Descubrí que mi marido me exhibía en un grupo secreto
¿Alguna vez te has tropezado con algo que no estabas buscando y que, sin querer, ha terminado cambiándolo todo? A mí me pasó hace unos meses, y todavía hoy me cuesta entender cómo lo que descubrí no me destrozó por dentro. Cómo, en cambio, despertó a una mujer que no sabía que vivía dentro de mí.
Me llamo Daniela, aunque los míos me dicen Dani. Veintisiete años, casada desde los veintitrés con Andrés. Nos conocimos en la facultad y él fue mi primer todo: primer novio, primer amante, primer marido. Nos casamos sin pensarlo demasiado, borrachos de hormonas y de la promesa fácil de que el amor lo aguanta todo. Después de los dos primeros años, la cama se nos enfrió como se enfrían todas las camas. Nada dramático, solo rutina. La televisión, los pijamas viejos, los besos en la frente.
No soy una mujer espectacular. Mido un metro sesenta y mi cara es de las que pasan sin que nadie se gire. Tengo el pelo castaño y los ojos color avellana. Lo que sí tengo, y no me cuesta admitirlo, son unos buenos pechos. No descomunales, pero firmes, redondos, de los que se quedan derechos cuando me quito el sostén. Fue lo primero que Andrés miró en mí aquella primera fiesta, y lo primero que sigue mirándome cuando vuelve del trabajo. Mi vida transcurre entre la oficina y el departamento. Andrés es profesor en la universidad, con una agenda apretada, así que yo paso muchas tardes sola en casa.
Todo empezó una noche de jueves. Andrés se había quedado dormido en el sofá con la película a medias y el móvil apoyado en la mesita. Iba a llevárselo al cargador, como hago siempre, cuando la pantalla se encendió con una notificación. No soy de las que controlan a su marido, de verdad que no, pero algo en el nombre del chat me hizo desbloquear la pantalla casi sin pensar. Era Telegram. Andrés y yo nos hablábamos por WhatsApp; ni siquiera recordaba que él usara esa otra aplicación.
Entré. El grupo se llamaba «ELLA, PARA TODOS». Lo leí dos veces y el estómago se me cerró. Debajo del título, en letra pequeña, la descripción: «Muestro todo, entren y mírenla». Andrés figuraba como administrador.
¿Qué carajos es esto?
Hice scroll hacia arriba con los dedos fríos. Había quince miembros. La mayoría eran iniciales o apodos sin foto, identidades borrosas. La actividad era constante: cada tres o cuatro días, Andrés escribía algo como «¿Quieren ver a la perrita dormida?» o «Hoy la zorra está cocinando con las tetas al aire». A cada mensaje le seguían varias fotos temporales, esas que se autodestruyen apenas se abren una vez. Y debajo, los comentarios. Uno detrás de otro.
—Qué buenas tetas tiene esta.
—Quiero estirarle los pezones hasta que se le pongan moraditos.
—Me corro encima de ese par, te juro.
Y peor. Mucho peor. Andrés solo respondía con risas y prometía traer material nuevo en cuanto pudiera.
Mi primera reacción fue cerrar el móvil y soltarlo en el sofá. Pero no lo hice. Algo más fuerte que la indignación me obligó a seguir leyendo. ¿Eran fotos mías? Tenían que serlo. Yo cocinaba en bragas cuando hacía calor. Yo dormía boca abajo, con el camisón subido hasta la cintura. Yo era la única mujer en la vida de Andrés.
Subí los mensajes hasta toparme con la fecha del martes cinco. Ese día yo había ido al centro comercial a comprarme trajes de baño y él me había pedido que le mandara fotos desde el probador, «para opinar», me dijo, y al final también una sin nada puesto, «porque te quiero ver así». Me pareció raro pero accedí, divertida con el morbo de mi propio marido. Ese mismo día, él escribió en el grupo: «¿Quieren verla cómo se prueba ropa? [6 fotos]».
Más abajo, después de los comentarios pidiendo lencería y rojo y «manda una sin nada», Andrés había escrito: «Aquí está la muy perra, jajaja. [1 foto]».
Era la foto. La que me había pedido para él. Y la había compartido entera con ocho desconocidos.
Tendría que haberlo despertado de un grito. Tendría que haber roto el móvil contra la pared. En lugar de eso, me senté en el suelo de la cocina con las rodillas pegadas al pecho y leí todo el chat, mensaje por mensaje, hasta el último. Y, cuando llevaba media hora leyendo, encontré algo que me cambió la respiración.
«No les voy a mostrar su cara, chicos. Alguno la podría reconocer en la calle, por eso la tapo siempre».
Andrés editaba las fotos. Recortaba mi cuello hacia arriba antes de mandarlas. Esos quince hombres conocían mi cuerpo de memoria, pero no sabían quién era yo. No tenían mi nombre, ni mi ciudad, ni mi cara. Solo unas tetas, un culo, una piel.
Algo se aflojó dentro de mí.
No era alivio. Era otra cosa.
Bajé el móvil y me quedé mirando el techo. Esos quince tipos me deseaban. Habían escrito hasta el cansancio que les calentaba mi cuerpo, que se masturbaban pensando en mí, que se pasaban días esperando que Andrés volviera a publicar. A mí, que en la calle pasaba sin que nadie me mirara. A mí, que llevaba meses sintiéndome invisible incluso para el hombre con el que dormía.
Cerré la aplicación y volví a dejar el móvil sobre la mesa, en la misma posición exacta en que lo había encontrado. Andrés roncaba suavemente. Lo miré dormir durante un buen rato y supe que no iba a encararlo. Todavía no.
Quería ver hasta dónde llegaba esto.
***
Al día siguiente, mientras Andrés se duchaba, instalé Telegram en mi propio móvil. Cuenta nueva, sin número visible, sin foto. Una inicial seca: D. Busqué entre los mensajes de su chat un enlace de invitación que él había compartido con uno de los nuevos miembros, me lo autoenvié desde su móvil y entré al grupo desde el mío. Quince más uno: dieciséis.
Escribí, intentando que la mano dejara de temblarme:
—Hola, un amigo me pasó el grupo. Dice que hay una tía buenísima. Vine a comprobarlo.
Bloqueé la pantalla y dejé el móvil boca abajo, como si así pudiera fingir que no había hecho nada.
Esa noche, después de cenar, entré en la ducha y dejé el móvil al alcance. Cuando el espejo estaba completamente empañado y el agua me caía por entre los pechos, me hice tres fotos. Buenas. Mis pezones duros, el pelo pegado a la cara, gotas resbalando. Se las mandé a Andrés a su WhatsApp. «Para cuando estés solo, mi amor».
Cinco minutos después de sentarme a cenar, vi a Andrés mirar el móvil y sonreír. Después de los postres dijo que tenía que corregir unos exámenes en su estudio. Yo me encerré en el dormitorio y abrí Telegram.
«La perrita está tan cachonda esta noche que no se aguanta el no mostrarse. [3 fotos temporales]».
Abrí las fotos despacio, una por una. Allí estaban mis tetas mojadas, mías y de cualquiera. Los comentarios brotaron en segundos.
—Mírenla qué rica, hermano.
—Carajo, se me ha puesto durísima de un golpe.
—Yo la pondría contra el azulejo y le daría hasta el lunes.
Y muchos más. Uno por uno. Como si me hablaran a mí. Porque, en realidad, me hablaban a mí.
Solté el móvil, metí la mano por debajo del short del pijama y me masturbé como una loca, con la boca contra la almohada para que Andrés no me oyera desde el estudio. Cuando me corrí, lo hice tres veces seguidas. No me había pasado en años.
***
Las dos semanas siguientes fueron las más calientes de mi matrimonio, y mi marido ni siquiera lo sabía.
Bajé la guardia a propósito. Empecé a cocinar con una camiseta vieja sin sostén, a salir de la ducha y cruzar el pasillo desnuda, a quedarme dormida con el camisón retorcido a la altura de las caderas. Andrés se hizo el distraído, pero yo lo veía agarrar el móvil con una falsa indiferencia que aprendí a reconocer. Después, en la habitación, esperaba a oírlo bajar al salón y abría Telegram.
«Miren cómo duerme la putita esta noche. [4 fotos]».
Era yo, boca abajo, con el culo en pompa. Yo, en el sofá, con la camiseta levantada hasta la base del pecho. Yo, lavando los platos sin ropa interior, fotografiada desde el umbral. Cada vez que Andrés publicaba, el grupo se incendiaba. Pedían más. Pedían vídeo. Pedían una nalgada. Pedían cara.
Yo, desde mi cuenta falsa, también pedía. Aprendí los nombres como una colegiala aprende los de sus profesores. Diego, Tomás, Bruno, NK, Vega91. Los que nunca fallaban. Los que comentaban primero. Aprendí a reconocer su forma de escribir, sus puntuaciones, sus emojis. Me imaginaba sus manos en su propia entrepierna mientras escribían, y la idea me ponía a temperatura de ebullición.
Un domingo por la tarde follamos como no lo hacíamos hacía años. Le pedí a Andrés que se corriera sobre mis tetas, como cuando éramos novios. Mientras él jadeaba todavía encima de mí, cogí su móvil de la mesa de noche y me saqué una selfie cenital, apuntando desde mis labios hacia abajo. Mis pechos cubiertos de semen, el cuello hacia atrás, los labios entreabiertos. La cara, una vez más, fuera de plano.
—Para cuando me extrañes en clase —le dije, devolviéndole el móvil con una sonrisa de criatura.
Esa misma noche, Andrés escribió en el grupo: «Chicos, hoy les traigo un regalo. [1 foto]».
Pero la foto era temporal. Diez segundos y se esfumó. Y yo no quería que se esfumara. Quería que esos hombres tuvieran mi cuerpo guardado en sus galerías, listo para ser abierto a cualquier hora, en cualquier baño, en cualquier escritorio.
Desde mi cuenta secundaria, escribí:
—Hermano, por esta vez, ¿podés mandarla como foto normal? Quiero volver a verla cuando me dé la gana.
Los demás se sumaron a la petición. Andrés tardó un minuto largo en responder. Después escribió: «Solo por esta vez». Y la foto apareció arriba, fija, lista para descargar.
El chat estalló. Uno mandó un vídeo masturbándose con la imagen abierta en la otra mitad de la pantalla. Tres dijeron que querían conocerme a como diera lugar. Otro preguntó si podían vernos follando en directo. Yo sonreía sola en la habitación, con las mejillas ardiendo.
***
Y entonces vino el silencio.
Una semana entera sin nuevas fotos. Andrés andaba estresado con la corrección de tesis y simplemente dejó de publicar. Por más que yo paseara por la casa medio desnuda, por más que dejara la puerta del baño abierta, no pasaba nada. El grupo languidecía. Tres miembros se fueron. Vega91 escribió que se aburría, que se iba a buscar otra cosa. La idea de perder a mi audiencia me dolió de una manera que no me esperaba.
Es curioso cómo algo que empezó destrozándome se había vuelto, en pocas semanas, un sostén. Necesitaba esos comentarios. Necesitaba leerme deseada.
Un tal Mateo, de los más educados del grupo, escribió en el chat: «La extraño mucho. ¿Volverá pronto?». Tenía foto de perfil, cosa rara entre los demás. Un chico de no más de veintitrés, sonrisa amable, cara honesta. Llevaba dos meses en el grupo y nunca había escrito ninguna grosería.
Me armé de valor y le mandé un mensaje privado, desde mi cuenta falsa.
—Hola, Mateo. Soy del grupo. El admin me pasó hace días un par de cosas inéditas. Te las puedo mostrar si me prometes que no vas a decirle nada a él ni al resto.
El corazón me latía contra la garganta.
—¡Hermano! Claro que sí. Mándame, te juro que cero palabras a nadie.
Sonreía como una idiota. Me cambié rápido. Cogí una camisa blanca de oficina y desabroché solo los botones de arriba, lo justo para que se viera el nacimiento de los pechos. Foto. Enviar.
—Mierda, sí que está buena. Dime que tienes más.
Justo lo que quería. Me abrí toda la camisa. Mis tetas, ya conocidas para él, ahora colgaban entre la tela abierta como una invitación. Foto. Enviar.
—Dios. Me la apretaría hasta dejarle marcas.
Tiré la camisa al suelo. Apoyé la espalda en la pared del dormitorio, dejé los brazos caer a los costados y armé el trípode del móvil con temporizador. Quería una imagen entera, vulnerable, abierta. La foto salió perfecta. Yo, desnuda hasta la cintura, mirando a cámara sin mostrar la cara, como si dijera aquí estoy, hacé lo que quieras. Enviar.
—Te lo juro, hermano. Sueño con conocerla. Le rompo todo.
Le dije que no tenía más y que cualquier cosa lo volvía a buscar. Corrí al baño, me bajé el short y me toqué hasta que se me doblaron las rodillas contra el azulejo. Estúpido Andrés, pensé mientras me corría, no sabe en lo que me convirtió.
***
Al día siguiente, mi marido escribió en el grupo. Pedía disculpas por la ausencia y prometía nuevo material. Diego, Tomás y Bruno respondieron eufóricos. Mateo también, aunque con su discreción de siempre. Yo lo miraba escribir desde mi cuenta falsa y me sentía la dueña del juego.
Cuatro días después, estaba preparando la cena. Me había puesto a propósito un short cortísimo que casi me dejaba afuera las nalgas y una camiseta blanca semitransparente, sin sostén. Si Andrés llegaba antes y me sacaba una foto desprevenida, mejor para todos. Andrés llegó. Pero no llegó solo.
—Mi amor, perdón por no avisarte. Es uno de mis tesistas, vinimos a repasar unos apuntes que no le caben en la mochila.
Detrás de Andrés, en el umbral de mi casa, había un muchacho alto, de hombros anchos, con una sonrisa amable y unas manos grandes que sujetaban una carpeta.
Tardé unos segundos en darme cuenta de por qué esa sonrisa me resultaba tan familiar. La había visto antes. Muchas veces. En una foto de perfil pequeñita, al lado de un nombre.
Mateo.
Mi marido había traído a casa, sin saberlo, a uno de los hombres del grupo. Al mismo al que yo, dos noches atrás, le había mandado fotos de mis pechos desnudos en primer plano.
Mierda, pensé, sintiendo cómo se me erizaba la piel debajo de la camiseta transparente.
Mateo me miró el escote dos segundos de más. Después levantó los ojos, sonrió con educación y extendió la mano.
—Mucho gusto, señora.
(Continuará...)