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Relatos Ardientes

El taxista cobró la espera con mi sumisión

Una de mis tareas en la constructora donde trabajo es ocuparme de los depósitos de sueldos y de los pagos a proveedores. Eso significa recorrer dos o tres bancos la primera mañana de cada mes, siempre con la misma rutina y casi siempre con el mismo apuro. Para no perder tiempo, la empresa me reservaba un taxi que quedaba a mi disposición durante todo el recorrido.

Aquella mañana de finales de primavera llamé a la central y pedí un móvil. Mientras esperaba, me retoqué el maquillaje frente al espejo del ascensor y me puse una gota más de perfume detrás de la oreja. Llevaba un vestido negro de falda corta, zapatos de punta abierta con taco aguja, y debajo un conjunto de encaje con una tanga roja diminuta. Las medias de lycra me llegaban hasta la mitad del muslo, sostenidas por una liga de silicona. No me vestía así para nadie en particular. O eso me decía.

El taxi llegó puntual. Bajé, lo abordé y saludé al conductor, que me devolvió el saludo con una cortesía exagerada y sin disimular del todo la mirada que se le fue hacia mis piernas cuando me senté y la falda cedió unos centímetros. Se llamaba Aníbal. Tendría unos cincuenta y largos, robusto, de panza ancha, sin barba, con el pelo oscuro y corto. Era de esos hombres que hablan todo el tiempo: cada vez que subía a su auto me contaba con lujo de detalles cómo había sido su jornada o qué andaba haciendo cada uno de sus hijos.

Me llevó hasta el primer banco y esperó mientras yo pagaba varias cuentas por ventanilla. Después fuimos al segundo, donde tenía que depositar la planilla de sueldos. Pero el sistema estaba caído y la cola no avanzaba. Salí un momento a la vereda para avisarle a Aníbal que me iba a demorar, y él, con una sonrisa torcida, me soltó que esa espera me iba a salir cara.

—No seas malo —le contesté riéndome, y volví adentro sin darle mayor importancia.

Tardé más de una hora. Cuando por fin terminé el trámite y subí al taxi, lo único que quería era llegar a la oficina y sacarme los zapatos. Pero Aníbal no arrancó.

—Lore —dijo, mirándome por el espejo retrovisor—, no pensarás que esto se arregla con plata, ¿no?

—Facturale el tiempo de espera a la empresa —le respondí, sin entender del todo—. Es por trabajo, lo pagan sin problema.

Negó con la cabeza, despacio, sin dejar de mirarme.

—No, chiquita. No hablo de eso. Lo que quiero es que nos tratemos bien acá, en el auto.

Me quedé muda unos segundos. No puede estar diciéndome lo que creo que está diciéndome.

—¿Cómo? —atiné a decir.

Se dio vuelta en el asiento y me clavó los ojos.

—Que me quiero cobrar la espera con tus atenciones. Estás hermosa, Lore. Y seguro que en tu casa no te tratan como te merecés.

—No, Aníbal. No me podés pedir esto —dije, más por reflejo que por convicción.

—¿Por qué no? —insistió—. Yo sé tratar a una mujer como vos. No te vas a arrepentir.

La verdad, y me cuesta admitirlo, es que llevaba semanas sin que nadie me tocara. Mi marido andaba absorbido por unas obras atrasadas y en casa apenas cruzábamos palabra. Y aunque estaba lejos de ser una mujer desesperada, había algo en la manera en que ese hombre me hablaba —como si ya hubiera decidido por mí, como si mi resistencia fuera apenas un trámite más de la mañana— que me apretaba algo por dentro.

Lo miré bien. Por su tamaño, por la seguridad con la que se movía, me pregunté qué tenía para perder. Y no encontré una sola razón sólida para negarme.

—Solo te la toco —le dije, marcando el límite con un dedo en el aire—. Nada más.

Él sonrió como quien acepta el primer movimiento de una partida que ya sabe ganada.

***

Condujo unas cuadras hasta un estacionamiento descampado, lejos del centro, donde apenas había un par de autos cubiertos de polvo. Apagó el motor, se bajó y se subió atrás, junto a mí. El asiento crujió bajo su peso. Por un momento no hizo nada: solo me miró, me dijo lo hermosa que era —una mentira tan grande que casi me dio ternura— y que daría cualquier cosa por tenerme para él.

No esperé a que siguiera con el verso. Bajé la mano y le toqué el bulto por encima del pantalón. Estaba grande, todavía blando, pesado. Se bajó el cierre y la sacó. Era una verga gruesa, ya casi dura, de forma generosa, y no pude evitar que me gustara apenas la tuve entre los dedos. Empecé a acariciarla de arriba abajo, despacio, sintiendo cómo se ponía firme con cada movimiento.

El aire del auto se cargó enseguida. Olía a calor, a piel, a ese aroma denso que solo aparece cuando dos cuerpos deciden dejar de fingir. Nos besamos. Besos húmedos, lentos, con la lengua, y yo subí de temperatura más rápido de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Aníbal metió la mano derecha entre mis piernas. Las medias terminaban en la mitad del muslo, así que llegó sin esfuerzo a la tela diminuta de la tanga, la corrió a un costado y deslizó un dedo dentro de mí. Estaba mojada, mucho más de lo que mi orgullo quería. Solté un suspiro contra su boca mientras mi mano seguía cerrada sobre su miembro, ahora duro, caliente, palpitando.

—Mirá cómo estás —murmuró, sin sacar el dedo—. Y todavía decías que no.

No le contesté. Me incliné y la besé. Besé la punta, rosada y tensa, y después me la metí en la boca. Me la chupé con ganas, sin apuro, dejándome llevar por su olor y por la manera en que él me hundía los dedos en el pelo.

—Sos buenísima en esto —decía, con la voz quebrada—. Si te dejara, te quedabas todo el día.

Lo dejé hablar. Sabía que era puro verso, como todos. Pero el verso, en ese momento, también calentaba.

***

Después de un rato largo le pedí que me cogiera ahí mismo. Pensé que iría directo a lo obvio. Pero negó con la cabeza y me sonrió.

—No. Lo que quiero es esa cola que tenés. La estuve mirando toda la mañana.

Algo en cómo lo dijo —sin pedir permiso, dando por hecho que yo iba a obedecer— me terminó de doblar. Me di vuelta en el asiento, subí la falda y le ofrecí el culo. Él se tomó su tiempo. Me lamió, me ensalivó bien, jugó hasta que yo misma empecé a empujar hacia atrás buscándolo.

Cuando guió la punta contra mí, todo mi cuerpo tembló de anticipación. Empujó firme, sin pausa, y yo me quejé del dolor al principio, ese ardor agudo que después se convierte en otra cosa. La fue metiendo de a poco, centímetro a centímetro, hasta que la sentí entera. Me dolía. Y aun así, lo único que sentía era la necesidad de que no parara, de que me usara, de ser esa noche —esa mañana— exactamente lo que él quería que fuera.

El vaivén se volvió constante, profundo. Yo tenía los ojos cerrados y me mordía el labio. En el silencio del estacionamiento solo se escuchaban nuestros jadeos y un golpe seco y rítmico: el taco de mi zapato chocando contra la puerta del auto con cada embestida. Toc, toc, toc. Me sentía empalada, sometida, partida en dos, y ese sonido absurdo me ponía todavía más.

Bajé la mano y empecé a tocarme el clítoris mientras él seguía. El placer y el dolor se me mezclaban hasta que dejé de saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Me sentía una cualquiera, ahí, pagando con el cuerpo una espera que ni siquiera había sido culpa mía, y la idea —en vez de avergonzarme— me incendiaba.

—Decime que te gusta —ordenó, agarrándome de la cintura.

—Me gusta —jadeé, sin un gramo de orgullo—. No pares.

No paró. Aceleró hasta que lo sentí tensarse, y terminó dentro de mí con un gruñido largo, en chorros calientes que me arrancaron un orgasmo brutal, de esos que te dejan sin aire y un poco asustada de vos misma.

***

Nos quedamos quietos unos minutos, recuperándonos. Él bajó a fumar un cigarrillo apoyado contra el capó y yo me limpié con un trapo que me alcanzó. Había un poco de sangre, y ardor, y las ligas de las medias se me habían corrido con el movimiento. Me las acomodé despacio. Me había lastimado un poco. No me importó en lo más mínimo: lo había disfrutado, y mucho.

Volvió a subir adelante, arrancó y me llevó por fin hasta la oficina, otra vez charlatán, como si nada de eso hubiera pasado. Me dejó en la puerta, me deseó buen día y se fue.

Subí al ascensor con las piernas todavía flojas y una sonrisa que no podía borrarme. Sabía que el mes siguiente iba a tener que volver a recorrer los bancos. Y sabía, también, que no iba a ser la última vez que me entregara por completo a ese hombre.

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Comentarios (5)

LunaEscarlata

que relato!!! me enganché desde la primera línea y se hizo cortísimo, quiero mas

viajante_nocturno

quedarse en el taxi en lugar de bajarse... ese momento lo dice todo. muy bien logrado el suspenso desde el inicio

Mili_CF

Por favor mas relatos así! quedé con muchas ganas de seguir leyendo

PatriciaNM

me recordó algo que viví hace tiempo aunque sin tantas vueltas jaja. lo que mas me gustó es que se siente autentico, no inventado para epatar

koque56

directo y sin rodeos, eso me gusta. nada de texto de relleno

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