Saltar al contenido
Relatos Ardientes

De rodillas detrás de mí, aprendiste a obedecer

Así que de verdad estás dispuesto a perderte en mí, ¿no es cierto? A arrodillarte detrás de mí y no levantar la cara hasta que yo lo permita. Lo veo en cómo me miras, en cómo se te seca la boca cada vez que me doy la vuelta. Eres exactamente la clase de hombre que me gusta tener cerca.

Tipos como tú me fascinan. Esos que esconden el deseo debajo de la camisa planchada y los buenos modales, pero que por dentro solo quieren postrarse ante algo más fuerte que ellos. Que un cuerpo como el mío te vuelva tan dócil me parece la cosa más honesta que existe. Y mírate: ya estás temblando y todavía no te he tocado.

Me vuelve loca encontrar a alguien con tu fetiche, alguien que se atreva a jugar de verdad y no se quede en la fantasía cobarde. Eres un perverso, y eso me encanta. No tienes idea de la suerte que tienes de estar aquí, frente a mí, con permiso para mirar lo que tantos solo imaginan.

Date cuenta de lo que tienes delante. Piel morena, una melena castaña que me cae por la espalda, la cintura estrecha y, más abajo, lo que de verdad te interesa. No finjas que no. Sé perfectamente hacia dónde se te van los ojos en cuanto te doy la espalda.

Me giro despacio. Te dejo verme entera primero, porque quiero que aprendas a desearme antes de que te conceda nada. Luego me inclino apenas hacia delante y empiezo a masajearme las nalgas con las dos manos, lento, abriéndolas y cerrándolas, dejando que la tela se tense sobre mi piel.

—¿Esto te gusta? —pregunto sin volverme—. Porque esto es lo único que vas a tener, a menos que te portes bien.

No respondes. No hace falta. Tu respiración lo dice todo: corta, entrecortada, atrapada en la garganta. Sonrío para mí misma. Ya es mío.

Pero esto no te basta, ¿verdad? Tú quieres más. Quieres lo que hay debajo, lo que escondo. Así que te lo voy a dar, pero a mi manera. Agarro cada mejilla con una mano y las separo todo lo que puedo, abriéndome del todo para ti, mostrándote lo que ningún otro ha visto hoy.

Mírame. Mira cómo se te van los ojos directos a mi entrada, sin que puedas evitarlo. Sé lo mucho que te gusta. Y como sé que te gusta, empiezo a jugar contigo: aprieto y aflojo, hago que mi orificio se contraiga y se estire delante de tu cara. Mis músculos se tensan y se sueltan con cada movimiento, y tú no apartas la vista ni un segundo.

—Tócate —ordeno—. No te he dado permiso para acercarte todavía, pero sí para esto. Quiero verte.

Y obedeces al instante. Tu mano va sola hacia la entrepierna, y veo cómo el bulto ya creció solo de mirarme. Eso es lo que más me excita de todo: ver lo que te provoco. Saber que mi cuerpo te tiene así, descontrolado, dispuesto a humillarte con tal de complacerme.

—Sácala —digo—. No quiero adivinar. Quiero verte la verga mientras me miras.

Te desabrochas el pantalón con torpeza, con esa prisa de quien no puede más. Te bajas la ropa hasta liberarte, y ahí está, completamente dura, latiendo por mí. Dios, qué bien me hace verte así. Ver lo que provoco me enciende tanto como a ti me enciende ser deseada.

—Frótatela despacio —ordeno—. Despacio, he dicho. No vas a terminar hasta que yo lo diga. ¿Entendido?

—Sí —respondes, con la voz rota.

—Sí, ¿qué?

—Sí, lo que tú digas.

Esa palabra en tu boca me recorre entera. Hay algo en doblegar a un hombre, en verlo entregar el control sin pelear, que me gusta más que casi cualquier otra cosa. Y tú te entregas tan fácil que casi me da pena. Casi.

***

—Por lo bien que te has portado, te voy a dejar acercarte —digo, y noto cómo se te corta la respiración—. Pero a mi ritmo. Cuando yo diga, no antes.

Mantengo las nalgas abiertas con una mano y, con la otra, te hago una seña para que avances. Te arrastras hacia mí de rodillas, sin atreverte a usar las manos, porque sabes que no te lo he permitido. Bien. Empiezas a entender cómo funciona esto.

—Pega la nariz —ordeno—. Justo ahí. No tengas prisa.

Y lo haces. Hundes la cara entre mis mejillas y dejas la nariz exactamente donde te dije, en el centro de mí. Siento tu aliento caliente contra mi piel, el cosquilleo de tu respiración, la presión de tu rostro entero apretado contra mi cuerpo.

—Aaah —se me escapa, casi sin querer.

Eso es. Se siente increíble tenerte ahí, exactamente donde quería, sin poder moverte, esperando mi próxima orden como un perro bien adiestrado. Ahora viene lo que tanto deseabas.

—Respira hondo —digo, bajando la voz hasta convertirla en una amenaza dulce—. Despacio. Quiero que llegue hasta el fondo de ti. Quiero que te quedes conmigo dentro.

Y obedeces sin dudar, un segundo después de que termine la frase. Inhalas profundo, largo, entregado del todo. Eres tan obediente que casi no lo creo. Cualquier resto de orgullo que trajeras se quedó en la puerta el momento en que decidiste arrodillarte.

No tienes idea de cuántos hombres querrían estar en tu lugar ahora mismo. Cuántos darían lo que fuera por este sitio, por esta cercanía, por el permiso de servirme así. Y eres tú el que está aquí, con la cara enterrada en mí, temblando.

Suelto una nalga y llevo esa mano a tu nuca. Empujo hacia dentro, sin violencia pero sin permitirte retroceder, hasta que tu rostro queda completamente pegado a mi cuerpo. No quiero que te apartes. No te di esa opción.

—Vamos —digo, y ahora el tono es duro, mandón, justo como sé que te gusta—. Bien hondo. ¿Te gusta? Dime que te gusta.

—Me gusta —murmuras contra mi piel, y la vibración de tu voz me hace apretar las piernas.

Hablarte así, con esta voz que no admite réplica, me excita más de lo que esperaba. Me incita a empujarte aún más contra mí mientras tú sigues ahí, sometido, sin oponer la menor resistencia. Lo haces tan bien que decido subir un escalón.

—Ahora la lengua —ordeno—. Quiero sentirla. Y como lo hagas mal, te aparto y te quedas sin nada.

***

Tu desesperación está tan fuera de control que, justo cuando pronuncio la última palabra, hundes la lengua en mí. Suave, húmeda, caliente. La sensación me recorre la espalda como una corriente.

—Aaah, así —se me escapa, y no me molesto en disimularlo—. Justo así.

Tu lengua es tan blanda y tan paciente que me abro un poco más para ti, dándote permiso de entrar con confianza. Y tú, perverso como eres, no desperdicias ni un segundo. Te metes del todo, exploras, recorres, como si llevaras toda la vida esperando este momento exacto.

Dios mío. La sensación es perfecta. Suave, húmeda, caliente, obediente. Es de las cosas que más adoro, y tú lo estás haciendo mejor de lo que merecía cualquier hombre. Bajo la mirada entre mis piernas y veo tu mano derecha trabajándose la verga, justo como te lo permití, sin parar.

—Sigue —ordeno—. Frótatela mientras me sirves. No quiero que pares por nada del mundo. ¿Me oíste? Por nada.

Te aplicas con una entrega que me derrite. Te veo entero entregado a la tarea, la cara hundida, la mano moviéndose, el cuerpo tenso. Es la imagen más excitante que podría pedir: un hombre completamente rendido, dispuesto a lo que sea con tal de complacerme.

—Lame —exijo, apretando los dientes—. Chupa. Todo. No dejes nada.

Eres tan sumiso y tan obediente que abres la boca del todo y me das una succión larga, profunda, desesperada. Un gemido se me escapa de los labios, fuerte, sin control, y noto cómo te crece la prisa en la mano al oírlo.

—Aaah —jadeo, y me sostengo de la pared porque las piernas me empiezan a fallar.

Es impresionante lo que me provocas. Te entregas con una devoción que casi me enternece. Eres tan perverso, tan tuyo de mí, que me enamoras un poco más con cada segundo que pasa. No todos saben servir así. Tú naciste para esto.

***

Me quedo así un rato largo, dejándote trabajar, midiendo cada gemido, controlando hasta dónde te dejo llegar. Porque ese es el verdadero juego: tú crees que esto va de placer, pero en realidad va de control. Del mío sobre el tuyo. De recordarte, con cada orden, quién manda aquí.

—Mírame —digo al fin, y giro apenas la cabeza para encontrar tus ojos sobre mi hombro—. ¿Ves lo que provoco? ¿Ves lo fácil que fue ponerte de rodillas?

Asientes sin palabras, con la boca todavía brillante, la respiración hecha pedazos. No hay un solo rastro del hombre seguro que entró por esa puerta. Solo quedas tú, mío, rendido, esperando la siguiente orden como si tu vida dependiera de ella.

—Cuando yo lo diga, vas a terminar —murmuro—. Pero hasta entonces, no te detienes. Vas a seguir aquí, conmigo, hasta que decida que ya tuviste suficiente. Y los dos sabemos que eso no va a pasar pronto.

Vuelvo a empujarte contra mí, vuelvo a sentir tu lengua, tu aliento, tu entrega total. Y mientras tú te pierdes en mí, yo sonrío, porque sé que volverás. Hombres como tú siempre vuelven. Una vez que probaste lo que es obedecerme, ya no hay vuelta atrás.

Y eso, más que cualquier otra cosa, es lo que de verdad me excita.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

SantiagoK_91

increible!!!

Naty_conf

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo esto

ValentinaRM

Me encanto la dinamica de poder que describis, se siente muy intenso desde las primeras lineas. Sigue asi!

MarceloRivera

Tremendo. No esperaba ese nivel de intensidad desde el arranque, me atrapó de entrada

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.