Lo que mi marido y yo hacemos a puerta cerrada
Hay una versión de mí que casi nadie conoce. La que sonríe en las cenas de la oficina, la que saluda a los vecinos en el ascensor, la que devuelve el cambio de más en la panadería. Esa mujer es real, pero solo es la mitad de la historia. La otra mitad vive a puerta cerrada, en el dormitorio que comparto con Bruno, y es bastante más sucia de lo que cualquiera imaginaría.
Siempre fui una mujer de apetitos. Desde joven me atrajo todo lo que el resto consideraba demasiado, lo que estaba un paso más allá de lo decente. Cuando conocí a Bruno y descubrí que él tenía la misma curiosidad sin fondo, supe que había encontrado a mi cómplice. Fuimos avanzando despacio, probando, sumando, hasta que llegamos a lo que de verdad nos enciende: el juego más cerdo de todos, el que mezcla el control absoluto con la entrega total.
Aquella tarde de sábado lo planeamos con calma. Habíamos comido fuerte al mediodía, una fuente de garbanzos guisados y una carne pesada, sabiendo lo que vendría después. Cerramos las cortinas, desconectamos los teléfonos y pusimos una toalla vieja sobre el colchón. La anticipación era casi peor que el acto. Llevaba toda la sobremesa apretando los muslos por debajo de la mesa.
—¿Lista? —me preguntó Bruno, quitándose la camiseta junto a la cama.
—Llevo lista desde que pusimos la mesa —contesté.
***
Empezamos como siempre, por lo conocido, para encender la mecha despacio. Me arrodillé frente a él y me metí su sexo en la boca. Bruno me sujetó el pelo con una mano, sin tirar todavía, marcándome el ritmo con suavidad. Yo lo chupaba con ganas, mirándolo hacia arriba, disfrutando de la forma en que se le entrecerraban los ojos. Le dejé el miembro brillante de saliva antes de soltarlo con un sonido húmedo.
—Ahora tú —dijo, y me empujó con delicadeza hacia el colchón.
Me tumbé boca arriba y él se acomodó entre mis piernas. Sentí su aliento primero, después su lengua. La movía despacio sobre mi clítoris, dibujando círculos que me obligaban a arquear la espalda. Bruno sabía exactamente qué hacer; años de práctica le habían enseñado cada uno de mis puntos. Me lamía con hambre, hundiéndose, mientras yo me pellizcaba los pezones, que se me habían endurecido hasta doler.
No aguanto mucho más así.
Cuando notó que estaba a punto, paró. Era parte del juego: llevarme al borde y dejarme caer al vacío sin terminar. Se puso un preservativo y me penetró de una sola estocada. Su cara quedó a un palmo de la mía. Le saqué la lengua con descaro y él me la mordió antes de besarme.
—Eres una guarra —me susurró al oído—. Mi guarra.
—Dilo otra vez —le pedí, jadeando.
Me embestía con una fuerza que hacía crujir la cama. Yo gemía sin control, agarrándome a sus hombros, clavándole las uñas. Bruno me hablaba sucio, una retahíla de obscenidades que me encendía tanto como sus movimientos. Estuvo así varios minutos, hasta que se retiró antes de correrse. No queríamos terminar todavía; lo bueno estaba por llegar.
***
—Ponte a cuatro patas —ordenó, y obedecí sin pensarlo.
Apoyé la frente contra el cabecero y arqueé la espalda, ofreciéndole el culo. Sentí su lengua recorrerme la raja, deteniéndose en el ano, ensañándose ahí con paciencia. Me abrió las nalgas con las dos manos para llegar más adentro. La sensación me recorría la columna como una corriente. Cuando consideró que había lubricado bastante, se incorporó y me penetró por detrás.
El impacto me arrancó un grito ahogado. Bruno entraba y salía sin tregua, y el choque de su cuerpo contra el mío llenaba la habitación de un ruido obsceno que me ponía aún más cachonda. Me dio una palmada en una nalga, luego en la otra, hasta dejármelas ardiendo. Yo empujaba hacia atrás, buscando que entrara más hondo, perdida en la mezcla de dolor y placer.
—Date la vuelta —dijo de pronto, con la voz ronca—. Me han entrado ganas.
Se me aceleró el pulso. Esa frase era la señal, la puerta que daba paso a lo que de verdad esperábamos. Me tumbé boca arriba en mitad del colchón y lo miré subir a horcajadas sobre mí, de cuclillas, dejando su trasero justo encima de mi cara.
***
Abrí la boca y esperé. Bruno empezó soltando un par de gases que aproveché para respirar hondo. El olor, intenso y áspero, me llenó la cabeza de una excitación que no sé explicar a quien no comparta esto. Para nosotros no hay nada repugnante en ello; es lo más íntimo, lo más nuestro, el último secreto que no enseñamos a nadie.
—Aguanta ahí —murmuró, apretando.
Me toqué el clítoris con la mano mientras él hacía fuerza. Vi cómo su cuerpo se tensaba, cómo el músculo cedía poco a poco. El primer trozo asomó despacio, grueso, y cayó directo entre mis labios abiertos. El peso, la textura tibia, el sabor terroso me invadieron de golpe. Tragué lo que pude y lo que se me escapó lo dejé resbalar por la comisura hasta mi cuello.
Bruno no había terminado. Levantó un poco más las caderas y empujó de nuevo. El segundo trozo me cayó sobre la frente y fue deslizándose hasta la nariz. Saqué la lengua y la subí para recogerlo, sin perder una sola gota de aquella entrega. Él me miraba desde arriba con una mezcla de orgullo y deseo que me hacía sentir la mujer más venerada y la más degradada al mismo tiempo. Esa contradicción es exactamente lo que buscamos.
Se incorporó, agarró lo que había quedado y empezó a restregármelo por el cuerpo. Por los pechos, por el vientre, por los muslos. Yo gemía, completamente entregada, untándome a mí misma, embadurnándome de su olor. La habitación entera apestaba, y a nosotros aquel aroma nos volvía locos.
***
—Ahora me toca a mí darte de comer —dije, empujándolo para que se tumbara.
Bruno se dejó caer de espaldas, sonriendo, con los ojos brillantes de pura ansia. Me coloqué de cuclillas sobre su rostro, igual que él había hecho conmigo, y dejé mi trasero a un par de centímetros de su boca abierta. Él me agarró las caderas, impaciente, atrayéndome hacia abajo.
Empecé a apretar. Primero salieron unos gases que mi marido olfateó como un poseso, hundiendo la nariz entre mis nalgas. Hice presión durante un buen rato, sintiendo cómo todo se abría camino. Bruno esperaba con la lengua fuera, hambriento. Cuando por fin el primer trozo cedió y cayó dentro de su boca, lo oí suspirar de placer y empezar a saborearlo despacio.
No le di tregua. Un segundo empujón llenó de nuevo aquella boca abierta. Bruno se masturbaba mientras tragaba como buenamente podía, con el rostro completamente entregado a su fetiche. Verlo así, perdido, fuera de sí, me llevaba al borde una y otra vez. Me incorporé un poco y me desplacé hasta dejar mi culo sobre su torso, donde le dejé un último trozo que él se untó por el pecho y la barriga con las dos manos, imitando lo que yo había hecho antes.
Me incliné y empecé a lamerle el torso, recorriendo cada centímetro de aquella mezcla que era nuestra. El sabor, el olor, el calor de su piel temblando bajo mi lengua. Bruno no podía más.
***
—Me corro —avisó con un gemido largo.
Su semen salió a borbotones y se mezcló con todo lo demás sobre su vientre. Unos segundos después, todavía agitado, soltó también un chorro de orina que le limpió un poco el cuerpo, deslizándose por sus costados hasta la toalla. Yo lo miraba, satisfecha, sintiendo aún el cosquilleo entre las piernas.
—Falto yo —dije.
Me arrastré hasta colocar mi sexo sobre su cara. Bruno entendió de inmediato y me sujetó los muslos. Me dejé ir, meándome sobre su rostro mientras él abría la boca para beber lo que pudiera. Terminé con un estremecimiento que me recorrió de la cabeza a los pies, el orgasmo retenido durante toda la sesión estallando por fin.
Nos quedamos un momento quietos, recuperando el aliento, mirándonos como dos cómplices que acaban de cometer un crimen delicioso. Las sábanas estaban arruinadas, el cuarto era un desastre y nosotros estábamos hechos un par de auténticos cerdos. Y aun así, o precisamente por eso, no había en el mundo dos personas más unidas que nosotros en ese instante.
—Hay que meter todo esto en la lavadora —dijo Bruno, riéndose.
—Después —contesté—. Primero, una ducha juntos.
***
Nos metimos bajo el agua caliente y nos enjabonamos el uno al otro sin prisa, magreándonos entre risas y caricias. La parte sucia ya había pasado, y llegaba la ternura, que para nosotros es igual de importante. Bruno me abrazó por la espalda, me besó el cuello y me dijo al oído algo que llevaba tiempo rondándole.
—¿Y si la próxima vez subimos un nivel?
—¿En qué estás pensando? —pregunté, girándome hacia él.
Me lo contó, una idea nueva, más extrema todavía, que prefiero guardarme para nosotros. Le mordí el labio a modo de respuesta. No hizo falta decir que sí en voz alta.
Esa es la verdad de nuestro matrimonio, la que no aparece en las fotos de las cenas ni en los saludos del ascensor. A puerta cerrada somos otra cosa: dos personas que dejaron de tenerse vergüenza hace mucho, que encontraron en lo prohibido un lenguaje propio. Mientras podamos cerrar esa puerta, seguiremos buscando juntos hasta dónde llega el deseo cuando se le quitan todos los frenos. Y créeme: todavía no hemos encontrado el fondo.