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Relatos Ardientes

La flor del bosque me entregó a un desconocido

Irene salía cada tarde del campus por la puerta sur y tomaba el atajo que cruzaba el bosque de Valdehúmedo. Era el camino que todos evitaban al anochecer y que ella recorría sin pensarlo dos veces. Los del pueblo hablaban de cosas viejas entre aquellos árboles: hadas que robaban niños, criaturas que cambiaban de forma, voces que llamaban por tu nombre cuando nadie te seguía. Irene escuchaba esas historias con una sonrisa educada y seguía atravesando el bosque, porque era media hora menos de regreso a la residencia y porque, en el fondo, nunca había creído en nada que no pudiera tocar.

El sendero empezaba ancho y luminoso, flanqueado por helechos que se mecían con cualquier brisa. Casi siempre se cruzaba con alguien: un corredor, una pareja de la facultad, algún vecino con su perro. Saludaba con la cabeza y continuaba. Pero había un tramo, justo en la mitad, donde la vegetación se cerraba sobre el camino como un techo y la luz se volvía verde y espesa. Allí nunca había nadie. Allí el aire cambiaba, se volvía denso, y los pájaros dejaban de cantar como si supieran algo que ella ignoraba.

Aquella tarde de octubre, en ese tramo oscuro, Irene se detuvo.

A unos metros del sendero, en el tronco retorcido de un roble, había una flor que no tenía ningún sentido. No crecía del suelo ni de una rama, sino directamente de la corteza, como si alguien la hubiera clavado en la madera. Sus pétalos eran de un púrpura profundo, casi negro en el centro, y se movían apenas, despacio, aunque no soplaba el viento. Irene jamás había visto nada igual, y llevaba tres años cruzando aquel bosque.

Se acercó. Sabía que no debía, pero el cuerpo se le adelantó a la cabeza. Se inclinó sobre el tronco y la olió.

El aroma la atravesó como una corriente. No fue dulce ni floral: fue cálido, animal, algo entre la piel recién sudada y el metal. Una sensación de ardor le subió por el pecho y se le instaló entre las piernas con una intensidad que la dejó sin aliento. Al principio fue lento, un calor sordo. Después se volvió urgente, imposible de ignorar, como si la flor le hubiera prendido fuego por dentro y solo hubiera una manera de apagarlo.

Miró a su alrededor. El sendero estaba vacío en las dos direcciones. Y entonces, sin permitirse pensarlo, deslizó la mano dentro del pantalón.

Se tocó allí mismo, de pie junto al árbol, con la mochila todavía colgada del hombro. Solo un momento, se dijo. Solo hasta que pase. Pero no pasaba. Cuanto más se frotaba, más crecía el fuego, y su respiración empezó a romperse en jadeos cortos que se perdían entre los árboles.

No oyó los pasos. No sintió la sombra que se desprendió de la espesura y se acercó por detrás, despacio, con la paciencia de quien ha esperado mucho tiempo este preciso instante.

Lo primero que notó fue una pierna junto a la suya. Sin sobresaltarse —y eso fue lo más extraño, que no sintió miedo—, Irene se abrazó a esa pierna como a un poste, buscando apoyo, todavía con la otra mano ocupada. Giró apenas la cabeza. Era un chico joven, de rasgos hermosos y demasiado perfectos, con unos ojos que no reflejaban la poca luz que quedaba. La miraba sin sonreír, sin sorpresa, como si ella estuviera exactamente donde él quería.

—No pares —dijo él. La voz fue baja, tranquila, una orden disfrazada de permiso.

Irene obedeció. Ni siquiera se planteó otra cosa. Algo en aquel tono le quitó las decisiones de las manos y las dejó a sus pies, y descubrió que rendirse era el alivio más profundo que había sentido nunca.

El desconocido le bajó el pantalón con un solo gesto, sin prisa, hasta dejarlo en sus tobillos. La colocó: le abrió un poco más las piernas con la rodilla, le inclinó la espalda hacia adelante con una mano firme en la nuca. Irene se dejó modelar como arcilla. Cada vez que él la movía, una corriente de placer le recorría la columna, y entendió que esa entrega —el no elegir, el ser puesta donde otro decidía— era parte del fuego que la flor había encendido.

Sintió sus dedos antes que ninguna otra cosa. Entraron en ella desde atrás, lentos y exactos, mientras ella seguía frotándose el clítoris con su propia mano, ahora torpe, temblorosa. Él marcaba el ritmo desde dentro y ella solo intentaba seguirlo. Era un diálogo sin palabras en el que ella no tenía ni una sola línea.

—Quieta —susurró él contra su oído, y se arrodilló detrás de ella.

Irene sintió el aliento cálido entre sus nalgas un segundo antes de la lengua. La primera caricia fue suave, casi tierna, un roce húmedo que la hizo arquearse. Después él presionó, y la lengua la penetró por detrás con una facilidad que no debería haber sido posible. Irene contuvo un grito. Notaba cómo entraba en ella, demasiado, más de lo que cualquier lengua podía entrar, deslizándose hacia dentro mientras los dedos seguían trabajando en su sexo sin detenerse jamás.

Miró hacia atrás, incrédula. La cabeza del chico —si es que era un chico— estaba pegada a su cuerpo, los ojos cerrados, absorto. Y aun así sentía esa lengua avanzar dentro de ella como si tuviera voluntad propia, como si explorara cada centímetro de su interior. La razón le pedía huir. El cuerpo le suplicaba que no se moviera ni un milímetro.

Le cogió del pelo con una mano. No para apartarlo. Para sujetarse a algo mientras el mundo se inclinaba.

—Por favor —dijo Irene, y ni ella sabía qué estaba pidiendo.

El orgasmo empezó a formarse en algún lugar profundo, mucho más adentro de lo que ella alcanzaba a tocar. No era el placer rápido y conocido de las noches en su cuarto. Era algo que crecía por capas, una marea que subía despacio y que él controlaba por completo: aceleraba los dedos cuando ella se acercaba demasiado, los frenaba cuando estaba a punto, jugando con el borde, manteniéndola colgada del filo hasta que Irene creyó que iba a perder la cabeza.

—Ahora —dijo él.

Y movió la cabeza con una sacudida brusca, arrastrando la lengua entera en un solo trazo por todo su recorrido interno. Irene se rompió. El orgasmo la golpeó con una violencia que le dobló las rodillas, una sacudida tras otra que no terminaban, que se encadenaban como si él no la dejara bajar. Apretó el puño en su pelo, abrió la boca sin que saliera ningún sonido, y todo su cuerpo se convirtió en una sola descarga.

Fue tan intenso que perdió el control de sí misma. El chico retiró los dedos de su sexo justo a tiempo, y un chorro salió de ella con una fuerza que la avergonzó y la liberó al mismo tiempo, empapando el pantalón caído y la tierra del sendero. Irene nunca había hecho algo así. Nunca había dejado de ser dueña de su propio cuerpo de esa manera. Y nunca había deseado tanto perderse.

El placer no terminaba. Mientras descendía, oleada a oleada, sentía la lengua retirarse despacio de su interior, retroceder centímetro a centímetro, dejando un vacío extraño y tibio a su paso. Cuando por fin salió del todo, Irene tuvo la sensación absurda de que se llevaba consigo algo que era suyo, pequeñas cosas sin nombre que nunca llegaron a tocar el suelo.

***

Tardó en recomponerse. Las piernas le temblaban, el corazón le golpeaba el pecho, y un sudor frío empezaba a sustituir al calor. Cuando al fin consiguió incorporarse y girarse, no había nadie.

El sendero estaba vacío. No se oían pasos alejándose, ni ramas quebrándose, ni respiración. Y en el tronco del roble, donde minutos antes se mecía aquella flor imposible, ahora solo había corteza lisa. Ni rastro de pétalos púrpura. Ni rastro del chico.

Irene se subió el pantalón empapado con dedos torpes. Buscó la ropa interior por el suelo, entre las hojas, pero no la encontró, y una urgencia repentina la convenció de que no debía quedarse ni un segundo más. Recogió la mochila y echó a andar deprisa, casi corriendo, sin atreverse a mirar atrás, sin permitirse pensar en lo que acababa de pasar. Solo quería salir del bosque. Solo quería estar a salvo.

No vio lo que ocurrió después.

Cuando sus pasos se perdieron por el sendero, una figura se separó de la sombra de los árboles. El chico —o lo que tomaba su forma— caminó hasta un arbusto cercano y se agachó. Allí, enredada en las ramas bajas, estaba la ropa interior de Irene. La recogió con cuidado, se la llevó a la cara y la olió largamente, con los ojos cerrados, igual que ella había olido la flor. Después se la guardó.

Extendió la mano hacia el tronco del roble. Bajo sus dedos, lenta, despacio, la flor púrpura volvió a brotar de la corteza, fresca y húmeda, abriendo de nuevo sus pétalos al aire denso del bosque.

Desde el otro extremo del camino, una voz alegre de muchacha rompió el silencio. Otra estudiante que volvía a su residencia, como cada tarde, sin saber nada.

—¡Qué flor más bonita ha crecido en ese árbol! —dijo, y empezó a acercarse.

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Comentarios (5)

MascaraRoja

que relato mas oscuro y atrapante!! me encanto

SombraDelBosque

La parte de la flor me dejo sin palabras, muy bien logrado el ambiente. No es lo tipico del genero.

Lectora_sigilosa

Lo lei antes de dormir y me tuve que tapar con algo mas porque se me pusieron los pelos de punta jaja. Muy buena trama, tiene algo especial que no se encuentra seguido. Felicitaciones de verdad

LucasBsAs94

Esperando la segunda parte por favor!! quede con ganas de saber como sigue todo

SilviaNoc

Me recordo a esas historias que te contaban de chica y no podias dormir, pero en version adulta jaja. Muy bueno

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