El plug que me ordenó llevar puesto al hotel
Habían pasado casi tres meses desde la última noche con Damián, y en ese tiempo nos habíamos convertido en cómplices de una rutina que me consumía. Nos escribíamos todos los días. Él era el espectador más fiel de mis sesiones a solas: durante la semana me grababa terminando en el baño del trabajo, con los dedos hundidos en mí, y me las arreglaba para mandarle el video justo antes de alguna de sus reuniones. Me daba un placer perverso saber que lo dejaba duro y desesperado minutos antes de sentarse frente a un cliente.
Él me pagaba con la misma moneda. Fotos suyas, videos cortos donde cumplía exactamente lo que yo le pedía: su cara de morbo, su mano firme, el momento exacto en que se venía. A todo eso se sumaban los mensajes, larguísimos y sucios, donde inventábamos lo que nos haríamos cuando volviéramos a estar piel con piel. Yo era apenas la segunda mujer con la que él había estado, pero su imaginación adivinaba mis fantasías más enterradas y me empujaba a querer cosas que ni yo sabía que deseaba.
Volver a vernos se volvió urgente. Damián se inventó un viaje a la ciudad para visitar a un proveedor nuevo de su empresa, lo bastante lejos como para justificar quedarse una noche entera. Contamos los últimos quince días como dos chicos esperando una fecha marcada en el calendario.
Siete, decía su mensaje una mañana. Faltaba una semana y se me hizo una eternidad. Esos días me tocaba con una frecuencia casi enfermiza, imaginando todas las formas en que quería que me llenara, que me usara, que me dejara sin aire. Otro día más de visitas furtivas al baño me esperaba.
***
Al llegar a la oficina, el recepcionista me saludó y me avisó que había un paquete pequeño para mí. A veces compraba cosas por internet y ponía la dirección del trabajo para asegurarme de que hubiera alguien para recibirlas, pero esa mañana no recordaba ningún pedido pendiente. Subí, me senté en mi escritorio antes de que llegaran mis compañeros y giré la caja entre las manos. Era liviana, no más grande que media caja de zapatos, envuelta con un cuidado que no parecía de una tienda.
La sacudí. Algo pesado golpeó contra el cartón. Leí el nombre dos veces para asegurarme de que no fuera un error: «Marina Solís», escrito a mano con un plumón fino y negro. Esa letra la reconocía. La abrí.
Bajo un papel de seda gris había una tanga de encaje negro y una bolsita de tela, también negra, que guardaba algo macizo. No me costó adivinarlo. Lo saqué: un plug de metal pulido, coronado por una piedra ambarina que brillaba bajo la luz de la mañana. Sentí cómo el calor me subía desde los muslos hasta el pecho. Damián. Crucé las piernas. Damián. No había ninguna duda sobre quién lo enviaba. Una nota acompañaba los dos regalos: «Para nuestra cita, quiero que lleves los dos puestos. O que no lleves nada».
Mis compañeros empezaron a entrar. Guardé todo de golpe en el cajón y disimulé como pude mientras los saludaba. En algún mensaje le había confesado dónde trabajaba, y esa atención calculada de mi amante me derretía.
***
Esperé a que se fueran a almorzar. Me excusé diciendo que quería terminar un correo importante, y apenas escuché la puerta cerrarse, agarré los regalos y me encerré en el baño. Toda la mañana había peleado contra las ganas de abrir ese cajón. Me bajé el pantalón y la ropa interior, que no se había secado en horas. Una película tibia y espesa me cubría, de esas que se quedan largo rato en los dedos cuando se tocan. Siempre había sido así, demasiado húmeda, y quería que él lo supiera. Quería volverlo loco con una foto.
Recogí un poco de mi propia humedad y la llevé hacia atrás, masajeándome despacio para empezar a ceder. El plug estaba helado, así que lo calenté en mi boca, como había visto hacer en tantos videos. Entre el metal entre mis labios y mi cuerpo abriéndose con una facilidad que me sorprendía, me sentí descaradamente puta. Su zorrita, de pie junto al inodoro, con la ropa enredada en los tobillos, arqueada y abierta para él aunque estuviera a kilómetros.
Cuando el plug alcanzó casi la temperatura de mi piel, lo cubrí de saliva y lo apoyé en su sitio. Nunca había usado un juguete así. Por suerte era de tamaño pequeño y yo no era ninguna principiante: presioné con la punta, sentí cómo me abría centímetro a centímetro y no pude evitar tocarme al mismo tiempo. Lo mantuve unos segundos a medio entrar, disfrutando de cómo me estiraba la parte más ancha, y lo dejé pasar del todo. Quedó perfecto, presente sin molestar, dándome un morbo terrible.
Levanté el celular en modo cámara. Entre mis nalgas brillaba esa piedra insolente. Me puse la tanga negra: el encaje finísimo se ajustaba a mi cuerpo y dejaba adivinar, por transparencia, el destello del plug. Damián no solo era un amante increíble, también tenía buen gusto. Le mandé la foto sin más texto que «Me voy a venir con los dos puestos ahora mismo» y un beso. Sin esperar respuesta, me froté el clítoris más fuerte, más rápido, los dedos resbalando solos. Estaba tan al borde que el orgasmo me llegó en un par de minutos, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
***
Nos veríamos a las seis en un hotel del centro, y para llegar tenía que tomar un colectivo de media hora. Poco tiempo, en teoría, pero entre las ganas de verlo y la inseguridad deliciosa de sentir el aire colándose bajo mi falda roja, rozándome donde nadie debía, se me hizo un viaje insoportable. Había elegido la segunda opción de su nota. No llevar nada. Solo liguero, medias negras finísimas y la falda. Lista para que me descubrieran en cualquier momento.
Damián me escribió justo cuando bajaba del colectivo: «Llegué. Habitación 105. No pases por recepción». El hotel ocupaba un antiguo convento, el mismo de la última vez. Subí la imponente escalera de piedra a paso rápido; no la recordaba tan enorme. La alfombra gruesa del pasillo ahogaba el repiqueteo de mis tacos. Estaba febril, separada de él por unos pocos metros y unos pocos segundos. Toqué la puerta con timidez. Se abrió.
Damián. Nos abrazamos con fuerza, con prisa, y nos besamos con esa mezcla de deseo y alivio que solo da la espera. Le agarré el cuello, la cara, esa barba oscura salpicada de algún hilo plateado. Él me sujetó la cintura y las nalgas mientras me devoraba la boca. Cerramos la puerta sin soltarnos. Del bolsillo del abrigo saqué la tanga que me había regalado y se la entregué. Me miró sorprendido un instante y deslizó la mano bajo mi falda.
—Eres una diosa —suspiró entre besos, palpando mi piel desnuda.
Sentía su erección dura contra mi vientre. Le desabroché el cinturón con dedos nerviosos mientras los suyos comprobaban lo mojada que estaba. Apenas me los metió un par de segundos antes de que yo me diera la vuelta y me apoyara en el pequeño escritorio, frente al espejo. Había fantaseado con preliminares largos, con lamernos sin apuro, pero la realidad no admitía freno: necesitaba que me penetrara ya, y las ganas eran mutuas. Solo me levantó la falda y la blusa, dejándome los pechos al aire, que apretó con fuerza.
Su sexo entró despacio, regalándome esa sensación indescriptible de la primera estocada. Sin soltarme la mirada en el espejo, me dio unas embestidas profundas, lentas, magistrales. Cuando llevé la mano a mi clítoris, la reemplazó por la suya. Mantuvo su miembro hundido hasta el fondo y presionó ese punto sensible hasta hacerme venir al instante, las rodillas temblando contra el escritorio.
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Nos abrazamos y me senté en la cama, quitándome la blusa y la falda pero conservando el liguero y las medias. De espaldas o a cuatro patas, sabía que ese atuendo lograba su mejor efecto, las ligas ciñendo mis muslos, y quería darle el gusto de verme así. Le encantaba, claro. Pasados los treinta, me enorgullecía mi cuerpo: si me faltaba pecho, lo compensaban unas nalgas firmes, piernas largas trabajadas en el gimnasio y una espalda que muchos quisieron recorrer. Desde muy joven había descubierto el poder de provocar el deseo de un hombre que yo elegía, y me fascinaba. Las erecciones de mis amantes eran una droga dura. La de Damián valía por mil.
Me eché hacia atrás y él se hundió entre mis piernas para lamerme. Las abrí del todo, dejándole recoger con la punta de la lengua lo que tanto le gustaba. Él sabía que yo anhelaba tocarme con fuerza hasta provocar el squirt, y cuando sus dedos entraron sin que dejara de lamer, se me escapó un gemido largo. Los movía con una maestría que recordaba bien, empujándome de nuevo hacia ese límite delicioso entre la urgencia y el placer.
Por mensaje me había preguntado alguna vez si querría probar cuánto podía estirarme. La idea me daba un morbo enorme. Le pedí que me metiera más. Estaba tan mojada que no le costó sumar un dedo, y otro, hasta que sentí su mano avanzar casi entera, el pulgar afuera presionando mi clítoris. La movía con constancia, firme pero sin brusquedad. El sonido líquido crecía y crecía. Así llegó mi segundo orgasmo, estirada por su mano, soltando para su deleite una cantidad considerable de líquido que él bebió directo de la fuente.
***
No me dio tregua. Segundos después me había puesto a cuatro patas, abriéndome las piernas con un golpe hábil de rodilla y hundiéndome los hombros contra el colchón. Recibí su sexo por segunda vez, y cuando me escupió en el ano, las ganas de tener el plug puesto volvieron de golpe. Lo buscó en mi bolso y me lo metió un rato en la boca para que lo calentara. Tomó el gel que yo había dejado a mano y dejó caer una buena dosis entre mis nalgas. Yo me dejaba preparar, dócil.
Damián amasó mi entrada con círculos regulares, y cuando me sintió lo bastante floja empezó a penetrarme con un dedo. No lo dejaba quieto ni lo metía hondo, solo me abría con una paciencia que me volvía loca. Después de un par de minutos, viendo que yo volvía a acariciarme con esos gemidos suaves de gata mimada, recuperó el plug, lo untó y lo apoyó en su sitio. Jugó, por supuesto: cuando estaba a punto de dejarlo entrar lo sacaba y volvía a presionar, manteniéndome ocupada justo en la parte más ancha.
—Déjalo así, por favor, me encanta —supliqué.
Me habría quedado horas con esa tensión sutil, con la sensación plena de estar ocupada. Ya conocen el equilibrio imposible entre delicadeza y morbo que destilaba cada gesto suyo, así que imaginen con qué precisión deslizó el juguete del todo, con una presión continua, amasándome mientras jadeaba al ver cómo cedía mi intimidad.
—Entró solito, tu cuerpo se lo tragó sin pena. El día que me dejes follarte ahí será fiesta nacional para el resto de mi vida —dijo, maravillado.
Me giré boca arriba. Damián me acariciaba el pelo y me besaba, y de no ser por el plug puesto y por su miembro duro como una piedra, cualquiera habría pensado que estábamos por dormirnos abrazados. Como no me había visto con la tanga de encaje, me pidió que me la probara. Me levanté a buscarla y me la puse sobre el liguero, dándole la espalda y agachándome para que disfrutara de la joya que brillaba entre mis nalgas. El resultado lo enloqueció.
—¿Quieres ver si me queda realmente bien? —pregunté, quitándome de nuevo el encaje.
—Sí, a ver…
Se sentó entre mis piernas, me dio un par de lamidas generosas y retomó su masturbación lenta. Sabía que el espectáculo que iba a regalarle lo destrozaría. Con las piernas muy abiertas y el clítoris expuesto, empecé a tocarme apenas para no venirme antes de tiempo. Con la otra mano agarré la tanga y comencé a metérmela dentro. Entre su saliva y mi humedad, la tela resbalaba entre mis labios. La empujaba poco a poco con los dedos, esa sensación apenas áspera sumada al morbo de exhibirme. Me fascinaba enseñarle cómo me llenaba sola con mi propia ropa interior. Centímetro a centímetro la hice desaparecer.
Sin dejar de frotarme, lo miré a los ojos y le pregunté si así me quedaba mejor. No escuché su respuesta: me invadió un orgasmo vergonzosamente intenso. Las contracciones empujaron afuera una puntita del encaje. Damián, hipnotizado, acercó su sexo y lo pasó entre mis labios mojados, y con el glande volvió a empujar la tela hacia adentro. Los dos respirábamos hondo, perdidos en lo que hacíamos. Entró hasta la mitad, apretando contra el encaje que ya se había hundido. Con el plug atrás y esa penetración, la más obscena que había conocido, me sentí divinamente llena. Me dejé estirar todavía más, y cuando su sexo encontró su sitio, envuelto por la tela suave y empapada, empezó a moverse. No hicieron falta más que unas pocas embestidas para que se viniera con un suspiro hondo, inundándome.
No descansó ni unos segundos. Respondiendo a mis quejidos frustrados, bajó a lamerme el clítoris y me metió los dedos para enganchar la tanga. La fue tirando hacia afuera, despacio, aumentando la presión de su lengua, y cuando me sintió al borde la arrancó de un solo tirón, sacándome un grito ronco de puro placer.
***
Nos abrazamos largo rato, nos besamos más todavía. Me quedé memorizando la constelación de pecas que le cubría el pecho. Me tendió la tanga, completamente empapada de los dos.
—Es hora de ir a cenar, y quiero que salgas con esto puesto, así, húmedo. Para que recuerdes a cada paso cómo acabo de usarte, zorrita mía.
Le sonreí y me la puse sin protestar. Damián era el regalo más inesperado que me había dado la vida, y esa noche, con la prueba de él pegada a mi piel, lo supe con una certeza absoluta.