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Relatos Ardientes

Obedecí cada orden suya entre los pasillos del centro

Me llamo Carla y aquella tarde de sábado me vestí siguiendo cada instrucción al pie de la letra. No era la primera vez que dejaba que Andrés decidiera por mí, pero sí la primera que íbamos a hacerlo lejos del refugio de una habitación, a plena luz, entre desconocidos que no tendrían idea del juego al que estábamos jugando.

La falda era negra, ajustada, de una tela ligera que se pegaba a las caderas y trepaba unos centímetros cada vez que me sentaba. Debajo, solo una tanga de encaje fino, tan pequeña que apenas se notaba bajo la ropa. La blusa blanca, abotonada hasta arriba, era de un algodón tan delgado que cualquier corriente de aire dibujaba lo que había debajo. Nada de sujetador. Esa había sido la orden más clara de todas.

Me miré en el espejo del recibidor antes de bajar. No parecía una provocación evidente; solo una mujer arreglada para pasear. Pero yo sabía que cada elección tenía un propósito, y el propósito era de él.

Andrés apareció puntual a las tres en su coche oscuro. Bajó la ventanilla apenas lo justo para mirarme mientras cruzaba la acera. Era un hombre de presencia tranquila, de los que no necesitan levantar la voz para que el aire cambie a su alrededor. Llevaba la barba recortada y una camisa remangada que dejaba ver los antebrazos. Cuando subí al asiento del copiloto, me recorrió de arriba abajo sin prisa, como quien revisa que todo esté en su sitio.

—Separa un poco las rodillas —dijo en voz baja—. Solo quiero comprobar que me hiciste caso.

Abrí las piernas lo necesario. La tela ya estaba húmeda y se ceñía a mí de un modo que él notó sin tocarme. Asintió con media sonrisa y puso el coche en marcha.

Durante el trayecto su mano derecha descansó sobre mi muslo izquierdo. Subía despacio bajo la falda, las yemas trazando círculos perezosos en la cara interna, sin llegar nunca a donde yo quería. Cada roce me apretaba la respiración un poco más.

—¿Nerviosa? —preguntó sin apartar los ojos de la calle.

—Un poco —admití.

—Bien. Me gusta sentir cómo tiemblas con tan poco.

Llegamos al estacionamiento subterráneo, en uno de los niveles intermedios, ni desierto ni lleno. Aparcó en un rincón entre dos columnas, donde la luz de los fluorescentes apenas alcanzaba. Apagó el motor y se giró hacia mí.

—Bésame.

Me incliné y lo besé. Sus labios eran firmes, la barba me raspaba la barbilla. Me sujetó la nuca con una mano mientras la otra subía por debajo de la blusa y me cubría un pecho. Apretó con calma, el pulgar rozando un pezón que ya estaba duro. Un sonido se me escapó contra su boca.

—Más bajo —murmuró—. Alguien podría pasar y oírte.

Retiró la mano despacio y me dejó el pezón sensible marcándose contra la tela.

—Ahora sal. Camina delante de mí hasta el ascensor. No corras, no mires atrás. Solo camina como sabes hacerlo.

***

Bajé del coche. Los tacones resonaban en el cemento frío y el aire del estacionamiento me rozaba los muslos desnudos bajo la falda. Caminé sin prisa, sabiendo que él me seguía a unos metros. Cruzamos junto a un señor que cargaba bolsas hacia su auto; giró la cabeza un instante más de lo necesario, sus ojos bajaron y volvieron a subir deprisa. El corazón me golpeaba, pero no aceleré el paso.

Entramos solos al ascensor. Las puertas se cerraron. Andrés se colocó justo detrás de mí, el cuerpo a un suspiro del mío sin llegar a tocarme.

—Mírate en el espejo —dijo cerca de mi oído—. Mira cómo se te marcan los pezones con este frío. Mira cómo sube y baja tu pecho. Eso es lo que va a ver cualquiera que se fije.

Me miré. Tenía razón. La blusa dejaba adivinar los contornos oscuros, los pezones tensos contra el algodón. No era un escándalo, pero para quien observara con atención resultaba evidente. Sentí el calor trepándome por el cuello.

—Cuando salgamos, camina normal. Pero cada vez que pasemos por una zona con gente, te detienes frente a un escaparate y te inclinas un poco, como si miraras algo de abajo. Solo lo justo para que la falda se te tense.

Tragué saliva.

—Sí.

***

Las puertas se abrieron a la planta principal. El centro estaba lleno: pasos, voces, olor a café mezclado con perfume. Caminé delante. Sentía su mirada clavada en mi espalda, en el balanceo de mis caderas. En la primera tienda de ropa me detuve frente a un maniquí y me incliné apenas para mirar el precio de unos zapatos en la repisa baja. La falda se tensó sobre mí, marcando la curva. No se veía nada que no debiera, solo una silueta. Detrás, dos chicos jóvenes murmuraron algo y rieron por lo bajo. Seguí caminando como si no existieran, aunque por dentro todo me latía.

Andrés se acercó por detrás, la voz solo para mí.

—Así me gusta. Disfruto verte caminar sabiendo que te miran.

Entramos en una tienda de lencería. Había varias mujeres revisando conjuntos y alguna pareja indecisa. Me llevó hasta la zona de encaje negro.

—Elige uno. Sujetador de media copa y tanga a juego. Vas a probártelo.

Tomé un conjunto elegante, de los que dejan la parte superior del pecho al aire. Entré al probador más amplio, con una cortina gruesa pero no del todo cerrada. La dejé entreabierta unos centímetros, como él me había escrito antes por mensaje.

Me quité la blusa despacio. El pecho quedó libre, y el aire acondicionado me endureció los pezones al instante. Me solté la falda y la tanga, y me miré en el espejo triple: el cuerpo entero, la piel encendida, la evidencia de las ganas brillando entre las piernas.

Desde fuera, sin entrar, su voz llegó baja.

—Tócate los pechos. Despacio. Quiero verte en el reflejo desde aquí.

Llevé las manos debajo, los levanté, los masajeé. Pellizqué los pezones con suavidad y un gemido pequeño se me escapó.

—Ahora un dedo, solo rozando. No te corras todavía.

Deslicé un dedo, lo retiré brillante y lo llevé a mi boca. Probé mi propia humedad, ese sabor a la vez salado y dulce.

—Bien. Ponte el conjunto nuevo.

Me lo coloqué. El sujetador me elevaba el pecho dejando media areola a la vista de frente; la tanga se hundía entre las nalgas. Salí con mi ropa en la mano.

Andrés me recorrió con los ojos.

—Te lo quedas puesto debajo. Vamos a pagar.

***

Pagó en la caja con total naturalidad mientras yo sentía el encaje nuevo ciñéndome bajo la falda. La blusa se tensaba aún más sobre el pecho elevado, y los pezones seguían dibujándose con discreción.

Seguimos paseando. En las escaleras mecánicas me hizo subir delante. La falda trepó con el movimiento, mostrando la parte alta de los muslos. Desde abajo debía adivinarse un destello de encaje negro. Oí a un hombre carraspear detrás de mí, pero nadie dijo nada.

En la planta superior entramos en una cafetería concurrida y nos sentamos en una mesa alta junto a la ventana, yo de espaldas a la pared, él enfrente. Pidió dos cafés.

—Separa las piernas bajo la mesa. Solo lo justo para que yo vea.

Lo hice. La falda cedió un poco. Andrés bajó la mirada con disimulo.

—Ahora tócate. Un dedo por encima de la tela. Despacio. Mientras hablamos de cualquier cosa.

Empecé a rozarme por encima del encaje. Era imperceptible desde fuera, pero cada movimiento mandaba una corriente por todo el cuerpo.

—¿Te gusta que te mire mientras lo haces? —preguntó en voz baja, como quien comenta el clima.

—Sí —susurré—. Me mojo más solo de saber que me ves.

—¿Y la tela ya está empapada?

—Se me pega entera.

Un camarero joven dejó los cafés sobre la mesa. Sus ojos se demoraron un segundo de más en mi escote, donde los pezones se marcaban contra la blusa. Andrés sonrió apenas.

—Te vio. Lo sabe. Y tú lo sabes.

Me ardió la cara, pero no dejé de rozarme despacio.

***

Después del café entramos en una librería grande y nos perdimos en una sección del fondo, donde había menos gente.

—Inclínate para mirar los libros de abajo. Despacio.

Me agaché. La falda se ciñó sobre las nalgas y sentí el aire fresco en la parte alta de los muslos. Andrés se colocó muy cerca, detrás de mí.

—Huelo lo que me provocas desde aquí —susurró—. Siento el calor que sueltas.

Me enderecé temblando, las piernas flojas, sin saber cuánto más iba a aguantar.

Volvimos a una tienda de ropa amplia y entramos en un probador individual, de los que tienen puerta y pestillo.

—Cierra.

Eché el pestillo. El cubículo era pequeño pero por fin privado.

—Quítate la blusa y la falda. Quédate con el conjunto nuevo.

Obedecí. Quedé en sujetador de media copa y tanga fino, el pecho subiendo y bajando con la respiración acelerada.

—De rodillas.

Me arrodillé sobre el suelo limpio. Andrés se desabrochó el pantalón con calma y se liberó, ya completamente duro, la piel tensa y brillante.

—Abre la boca. Despacio. Quiero sentir tu lengua en cada centímetro.

Lo tomé. Lamí la punta primero, rodeándola con la lengua plana, y bajé hasta la base succionando con suavidad. Él dejó escapar un suspiro largo.

—Así. Sin ruido. Solo siente cómo late contra tu lengua.

Lo chupé durante minutos, alternando succiones profundas con lamidas lentas a lo largo. Me sujetaba el pelo sin fuerza, apenas marcando el ritmo, dejándome hacer.

—Ahora date la vuelta. Manos en la pared. Separa las piernas.

Me giré y apoyé las palmas contra la pared del probador. Andrés se arrodilló detrás de mí y me separó las nalgas con las manos.

—Qué cuerpo —murmuró—. Tan suave.

Sentí su aliento caliente y luego su lengua, plana al principio, trazando círculos lentos. Una de sus manos buscó mi clítoris por encima del encaje y empezó a frotar en círculos perfectos.

—Estás chorreando —dijo contra mi piel—. Siento cómo lates contra mi dedo.

No aguanté más. Me corrí en silencio, el cuerpo entero sacudiéndose, los muslos cerrándose sobre su mano, un orgasmo largo que me dejó jadeando con la frente contra la pared fría.

Andrés se incorporó, me giró y me besó hondo, compartiéndome mi propio sabor.

—Buena chica —dijo, y por primera vez en toda la tarde sonó casi como una caricia—. Vístete. Todavía nos queda medio centro por recorrer.

Recogí mi ropa con las manos temblando, sabiendo que volvería a salir a los pasillos llenos de gente con las piernas flojas y el encaje empapado, lista para obedecer la siguiente orden.

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Comentarios (4)

IgorDelSur

Tremendo relato!!! no pude parar de leer hasta el final

Gaby_lectora

La tension que se siente en cada parrafo es increible, muy bien narrado. Sigue escribiendo por favor!

SusanaLectora

Se hizo corto, quiero mas!! Espero que venga la continuacion pronto

MariK22

Esa mezcla de nervios y emocion cuando nadie sospecha lo que esta pasando... lo capturaste perfecto

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