Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez de rodillas ante una dómina trans

Llevaba meses dándole vueltas a la misma idea sin atreverme a dar el paso. Me atraía la posibilidad de quedar con una chica trans, alguien femenina, segura de sí misma, que supiera exactamente lo que quería y no tuviera ningún reparo en exigírmelo. No buscaba ternura. Buscaba que me mandara.

Había algo más, una manía concreta que casi nunca me animaba a confesar: los pies. Me costaba encontrar a alguien que entendiera ese deseo sin reírse o cortar la conversación a la primera frase. Por eso, cuando empecé a hablar con Vanesa por mensajes, fui sincero desde el principio.

Le escribí que sería mi primera vez en algo así, que nunca me había sometido a nadie y que quería que ella llevara las riendas de principio a fin. Le detallé lo que me gustaría: insultos, control, sus pies. Esperaba que me ignorara o que pusiera mil condiciones. En cambio respondió con dos líneas secas.

—Si vienes, vienes a obedecer. No hay punto medio. ¿Lo tienes claro?

Le contesté que sí antes de pensarlo demasiado.

El día de la cita salí de casa con el estómago apretado. Vivía en un piso de un barrio tranquilo, una de esas zonas donde nadie se fija en quién entra o sale. Subí en el ascensor repitiéndome que todavía podía dar media vuelta. No lo hice.

Llamé al timbre y, mientras esperaba, lo primero que hice fue mirar al suelo, buscando sus pies. Llevaba unos tacones altos, de un negro brillante, y la postura de quien sabe que esos zapatos son un arma. No alcancé a ver mucho más. Tampoco me dejó.

—Pasa —dijo, y se apartó apenas lo justo para que cruzara la puerta rozándola.

Aproveché ese instante para mirarla entera. Tenía el pelo largo, ondulado, cuidado hasta el último mechón, y un rostro que no necesitaba presentaciones. El cuerpo, ajustado dentro de un vestido corto, terminaba en unas piernas largas y un culo firme, redondo, de quien no se salta el gimnasio. Por un segundo me sentí ridículo, demasiado vestido, demasiado nervioso para estar ahí.

No vine a admirarla. Vine a servirla.

No tuve mucho tiempo para asimilar nada. En cuanto la puerta se cerró a mi espalda, su mano cruzó mi cara de una bofetada limpia. El ruido me sobresaltó más que el golpe. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró del pelo con fuerza y tiró hacia abajo.

—De rodillas. Ya.

Caí al suelo sin discutir. Me llevó las manos a la boca, dos manos finas de uñas perfectas, y me ordenó besarlas. Empecé despacio, recorriendo los nudillos con los labios, y ella misma fue metiéndome los dedos uno a uno para que los chupara. Cada vez que dudaba, un tirón de pelo me recordaba dónde estaba.

—Mírame mientras lo haces —dijo—. Quiero ver esa cara de tonto.

Cuando se cansó de mis labios, me cogió el rostro con las dos manos y se acercó como si fuera a besarme. Cerré los ojos esperando su boca. Lo que recibí fue un escupitajo directo, que ella misma me empujó hacia dentro con dos dedos.

—Trágatelo.

Lo hice. Y para mi propia sorpresa, en lugar de asco sentí cómo la excitación me subía de golpe. La tenía dura, atrapada de mala manera dentro del pantalón, y ella lo notó enseguida.

—Mira al cerdo —dijo casi riéndose—. Le escupo en la boca y se empalma.

Adelantó un pie y, con la punta del tacón, presionó el bulto de mi entrepierna. No fue suave. Apretó, frotó, pisó, midiendo cada gesto por mi cara. Cada vez que se me escapaba un jadeo, soltaba un insulto nuevo.

—Imbécil. Idiota. Esto es lo que eres, ¿verdad? Un cerdo de rodillas.

Asentí con la cabeza, incapaz de hablar. Cada palabra venía acompañada de un escupitajo que yo ya tragaba sin que me lo pidiera, como si me hubiera enseñado en cinco minutos cuál era mi sitio.

***

Me arrastró del pelo hasta una silla en mitad del salón. Me obligó a apoyar la cabeza sobre el asiento, a cuatro patas, y se sentó encima de mi cara con todo su peso. Los tacones se me clavaron en los muslos, y no podía moverme ni un centímetro sin que me lo recordaran.

—Vas a aprender a hacerlo bien —dijo desde arriba—. Y como me especificaste por mensaje que no querías chupármela, te toca lo otro. Cómemelo hasta que esté abierto. No pares hasta que yo lo diga.

Obedecí. Ella me guiaba con la voz, indicándome el ritmo, dónde insistir, cuánto disfrutaba. En un momento se levantó, se metió un dedo, y luego me lo ofreció a la boca para que lo limpiara. Mientras yo seguía con la lengua, su otra mano bajó hacia mi pantalón.

Me lo desabrochó sin prisa, liberó lo que llevaba aprisionado y empezó a masturbarme con una velocidad que no me dio tregua. No había nada de cariño en aquel gesto, solo control, solo el placer de tenerme entregado y hacer conmigo lo que quisiera.

—¿Te vas a correr ya, cerdo? Eres patético.

No aguanté ni diez minutos. Me corrí con un gemido ahogado contra ella, dejándole la mano y mis propios pantalones hechos un desastre. Ella retiró la mano con una mueca de desprecio que, lejos de avergonzarme, me hundió todavía más en aquel papel.

***

Cuando creí que lo peor había pasado, apenas empezaba lo que más me interesaba. Se acercó a un sillón amplio y se dejó caer en él como una reina ocupando su trono. Estiró una pierna hacia mí.

—Ven aquí. Quítame los tacones. Despacio.

Me arrastré hasta sus pies y le solté las hebillas con dedos torpes. Le retiré los zapatos, después las medias, y por fin pude verlos de cerca. No estaban arreglados, ni siquiera tenían las uñas pintadas, y la verdad es que no parecían los pies que había imaginado. Eso, lejos de decepcionarme, me puso aún más nervioso, porque sabía que cualquier comentario me iba a costar caro.

Ella me los acercó a la cara y me obligó a olerlos largamente. Luego sacó de una caja un puñado de esmaltes de todos los colores y los dejó caer a mi lado.

—Espero que lo hagas bien, cerdo —dijo—. Píntame las uñas del color que más te guste. Pero hazlo bien.

Elegí un rojo intenso y me apliqué como nunca me había aplicado en nada. Cada uña, con pulso de cirujano, sabiendo que me estaba revisando con esa media sonrisa. Cuando terminé, inspeccionó el resultado dedo por dedo y me hizo abanicar y soplar para acelerar el secado.

Tengo que reconocerlo: con las uñas pintadas, sus pies cambiaron por completo. De pronto resultaban apetecibles, casi obscenos en lo bien que le quedaban. Ella se dio cuenta de cómo los miraba.

—En cuanto se sequen, los vas a besar y lamer hasta que se me arruguen las plantas —dijo, saboreando cada palabra—. Y luego te voy a follar la boca con ellos.

Sentí cómo volvía a endurecerme solo de oírla. Antes de dejarme empezar, sin embargo, me llamó hacia su boca y, por primera vez, me besó de verdad. Un beso largo, húmedo, dominante, distinto a todo lo que había vivido. Me besaba como si también eso fuera una forma de marcar territorio.

—¿Querrías penetrarme y correrte dentro? —preguntó cuando se apartó.

—Sí —respondí sin dudar.

—Pues empieza por mis pies.

***

Me lancé sin reservas. Recorrí cada milímetro de sus plantas con la nariz, llenándome del olor, y después saqué la lengua y empecé a lamer. Dedo por dedo, del talón a la punta, babeando, perdido en el deseo. Abrí los ojos en algún momento y la encontré masturbándose mientras chupaba un juguete, mirándome con una calma que me desarmaba.

—Abre la boca —ordenó de pronto.

Apenas obedecí, empujó un pie dentro, sin contemplaciones, hasta hacerme arcadas. Me gritaba en la cara.

—¿No me la querías chupar? Pues te follo la boca con los pies. Te lo dije. Abre más, cerdo.

Con un pie me maltrataba la boca y con el otro me pisaba la entrepierna, que ya volvía a estar tan dura que dolía. Me sentía completamente a su merced, sin un solo rincón de mi cuerpo que no estuviera bajo su control, y eso era justo lo que había ido a buscar.

Un rato después se giró sobre el sillón, se tumbó boca abajo como una diosa perezosa y me pidió que la preparara antes de penetrarla. Esta vez la lengua sabía a sudor, a saliva mía, a todo lo que había pasado, y no me importó en absoluto. Solo pensaba en lo que venía.

Mientras la lamía, ella misma metió un dedo para abrirse, me lo dio a chupar y me indicó que entrara despacio. Pero ya había aprendido lo bastante de ella como para querer una sola cosa: dejar de ser solo obediente. Entré de golpe, con fuerza, y ella reaccionó al instante.

Me agarró desde atrás, me retorció con rabia, me escupió y me cruzó la cara de otra bofetada por haberme atrevido.

—¿Quién te ha dado permiso, cerdo?

Pero no me detuvo. Al contrario. Empecé a embestir fuerte mientras ella se masturbaba y gemía cada vez más alto, y entre insultos y órdenes nos corrimos casi a la vez, uno contra el otro, hasta quedarnos sin aire.

Cuando todo terminó, me dio un último beso en la boca, tranquilo, casi cariñoso, como un punto final que no encajaba con nada de lo anterior. Me vestí en silencio y me despedí desde la puerta, con las piernas todavía flojas.

De camino a casa solo tenía una certeza clara: voy a repetir.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

Guti83

tremendo relato, de los mejores que lei ultimamente!!!

ValentinaQuilmes

Por favor una segunda parte! quede con ganas de mas, se hizo muy corto

lectorsombra

Lo lei de un tiron. Tiene algo que engancha desde la primera linea y no te suelta. Buenisimo

TensionFan

Me pregunto si es una historia real jeje, se siente muy autentico

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.