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Relatos Ardientes

La siesta en que tomé el control de mi marido

Me llamo Marisa y rondo los cuarenta y muchos. Soy una mujer casada, de pecho generoso, caderas anchas y un cuerpo que todavía gusta, aunque la báscula me lleve la contraria algunas mañanas. Mi marido, Andrés, pasa de los cincuenta, y nuestra vida en la cama se había vuelto una costumbre tibia: parte por los años juntos, parte por nuestro hijo veinteañero que siempre andaba rondando la casa, y parte porque cuando uno tenía ganas, el otro ya las había perdido.

Llevábamos más de dos semanas sin tocarnos. La última vez fue todo demasiado correcto: unos roces de calentamiento, silencio forzado para que el chico no nos oyera, y Andrés encima de mí cumpliendo el trámite a medio gas. Ni siquiera me corrí. Todo por el miedo a que nuestro hijo escuchara a su madre gemir al otro lado del pasillo.

Aquella mañana me había levantado revuelta. Llevaba horas con los pezones tan duros que me molestaban al rozar la blusa. Las bragas viejas que uso para andar por casa tuve que cambiármelas antes de que llegaran a comer, porque me había dado un capricho con los dedos en el sofá, viendo a un presentador guapo y hueco al que le sobraba mandíbula y le faltaba conversación. Lo peor es que aquel desahogo a medias solo me dejó más encendida, con un hambre de marido que no sabía cómo iba a saciar.

Me puse el conjunto de lencería más atrevido que tenía y lo escondí bajo un chándal cómodo. Recibí a mis hombres para almorzar fingiendo normalidad. Entonces llegó la buena noticia: mi hijo tenía tarde de estudio con sus compañeros en la biblioteca. Fue oírlo y se me despertó la fiera. Solo pensaba en el momento en que cogiera la puerta para lanzarme sobre Andrés.

Mi marido captó mis miradas. Mientras recogíamos la cocina los dos solos, se me acercó por detrás, me amasó el culo con las dos manos y me susurró al oído.

—¿Hoy sí, entonces?

—Hoy sí —le contesté girándome apenas—. Hoy tengo ganas de quedarme con todo lo que tengas guardado.

—Vete al dormitorio y echa la siesta. En cuanto se marche el chaval, voy a buscarte.

Como si yo fuera a poder dormir.

El crío se demoró media hora larga, dando vueltas, buscando cargadores y libretas, hasta que por fin cogió la mochila y se fue. Aproveché para echar el pestillo de la entrada, no fuera a volver de improviso. Caminé por el pasillo quitándome el chándal hasta quedarme en ropa interior. El conjunto me apretaba: el pecho desbordaba las copas y la braga se me metía por la raja, incapaz de contener nada. No era precisamente elegante, pero a Andrés esas cosas le ponían más que cualquier catálogo.

Abrí la puerta del dormitorio y allí estaba él. Dormido.

La espera lo había vencido. Estaba desnudo sobre la colcha, con el sexo a medio despertar, señal de que me había aguardado empalmado hasta que el sueño pudo más. Lo lógico habría sido tumbarme a su lado y dejarlo descansar.

Pero entré antes al baño, y ahí cambió todo.

Andrés había orinado antes de acostarse. La taza estaba limpia, había tirado de la cisterna, no quedaba nada sucio. Y sin embargo, su olor de hombre seguía flotando en el cuarto, denso, cálido, y yo me empapé de golpe solo de respirarlo. Me entró por dentro como una corriente. Nunca, en tantos años, me había fijado en esa parte de él. Y de pronto era lo único que existía.

Me sequé apenas entre las piernas y volví a la cama. En lugar de tumbarme, gateé despacio hasta colocarme entre los muslos abiertos de Andrés. Bajé la cabeza con cuidado de no despertarlo y acerqué la nariz a su sexo dormido. Aspiré hondo. Aquel aroma a macho descansado, espeso por dos semanas de abstinencia, me estaba volviendo loca de una manera que no sabía explicar. No podía dejar de respirarlo, como si fuera una droga que mi cuerpo llevaba años esperando.

Bajé un poco más, hacia sus testículos. Estaban limpios, pero todo él desprendía ese perfume fuerte y almizclado. Los tenía hinchados, pesados, llenos por el descanso forzado. Quizá fuera eso lo que lo hacía oler de aquella forma tan brutal.

Atrevida, me deslicé todavía más abajo. Dormido y despatarrado como estaba, su cuerpo me lo ofrecía todo sin defensa. Olía intenso hasta el último rincón, y a mí se me hacía la boca agua pensando en recorrerlo entero con la lengua, en impregnarme de él hasta perder la cabeza.

De tanto pegar la cara a su piel, una de mis respiraciones le rozó demasiado cerca y se despertó.

—Eh… ¿qué haces ahí abajo? —murmuró, ronco de sueño.

—Me tienes loca, Andrés —le dije sin apartarme—. Necesito chuparte entero. Y olerte. Sobre todo olerte.

Me deshice del sujetador. El pecho me quedó colgando libre mientras seguía a cuatro patas, con la nariz hundida en su ingle, que estaba caliente y apenas húmeda de sudor. Lejos de molestarme, aquello me encendió más. Mientras lo acariciaba muy despacio con la mano, le pasé la lengua por los pliegues de las ingles, por la base de todo, con un hambre que no me reconocía.

—Date la vuelta —le pedí—. Ponte boca abajo.

Me miró con una ceja levantada. No era la primera vez que jugaba con un dedo mientras se la chupaba, pero esta vez yo quería algo distinto, algo que nunca le había hecho a nadie.

Le separé las nalgas con las dos manos y hundí la cara entre ellas, pegando la nariz a su piel, llenándome de su olor mientras notaba cómo mi sexo escurría y empapaba del todo aquella braga ridícula. Le recorrí la lengua de abajo arriba, le besé y le mordí la carne, me perdí en aquel rincón secreto que nunca había probado de él en tantos años de matrimonio.

Andrés gemía bajito, sorprendido, aferrando las sábanas con los dedos de los pies, intentando no cerrar las piernas, ofreciéndome todo el acceso. Empecé a poner la lengua dura y a presionar, una y otra vez, mientras él aullaba de un placer que claramente no esperaba sentir. De golpe me frenó, asustado de correrse antes de tiempo.

—Ven aquí —me ordenó, jadeando—. Ahora me toca a mí.

Me empujó de espaldas sobre la cama, me abrió las piernas y se quedó mirándome embelesado.

—Joder, Marisa, mira cómo tienes las bragas. Estás hecha una guarra. La comida que te voy a dar.

Me arrancó la tela de un tirón y quiso lanzarse de cabeza entre mis muslos, pero lo detuve con una mano en la frente.

—No así. Ponte del revés, encima de mí. Necesito seguir oliéndote mientras tú me comes. No te la voy a chupar. Solo quiero tu cuerpo sobre mi cara.

Obediente, se colocó sobre mí en sentido contrario y, con cuidado, me encajó la parte baja de su cuerpo justo encima de la nariz. Aspiré profundo, llenándome los pulmones de él.

—Mira que eres mala, amor —dijo con la voz ahogada—. Cachonda de olerme ahí atrás. Tienes el sexo hinchado, oscuro de lo caliente que estás.

Se agachó sobre mí y empezó a devorarme como un hombre que cruza un desierto y encuentra agua. Yo, mientras tanto, paseaba la nariz por toda su parte de atrás, cada vez más caliente y sudada, lamiéndole lo que se acercaba a mi boca. Estaba perdiendo la cabeza, más por su olor que por su lengua, que me daba gusto pero no me bastaba. Mi cuerpo pedía a gritos otra cosa. Lo aparté como pude, me puse a cuatro patas y se lo dije sin rodeos.

—Pártemelo, Andrés. Sin contemplaciones. Necesito que me folles ya.

Le meneé el culo como una perra en celo para que viera cómo estaba, suplicando ser penetrada.

—Pues ahí va. Sin contemplaciones.

Me agarró por el borde de las nalgas, clavándome los dedos en la carne de una forma que me descoloca, y me embistió de una sola vez hasta el fondo, quedándose quieto un instante. La tenía tan dura y palpitante de tanto morbo que cada latido suyo me acariciaba por dentro. Antes de perder del todo la razón, conseguí darle una última orden.

—Fóllame muy fuerte. Pero no te corras dentro. De ninguna manera.

Sé que empezó a decirme cosas sucias mientras me golpeaba sin tregua, pero yo ya estaba en otro sitio. Curvé la espalda, le ofrecí el culo lo más respingón que pude, respiré hondo recuperando del fondo de mi memoria aquel olor a hombre que me había encendido, y me entregué al orgasmo más largo y extraño de toda mi vida. Solo respiraba y me corría. Cada oleada subía por mi columna, estallaba arriba, bajaba de nuevo y volvía a empezar. Una locura sin final.

***

No sé cuánto duró. Me sacó del trance su voz, temblorosa.

—Marisa… no aguanto más. Como siga, te lo suelto todo dentro. Lo siento…

Me desenganché y lo tumbé de espaldas sobre el colchón. Le froté el pecho con mis senos, me mojé el dedo corazón con mi propio orgasmo y se lo llevé despacio a la parte de atrás, presionando con cuidado mientras me lo metía entero en la boca. Lo tenía a mi merced, atrapado entre mi boca y mi mano. No resistió mucho aquel asalto.

—Marisa, me corro. Es mucho, llevo semanas… apártate, va a ser demasiado.

Mi única respuesta fue presionar más con el dedo y tragarlo más hondo. Se rompió en una descarga densa e interminable que bajó espesa por mi garganta, mientras a mí me embriagaba aquel olor profundo, el olor de mi hombre, el que me había convertido en otra mujer aquella tarde.

Cuando terminó, le saqué el dedo con delicadeza, fui al baño, llené un vaso de agua y volví a la cama. Le puse una pastillita azul en la lengua y se la hice tragar.

—Recupérate —le ordené, acariciándole el pelo—. Que antes de que vuelva el niño quiero la segunda parte. Y va a ser por detrás.

Me acomodé de nuevo entre sus piernas, pegué la nariz donde tanto me gustaba y esperé, paciente, a que mi macho estuviera listo otra vez. Pero eso ya es otra historia.

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Comentarios (5)

Dani_2kBA

brutaaal!!! me encanto cada parte, qué manera de escribir

MarcelaB_92

Quedé con ganas de mas, por favor continuá con esto!! Me dejaste en suspenso

SantiRo_

Lo leí de un tirón, se me hizo cortísimo. Muy buen relato la verdad

Valentina_mx

Como escribís tan bien?? me quedé pegada hasta la última linea, tremendo

Caro_NQN

Me gusto mucho cómo lo narraste, intimista pero intenso a la vez. Me recordo a algo que viví hace tiempo jaja. Saludos!

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