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Relatos Ardientes

El compañero de mi marido no se rindió hasta tenerme

Para que entiendan cómo terminé donde terminé, tengo que empezar por un detalle tan tonto que todavía me cuesta creerlo. Mi marido, Darío, se quedó sin crédito una noche y, con la excusa de la cena, no salió a comprar una recarga. Me pidió el teléfono para avisarle un asunto de unos papeles a un compañero de la constructora, Mauricio. Lo escuché reírse mientras hablaba.

—Te llamo desde el celular de mi mujer, así no gasto el mío —dijo, divertido, sin sospechar nada.

Si hubiera sabido lo que iba a desencadenar esa broma, le habría arrancado el teléfono de las manos.

Unos días después me llegó un mensaje. Era Mauricio, saludándome, preguntándome cómo andaba. Nos conocíamos de algunas reuniones de la empresa, esas en las que invitaban a las parejas y a las familias, así que no me extrañó demasiado. Le contesté con cortesía y no le di más importancia.

Pero los mensajes empezaron a hacerse más seguidos. Todos llegaban mientras él estaba en el trabajo, junto a mi esposo, o por lo menos en horarios en los que yo sabía que Darío no estaba conmigo. Esa precaución, ahora lo entiendo, ya decía bastante de lo que él tenía en mente.

—Hace mucho que me gustás —me escribió una tarde—. No sabía cómo acercarme hasta que recibí esa llamada con tu número.

Le pregunté por su esposa, casi como una forma de poner un freno. Me respondió que estaban en una crisis, que ya se les pasaría. Mentira completa, lo supe después, pero en ese momento me sirvió de excusa para seguir contestando. Y así, casi sin darme cuenta, empecé a responderle mensajes que cada día subían un poco más de tono.

***

Tengo que ser honesta: Mauricio no era para nada mi tipo. Jamás me habría fijado en él. Tenía treinta y nueve años, era alto, con una panza incipiente y una calvicie heredada que lo hacía ver mayor. Sedentario, y según mi propio marido, bastante mujeriego. Nada en su físico me movía un pelo.

Y sin embargo había algo en su manera de insistir, en cómo se concentraba en mí como si yo fuera lo único que le importara en el mundo, que terminó atrapándome. Mensajeábamos cuando él quería. Me preguntaba si tenía mucho trabajo, cómo había amanecido y, sobre todo, cómo estaba vestida.

Al principio le contestaba sin malicia. Le decía que llevaba una camisa lila, una pollera negra, zapatos de poco taco. Yo no tenía idea de lo fetichista que era. De a poco me fue pidiendo más detalles.

—¿De qué color es el corpiño? —escribió una mañana.

Esa vez le corté los mensajes de golpe. Pero al día siguiente volvió a la carga, paciente, sin enojarse, hasta que terminé cediendo.

—Blanco —le confesé—. Hace juego con la camisa. Llevo pantalón azul y botas cortas.

No le alcanzó. En otra oportunidad me preguntó por la bombacha, y yo, ya metida en el juego, le conté que usaba tangas cola less. Eso lo enloqueció. Empecé a notar el patrón: cuando le decía que andaba con pollera o minifalda se ponía mucho más ansioso que cuando le contaba que llevaba pantalón.

Un día le solté el detalle que lo terminó de perder.

—Cuando uso minifalda siempre me pongo pantimedias de lycra. Y abajo, nada.

A partir de ahí ya no hubo manera de pararlo.

***

Una tarde en la que me venía adulando tanto que reconozco que me había puesto caliente, dio el paso que faltaba.

—Quiero verte —escribió—. Necesito comprobar con mis propios ojos lo que me contás.

Este tipo está loco si cree que le voy a mostrar la ropa interior, pensé. Y se lo dije, así, sin vueltas. Pero Mauricio no era de los que se daban por vencidos cuando le ponía el ojo a una mujer.

—Sin fotos —aclaró—. No quiero pruebas que pueda ver tu marido o mi esposa. Solo verte un momento.

El destino quiso ayudarlo. Esa mañana mi jefe, Esteban, había viajado a otra ciudad para cerrar una obra, y mi compañera estaba con licencia por enfermedad. Iba a estar dos días sola en la oficina. Me envalentoné.

—Si querés, pasá por mi trabajo —le tipeé, y apreté enviar antes de arrepentirme.

Aprovechó una salida y se apareció en menos de una hora. Me saludó con un beso en la mejilla. Olía bien, un perfume intenso que no me esperaba. Me tomó de la mano derecha, me hizo girar despacio, como si yo estuviera en una pasarela.

—Guau —dijo, mirándome de arriba abajo—. Estás hermosa.

—No exageres —le respondí, aunque la cara me ardía.

Yo llevaba una camisa blanca con cuello de volados negros, una camperita de hilo rosa, una minifalda color chocolate y botas largas de gamuza con tacos altos. Por mensaje ya le había adelantado que abajo tenía un corpiño de encaje negro y las pantimedias de lycra, sin tanga.

No me sacaba los ojos de encima. Y al rato me lo dijo directamente, sin disimulo.

—Quiero ver para creer. Que de verdad no tenés tanga.

—No te pases —contesté, sonriendo, sin enojarme en lo más mínimo. Esa fue mi primera traición, supongo: la sonrisa.

—Igual no insisto más —dijo, y bajó la voz—. Darío siempre habla de vos, de lo bien que lo tratás. Dice que no necesita a nadie más. Y eso me vuelve loco.

Que mencionara a mi marido tendría que haberme frenado en seco. En cambio sentí una corriente extraña, mitad culpa, mitad excitación. Faltaba media hora para que terminara mi jornada.

—Vamos a un lugar que conozco, acá cerca —propuso—. Solo eso.

—Ni —le dije. Ni sí, ni no.

—Te espero afuera, por si cambiás de idea.

***

Cuando salí, ahí estaba, dentro de su auto. Me acerqué a la ventanilla.

—¿Me llevás a casa? —le pedí, eligiendo la opción que me parecía más segura.

—Vestida así no te dejo sola ni loco —dijo—. Hay demasiados degenerados en la calle.

Me reí de la ironía y subí. El viaje arrancó distendido, charlando de nuestra relación por mensajes. Le confesé, ya sin pudor, que me gustaba imaginarlo poniéndose cachondo con mis descripciones, que me calentaba saber el efecto que le hacía.

Él no dejaba de mirarme las piernas enfundadas en la lycra negra. En un semáforo se animó y apoyó la mano derecha en mi muslo izquierdo. Esperó, creo, a que yo reaccionara mal. No lo hice. Me acariciaba suave, de la rodilla a la mitad del muslo, y yo dejé que avanzara.

Pensé que ya que tanto había fantaseado, podía comprobar él mismo lo que le había contado. Relajé el cuerpo y abrí un poco las piernas, dándole permiso sin decir una palabra.

—Me vuelven loco las mujeres femeninas, las que se ponen medias así —murmuró, mientras la mano subía.

Llegó a mi entrepierna y me acarició por encima de las pantimedias. Nos miramos con complicidad. Cerré las piernas para sentir mejor sus dedos contra la tela tensa, ya húmeda. Me tocó así, despacio, hasta que el auto frenó frente a mi casa.

Bajé empapada, con el corazón golpeándome, y entré sola.

***

Pasaron varios meses. Seguimos mensajeándonos, pero no volvimos a vernos a solas. Quizás porque, en el fondo, Mauricio no me atraía tanto, salvo por lo bien que sabía endulzarme con palabras. La tensión quedó ahí, latente, como una brasa que ninguno de los dos terminaba de apagar.

Hasta la fiesta de fin de año de la empresa de Darío. Nos tocó la misma mesa: él con su esposa, yo con mi marido. Cenamos, charlamos de la obra y de la familia, y tomamos mucho, demasiado alcohol. Cuando empezó el baile salimos cada uno con su pareja, entre risas, totalmente desinhibidos. Mauricio me lanzaba piropos delante de todos y Darío se reía, sin imaginar nada.

En un momento, mareada por los tragos, fui al baño. Entré, cerré, y al darme vuelta casi me muero del susto: Mauricio había entrado detrás de mí.

—No aguanto más —dijo, con la voz pastosa—. Te miro con ese vestido y no puedo pensar en otra cosa.

Yo llevaba un vestido de lycra dorado, corto, sandalias altas también doradas, y debajo las pantimedias de lycra color piel. Él lo sabía, claro que lo sabía.

—Nos van a ver —le advertí—. Andate, por favor.

No me hizo caso. Me agarró de la cintura.

—Aunque nos vean nuestras parejas, no voy a dejar pasar esto.

—Mauricio, no sigas con el jueguito —alcancé a decir, antes de que me tapara la boca con la suya.

Me metió la lengua, gruesa y áspera, y yo respondí. No sé si fue el alcohol embotándome la cabeza o los meses de tensión acumulada, pero dejé de medir el peligro. Sus manos ya me levantaban la falda del vestido y me apretaban las nalgas mientras nos besábamos como dos desesperados.

Me separé un segundo de su boca. Y entonces dije la frase que jamás pensé que diría.

—Hagámoslo rápido. Te quiero adentro.

Me metí en uno de los gabinetes. Él entró atrás y cerró la puerta. Me apoyé contra la pared, saqué la cola hacia atrás. Me bajó las pantimedias hasta la mitad de los muslos y se agachó a lamerme entre las piernas.

—Mmm… apurate… —jadeé, mordiéndome los labios para no hacer ruido.

No aguantaba más. Me apoyé mejor para ofrecerle la posición. Lo busqué con la mano y se la sentí dura: no era larga, pero sí gruesa, y firme como pocas veces había tenido. La guie hasta ponerla donde la necesitaba y dejé que me la enterrara de una sola embestida.

—Ahh… dale… toda… —le pedí.

Él sabía perfectamente qué hacer. Me embistió duro, rápido, sin pausa. Me sentí la mujer más puta del mundo en esa posición, contra la pared de un baño, con la música de la fiesta de fondo y nuestras parejas a unos metros. Me mordía los labios para no gemir. Sentí cómo se tensaba, cómo palpitaba dentro de mí, hasta que se vino con un temblor que me llenó por completo.

Fue rápido. No llegué a acabar, pero no me importó. En ese momento solo quería darle el gusto, recompensarlo por todos esos meses de palabras que me habían tenido encendida.

***

Se limpió con papel, acomodó todo y salió primero. Yo me coloqué un protector que llevaba en la cartera, me subí las pantimedias, me arreglé el vestido y salí como si nada. Darío ni preguntó por qué había tardado; seguía con su vaso en la mano, contento.

—Vámonos a casa, amor, estoy cansada —le dije.

No estaba cansada. Estaba caliente. Mauricio me había dejado con la sangre hirviendo, deseosa de más, y mi marido no tenía ni idea de que era él quien iba a apagar ese fuego.

Llegamos. Sin sacarle la ropa empecé a besarle el cuello, bajé, le abrí el pantalón y se la chupé despacio, lamiéndola y mordisqueándola hasta que me suplicó que lo dejara cogerme.

—Claro, mi amor —le dije—. Esperame en la cama, voy un segundo al baño.

Ahí me bajé las pantimedias y me saqué el protector empapado. Tenía un olor fuerte, el rastro de lo que había pasado un rato antes, y en lugar de darme culpa me calentó todavía más. Me lavé en el bidet, respiré hondo y salí a buscar a Darío, que me esperaba sin sospechar que esa noche, sin saberlo, terminaba lo que otro había empezado.

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Comentarios (4)

Rulo45

tremendo relato!!! me tuvo atrapado desde el primer parrafo

LectoraApasionada

Lo que mas me gusto fue como se fue construyendo la tension poco a poco. Se nota que escribis con ganas. Muy bueno.

NocheEnBsAs

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber que pasa despues. Segunda parte cuando??

MatteoLector

La descripcion del morbo que sentia a pesar de resistirse es lo mejor. Excelente trabajo.

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