormitorio principal. Sabía perfectamente dónde mirar.
Me vio. Levantó la mano. Yo levanté la mía.
Después el coche arrancó y se perdió calle abajo, hacia la autopista, hacia la playa, hacia un viaje del que no me iba a enterar de nada. Pero esa imagen suya en la terraza, agazapado, mirando con la respiración contenida, ya se había quedado a vivir conmigo.