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Relatos Ardientes

Lo que nos esperaba en la isla de las sumisas

Ilustración del relato erótico: Lo que nos esperaba en la isla de las sumisas

El grupo se había formado despacio, entre gente de varios países con los mismos gustos. En la ciudad, dentro del círculo local de aficionados al BDSM, terminamos coincidiendo media docena de amigas que ya nos conocíamos: Marina, Carla, Selene, Lorena, Patricia y yo, Rebeca. También había varios chicos. El último sábado antes del verano nos citaron para explicarnos los detalles.

Estábamos todos sentados en sillas plegables cuando repartieron unos folios con cada práctica que podía darse. Eran meticulosos hasta lo obsesivo. Detallaban cada situación posible y, en mayúsculas al final, la palabra de seguridad.

—Delante de cada uno hay un cuestionario para conoceros de verdad y evitar problemas —dijo la organizadora, paseándose entre las filas—. Hemos revisado vuestras pruebas médicas para que todo ocurra en las mejores condiciones. Os agruparemos por nivel de entrega. En la isla podréis negaros a cualquier cosa, pero una negativa que consideremos infundada se acumula: tres y quedáis fuera. Aun así, respetaremos vuestros límites. Un no será siempre un no.

Rellenamos los formularios y nos fuimos a tomar unas cervezas para quitarnos el cosquilleo del estómago.

Quince días en una isla. Yo sobre todo lo voy a disfrutar, porque pienso usaros a todas, mis zorritas.

—Primero tienen que seleccionarte —se rió Carla, dándome un codazo—. Después ya veremos quién usa a quién.

Los correos llegaron días más tarde. A todas nos confirmaban el uno de agosto y el punto de recogida. Solo debíamos llevar nuestros medicamentos, lentillas o gafas si las usábamos. Ni una palabra sobre qué ponernos. Eso, en realidad, ya era una respuesta.

***

El uno de agosto nos citaron a primera hora en una casa de campo a las afueras. Nos hicieron pasar de una en una a una habitación y salir por la otra puerta. Marina entró primera. Tuvo que desnudarse y la ayudaron a subir a un autobús con las ventanas tapadas. Dentro habían fijado barras de hierro a los laterales. La sentaron con las piernas abiertas, los brazos en cruz y una mordaza que le mantenía la boca entreabierta. Después, una capucha le cubrió la cabeza.

A Carla la encapucharon antes de subir y la colocaron igual. A Selene, lo mismo. Con Lorena hicieron una salvedad: la pusieron de cara a la pared, de rodillas, con el culo en pompa y un consolador de goma sujeto a la boca. A mí me tocó al final.

Yo creía que, como me habían prometido jugar con las demás durante el traslado, viajaría suelta. Me equivoqué. Lo único que me permitieron fue verlas desnudas y escribir sobre sus cuerpos un número y una letra para identificarlas. Luego me ataron en la misma postura humillante que a Lorena, y entendí que el reparto de poder lo decidían ellos.

Cuando subieron también a los chicos, una mujer recorrió el pasillo comprobando que cada cuerpo estuviera firme. El motor arrancó. Rodamos hasta un pequeño muelle al que se llegaba cruzando una finca privada. De ahí, a una lancha, y de la lancha al lugar donde pasaríamos los quince días.

Durante la travesía yo no callaba. Estaba ansiosa, deseando tocarlas. La vigilante se dio cuenta, me soltó las muñecas y me concedió una licencia mínima.

—Los pechos de una. Solo eso.

Elegí los de Carla. Los devoré casi con avidez, y por eso no lo vi llegar. La vigilante había hecho una seña a uno de los guardias, que se acercó por detrás, me sujetó de las caderas y me penetró el culo sin pedir permiso. Me quejé al principio. Después me dejé ir, atrapada entre el pecho de Carla y las embestidas que terminaron regándome las nalgas. Cuando por fin tocamos tierra, pedí permiso para bañarme en el mar, y me lo dieron.

Después nos unieron a todas en una sola cadena, tobillos incluidos: seis chicas y seis chicos en fila, camino del edificio. Esa primera noche dormiríamos en el sótano.

***

Era una mazmorra grande. Nos sentaron en el suelo y encadenaron nuestros cuellos a las paredes. Las cadenas solo daban para llegar a un agujero central donde orinar; para lo demás había que pedirlo y te llevaban a otro sitio. Pasamos la noche con el único sonido del hierro cada vez que alguien se movía.

Por la mañana trajeron el desayuno en cuencos pequeños. Después nos sacaron a un patio, nos inmovilizaron contra una pared larga y nos lavaron a distancia con una manguera de agua fría. Vinieron luego los cepillos duros y el jabón, y de nuevo el chorro helado para aclararnos.

En otra nave esperamos de pie a que nos llamaran. Uno a uno nos sentaban en sillas ginecológicas y simulaban un examen médico. Te llevaban al borde del orgasmo y, justo entonces, se apartaban. Nos raparon de cuello para abajo; a las chicas nos dejaron una franja estrecha de vello púbico. En una esquina del pubis nos tatuaron con tinte temporal el número y la letra que nos identificarían durante toda la estancia. Después nos dieron libertad para movernos por la isla. Solo Patricia se quedó: debía ayudar a la cocinera.

***

Marina se internó en un bosque de bambú cercano. Entre las cañas se alzaba una vieja borda derruida. Le entraron ganas de orinar, se acuclilló entre las ruinas y, cuando iba a levantarse, una mano le rodeó el cuello.

—Levántate muy despacio, zorra.

La condujo hasta el muro más alto de la casa y le ató las muñecas en alto, a un punto que apenas alcanzaba. Cortó dos cañas de bambú y le azotó las nalgas, alternando con golpes secos en los pezones. Marina gritaba. Cuando él se cansó, le soltó los brazos y la obligó a arrodillarse. Le apretó las fosas nasales hasta que ella, sin aire, abrió la boca, y aprovechó para metérsela hasta el fondo. No buscaba una mamada cuidadosa; le follaba la boca sujetándola del pelo.

Luego la apoyó otra vez contra la pared. Tenía la espalda surcada de líneas rojas y un culo donde las dos nalgas se besaban. Las apretó, las separó y empujó. La tenía corta pero muy gruesa. Forzó despacio, sin miramientos, hasta que el glande entró. Repitió hasta que el camino cedió, le clavó las yemas en las ingles y la ensartó con una brutalidad lenta que terminó en su orgasmo. Se la sacó y se marchó sin una palabra. Marina fue al arroyo a refrescar la zona ardida, pero otro dominante la sorprendió a la salida, la derribó y la penetró hasta correrse. Esa vez no se lavó: se sumergió entera en el agua fría del río.

***

Carla había caminado hasta la playa que vimos al atracar. Se tendió al sol y, al rato, se metió a nadar. Salía del agua con los pechos grandes y firmes, desafiando la gravedad. Yo la espiaba desde un escondite, sin perder detalle, y tampoco lo vi venir.

Una dómina me agarró del pelo y me arrastró hasta la orilla.

—Qué zorra eres. Te crees que porque puedas usarlas se te permite todo. Mira cómo se hace.

Me sentó al borde de la espesura, me ató al tronco de un árbol y, abriéndose de piernas sobre mí, me orinó entera. Carla lo vio todo desde el agua y se excitó: mi descaro la ponía, y la dureza con que me trataban, más todavía. Podía haber huido; sabía que no era eso lo que se esperaba de ella. Se arrodilló con los talones bajo las nalgas, los muslos abiertos y las palmas hacia arriba, esperando.

La dómina la levantó por la correa del collar y la llevó hasta donde yo seguía atada. Tumbó a Carla boca arriba, se sentó sobre su boca de espaldas a mí y nos ordenó comerla, una el coño y la otra el culo. Mientras tanto, fue prendiendo pinzas en los pezones de Carla. Me mandó a la casa a por una vela; cuando volví, la encendió y dejó caer la cera caliente sobre aquellos pechos atados. Yo le abrí las piernas a Carla y empecé a frotarme contra ella, cada vez más rápido. Entre el dolor de la cera y el placer, Carla temblaba. Cuando la dómina por fin se corrió, nosotras dos estallamos juntas en un orgasmo larguísimo. Después las tres nos bañamos en el mar y nos quedamos un rato flotando, en silencio.

***

Selene no llegó a salir de la casa. La reclamó un amo y dos ayudantes la llevaron a un salón enorme. La sentaron, le pusieron pinzas en los pezones y aplicaron descargas medidas que la hacían gritar y tensar cada músculo. Le retiraron las pinzas, la subieron a una silla ginecológica y le introdujeron un dilatador metálico. Conectaron la electricidad poco a poco, subiendo el voltaje a veces de golpe, hasta que ella, con una mordaza de bola entre los dientes, no aguantó más y se corrió.

Le quitaron todo y la doblaron sobre la camilla, apoyada en los antebrazos. El amo cogió un látigo y le enrojeció las nalgas tira a tira. Luego la penetró sin pausa, alternando, hasta vaciarse dentro de ella.

***

A Lorena, justo cuando cruzaba la puerta del jardín, la capturó una mujer altísima de piel oscura, una diosa que le sacaba una cabeza. La llevó a una sala pequeña, la dobló sobre un caballete y le ató las muñecas a los tobillos. Con una varita eléctrica le repartió descargas por todo el cuerpo y, después, le marcó las nalgas con una fusta. Se colocó un arnés de doble consolador que la penetraba a la vez que se penetraba a sí misma. Cuando llegó al orgasmo, dejó un vibrador trabajando en el coño de Lorena y llamó a un sumiso de miembro grueso que, tras mucho lubricante, terminó follándola con un vigor que la dejó temblando.

***

Patricia se había quedado en la cocina. Estaba casada, tenía dos hijas y había pactado con su marido esta escapada como una válvula de escape. Mientras ayudaba a preparar la comida, entró una mujer mayor del pueblo, elegante y vestida con ropa de otra época. Se acercó, le levantó la barbilla, le revisó la boca como a una yegua. La humillación la encendió. La señora le hundió dos dedos entre las piernas, masturbándola despacio, mientras la cocinera miraba acariciándose por encima del delantal. Cuando la dejó por fin, llamó a dos sumisos: uno la penetró por delante y otro le ofreció su miembro para que lo chupara, y Patricia, de rodillas, se entregó a las dos cosas a la vez hasta que ambos terminaron.

***

Los días siguientes, hasta cumplir la quincena, dejaron de ser una sucesión de pruebas para convertirse en otra cosa. Aprendimos a leernos entre nosotras, a saber quién necesitaba un respiro y quién pedía más con la mirada. Hubo tardes enteras en la playa, las seis juntas y revueltas con los chicos, donde ya nadie llevaba la cuenta de las manos ni de las bocas. El deseo se había vuelto algo compartido, sin nombre y sin dueño.

La última noche, antes de devolvernos al mundo, la organizadora nos reunió en el patio.

—¿Volveríais? —preguntó.

Nos miramos. Marina sonrió primero, después Carla, y al final asentimos todas casi a la vez. No hizo falta decir nada más. Algunas vacaciones no se cuentan; se llevan marcadas en la piel.

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Comentarios (4)

TensionMax

Increible!!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

Sergio_BA

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de saber cómo termina todo esto

MatiasCordoba77

La premisa me enganchó desde el titulo. Muy bien logrado el ambiente, se siente que el autor sabe lo que hace

LectoraAvida

jajaja me imaginé de protagonista y no me pareció tan mal la situación la verdad

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