Lo que vi en su cuarto y nunca debí confesar
Llevábamos media hora en la discoteca a la que había llevado a Carla después de cenar cuando por fin nos avisaron de que se había liberado una mesa. Hasta ese momento habíamos estado en los taburetes de la barra, bebiendo y mirando a la gente bailar. No había mucha fluidez entre nosotros, quizá por el volumen de la música y por el gentío que se movía a nuestro alrededor, que no ayudaba a charlar.
Tomamos la mesa al asalto antes de que otro nos la quitara. Noté un par de miradas de envidia, pero me hice el despistado y pedí otra ronda al camarero, esta vez sin alcohol para Carla, cuyos ojos ya brillaban por lo que llevaba bebido. No confiaba en su aguante y prefería no tener que cargarla en brazos hasta casa, con la consiguiente bronca de mi mujer. Carla no protestó.
La mesa era perfecta: redonda y rodeada por un sillón alto en forma de arco, de esos en los que, si sabes colocarte, consigues cierta intimidad sin que te vean desde fuera. Además, estaba lejos de la pista, así que podíamos hablar sin gritar.
Al poco de sentarnos, Carla se empeñó en que bailáramos. Me resistí, pero acabé claudicando. Bailamos separados al principio, siguiendo una música nerviosa que empujaba a los más lanzados a moverse como marionetas con las cuerdas rotas.
Luego llegó la música lenta y un guaperas medio tocado por el alcohol intentó llevársela de la cintura. Carla se revolvió y yo se la quité de las manos con un par de gestos firmes.
Bailamos un buen rato temas que hacía años que no escuchaba en salas como aquella. Era la música de mis tiempos y me gustaba sentirla al lado de mi cuñada. Carla, por su parte, se pegaba tanto a mí que notaba su vientre y sus muslos contra los míos. No habría pasado nada de no ser porque el calor de su cuerpo me había provocado una erección brutal, la polla dura marcándose contra el pantalón, buscando el hueco entre sus muslos. Me disculpé, pero ella se hizo la distraída y no se separó ni un centímetro. Al contrario, giró apenas la cadera y me apretó el bulto con el pubis, muy despacio, un roce que duró tres o cuatro compases y que me dejó con la verga latiendo. Cuando levanté la vista, sus ojos me miraban con una sonrisa que no era de despistada.
La música frenética no tardó en volver y decidimos huir de ella hacia la mesa.
Cuando nos sentamos, miré el reloj: faltaba poco para las dos de la madrugada. Si todo iba bien, en menos de una hora podríamos largarnos a dormir, que falta me hacía tras las guardias extra de las últimas semanas.
En silencio apreciaba el ambiente, lleno a rebosar, cuando oí el zumbido de mi móvil. La música llegaba amortiguada a la mesa y era fácil escuchar el aviso.
El mensaje era de mi mujer, Lucía. Habíamos cruzado notas durante toda la cena. Le contaba cómo iba la noche con su hermana y le había avisado de que estábamos en la discoteca. Me disponía a leerlo cuando Carla se excusó para ir al baño. Por el camino consultaba su propio teléfono, como si también acabara de recibir algo.
—¿Está Carla cerca? —escribió Lucía.
—No, acaba de irse al baño —respondí.
—Es que se me ha ocurrido una idea.
—Miedo me das, pero dime.
—Para ir calentando a Carla, podrías contarle lo de aquella tarde en que la pillaste en su cuarto haciendo… ya sabes… aquello.
Lo pensé un segundo y enseguida recordé a qué se refería Lucía. Era una experiencia vergonzosa de hacía tiempo, y mi cuñada había sido la protagonista. Lo último que se me ocurriría sería hablar con Carla de aquella anécdota bochornosa y, a la vez, cargada de morbo. Jamás. Por mucho que en otro momento hubiera fantaseado con confesarla para descargar la culpa.
Al ver que no contestaba, Lucía insistió.
—No me digas que no te acuerdas… si hemos hablado de ella mil veces.
—Claro que me acuerdo. Pero ¿cómo le voy a contar eso? Me muero de vergüenza. Seguro que se enfada y me manda a paseo.
—No seas bobo, cariño. Métele un par de chupitos y verás cómo no solo no se enfada, sino que se pone cachonda. Hazme caso, que de lo que nos gusta a las chicas sé yo más que tú.
Le di un par de vueltas. Tal vez Lucía tenía razón. Contárselo a Carla podía ser la forma de expulsar de una vez los demonios que me habían acompañado desde entonces. Aun así me parecía una barbaridad. Lo había guardado para mí varios años antes de atreverme a contárselo a mi mujer, y esperaba que ella me mirara como a un cerdo. Sin embargo, Lucía se lo tomó a broma y me lo hizo repetir tres veces, la última mientras cabalgaba sobre mí con mi polla enterrada hasta el fondo de su coño, pidiéndome que se lo describiera todo mientras se corría empapándome la verga.
—No sé, déjame que lo piense… A lo mejor —tecleé.
—¡Ese es mi chico! Dale duro.
—Bueno, ya te contaré. Te dejo, que ya vuelve.
—Uff —se quejó Carla al llegar—. Hay una cola de mil demonios. No entiendo por qué hacen salas tan grandes con unos baños tan pequeños. Total, me he quedado como estaba, tendré que volver más tarde.
—Tranquila, podemos hablar mientras se vacía esto —repliqué señalando el reloj—. A partir de esta hora la gente empieza a irse para seguir la fiesta en sitios más… íntimos. Normalmente en casa de alguien.
Los ojos de Carla chispearon un instante.
—¿Te refieres a que se reparten por pisos para… follar?
El trago de cerveza se me fue por el lado equivocado y tuve que toser para no ahogarme. Aquella palabra en su boca era la que menos esperaba. Me pregunté si Lucía tendría razón y si a Carla le iría el juego del tonteo verbal. No tenía nada que perder, así que decidí tantear el terreno.
—¿Y en tu ciudad qué? —pregunté con media sonrisa—. ¿La gente no se va a su casa cuando liga? Sería una pena, con lo bien que se está en un buen colchón, con espacio para follar como Dios manda.
Me devolvió la sonrisa con un toque travieso.
—Pues ahora que lo dices… —respondió sin cortarse—. Donde mejor se debe de estar es aquí. Eso explicaría que los baños estén siempre petados de tías con la mano en el coño y de tíos con la polla fuera.
La sonrisa se me congeló.
—¿No has bebido un pelín de más, cuñada?
—De todas formas, yo de eso no sé mucho —prosiguió, ahora con expresión tímida—. Llevo con mi novio un montón de tiempo, así que de ligar, nada.
Hubo un silencio que ella rompió enseguida.
—Pero dime una cosa… —volvió a la carga, morbosa—. Tú, cuando ligabas, ¿dónde te llevabas a la chica? Porque en casa, con tu mujer cerca, no parece el mejor sitio para meterle mano hasta el fondo.
No supe qué contestar, así que opté por la verdad.
—Por favor, Carla, que tengo treinta y tantos y hasta peino alguna cana —dije con tono cansino—. Lo de ligar por ahí se me acabó hace tiempo. Y con Lucía no necesito buscar fuera de casa.
Carla sonrió, pícara.
—Treinta y cuatro, Diego, no te las des de viejo —replicó—. Solo me sacas diez años. Yo lo que veo es a un tío interesante, con esas canas en las sienes que te sientan genial. Si fueras de vez en cuando al gimnasio, hasta estarías buenorro.
No pude evitar sonrojarme.
—No me eches piropos, anda, que se te va a subir el tequila a la cabeza.
Reímos los dos a la vez. Y, tras un silencio cómplice, a Carla se le iluminó la cara.
—¡Tengo una idea! —dijo de pronto.
—¿Qué idea?
—Pues… ya sabes… —aclaró bajando la voz—. Lo de… follar.
Carla no hizo ni un gesto al soltar la palabra, pero yo volví a ruborizarme. Tragué saliva y esperé su siguiente frase. ¿Qué demonios iba a proponerme? Disimulé el nerviosismo dando un sorbo a la cerveza y noté que la mano me temblaba.
—¿Por qué no me cuentas una historia picante?
***
Me quedé callado más tiempo del normal, alucinado, así que ella insistió.
—Pero no vale una historia inventada o sacada de una película porno —dijo apoyando la cara entre las manos e inclinándose hacia mí—. Eso sería hacer trampa. Tiene que ser algo que te haya pasado a ti.
Tragué saliva. Calculé las probabilidades de que Carla me pidiera una historia «picante» pocos minutos después de que Lucía me sugiriera contarle precisamente aquella.
—Es que no se me ocurre ninguna —dije para ganar tiempo—. Como no te cuente algo de mis tiempos con tu hermana…
—¿Con Lucía? —puso cara de asco—. Por favor, Diego, ni se te ocurra. Me moriría de vergüenza.
—Es que…
—Venga, anímate. Seguro que te follaste a alguna interesante antes de conocer a mi hermana. Ya no erais unos críos cuando os juntasteis. Apuesto a que saliste con muchas chicas.
La tentación creció de forma incontrolable. Volvieron a mi cabeza las palabras de Lucía: «de lo que nos gusta a las chicas sé yo más que tú». Respiré hondo y me lancé a la piscina.
—Pues mira, estoy empezando a recordar una historia que me ocurrió hace unos años —me corté a media frase—. Aunque no sé si debería contártela.
Carla dio un salto en el sillón y, tomándome de las manos, se inclinó aún más.
—¡Genial! Vamos, cuñado, no te cortes. Porfa, porfa.
Resoplé y la miré aturdido.
—Es que es una historia horrible, Carla. No sé, no sé…
—¿Por qué no? —se quejó, y se acercó tanto que noté su aliento en la cara. Se había puesto de rodillas sobre el sillón y me miraba inquisitiva—. ¿Cómo va a ser tan horrible una historia picante?
Tomé aire y, sin pensarlo, lo solté.
—Porque tiene que ver contigo.
Su sonrisa se congeló.
—¿Conmigo?
—Sí —respondí dubitativo—. Contigo… y conmigo.
Se deslizó hacia atrás y volvió a sentarse. Pensé que iba a decir algo que me dejaría en evidencia, que tal vez se levantaría y se iría. Pero, al contrario, su sonrisa regresó como un rayo de sol.
—Pues entonces ni se te ocurra callártela, porque te mato.
***
Pasó el camarero y le pedí dos chupitos dobles de tequila. No había vuelta atrás, así que mejor soltar la lengua con algo fuerte, como había aconsejado Lucía. Aunque, en este caso, no solo la lengua de Carla.
Dos minutos después, tras el primer trago, empecé mi relato.
—Verás, esto ocurrió cuando todavía vivíais en el piso viejo, el del centro. Tú andabas por la universidad, segundo o tercer año, no recuerdo bien.
—Ostras, Diego —me interrumpió—. De aquello hace ya un montón. Yo entonces tendría…
—Veintiuno, más o menos —declaré con el rostro ardiendo—. Tu hermana y yo habíamos ido a ayudar a tu padre con unos papeles de la mudanza, y aprovechamos para pasar unos días con vosotros.
Carla me miraba alucinada, sin mover una pestaña.
—El caso es que una tarde salimos cada uno por su lado: Lucía con unas amigas y yo a recorrer la ciudad. Volví sobre las siete. Anochecía pronto, era febrero. Al entrar con las llaves que me habían dejado, la casa estaba a oscuras, salvo un resplandor tenue que salía del fondo del pasillo.
—Vaya historia —dijo abrazándose a sí misma—. Hasta me están entrando escalofríos.
—Espera y verás lo que son escalofríos de verdad —le dije, y di otro sorbo al tequila—. Dejé los zapatos en la entrada y caminé descalzo sobre la moqueta hacia esa luz, que resultó venir de tu habitación.
—Sigue —murmuró, ya enganchada.
—Oí una especie de gemidos apagados y los tomé por risas. La puerta estaba entornada, no cerrada del todo, y por la ranura salía la luz que me había guiado. Me asomé y al principio no vi a nadie. Los ruidos se habían apagado.
—Mira —Carla volvió a interrumpirme para enseñarme la piel de gallina de los brazos.
—Iba a seguir hacia mi cuarto —continué— cuando lo que vi por aquel hueco me dejó clavado en el sitio. Desde allí se veía perfectamente el sofá que tenías frente a la cama, ¿te acuerdas?
—Sí, ese sofá lo tengo todavía —respondió—. Pero sigue, por favor. ¿Qué viste que te dejó así?
—Te vi a ti, Carla.
—¿A mí? —sonrió—. Menudo notición. Me viste en mi propia habitación.
—Ya. Pero lo que no sabes es lo que estabas haciendo.
—No fastidies —se incorporó y, clavando una rodilla en el sillón, acercó otra vez la cara—. ¿Qué estaba haciendo?
—Pues imagínatelo —dije despacio, casi sin mirarla—. Te estabas metiendo los dedos en el coño.
—Joder, Diego —se llevó las manos a la cara. Ahora la ruborizada hasta las orejas era ella—. ¿Me estaba masturbando?
—Con los dedos hasta los nudillos —confirmé soltando todo el aire que había contenido—. Frotándote el clítoris como si te fuera la vida en correrte.
—¿Y tú mirabas? —me dio un manotazo flojo y se echó atrás—. ¿Te quedaste mirándome el coño, cochino?
Se me cayó el alma a los pies. Estaba seguro de que pasaría exactamente esto. La había fastidiado.
—Lo siento, te lo prometo. Sé que no debí.
—¿Lo sientes? —su expresión era de profundo reproche—. ¿Lo sientes, marrano?
Iba a cogerla del brazo, convencido de que su siguiente paso sería salir corriendo, cuando soltó una carcajada y se echó a reír sin control.
—Me viste con las piernas abiertas y te quedaste pasmado… —reía—. Por favor, cuñado, mira que eres bobo.
—No me fastidies, Carla —el corazón me iba a mil. ¿Me estaba vacilando?
Por fin se serenó.
—¿Y entonces qué hiciste? —preguntó irónica, aún con la risa en la cara—. ¿Te largaste muerto de miedo o te sacaste la polla ahí mismo?
Tras su ataque de risa, mi vergüenza se había convertido en otra cosa. La polla, que había estado latiendo desde el baile, volvió a endurecerse contra el pantalón.
—Mira, Carla, yo tenía más de treinta y tú poco más de veinte —le dije—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Entrar en la habitación como en una de esas películas porno de medio pelo y follarte contra el sofá?
—Qué explícito eres —se quejó medio en broma, mordiéndose el labio.
—¿Sabes lo que habría pasado si me pillan tu padre o tu hermana metiéndotela? Que me echan de esa casa a patadas. Y con razón.
—Vale, vale —se disculpó—. Lo he pillado. Pero suéltame el brazo, que me haces daño.
—Además —apuré el tequila y la miré fijamente, ya más relajado—, la historia no termina ahí. ¿Quieres que siga o te vale con esto?
Carla volvió a su postura de escucha y me animó a continuar.
—Sigue, por dios, que me tienes en ascuas —pidió—. ¿Cómo ibas vestida?
—Estabas tumbada en el sofá, con la cabeza apoyada en el brazo más cercano a la puerta, dándome la espalda. Llevabas una camiseta larga de tirantes y unas braguitas blancas de algodón, nada más. La camiseta la habías subido hasta la cintura y tenías las tetas al aire, con los pezones tiesos como piedras.
—¿Y se veía…?
—Se veía todo. El coño entero, con esos pelillos oscuros, los labios brillantes de tan mojada que estabas, el clítoris hinchado asomando entre los dedos —dije, sin cortarme ya—. Te acariciabas con una mano mientras con la otra sostenías el móvil, supongo que mirando algo. Lo soltaste enseguida y se te cayó al suelo.
—No sé si creerte —dijo de pronto, con la voz un poco ronca—. ¿Con qué mano me tocaba, la izquierda o la derecha?
—Con la izquierda. La derecha era la del móvil.
Carla hizo un gesto como de «has acertado» y le pedí explicaciones.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Querías pillarme en un renuncio?
—Es que no soy zurda, pero cuando me masturbo siempre me froto el clítoris con la izquierda —se puso aún más colorada y rió avergonzada—. Los dedos de la derecha los uso para meterlos.
—Pues ya ves que no miento. Aunque ni se me ocurrió pensar en con qué mano lo hacías.
—Sigue. ¿Cómo lo hacía?
—Usabas dos dedos para acariciarte el clítoris, muy despacio, en círculos, recorriéndote de arriba abajo por toda la raja del coño con una suavidad que no encajaba con tu respiración, cada vez más agitada. De vez en cuando bajabas los dedos hasta la entrada y te la mojabas con tu propio flujo, para luego volver a subir al clítoris y frotártelo con los dedos empapados.
—Qué vergüenza —se tapaba los ojos, aunque con los dedos separados para mirarme—. ¿Tanto se veía?
—Perfectamente. Se te veía hasta el agujero del culo, Carla. La estampa era preciosa, te lo aseguro. Tú, que siempre te quejabas de no gustarte, y yo viéndote allí, con el coño abierto de par en par, como dibujada por un buen pintor porno.
—Sigue. ¿Qué pasó después?
—Soltaste el móvil y empezaste a tocarte más rápido, como ida. Los dedos volaban sobre el clítoris. Con la otra mano te habías metido por debajo de la camiseta y te apretabas una teta con fuerza, pellizcándote el pezón, retorciéndotelo como si quisieras hacerte daño.
—Sí, sí —rió por lo bajo, con la voz cada vez más quebrada—. No veas cómo me ponía. A veces me marcaba los pezones para el día siguiente.
—Y entonces empezaste a gemir otra vez, muy bajito. «Sí, sí, así», te oía murmurar. No te habías dado cuenta de que la puerta estaba entornada, así que ibas a lo tuyo sin ningún pudor.
—No te creas —aclaró—. Sabía que esa puerta a veces se abría sola. Suponía que algún día me llevaría un disgusto, aunque pensaba que nunca había pasado… o eso creía.
—Si quieres, paro.
—No, sigue. Total, ya qué más da.
—Llegó un momento en que pensé que sobraba, que ya lo había visto todo y conocía el final. Así que decidí marcharme tan callado como había llegado.
—¿Y te fuiste?
—No fui capaz. Cuando iba a dar el primer paso, te moviste y mi atención volvió a ti. Me quedé otra vez petrificado, con la polla dura como una piedra dentro del pantalón.
—¿Qué hice?
Tragué saliva al recordarlo.
—Arqueaste la espalda, levantaste la cadera y, de un tirón, te bajaste las braguitas hasta medio muslo. Y entonces te metiste dos dedos de la derecha en el coño, de golpe, hasta los nudillos. Se oyó un chapoteo, Carla. Un chapoteo húmedo, obsceno, como si el coño te estuviera pidiendo más.
Vi bajar una gota de sudor por su sien y Carla se la limpió de un manotazo, intentando disimular. No lo consiguió, y entendí que mi historia le estaba subiendo la temperatura por momentos.
—¿Y me viste…?
—El coño entero, empapado, en primer plano. Con los dedos entrando y saliendo, brillando de tu flujo. La otra mano volando sobre el clítoris.
Carla se pasó la lengua por los labios. Tenía pequeñas gotas de sudor sobre el superior.
—¿Y… te gustó?
—Más que gustarme, se me puso durísima —confesé, sin filtro ya—. Tuve que apretarme la polla por encima del pantalón para no correrme ahí mismo. No podía apartar la vista de tu coño abierto, de los dedos entrando hasta el fondo, del culo apretándose cada vez que subías la cadera.
Carla apuró su tequila de un trago y me miró sin decir nada, esperando. No la hice esperar.
—Habías llegado al final. Respirabas a toda prisa y la cadera te daba pequeños saltos sobre el sofá, follándote a ti misma con los dedos. Los metías y los sacabas cada vez más rápido, y cada embestida hacía un ruidito húmedo que me volvía loco. Doblaste las piernas y las rodillas se juntaban y se separaban solas. La mano izquierda era un torbellino sobre el clítoris y con la derecha te clavabas los dedos hasta la palma.
—Estaba a punto de correrme, supongo.
—Eso es. Y yo lo notaba. Se te tensaban los muslos, se te apretaba el culo, y del coño te empezaba a salir un hilillo blanco que te chorreaba hasta el ojete.
—¿Y entonces?
—Un par de minutos después, el orgasmo te sacudió entera, con subidas y bajadas que te hacían saltar sobre el sofá. Sacaste los dedos del coño y te frotaste el clítoris con las dos manos a la vez, como una loca. Subías las rodillas casi hasta la cara y se te veía todo, Carla, el coño convulsionando, apretándose sobre sí mismo, expulsando líquido. Por fin la espalda se te arqueó del todo, alzaste la barbilla y te quedaste inmóvil, con los ojos y los labios apretados, durante dos o tres segundos eternos. Luego abriste la boca como si te faltara el aire y soltaste un gemido largo, agudo, que se te escapó entre los dientes.
—Después la cabeza se te fue hacia delante y, cuando llegaron los espasmos, ya no te veía la cara, pero sí veía cómo el coño te seguía latiendo, cómo se contraía una y otra vez, con los muslos temblando. Las piernas se abrían y se cerraban solas y una mancha oscura se iba extendiendo por el tapizado del sofá. Tus sacudidas me parecieron interminables. Te juro que pensé: «quién pudiera meterle la lengua ahora mismo, quién pudiera hundírsela en ese coño palpitante y beberme todo lo que le sale».
—Te creo, te creo —dijo Carla con voz ahogada, y me sacó del trance. Había estado hablando casi para mí mismo.
Cuando volví a la realidad, la escena era inaudita. Carla tenía la mano derecha escondida bajo la mesa, seguramente entre los muslos. Con la izquierda se sujetaba la barbilla, muy echada hacia delante, tapándome la vista del otro brazo. Por la posición en el sillón, había tenido que cambiar de mano para ocultarse mientras se frotaba el coño por encima de la falda, o quizá directamente debajo, con las bragas apartadas. Le brillaban los ojos, entrecerrados, y los labios formaban una línea tensa. Vi cómo el brazo se le movía en pequeños tirones rítmicos, cómo se le contraían los hombros, cómo se mordía el labio inferior para no gemir.
¿Qué le pasaba? No hacía falta ser muy listo para entenderlo: Carla estaba a un suspiro de correrse allí mismo, con la mano metida entre las piernas, en sincronía con aquella tarde de hacía años que yo le acababa de devolver. Y yo, con la polla a punto de reventar el pantalón, me imaginé lo empapada que debía de tener las bragas, cómo los dedos se le hundirían entre los pliegues del coño, cómo el clítoris se le habría hinchado hasta convertirse en una perlita dura pidiendo más.
Fue solo una visión fugaz, porque se dio cuenta de que yo había vuelto al presente y se recompuso a toda prisa. Rió, aplaudió para dar por terminada la historia y se excusó para ir al baño casi corriendo. Al levantarse, vi cómo se tiraba de la falda hacia abajo y cruzaba las piernas un instante, y estoy seguro de que caminaba apretándolas con cada paso.
***
Tardó bastante en volver. Esta vez la cola de los lavabos no la echó atrás. O necesitaba más tiempo del normal para hacer allí algo más que retocarse. Me la imaginé encerrada en el cubículo, con la falda subida hasta la cintura, las bragas por los tobillos, dos dedos hundidos en el coño hasta el fondo mientras se tapaba la boca con la otra mano para que nadie la oyera correrse. Me imaginé el chapoteo húmedo, los espasmos, el mordisco en la palma para ahogar el gemido. La polla me palpitaba tanto que tuve que colocármela disimuladamente para no marcarse.
Cuando regresó, sonreía y la tensión de su cara se había evaporado. Se sentó como si nada y preguntó fingiendo desinterés.
—¿Y al final qué pasó?
—En realidad… nada.
Me miró extrañada.
—¿Nada?
—Nada, te lo aseguro. Cuando terminaste, las piernas me obedecieron y me fui. No quería ni pensar en que salieras y me pillaras en el pasillo con la polla asomando por la cintura del pantalón. Además, se encendieron unas luces en la entrada y la casa cobró vida.
Su sonrisa pícara volvió a asomar.
—¿Y no necesitaste ir al baño para… hacerte una paja?
—¿Para lo mismo que has necesitado tú hace un momento? ¿Para meterte los dedos en el coño y correrte pensando en lo que te acababa de contar?
Soltó una carcajada y se ruborizó hasta el pelo.
—¿Y tú qué sabes para qué he ido? Serás asqueroso.
Le di un toque suave en la nariz, conciliador.
—Vale, si quieres lo dejamos en empate —propuse—. Yo también me pasé un par de minutos por el baño, con la polla en la mano y tu imagen del sofá en la cabeza. Me corrí en dos tirones, echando un chorro contra la taza que me dejó vacío. Fue una de las pajas más brutales de mi vida.
—Acepto —confirmó tendiéndome la mano. Se la estreché y el apretón fue sincero y cálido—. Solo te diré una cosa.
—¿Cuál?
—Que espero que esos dos minutos te cundieran tanto como a mí. Que yo también me he corrido con dos dedos dentro, apretándome el clítoris con el pulgar, y he tenido que morderme la mano para no gritar.
Reímos cómplices y decidimos dar por terminada la noche.
***
Cuando le resumí la velada a Lucía, ya los dos en la cama, mi mujer se puso tan caliente como Carla, o más. Al menos eso me confesó, y pude comprobarlo poco después. Nada más terminar de contarle el detalle de cómo su hermana se había masturbado bajo la mesa, ya tenía la mano de Lucía apretándome la polla por encima del calzoncillo, palpando lo dura que la tenía todavía.
—Creo que ha sido una noche productiva —comentó cuando terminé.
—¿De verdad lo crees?
—Sí —sonrió acariciándome la mejilla—. Habéis roto el hielo, y eso nos facilita seguir con nuestro juego. Además, te has quitado de encima ese peso que arrastrabas desde que pasó.
—Tienes razón —asentí—. Necesitaba contárselo para soltar la carga. Y por fin lo he hecho. Me sentía tan culpable por haberme quedado mirando como un vulgar voyeur, con la polla en la mano viendo a tu hermana correrse…
—Pues ya está hecho —dijo bajando la mano por mi vientre y colándomela dentro del calzoncillo, agarrándome la polla con la palma caliente—. Y ahora… ¿me atiendes un poco? La historia, y cómo la has vivido con Carla, me han puesto a más de cien. Mira cómo tengo el coño.
Se llevó mi mano libre entre las piernas y me la hundió sobre el coño desnudo. Estaba empapada, chorreando literalmente. Los dedos se me resbalaron entre los labios sin ninguna resistencia.
—Claro, cielo, que yo no soy de piedra —respondí—. Estoy como tú o peor. Necesito resarcirme de la nochecita al lado de tu querida hermana. Necesito follarte hasta reventarte el coño.
Le tomé la boca y empecé a besarla con desesperación, metiéndole la lengua hasta la garganta mientras le hundía dos dedos en el coño de una embestida. Lucía gimió contra mis labios y me apretó la polla con más fuerza, empezando a bombearla arriba y abajo. Le arranqué el camisón por la cabeza y me lancé sobre sus tetas, mordiéndole los pezones uno detrás del otro, mientras ella se retorcía debajo de mí y me suplicaba.
—Cómemelo, Diego, cómemelo como si fuera el de mi hermana —jadeó.
Bajé por su vientre a besos hasta hundir la cara entre sus muslos. El coño de Lucía olía a hembra en celo, con los labios ya separados y el clítoris tan hinchado que le sobresalía. Le pasé la lengua de abajo arriba, muy despacio, recogiendo todo el flujo, y ella pegó un respingo que le levantó la cadera del colchón. Se lo comí con hambre, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua hasta el fondo, haciéndole círculos con la punta mientras le metía dos dedos y le buscaba el punto de dentro. Lucía se agarró las tetas con las dos manos y empezó a retorcerse los pezones mientras me follaba la cara con la cadera, subiendo y bajando contra mi boca.
—Sigue, sigue, no pares, joder —jadeaba—. Imagínate que es Carla, imagínate que es su coño el que te estás comiendo, que son sus dedos los que me estoy metiendo en la boca, que es ella la que se te está corriendo en la cara.
Se me llevaron los demonios. Le doblé las piernas contra el pecho y le abrí el coño con los pulgares, dejándole el clítoris expuesto, y me lo chupé como un poseído. Lucía empezó a gritar sin control, dando pequeños saltos sobre la cama, y el primer orgasmo la sacudió empapándome la barbilla. Me tragué su flujo con los ojos cerrados, imaginándome que era Carla la que se corría en mi boca, y la polla me palpitaba con tanta fuerza que me hacía daño contra la sábana.
Antes de que se recuperara, me subí sobre ella, le agarré la polla y me hundí de un empujón. Lucía echó la cabeza atrás y arqueó la espalda con un grito. Yo empecé a follármela con rabia, con la imagen de Carla corriéndose bajo la mesa metida en el cráneo, y a cada embestida el cabecero golpeaba contra la pared. Le agarré las piernas y se las puse sobre los hombros, para meterle la polla hasta el fondo, hasta el cuello del útero, y Lucía chillaba pidiéndome más.
—Más fuerte, más, dime que es Carla, dime que es a ella a la que te estás follando —me pedía retorciéndose.
—Es Carla —le seguí el juego jadeando—. Es tu hermana, cariño. Le estoy metiendo la polla hasta la garganta a tu hermana pequeña. Se la estoy follando en tu sofá viejo, la que se masturbó aquella tarde. Ahora es mi polla la que le está dando lo que sus dedos no podían.
Lucía se corrió con un aullido que se debió de oír en todo el edificio. El coño se le apretó sobre mi verga con tanta fuerza que casi me hizo correrme. Le di la vuelta y la puse a cuatro patas, con el culo alzado, y volví a metérsela por detrás. La agarré del pelo y empecé a embestirla con toda la fuerza que tenía, chocando mis huevos contra su clítoris, viendo cómo su culo se ondulaba con cada golpe.
—Métesela como se la meterías a ella, Diego, por favor —suplicaba con la cara contra la almohada—. Rómpeme el coño como se lo romperías al suyo.
Le metí un dedo mojado de su propio flujo en el culo y ella se corrió por segunda vez, gritando obscenidades. Yo aguanté todo lo que pude, follándomela a martillazos, hasta que no pude más y me corrí dentro de ella con un rugido, echándole toda la carga que llevaba acumulada desde el baile en la discoteca. Fueron chorros y chorros que me dejaron temblando encima de ella, con la polla todavía enterrada hasta el fondo, latiendo.
Nos derrumbamos abrazados, sudando, con el semen chorreándole por los muslos. Lucía me acarició la mejilla y sonrió.
—Que sepas —susurró— que si algún día ocurre de verdad, tienes mi bendición para follártela así.
***
Querido diario, tengo que contarte algo increíble que me ha pasado con Diego.
Como te decía, esta noche hemos salido él y yo solos a cenar y a tomar unas copas. Mi hermana se excusó con un pretexto tan flojo que no engañaba a nadie. Pero la cosa ha salido bien, sobre todo por la historia que me ha contado Diego.
Resulta que, hace unos años, cuando yo estaba en la universidad, me sorprendió masturbándome en mi habitación. Con dos dedos metidos en el coño hasta el fondo y las tetas al aire, según me ha descrito con pelos y señales. Y por esa tontería se quedó medio traumatizado, sintiéndose un miserable por haberse quedado mirándome el coño abierto. Qué inocente, el pobre.
He tenido que morderme la lengua para no decirle que lo que vio aquella tarde era algo que hacía casi a diario al volver de clase. Que a veces me follaba con el mango del cepillo, otras con un consolador que había escondido en el cajón de las bragas, y muchas otras simplemente con los dedos, dos, tres, cuatro si aguantaba. Y que, muchas veces, mientras me machacaba el clítoris, en quien pensaba era en él. Sí, en el novio de mi hermana, aunque fuera el último hombre al que podía aspirar.
¡Si él supiera! Si supiera que aquella misma tarde, mientras me miraba alucinado desde la puerta con la polla dura en la mano —porque estoy segura de que se la estaba pelando, no me lo ha dicho pero seguro que sí—, yo lo estaba imaginando a él. Imaginaba su polla entrando y saliendo de mí, mientras me chupaba las tetas y me susurraba guarradas al oído. Pero nunca lo sabrá, querido diario. Será nuestro secreto. O, quién sabe, quizá algún día se lo cuente, si llega el momento.
Los orgasmos pensando en Diego eran el doble de intensos que los demás. Me lo imaginaba llegando a rescatarme de cualquier sitio, arrancándome la ropa, tirándome sobre la cama y follándome hasta partirme por la mitad. Me imaginaba su polla hundiéndose en mi coño hasta el fondo, sus manos apretándome el culo, su boca chupándome los pezones. Me imaginaba tragándomela hasta la garganta, ahogándome con ella, y luego recibiendo su corrida en la cara, en las tetas, dentro de la boca. Y me corría con sus manos imaginarias en las mías, con sus dedos imaginarios en mi coño, mordiéndome la almohada para que no me oyera nadie.
Esta noche, además, mientras me contaba lo del voyeur, me he corrido bajo la mesa con dos dedos metidos en las bragas. Y después, en el baño de la discoteca, con la falda subida y la espalda contra la pared del cubículo, me he metido los dedos hasta los nudillos pensando en él, en su cara mientras me miraba correrme hace años, y me he corrido otra vez, mordiéndome la palma para que no me oyeran las de la cola.
En fin, cosas de aquella época que vuelven ahora con más fuerza que nunca. Ahora voy a recordar viejos tiempos siguiendo el hilo de la historia que me ha contado esta noche. Voy a meterme en la cama, voy a coger el consolador del cajón, y voy a volver a pensar en él mientras me lo hundo hasta el fondo. Buenas noches, querido diario.





