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Relatos Ardientes

El proveedor que me enseñó a obedecer en silencio

Otra vez aquí, contando uno de esos momentos que viví con demasiada intensidad y que todavía me cuesta sacarme de la piel. Quienes me leen ya saben que me gusta vestir bien, sentirme femenina, y que casi nunca salgo de casa sin pantimedias. No es solo por estética: hay algo en la forma en que la lycra abraza las piernas, en esa sedosidad que roza con cada paso, que me pone en un estado distinto. Me siento más yo. Más expuesta y más fuerte al mismo tiempo.

Trabajo en la oficina administrativa de una distribuidora de insumos que maneja mi amigo Marcos. Él me cuida, me da trabajo estable y, cada tanto, me sorprende con alguna prenda que sabe que me va a gustar. Gracias a ese trabajo conocí al hombre del que les quiero hablar.

Se llamaba Damián. Era proveedor: venía cada tanto a dejar remitos, facturas y, casi siempre, una caja de bombones para nosotras, las administrativas, que las recibíamos con la misma alegría de siempre. Tendría unos sesenta años, tal vez un poco más. De buen porte, elegante hasta cuando se sacaba el saco, con una barba entrecana recortada con cuidado. Pero lo que de verdad incomodaba era su mirada. Cuando te clavaba los ojos, sentías que veía algo que vos todavía no habías decidido mostrar.

Siempre tenía un comentario para mí. Que era muy femenina, que pocas mujeres sabían llevar los tacones como yo, que le gustaban las medias finas y las niñas bien arregladas. Yo me reía, le decía que exageraba, que de niña no tenía nada. Pero la verdad es que esos elogios me duraban todo el día, los repetía sola frente a la computadora.

Una tarde mi compañera Antonella había salido a un trámite y yo estaba sola. Me agaché frente a la fotocopiadora para sacar las copias de unos presupuestos que Damián necesitaba. Le había dado la espalda. Y entonces sentí su mano.

No fue brusco. Fue una caricia lenta sobre mis nalgas, por encima de la falda, como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo. Me quedé inmóvil. Giré apenas la cabeza, lo justo para encontrarme con su sonrisa y esos ojos que no se movieron ni un milímetro. No había nervios en su cara. Había certeza.

Decile que pare. Decí algo.

No dije nada. Seguí sacando las copias mientras su mano subía por debajo de la falda y reconocía la forma de mis muslos, el filo de las pantimedias, la curva de mis glúteos. Él no se apuró. Cuando terminé, retiró la mano con la misma calma con la que la había puesto.

—Gracias por dejarme —me dijo en voz baja, acomodándose el saco—. Nunca voy a hacer nada que vos no me permitas. Pero no me pude resistir. Tenés un cuerpo que invita a portarse mal.

Le entregué las copias con las manos un poco temblorosas y él se fue como si no hubiera pasado nada. Yo me quedé el resto de la tarde con el corazón golpeándome en lugares que no eran el pecho.

***

Pasaron unas semanas hasta que volvió a aparecer con las facturas del mes. Esta vez traía algo más: una cajita de dulces atada con una cinta, y una tarjeta escrita a mano. La abrí cuando él todavía me miraba. Decía: «Para mi dulce niña».

Sentí que se me subía el calor a la cara. Sabe exactamente lo que hace.

Ese día me había vestido con un jumper azul de falda corta y volados, una blusa de muselina blanca, conjunto de encaje debajo y unas pantimedias opacas color tostado que me encantaban porque dejaban las piernas perfectas. Botitas de taco. Me había arreglado pensando en que tal vez venía. No quería admitirlo, pero me había arreglado para él.

Damián no disimuló. Me recorrió de arriba abajo sin ningún apuro, y cuando me saludó con un beso en la mejilla, dejó que su cuerpo se apoyara contra el mío un segundo de más. Su perfume importado me envolvió y me aflojó las rodillas. Yo le seguí el juego de niña buena, bajé la mirada, le sonreí.

Antonella estaba enterrada en una planilla de una obra grande que teníamos en ejecución, así que me pidió que me ocupara yo de recibirle las facturas. Marcos había salido temprano a inspeccionar esa misma obra. La oficina del jefe estaba vacía.

—Pasá, que te las firmo ahí adentro —le dije, y mi voz salió más suave de lo que quise.

***

Apenas cerró la puerta detrás de mí, supe lo que iba a pasar. Y supe que no iba a detenerlo.

Su mano derecha se metió bajo mi falda directamente, sin preámbulos, y agarró mi glúteo izquierdo como quien reclama algo que le pertenece. No me di vuelta. Seguí caminando hacia el escritorio de Marcos con su mano amasándome, sintiendo cómo la tela de las medias se tensaba contra su palma. Una corriente caliente me bajó por el centro del cuerpo y me dejó húmeda antes de que él hubiera hecho nada más.

Esto es lo que soy cuando nadie mira.

—Mirá cómo te ponés —me susurró contra el cuello—. Ni hizo falta que te tocara mucho. Vas a ser una niña obediente para mí, ¿verdad?

No me salió la voz. Asentí con la cabeza, apoyada ya contra el borde del escritorio, dándole la espalda. Él entendía el silencio como una respuesta. Sus dedos encontraron el camino entre la tela del encaje y las medias, y empezó a acariciarme por encima, despacio, dibujando círculos que me hacían arquear la espalda sin que yo lo decidiera.

Me besaba la nuca, me mordía con suavidad el lóbulo de la oreja, y cada tanto me decía al oído lo bien que me iba a cuidar, lo linda que era, lo bien que me portaba. Yo tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia adelante, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Antonella estaba a una pared de distancia. Esa pared era todo lo que me separaba de gritar.

Sus dedos apartaron la tela y se hundieron en mí, todavía con las medias de por medio, como si la barrera lo excitara más que la piel. Yo empujé las caderas hacia atrás, buscándolo, pidiéndole sin palabras que entrara más. Él se rió bajito, satisfecho, y me dio lo que le pedía.

—Así me gusta —dijo—. Pedímelo con el cuerpo, que la boca la vas a usar para otra cosa.

Estiré la mano hacia atrás y encontré su bulto duro contra el pantalón. Lo apreté por encima de la tela, sentí su tamaño, su calor, y algo dentro de mí terminó de rendirse. No aguanté más. Me di vuelta, me arrodillé frente a él sobre la alfombra de la oficina y le bajé el cierre con dedos torpes de pura ansiedad.

Lo saqué y me quedé un segundo mirándolo, sintiendo el olor cálido de un hombre excitado. Lo besé primero, recorriéndolo con los labios, antes de metérmelo en la boca. Damián me puso una mano en la nuca, sin forzar, solo marcando el ritmo que él quería. Yo lo miraba desde abajo mientras se la chupaba, y saber que me veía así, de rodillas, arreglada y entregada, me prendía más que cualquier otra cosa.

—Mirame —me ordenó en voz baja—. Quiero ver esos ojos mientras lo hacés.

No despegué la vista de la suya. Me movía con cadencia, ayudándome con la mano, apretando cuando él aflojaba el aire. Sentía mi propia ropa interior empapada, las medias pegadas a la piel, el calor latiéndome entre las piernas sin que nadie me tocara ahí. Él empezó a tensarse, su respiración se quebró, los músculos de las piernas se le endurecieron bajo mis manos.

—Quedate quieta —jadeó—, recibilo todo, sos mi niña.

Terminó dentro de mi boca, sostenido por mi nuca, y yo me quedé hasta el final, hasta que su cuerpo dejó de temblar y aflojó la mano. Solo entonces me aparté, despacio, mirándolo todavía desde abajo. Él me acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.

—Sos perfecta —me dijo.

***

Nos acomodamos la ropa en silencio. Él se peinó frente al reflejo de la ventana, yo me retoqué el labial con el corazón todavía al galope. Me entregó las facturas firmadas, las dejé prolijas sobre el escritorio, y salimos de la oficina como si solo hubiéramos repasado unos números. Antonella ni levantó la cabeza de la planilla.

—Hasta el mes que viene —me dijo Damián desde la puerta, con esa sonrisa que ya conocía.

Tuve otras tardes con él después de esa. En su depósito, entre estanterías de mercadería, aprendí cosas sobre mí que no sabía. Él nunca rompió la regla que me había dicho aquella primera vez: nunca hizo nada que yo no le permitiera. Solo que, con él, yo permitía casi todo. Esa era la parte que más me gustaba y la que más me costaba contarle a alguien.

Hace un tiempo se fue a vivir a Canadá, cerca de una hija, y reconozco que lo extraño. Extraño su voz dándome órdenes suaves, su mano subiendo por mis medias como si tuviera derecho, esa forma que tenía de hacerme sentir pequeña y deseada al mismo tiempo. Tengo más historias suyas guardadas, de aquel depósito y de algún hotel. Si quieren que las cuente, ya saben dónde encontrarme.

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Comentarios (4)

SolNocturna23

Buenisimo!! ese silencio que describís dice más que mil palabras. Muy bien logrado.

Marco_Rosas

Quedé con ganas de mas. Por favor seguí, hay segunda parte??

CamilaNoche

Nunca pensé que un relato de esta categoría me iba a enganchar tanto desde el principio. Me sorprendió gratamente.

Rober_74

La tensión entre los personajes está muy bien construida. No necesitás explicar nada, el lector lo siente solo. Ese es el talento de los buenos relatos. Felicitaciones y espero seguir leyéndote.

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