Escuché al jefe castigar a la secretaria en su despacho
Las luces de neón seguían encendidas en las oficinas casi vacías de la planta veintiséis. Martín apartó la vista del portátil durante un instante y miró por los ventanales sellados que daban a la avenida. La lluvia caía con una constancia hipnótica, dibujando líneas finas que se deslizaban sobre el cristal. Detrás de él, los escritorios estaban desordenados: pilas de carpetas, alguna foto enmarcada, una caja de alfajores abierta y unas figuritas de madera que un compañero había traído de su último viaje al extranjero.
En la otra punta de la sala, sentada bajo el círculo amarillento de una lámpara de escritorio, estaba Camila. La secretaria. Una chica menuda, delgada, de piel pálida y media melena rubia que le caía sobre los hombros. Llevaba unas gafas con montura azul oscuro que combinaban a la perfección con el vestido entallado que se había puesto esa mañana. Tecleaba en silencio, con la espalda recta y la mirada concentrada.
Martín se levantó. Necesitaba estirar las piernas y, ya que estaba, pasar por el baño. Caminó por el pasillo enmoquetado hasta el lavabo de hombres, situado justo al lado del despacho del jefe. Entró en uno de los cubículos, levantó la tapa, se bajó los pantalones y dejó que la orina golpeara contra la cerámica. Al terminar, se sacudió, tiró de la cadena y se enjabonó las manos con ese jabón con olor a lavanda que la limpiadora reponía cada noche.
Al salir, oyó voces. Por instinto, se quedó muy quieto.
Don Ricardo, el jefe. Cincuenta y tantos, pelo canoso y peinado hacia atrás con gomina, traje gris oscuro impecable, corbata burdeos. Estaba parado delante de Camila, y por el tono de su voz era evidente que algo se había torcido. La secretaria respondía bajando la cabeza, con el tono educado y disculpándose en cada pausa.
—Vamos a mi despacho —cortó Don Ricardo.
Martín alcanzó a ver el rostro de Camila antes de retroceder un paso y esconderse detrás de la puerta entornada del baño. La chica tenía los labios apretados, los ojos brillantes. Los zapatos de tacón sonaron contra el parqué, acompañados por las pisadas pesadas del jefe. La puerta del despacho se cerró.
***
Pasaron unos minutos. Martín aguardó dentro del baño, con el corazón latiéndole en los oídos. No es asunto mío, se dijo. Pero la curiosidad ya le había ganado la partida. Salió en puntas de pie y avanzó por el pasillo. Para su sorpresa, la puerta del despacho del jefe no había quedado del todo cerrada. Una rendija mínima, apenas un dedo, dejaba escapar la luz amarillenta del interior.
Las palabras que oyó lo dejaron paralizado.
—Inclínate sobre el escritorio y súbete el vestido —dijo Don Ricardo, con una voz que ya no era la de un jefe regañando, sino la de un hombre acostumbrado a ser obedecido.
—Pero, Don Ricardo, yo… —respondió Camila, con un hilo de voz.
—Lo has vuelto a hacer. Ya lo hablamos la semana pasada.
Hubo un silencio largo. Tan largo que Martín pensó que iba a oír la puerta abrirse de un momento a otro. Pero no. Lo siguiente que llegó fue otra vez la voz grave del jefe.
—Sabes que no admito ninguna protesta. Bájate las bragas. Y si te atreves a contradecirme otra vez, doblo el castigo.
Martín tragó saliva. Se imaginó la escena con un detalle que lo asustó. Camila, los labios apretados, los nudillos blancos sobre la madera barnizada del escritorio. El vestido subido hasta la cintura, las bragas blancas a la altura de las rodillas. El trasero, pálido, ofrecido como una disculpa muda. Aquello no podía estar pasando.
Y, sin embargo, estaba pasando.
El primer golpe sonó seco, contundente. Un cinturón, pensó Martín. El cuero contra la piel produce un chasquido inconfundible, distinto al de una mano abierta. Apretó la espalda contra la pared del pasillo, como si temiera que Don Ricardo pudiera verlo a través de la madera.
El segundo azote llegó dos segundos después. Y luego un tercero. Camila no gritaba, pero Martín alcanzó a oír un quejido apagado, un jadeo contenido entre dientes, como si la chica estuviera mordiéndose el labio inferior para no dar el gusto.
Cuatro. Cinco. Martín contaba mentalmente, sin querer hacerlo. Apretaba los muslos uno contra el otro, como si los azotes hubieran caído sobre sus propias nalgas. Notó que se le secaba la boca, y al mismo tiempo, una presión inconfundible empujaba contra la tela de sus pantalones.
Seis. Siete.
Pensó en Camila, en lo poco que la conocía. En esas mañanas en que cruzaban un «buenos días» frente a la cafetera, en cómo se reía bajito de los chistes torpes del contable. En cómo se mordía el labio cuando estaba concentrada. Y ahora, esa misma chica, estaba doblada sobre el escritorio del jefe, recibiendo un castigo que él, Martín, no se atrevía siquiera a presenciar.
Ocho. Nueve. Diez.
Quería asomarse. Quería ver el rojo subiéndole a la piel, las marcas paralelas del cinturón, la curva del trasero estremeciéndose con cada impacto. Pero no se atrevió. Si Don Ricardo lo descubría espiando, su carrera en la empresa terminaba esa misma noche. Y peor aún: lo descubriría Camila.
Once. Doce.
—Ya hemos acabado, Camila. ¿Escuece? —la voz del jefe sonó más suave, casi tierna.
La respuesta de la secretaria fue tan baja que Martín no la entendió. Sólo distinguió que había hablado, que respiraba.
—Te has portado bien. Ven, que te pongo un poco de crema.
Martín retrocedió en silencio. Caminó por el pasillo intentando no hacer ruido y se dejó caer en su silla. Frente al portátil, fingió teclear. Las letras bailaban en la pantalla. Tenía el pulso disparado, la mandíbula tensa, y bajo el escritorio, su erección era una incomodidad obvia. Cruzó las piernas, se ajustó la posición. Intentó pensar en planillas, en el cliente que pedía un informe para el lunes. Inútil.
***
Diez minutos después, la puerta del despacho se abrió. Don Ricardo salió con el portafolio bajo el brazo, sin mirar a nadie. Cogió el ascensor y se marchó. Camila volvió a su escritorio. Caminaba ligeramente más despacio que de costumbre, pero con la cabeza alta. Se sentó con un cuidado que sólo Martín, ahora que lo sabía todo, podía notar.
La chica se concentró en su pantalla. La luz de la lámpara le dibujaba un perfil suave. Si alguien la veía en ese momento, no podía imaginar lo que había pasado a tres metros de allí, detrás de una puerta entornada.
Martín cerró el portátil. Recogió el abrigo y se acomodó la cartera al hombro. Caminó hacia la salida con la cabeza gacha. Al pasar junto a la secretaria, no pudo evitar mirarla de reojo. Camila levantó la vista y le sonrió, con una sonrisa absolutamente normal, profesional, cansada.
—Ya es hora de ir a casa —dijo ella, recogiendo su bolso.
—Sí. Tú también te quedas hasta tarde.
—Hoy tocaba terminar unos números.
Llegaron juntos a la puerta. Martín se hizo a un lado y le abrió.
—Por favor, pasa tú primera. Yo cierro.
Camila murmuró un «gracias» y avanzó hacia el ascensor. Martín se quedó parado en el umbral, observándola. La tela del vestido se ajustaba a la curva de las caderas, y durante un instante, la imaginación le jugó una mala pasada: el vestido se volvió transparente, y vio el trasero pintado de rojo, las marcas paralelas, la piel ardiendo. Tuvo que apoyar la mano en el marco de la puerta para sostenerse.
La secretaria llegó al ascensor. Apretó el botón. Y entonces, mientras esperaba distraída, llevó la mano derecha hacia atrás y, con un gesto disimulado, se masajeó las nalgas por encima de la tela. Fue un segundo. Quizás dos. Pero Martín lo vio.
Su pene volvió a tensarse contra el pantalón.
***
En el subte, de pie agarrado a la barra, Martín no podía dejar de repasar la escena. Cada chasquido del cinturón, cada silencio entre golpes, cada jadeo contenido de Camila. Se preguntaba qué hubiera pasado si ella se hubiera negado de verdad. Si hubiera salido corriendo. Si hubiera llamado a alguien. Pero no había sido así. Ella se había bajado las bragas. Ella se había inclinado sobre el escritorio. Ella había aguantado los doce azotes sin pedir piedad. Y al salir, había sonreído.
Lucía, su pareja, lo esperaba en casa. Una chica buena, ordenada, clásica. Trabajaba en una editorial pequeña y leía novelas históricas los domingos por la mañana. Hacían el amor los miércoles y los viernes, con una puntualidad de horario laboral. Hoy no tocaba.
Caminó las dos manzanas que separaban la estación de su edificio pensando qué le diría Lucía si le contara lo que había pasado en la oficina. Probablemente fruncir el ceño, hablar de respeto, de abuso de poder, de denunciar. Y tendría razón en todo. Y sin embargo, lo que Martín había sentido detrás de la puerta no era condena. Era otra cosa. Algo que no se atrevía a nombrar.
Las sesiones con Lucía eran tranquilas. Besos, abrazos, sexo a media luz, bajo las sábanas, con la mano deslizándose por debajo de las bragas. Los pechos sí, esos siempre quedaban al descubierto, eran motivo de orgullo para ella. Pero el trasero, no. Lucía tenía el trasero como territorio prohibido. Lo cubría incluso para ir al baño desde la cama. Si alguna vez Martín lo había rozado de más mientras dormía, ella lo había apartado entre sueños, sin abrir los ojos.
Lo de los azotes, lo de los castigos, lo de inclinarse sobre un escritorio, no entraban siquiera en el catálogo de cosas que Lucía podría llegar a considerar. Y Martín, todo sea dicho, tampoco se sentía capaz de proponérselo. No era valiente como Camila. No tenía el coraje de pedir lo que quería.
Lucía era una buena mujer. Lo quería. Y por nada del mundo cambiaría las tardes de domingo, con la manta sobre las piernas y una película tonta de fondo. Lo que había visto esa tarde no le había hecho desear a otra mujer. Le había hecho desear otra vida. Y eran cosas distintas.
***
En la cama, esa misma noche, mientras Lucía terminaba una película en el salón, Martín se acostó boca arriba y dejó que la oscuridad le llenara los ojos. La escena de la oficina volvió como una marea.
Se imaginó acompañando a Camila a su casa. Subiendo con ella las escaleras, sosteniéndole el bolso. Imaginó el departamento de la secretaria: una salita pequeña, un sillón con una manta, libros amontonados sobre una mesa baja. Imaginó a Camila quitándose el vestido despacio, dejándolo caer al suelo, tumbándose boca abajo en la cama con una almohada bajo las caderas.
Él se sentaba a su lado. No la tocaba. La oía. Camila le contaba, con la mejilla aplastada contra la almohada, lo que había sentido al inclinarse sobre el escritorio. Le contaba que la primera vez se había muerto de vergüenza, que le temblaban las piernas. Que ahora, después de varias veces, había aprendido a respirar entre golpe y golpe. Que a veces, esa misma noche, en la ducha, se quedaba mirando las marcas en el espejo y se acariciaba con el agua corriendo.
Martín la escuchaba, fascinado, mientras pasaba la mano suavemente por la curva de su trasero, sin apretar, casi rozando. Le ponía crema en las marcas, una por una. Le besaba cada raya roja. Y ella, sin levantar la cabeza, le pedía con la voz amortiguada por la almohada que no parara.
Algún día seré tan valiente como ella, se dijo Martín, ya con los ojos cerrados. Algún día.
En el salón, Lucía se reía con una escena de la película. Era una risa limpia, clara, ajena a todo. La risa de alguien que dormiría tranquila esa noche, y la siguiente, y la siguiente, porque su mundo era un lugar conocido y seguro.
Martín no la envidió. Tampoco la juzgó. Sólo se durmió pensando en una puerta entornada y en una espalda inclinada sobre un escritorio, y aceptó, por primera vez con calma, que había una parte de sí mismo que vivía detrás de esa puerta, aunque nadie más lo supiera nunca.