Me operé el busto para cumplir la fantasía de mi marido
Me llamo Marina, tengo veintinueve años, el pelo de un castaño rojizo que heredé de mi madre y un cuerpo que, hasta hace dos años, consideraba perfectamente común. Mido un metro sesenta y siete y siempre tuve esa figura de caderas anchas y cintura marcada que tanto le gustó a Andrés desde la primera noche. Llevamos seis años juntos, cuatro de ellos casados, y todavía no encontré una forma mejor de empezar el día que sintiendo su respiración en mi nuca.
Era una mujer normal. Lo sigo siendo, en realidad, salvo por un detalle que ahora condiciona buena parte de mi vida. Pero para entender cómo llegué hasta acá tengo que volver a una conversación tonta, de esas que se tienen en la cama después de hacer el amor, cuando los cuerpos siguen pegados y la guardia está baja.
Esa noche hablábamos de bobadas. De qué parte del cuerpo del otro nos gustaba más, de manías, de cosas que jamás diríamos con la luz encendida. Y entonces, casi al pasar, Andrés soltó una frase que se me quedó clavada como una astilla.
—Me hubiera encantado que tuvieras las tetas más grandes —dijo, y se rió, como si fuera un comentario sin peso.
Me incorporé apenas en la almohada. Mis pechos no eran chicos. Eran medianos, tirando a grandes, un noventa y cinco de contorno, una copa que nunca me había dado motivos de queja. Le resté importancia en el momento, pero la frase me siguió toda la semana.
Unos días después estábamos viendo una película porno, de esas que a veces poníamos para encendernos juntos. En la pantalla apareció una actriz de pechos descomunales, y Andrés murmuró:
—Mirá qué busto tiene esa chica. Es una barbaridad.
Otra vez. Sentí algo raro en el estómago, una mezcla de celos y curiosidad. Adoro a este hombre. Es lo mejor que me pasó en la vida, y lo que más placer me da es verlo feliz. Así que la pregunta empezó a darme vueltas con insistencia: ¿de verdad le hubiera gustado que yo tuviera los pechos más grandes?
Empecé a sondearlo. Sacaba el tema de costado, en momentos distintos, midiendo sus reacciones. Al principio se hacía el desentendido. «Fue solo un comentario, Marina, no le des tantas vueltas». Pero yo lo conozco demasiado bien. En seis años juntos nunca había detectado ese gusto suyo, y de pronto se me revelaba entero: le encantaban los pechos grandes. No un poco. Mucho. Era su fetiche, y lo había mantenido callado todo ese tiempo.
A partir de ahí, cada vez que mirábamos algo con una mujer de delantera generosa, yo sentía una punzada de rivalidad absurda con la actriz, sabiendo que él estaba hipnotizado. Y un día, harta de adivinar, decidí plantearlo de frente.
—¿Te gustaría que me agrandara un poco el busto? —le pregunté, conteniendo el aliento.
Me miró. No dijo nada. No me dijo que sí, pero tampoco que no, y en su silencio entendí la respuesta con una claridad que me dejó temblando. Ese «no» que no llegó era, en el fondo, un «sí» enorme.
***
Empecé a buscar información en internet sobre cirugía de aumento. No estaba decidida todavía; me decía que solo me estaba informando. Leía foros, miraba fotos de antes y después, comparaba clínicas hasta la madrugada mientras Andrés dormía a mi lado, ajeno a la tormenta que se armaba dentro de mí.
Una noche, mirándolo dormir, lo decidí. Iba a hacerlo. No por mí, sino por él. Por esa cara de chico que pone cuando algo lo deslumbra.
Con lo poco que había averiguado, pedí una entrevista en una clínica especializada. El cirujano que me atendió era un hombre mayor, de manos cuidadas y voz tranquila, de esos que ya no se sorprenden con nada. Cuando me preguntó hasta qué tamaño quería llegar, no supe explicarlo con palabras. Saqué el celular y le mostré la foto que tenía guardada: una mujer con un busto espectacular, casi irreal.
—¿Es posible? —pregunté, sintiendo que las mejillas me ardían.
—Es perfectamente posible —respondió él, sin mover un solo músculo de la cara.
Me explicó las opciones con paciencia. La gran disyuntiva era una: ¿prótesis de silicona o transferencia de mi propia grasa? El lipoimplante, me dijo, era más engorroso, porque obligaba a operar en paralelo: había que sacar grasa de algún lado del cuerpo para inyectarla en los pechos. Pero tenía una ventaja decisiva.
—Al rellenarse con grasa propia, los pechos quedan idénticos a unos naturales —me explicó—. Se mueven igual, se sienten igual al tacto, no hay riesgo de rechazo. La silicona, en cambio, siempre se nota distinta. Y con los años puede desplazarse y obligar a nuevas cirugías.
No necesité pensarlo demasiado. Si lo hubiera hecho solo por mí, por verme distinta en el espejo, habría elegido la silicona sin dudar. Pero mi motivo era otro. Quería que Andrés tocara, mirara y disfrutara de unos pechos que se sintieran reales. Sería con grasa propia, entonces. Y por suerte, siempre fui de trasero generoso, así que material no faltaba.
Cuando salí de la clínica tres horas más tarde, todo estaba arreglado. Fecha de estudios, fecha de operación, la mitad del importe pagada. Me detuve en la vereda, respiré hondo el aire frío y pensé: ya está, no hay vuelta atrás.
***
No voy a aburrir con los detalles del preoperatorio y la cirugía, porque fueron los de siempre. Andrés me llevó esa mañana, me sostuvo la mano hasta que me durmieron y estuvo en la sala de espera todo el tiempo. Cuando desperté, me dolían las cuatro incisiones: una en cada pecho, una en cada nalga. Me palpé con cuidado por encima del corpiño posoperatorio y los sentí enormes, ajenos, como si me los hubieran prestado.
Me dieron el alta a las cuarenta y ocho horas. Durante dos meses tuve que usar un corpiño de contención, una prenda fea y funcional, todo lo contrario a lo sexy. Pero cumplía. Y así, sin demasiada ceremonia, empezó mi nueva vida: la de una mujer con mucho, muchísimo busto.
Cuando por fin pude dejar el corpiño de contención, llegó el momento de comprarme ropa interior a mi nueva medida. Salí a recorrer lencerías con una mezcla de entusiasmo y vergüenza, porque tener que pedir un talle tan grande en voz alta no es cómodo. La experiencia fue, directamente, frustrante.
En la primera tienda no tenían nada. «No, señora, ese talle no lo trabajamos». En la segunda, lo mismo. «Si quiere se lo encargamos…». Era como entrar a una zapatería y pedir un cuarenta y dos de mujer: existía, pero casi nadie lo tenía en stock. Recién en la lencería más grande del barrio encontré algo, y apenas tres modelos.
Por raro que suene, fue ahí, viendo esos corpiños descomunales sobre el mostrador, que tomé verdadera conciencia del tamaño de mis pechos. Cada copa parecía un paracaídas. Dos de los tres modelos eran espantosos, pensados solo para sostener el peso, sin la menor pretensión de seducir. El tercero, por suerte, era bonito. Me llevé los tres, porque no estaba en posición de elegir.
En casa los miré con detenimiento. Las copas eran tan grandes que, cuando me las apoyaba contra la cara, me tapaban el rostro entero y todavía sobraba tela. Me probé el más lindo, me puse un suéter ajustado encima y me miré al espejo de cuerpo entero. Sí. Ahora mi busto era escandalosamente grande. Ya no había forma de disimularlo.
***
Con el tiempo fui descubriendo todo lo que nadie te cuenta sobre tener mucho pecho. Que es carísimo, para empezar: cada corpiño cuesta una fortuna y hay poquísima variedad, casi toda de estilo «abuela». Que comprar un conjunto es imposible, porque si me queda bien la parte de arriba, la bombacha me nada, y al revés. Que para hacer deporte es un suplicio: la primera vez que salí a correr, mis senos se sacudían en todas las direcciones, arriba, abajo, a los costados, hasta que tuve que comprar un corpiño deportivo de los caros para domarlos. Y que dormir boca abajo, mi posición favorita de toda la vida, pasó a ser sencillamente incómodo.
También aprendí lo que es caminar por la calle convertida en espectáculo. La primera vez fue desde un camión cargado de obreros.
—¡Eh, preciosa, qué barbaridad! —me gritó uno, y los demás festejaron entre risas.
Me quedé helada. Nunca me habían dicho una grosería así. Y entendí, con resignación, que de ahí en adelante iba a ser parte de mi vida.
Y lo fue. Paso frente a un grupo de pibes tomando cerveza en un zaguán y uno murmura, lo bastante fuerte para que lo oiga: «¡Qué par de melones!». Paso bajo un edificio en obra y un albañil grita desde el andamio: «¡Está buena la tetona!». Hasta me enteré de que los vecinos del edificio se divierten llamándome así. Antes era la señora del cuarto piso. Ahora soy «la tetona» del cuarto.
Todo esto me dio vergüenza durante un tiempo. Empecé a caminar un poco encorvada para que el busto no sobresaliera tanto, aunque sabía que esa postura me iba a traer problemas en la columna. Tuve que comprar almohadillas para los breteles, porque se me hundían en los hombros y me lastimaban con el peso. Y cuando llegó el verano descubrí lo del sudor entre los pechos y debajo de ellos, la irritación, las cremas, los cuidados que jamás había necesitado.
Mi único consuelo, el que vale por todos los demás, es que Andrés está feliz. Y un viernes, decidí recordarle exactamente por qué había hecho todo esto.
***
Lo esperé como siempre, pero no del todo. Cuando llegó del trabajo lo hice sentar en el sillón, le aflojé la corbata, le saqué los zapatos y le traje una cerveza bien fría y algo para picar. Hasta ahí, la rutina de cualquier viernes. Entonces le dije que esperara, apagué la luz del techo y encendí una lámpara baja que dejó la sala en penumbra dorada.
Un rato después, aparecí.
Empecé a bailar despacio frente a él, desabotonándome la blusa botón por botón. La prenda cayó al piso y quedó a la vista un corpiño de encaje negro, el único bonito que había encontrado, conteniendo a duras penas mis pechos. Me bajé el cierre de la pollera y la dejé deslizarse hasta los tobillos. Andrés no parpadeaba. Yo abrí mucho los ojos, me llevé un dedo a los labios y puse cara de tonta, de nena que no entiende nada, y supe por su mirada que el juego estaba funcionando.
Me senté en una banqueta, estiré una pierna y empecé a enrollar la media de red con una lentitud calculada, desde el muslo hasta la punta del pie. La solté de un tirón y la media quedó colgando de mi dedo gordo. La tomé de los dos extremos, me la pasé varias veces por la entrepierna, adelante y atrás, y después se la dejé caer suavemente sobre la cabeza a Andrés, que me miraba sin perder un solo gesto. Repetí todo con la otra media.
Después enganché los pulgares a los costados de la tanga. Le di la espalda y la fui bajando con una lentitud cruel, sacando el trasero mientras me agachaba. Me di vuelta de golpe y me tapé el pubis con las dos manos, juntando las piernas, con cara de falsa indignación. Lo escuché tragar saliva.
Y llegó el momento que él esperaba. El corpiño. De nuevo le di la espalda, junté las manos por detrás y solté el broche. Me volví hacia él y dejé caer un bretel, después el otro, sosteniendo las copas en su lugar con las palmas. Creé el suspenso, lo estiré hasta el límite, y por fin dejé que el corpiño cayera, pero me cubrí los pechos con los brazos un instante más, solo para verlo desesperar. Cuando al final retiré las manos, mis pechos quedaron a la vista, enormes, libres, todo lo que él había deseado.
Seguí bailando mientras me los acariciaba, los amasaba, tiraba de los pezones entre dos dedos, los hacía bambolear de un lado al otro, en círculos, hipnotizándolo. Me acerqué despacio y me arrodillé entre sus piernas. Le desabroché el cinturón, le bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón. La tenía durísima, completamente empapada, a punto de estallar.
Apenas alcancé a pasarle la lengua un par de veces por la punta cuando se vino con un gemido largo y gutural, un chorro tibio que me llenó la cara y el pecho. Estaba tan excitado que ni siquiera necesité hacer nada más. Me quedé arrodillada, mirándolo recuperar el aire, y sentí esa satisfacción enorme de saber que cada cicatriz, cada noche incómoda, cada grosería en la calle, había valido la pena.
Son noches como esa las que me compensan de sobra por todos los problemas que cargo. Por ahora no tengo dolores en la columna ni en el cuello, aunque sé que tarde o temprano pueden llegar; es parte del precio. Estoy preparada para enfrentarlo cuando toque.
Por lo demás, ya me acostumbré a ser una pelirroja tetona. Todo sea por ver feliz a mi marido.