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Relatos Ardientes

La prenda que mi señora dejó para someterme

La escalera del edificio estaba a oscuras cuando subí esa noche, y yo conocía cada peldaño de memoria. No necesitaba la luz. Hacía meses que aprendía a moverme por aquel tramo como un animal nocturno, atento a cualquier señal que ella quisiera dejarme. Porque Verónica nunca decía las cosas en voz alta. Las dejaba para que yo las encontrara.

Esa noche la señal estaba en el último escalón.

Una prenda de encaje negro, doblada con un cuidado deliberado, esperaba justo bajo la puerta de su piso. La reconocí antes de tocarla. Eran sus bragas. Y estaban dobladas como ella doblaba todo lo que quería que yo entendiera: con precisión, sin margen para el error.

No es un olvido. Nada de lo que ella hace es un olvido.

Me arrodillé en la penumbra del rellano, donde cualquier vecino podría haberme visto, y eso era exactamente parte de lo que ella buscaba. Tomé las bragas con las dos manos, como quien recoge algo sagrado, y las acerqué a mi cara. El encaje todavía guardaba su calor. Olía a ella, a esa mezcla de piel limpia y coño mojado que llevaba semanas volviéndome loco. La entrepierna del encaje estaba húmeda, pegajosa, con una mancha reciente que se me quedó marcada en los labios cuando apreté la tela contra la boca. Se había masturbado antes de dejármelas ahí, o había esperado a que su coño se empapara de solo pensar en lo que iba a hacerme. Cualquiera de las dos cosas me puso la polla dura contra la bragueta al instante.

Pasé la lengua por el encaje. Chupé la mancha con hambre, saboreando el jugo espeso de su coño en la boca del rellano, con la nuca pegada a su puerta y el corazón golpeándome. Sabía a sal y a hembra, un sabor cargado que se me quedó en el paladar y me hizo tragar despacio. Se me escapó un gemido bajo. Se me escapó una gota de líquido preseminal manchando el calzoncillo. Y ella todavía no había abierto la puerta.

***

Todo había empezado un año atrás, en el descansillo del cuarto piso, cuando le ofrecí ayuda con la cesta de la colada y ella me miró de arriba abajo con una calma que me dejó sin palabras.

—Tú no quieres ayudarme con la ropa —dijo, sin sonreír—. Quieres algo más. Lo veo en cómo me miras las manos. Quieres que te las meta en la boca.

No supe qué contestar. Llevaba toda mi vida escondiendo esa parte de mí, ese instinto de obedecer, de arrodillarme, de pertenecer a alguien que supiera mandar. Y ella lo había leído en un solo cruce de miradas, como quien lee un cartel.

—Sube a mi casa el jueves —añadió—. A las diez. Y no llames si no estás dispuesto a lamerme lo que yo te ponga delante.

Subí el jueves. Y el jueves siguiente. Y todos los jueves desde entonces.

***

Verónica no era cruel por gusto. Era exigente, que es algo distinto y mucho más peligroso. Me enseñó que el deseo bien administrado pesa más que cualquier golpe, y que la espera podía ser un castigo más fino que el dolor. Esa noche, arrodillado en el rellano con sus bragas empapadas pegadas a la cara, comprendí que la prueba ya había comenzado y que ella me observaba desde algún lugar.

La puerta se abrió sin ruido. Una franja de luz tibia cayó sobre mí, y yo no levanté la vista. Había aprendido a no hacerlo hasta que me lo permitiera.

—Veo que las encontraste —dijo su voz por encima de mí—. ¿Cuánto tardaste en arrodillarte? ¿Ya las chupaste?

—Nada, señora —respondí, con la voz ronca—. En cuanto las vi. Y sí. Le chupé la mancha.

—Bueno. Así me ahorro el trabajo de ordenártelo. —El sonido de sus pasos descalzos sobre la madera me erizó la piel—. Entra. Pero entras así, de rodillas, con las bragas todavía en la cara y la verga fuera del pantalón. Quiero verte arrastrar la polla dura por mi suelo mientras avanzas.

Me bajé el pantalón hasta las rodillas ahí mismo, en el rellano, con el aire frío mordiéndome los muslos. Me saqué la polla, que ya estaba dura, hinchada, con la punta brillante de líquido. Avancé a gatas sobre el suelo frío de su recibidor, con el encaje apretado contra la nariz, respirándola en cada paso, con la verga colgando entre las piernas y golpeándome el vientre a cada movimiento. La humillación de la postura no me rebajaba: me ordenaba, me ponía en el sitio exacto donde yo quería estar. Detrás de mí, la puerta se cerró con un chasquido seco que sonó como una sentencia.

***

El salón olía a vela y a su perfume. Ella se sentó en el borde del sillón, con una bata de seda entreabierta y una copa de vino en la mano, y cruzó las piernas con una lentitud calculada para que yo lo notara todo. Bajo la bata no llevaba nada. Se le veía la sombra de las tetas contra la seda y, al cruzar las piernas, la línea de su coño depilado apareció y desapareció en un parpadeo, como si ella supiera exactamente cuánto tiempo dejarme mirar.

—Mírame —ordenó.

Levanté la cabeza. Verónica me observaba con esa media sonrisa que prometía recompensa y castigo en la misma dosis. Tenía el pelo recogido, el cuello desnudo, y los ojos fijos en mi polla, que se sacudía sola cada vez que le sostenía la mirada.

—Has pasado la semana pensando en esto —dijo. No era una pregunta—. Lo sé porque me escribiste tres veces y yo no contesté ninguna. ¿Cuántas pajas te hiciste pensando en mí?

—Cinco —admití—. Una cada noche.

—¿Y te corriste imaginándome cómo?

—Sentada en mi cara. Ahogándome con su coño.

—Esa es la respuesta correcta. —Bebió un sorbo y dejó la copa sobre la mesa—. La diferencia entre lo que quieres y lo que necesitas es justo el espacio donde yo trabajo. Acércate. Despacio. Y no te toques la polla. Si te corres antes de que yo te lo diga, te vas a casa con las bolas llenas y no vuelves en un mes.

Me arrastré hasta quedar entre sus pies. Ella extendió uno y apoyó la planta sobre mi pecho, empujándome apenas, midiendo mi equilibrio y mi paciencia a la vez. Después bajó el pie hasta mi verga y la aplastó suavemente contra mi vientre, sonriendo al ver cómo me estremecía.

—Estás goteando —observó—. Mira cómo me manchas el empeine. Límpiamelo.

Me incliné y lamí mi propio líquido preseminal de la piel de su pie, despacio, chupando entre los dedos, saboreando la mezcla salada. Ella suspiró satisfecha y retiró el pie.

—Las bragas —dijo—. Devuélvemelas.

Se las tendí con las dos manos, la cabeza baja. Verónica las tomó, las examinó con desdén fingido y las dejó caer sobre mi nuca.

—Te las presto un rato más —concedió—. Pero todo lo que te doy esta noche te lo vas a ganar con la lengua. Empezando ahora.

Descruzó las piernas despacio y abrió los muslos. La bata se corrió del todo y su coño quedó a la vista, brillante, hinchado, con los labios ya separados de deseo. Me clavó la mirada.

—Ven. A comer.

***

Me lancé sobre ella con la cabeza gacha, pero antes de tocarla con la boca me detuvo tirándome del pelo.

—Despacio. Con la lengua plana. Lámeme entera antes de meterte donde sea.

Le pasé la lengua desde el perineo hasta el clítoris en un solo trazo lento, saboreando el jugo que le corría por la entrepierna. Verónica gimió bajito y me apretó el pelo con más fuerza. Repetí el movimiento otra vez, y otra, hasta que su coño estuvo empapado de mi saliva y de su propio flujo, hasta que sentí que la piel de sus muslos temblaba contra mis mejillas.

—Ahora chupa —ordenó—. El clítoris. Suave. Y no dejes de mirarme.

Cerré los labios alrededor de aquel botón hinchado y lo succioné con cuidado, con la mirada clavada en la suya. Verónica echó la cabeza atrás, se mordió el labio y me apretó la cara contra su coño con las dos manos. Le lamí en círculos, la chupé, le pasé la lengua entre los pliegues, le hundí la punta en la entrada mojada y volví al clítoris, obedeciendo cada tirón de pelo, cada empujón de cadera, cada gemido que me indicaba el ritmo.

—Métemela —jadeó—. La lengua. Adentro. Fóllame con la boca.

Le clavé la lengua en el coño lo más profundo que pude, moviéndola dentro como si le follara con ella, sintiendo cómo sus paredes se cerraban alrededor de mi cara. Su jugo me chorreaba por el mentón, me manchaba el cuello, y yo tragaba lo que podía y seguía trabajando. Le subí la lengua otra vez al clítoris y le metí dos dedos en el coño de un solo empujón. Verónica se arqueó y soltó un gemido largo, roto.

—Así, así, así… —repetía, con la voz temblando—. No pares. Cómemelo. Cómemelo entero.

La lamí y la chupé y la penetré con los dedos hasta que la sentí temblar entera. Se le tensaron los muslos, se le contrajo el vientre, y cuando estaba a punto de correrse me empujó la cabeza lejos con violencia.

—Para —ordenó, jadeando—. Para. No me corro contigo todavía. No te lo has ganado.

Me aparté con la boca empapada, con la barbilla brillando de su flujo, con la polla a punto de estallar entre mis muslos sin haber tocado nada. Ella me miró desde arriba, agitada, y sonrió.

—Buen chico. Buen chico por parar.

***

Se levantó y caminó descalza alrededor de mí, despacio, midiendo cada paso para que yo sintiera su presencia sin verla del todo. Cuando se detuvo a mi espalda, me retiró las bragas de la nuca y me las pasó lentamente por el cuello, por los hombros, como quien marca un territorio que ya le pertenece.

—¿Sabes por qué te dejo siempre esto y no otra cosa? —preguntó en voz baja—. Porque es lo más íntimo que tengo y, aun así, es solo una prenda. Te enseña a desear lo que no puedes tener y a contentarte con la sombra de lo que quieres. Aunque hoy voy a hacer una excepción. Hoy te voy a dar el cuerpo también. Pero como yo quiera.

—Gracias, señora —murmuré, y lo dije de verdad.

Se sentó de nuevo en el sillón, pero esta vez de espaldas, apoyando las rodillas en el asiento y sacando el culo hacia mí. Se abrió las nalgas con las dos manos y me mostró todo: el coño brillante, empapado, y el ojo rosado y apretado del culo justo encima.

—Lámemelo todo —ordenó—. Empieza por el culo. Con calma. Métemela ahí también. La lengua bien adentro.

Me acerqué de rodillas, le agarré las nalgas con las dos manos y le clavé la lengua entre los cachetes. Le pasé la punta en círculos alrededor del anillo apretado, mojándoselo con saliva, escuchándola gemir de un modo distinto, más sucio. Empujé con la lengua y el músculo cedió apenas. Ella soltó un gemido áspero.

—Así. Como una polla pequeña. Fóllame el culo con la lengua.

Le metí la lengua en el ojete y la moví adentro y afuera, mientras subía una mano y le pasaba dos dedos por el coño empapado. Le hundí los dedos hasta los nudillos y ella empezó a mover las caderas contra mi cara, follándose sola contra mi lengua y mis dedos a la vez. El sonido de su coño chorreando, el olor cargado que me llenaba la nariz, la manera en que su culo se abría para mi lengua… se me escapó otra gota, un hilo de líquido preseminal cayó al suelo entre mis rodillas.

—Para —jadeó de nuevo, y me apartó tirándome del pelo—. Ponte de pie. Contra la pared. Manos arriba.

Obedecí temblando. Ella se levantó, se giró y se quedó frente a mí, con los ojos brillantes, con los labios hinchados de morderse. Bajó la mano y me agarró la polla por primera vez en la noche. Se me escapó un gemido.

—Silencio.

Me la trabajó despacio, con el pulgar recorriéndome la punta empapada, extendiéndome mi propio líquido por toda la verga. Con la otra mano me apretó las bolas, midiéndomelas, sopesándolas.

—Estás tan cargado que me das pena —susurró—. Si te suelto un segundo te corres. ¿Verdad?

—Sí, señora —admití entre dientes—. Sí.

—Entonces no te suelto.

Se arrodilló delante de mí. Yo bajé la vista, incrédulo. Verónica casi nunca me chupaba la polla, y cuando lo hacía era siempre corto, un premio raro. Esta vez abrió la boca y se metió mi verga hasta el fondo de una sola vez, sin dudar, hasta que sentí la punta contra el fondo de su garganta. Se me doblaron las rodillas.

Empezó a chupármela con hambre, con la mano izquierda apretándome las bolas y la derecha clavada en mi cadera para pegarme contra su cara. Yo temblaba contra la pared, con las manos crispadas sobre mi cabeza, intentando aguantar. Ella subía y bajaba, hacía vacío, me sacaba la polla entera y me la lamía desde las bolas hasta la punta, y me miraba con esos ojos negros llenos de burla, disfrutando cada segundo del suplicio.

—Señora —jadeé—. Me voy a correr. Se lo pido. Por favor, deme permiso. Por favor.

Sacó mi polla de la boca de golpe y me la apretó por la base con dos dedos, cortándome la corrida antes de que subiera. Yo me sacudí entero contra la pared, jadeando como un perro, con las lágrimas quemándome en los ojos de puro esfuerzo.

—No —dijo, tranquila—. Todavía no. Aprende.

Cuando volví a respirar, se levantó y caminó hasta el sillón. Se recostó de espaldas, abrió las piernas y me señaló el suelo entre sus muslos.

—Ven. Métemela. Pero despacio. Y no te corras hasta que yo te lo diga.

Me acerqué de rodillas, le agarré los muslos y le clavé la polla en el coño empapado de una sola embestida. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo sin resistencia. Los dos gemimos a la vez. Su coño me apretaba, caliente, resbaladizo, palpitando alrededor de mi verga.

—Muévete —ordenó—. Despacio. Como te enseñé.

Empecé a follármela con embestidas largas, controladas, saliendo casi entera y volviendo a hundírmela hasta las bolas. Verónica me clavó las uñas en la espalda y me mordió el hombro. Yo aguantaba con los dientes apretados, contando en mi cabeza, mordiéndome la lengua para no correrme.

—Más fuerte —jadeó—. Rómpeme. Fóllame como te mueres por follarme desde hace un año.

Me solté. La agarré por las caderas y empecé a embestirla con todo, clavándole la polla hasta el fondo con un ritmo brutal, escuchando el ruido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su coño empapado, escuchándola gemir cada vez más alto. Su cuerpo se sacudía en el sillón, sus tetas rebotaban, se agarraba del respaldo con las dos manos.

—Ahí, ahí, no pares, no pares… —repetía, con la voz rota—. Me corro. Me estás haciendo correr. Cabrón, me estás haciendo correr.

Su coño se cerró alrededor de mi polla en espasmos, apretándome de una manera que me dobló. Sentí cómo se le empapaba entera la entrepierna, cómo me mojaba las bolas. Se convulsionó bajo mío, se arqueó, y clavó los talones en mi culo empujándome más adentro.

—Ahora —jadeó cuando empezaba a bajar—. Adentro. Córrete adentro. Lléname el coño.

Me solté con un gemido gutural. Me vacié en su coño con embestidas cortas y desesperadas, sintiendo cómo cada latigazo de mi corrida le llenaba el interior, cómo el semen se mezclaba con su flujo. Ella me abrazó con los muslos, apretándome contra ella, haciéndome hundirme del todo mientras se me escapaban los últimos chorros. Me quedé encima de ella, temblando, con la frente contra su cuello, con la polla todavía dentro y palpitando.

—Buen chico —susurró contra mi oreja—. Buen chico por aguantar.

***

Cuando por fin salí de ella, un hilo espeso de mi semen le corrió por la entrepierna hasta el sillón. Verónica bajó la mano, se lo recogió con dos dedos y me lo puso delante de la cara.

—Abre.

Abrí la boca. Me metió los dedos hasta el fondo y yo chupé lo que me había corrido en su coño, mezclado con su flujo, sin apartar la mirada. Ella sonrió satisfecha y me dio una palmada suave en la mejilla.

—Muy bien. Muy bien. Has aprendido que lo mejor que puedo darte es justo lo que decido darte.

***

Esa noche dormí donde ella había dicho, en una manta a los pies de su cama, con sus bragas todavía entre las manos como un trofeo prestado. No me sentía humillado. Me sentía, por primera vez en mucho tiempo, exactamente en mi lugar.

Antes de apagar la luz, Verónica se asomó por el borde del colchón y me miró con algo que casi parecía ternura, aunque jamás lo habría admitido.

—La semana que viene subo el listón —advirtió—. Lo de esta noche fue el calentamiento.

—Sí, señora.

—Y otra cosa. —Una sonrisa lenta le cruzó la cara en la penumbra—. Esas las dejé en la escalera a propósito. Quería saber si serías capaz de arrodillarte donde cualquiera te viera, con la polla dura y el coño de otra en la boca. Lo fuiste. A partir de ahora, voy a pedirte mucho más.

Cerré los ojos con las bragas contra el pecho y el corazón golpeándome las costillas. Sabía que lo cumpliría. Cumpliría cualquier cosa que ella inventara, porque pertenecer a Verónica no era una rendición: era el único sitio del mundo donde por fin podía respirar.

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Comentarios(7)

Sofi_Nocturna

que relato!!! me quede pegada desde el primer parrafo

DiegoCba_91

El arranque con la prenda en el escalon me puso la piel de gallina, muy bien pensado. Espero leer mas!

PedroCba22

segunda parte por favor, no puede quedar asi

ClaroOscuro

Me gusto mucho como se construye la tension sin apresurarse. Se nota que hay una historia detras, no solo morbo por morbo. Buen trabajo.

VeroMzaXX

jajaja la señora sabe como dar ordenes sin decir nada, tremendo

Rodo_mza

Increible la narrativa, se siente todo muy real. Una de las mejores dinamicas de poder que lei por aca

lector_baires

me recordo a ciertas situaciones que yo mismo vivi... digamos que entendi perfectamente al protagonista jaja

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