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Relatos Ardientes

Mi dueña me tuvo atado un mes antes de dejarme correr

Ilustración del relato erótico: Mi dueña me tuvo atado un mes antes de dejarme correr

Adrián estaba completamente desnudo y atado al sofá. Las cuerdas le cruzaban el pecho y le sujetaban las muñecas a los reposabrazos, lo justo para que pudiera moverse unos centímetros y nada más. Frente a él, de pie, Selene lo miraba con un vestido transparente que no dejaba nada a la imaginación: debajo no llevaba absolutamente nada, y la línea de su sexo quedaba a la vista tras la tela fina, con apenas una sombra de vello que ella mantenía así porque sabía cuánto le gustaba a él.

Llevaba un mes. Un mes entero sin permiso para correrse, un mes contando los días como un preso cuenta las marcas en la pared. Sus testículos estaban tensos, casi doloridos, y su erección apuntaba alta y firme contra el aire de la sala.

—Has aguantado un mes —dijo ella, y deslizó el empeine desnudo por la cara inferior de su miembro, despacio, de abajo hacia arriba—. Eso merece un premio. Vas a poder soltarlo todo, hasta la última gota. Cuando yo lo diga, claro.

—Sí, señora —murmuró él.

Selene tomó de la mesa un pequeño látigo de plástico, uno de esos juguetes ligeros que dejan más sonido que marca. Lo hizo silbar una vez en el aire antes de dejarlo caer sobre la polla tensa de Adrián. El golpe fue leve, más sorpresa que daño, pero él gimió igual, una mezcla confusa de dolor y de gratitud por sentir cualquier cosa después de semanas de espera.

Los siguientes cayeron sobre sus testículos, y con cada uno todo se sacudía de un lado a otro. Selene reía bajito, encantada de verlo así, amarrado y a su merced, deseando hundirse en ella y sabiendo que no se lo iba a permitir.

—Mírate —dijo—. Tan fuerte, tan grande, y aquí estás. Atado como un perro que espera su hora.

Se recogió la melena de un rosa intenso en una coleta alta, despejándose la cara, y se sentó a horcajadas sobre los muslos de él. Empezó a pasear las uñas por su torso, por ese cuerpo duro y trabajado que hacía girar cabezas en la calle y que ahora no servía absolutamente de nada. Fue bajando la mano hasta cerrarla alrededor de su erección, y la movió con ganas, sin prisa pero sin tregua.

—¿Te gusta, perro?

—Sí, me encanta cuando me la tocas —jadeó él, y ella le apretó los testículos como respuesta.

—¿Te crees que la tienes enorme? —se rió—. Grande, vale. Pero ¿enorme? Por favor.

Le dio un par de manotazos suaves, lo justo para que el placer no se volviera demasiado fácil. Después se inclinó hacia delante y meneó los pechos a un lado y a otro, rozándole los labios con la tela del vestido, dejando que él sintiera la dureza de sus pezones sin permitirle más que el roce.

—Eso es. Lo deseas, ¿verdad?

—Sí, mi amor. Quiero correrme sobre tus tetas.

—Todos quieren —dijo ella, y le sostuvo la cara entre las manos un instante—. Pídelo. Ruégalo.

—Por favor —repitió él, y lo repitió otra vez, y otra, con la voz cada vez más rota—. Déjame soltarlo sobre tu cuerpo, por favor.

Selene se apartó justo cuando él más cerca estaba. Se levantó, sonriendo, y lo dejó al borde, latiendo en el vacío.

***

Trajo dos consoladores y se acercó a la mesa baja de cristal que tenían frente al sofá. La cuerda le daba a Adrián un poco de margen, y ella lo aprovechó: lo obligó a inclinarse sobre la mesa, de rodillas, con el pecho contra el vidrio frío.

—Esta noche te vas a correr sin que nadie te toque la polla —le dijo al oído—. Con el culo. Como te corresponde.

Le presentó el más pequeño de los dos juguetes y lo fue empujando despacio, milímetro a milímetro, dándole tiempo a abrirse. Adrián apretó los dientes y soltó el aire en un quejido largo cuando lo sintió entrar del todo. Selene se colocó frente a él, también de rodillas sobre la alfombra, y empezó a penetrarse con el otro consolador, más grande, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.

—Ahora muévete —ordenó—. Yo te marco el ritmo.

Los dos empezaron a balancearse a la vez sobre sus juguetes, ella sentada sobre sus talones, él arqueado sobre la mesa. Selene se reía de verlo así, sudando, embistiendo el aire, saltando como un animal cada vez más rápido, perdido en una sensación que no controlaba y que no había elegido. Eso era lo que más la excitaba: no el sexo en sí, sino el espectáculo de su marido entregado por completo a lo que ella decidiera.

—Eso es, perro. Más fuerte.

Adrián sintió que llegaba. Aceleró las caderas con una desesperación que lo sorprendió a él mismo, y tras unas cuantas embestidas más contra el juguete, después de un mes de espera, se corrió. El orgasmo lo sacudió entero, sin que nadie le tocara el sexo, y terminó tendido boca abajo sobre el cristal, temblando, vaciándose en largos espasmos.

Pero Selene no había terminado con él.

***

Mientras él seguía derrumbado sobre la mesa, recuperando el aliento, ella se levantó y se colocó detrás. Se ajustó un arnés con el consolador grande, se acercó y lo penetró ella misma, despacio al principio y luego con embestidas firmes que le arrancaban a Adrián gemidos que ya no sabía si eran de placer o de rendición.

—Eres un jodido perro —le susurró, lamiéndole la espalda mientras lo embestía—. Pero eres mi perro. Y vas a aprender muy bien cuál es tu lugar en esta casa.

Con una mano le sujetaba la cadera para mantenerlo en su sitio; con la otra bajó y le rodeó los testículos. Empezó con una presión suave, apenas una advertencia. Después fue apretando, poco a poco, sin pausa, hasta que él gritó.

Entre aquellas cuatro paredes solo se oían dos cosas: los gritos roncos de Adrián y la risa baja y satisfecha de Selene. Y entonces ocurrió lo de siempre, lo que él no entendía y ella conocía de memoria: el dolor se enredó con el placer hasta volverse imposible distinguirlos, y volvió a correrse, esta vez seco, vacío ya, con el cuerpo entero contraído sobre el vidrio.

Selene se retiró, soltó el arnés y se apartó un paso, sudorosa por el esfuerzo. Le dio una palmada en el muslo.

—Ha estado bien —dijo—. A ver esos huevos. ¿Siguen enteros?

Se inclinó a mirarlos. Estaban enrojecidos, hinchados, pero intactos.

—Sí. Siguen bien. Por hoy.

Le desató las muñecas y las cuerdas del pecho. Cuando los dos recuperaron el aliento, se metieron juntos en la ducha, y el agua caliente borró el sudor y el cansancio. Después Adrián, agotado, se dejó caer en la cama y se durmió casi al instante, mientras Selene se vestía para salir un momento.

***

Quería algo de beber y no quedaba nada en casa, así que se acercó al supermercado de veinticuatro horas que había a dos calles. Le gustaba salir de noche con una sola prenda encima: una gabardina larga, ceñida al cuerpo, y debajo nada en absoluto. Sentir el aire fresco contra la piel desnuda, saber que iba así por la calle y que nadie lo imaginaba, le devolvía la excitación que la escena con Adrián le había dejado a flor de piel.

Compró lo que necesitaba y, al salir, un par de tipos apoyados en la pared empezaron a soltarle comentarios. Que qué hacía una mujer tan guapa sola a esas horas. Que ellos podían hacerle pasar un buen rato. Se reían entre ellos, envalentonados, midiéndola de arriba abajo con la confianza estúpida de quien cree que el número lo hace todo.

Selene se detuvo. Se giró despacio.

—¿Os gusta el sexo, chicos? —preguntó con una calma que debió haberles dado mala espina.

Se miraron entre ellos, sonrientes, y asintieron. Se acercaron un poco. Ella dejó las bolsas en el suelo y, con un gesto casi tierno, se abrió la gabardina lo justo para que vieran que debajo no había nada. Los dos se quedaron embobados, babeando, dando un paso más hacia ella.

Fue su error.

Las manos de Selene salieron disparadas y se cerraron, una sobre cada entrepierna, con la misma técnica precisa que había usado un rato antes con su marido. Apretó. Apretó de verdad. Los dos perdieron toda la chulería de golpe, se doblaron sobre sí mismos y gritaron como críos, con las piernas flojas y la cara descompuesta. Ella aguantó un segundo más, disfrutando del cambio, y después soltó para arrearle a cada uno un puñetazo limpio que los mandó al suelo.

—Gracias por la diversión —dijo, recogiendo las bolsas y mirándolos encogerse sobre el asfalto.

Regresó a casa con una sonrisa que le duraba todavía al cruzar la puerta. Adrián seguía dormido. Ella se sentó en el borde de la cama, las manos aún con el recuerdo de aquella presión, y se dio cuenta de que estaba empapada, más excitada que en toda la noche.

—Además de la bebida —murmuró para sí—, he traído otro par de huevos para apretar.

No aguantó. Se recostó a su lado, se llevó la mano entre las piernas y se masturbó despacio, recreándose en la sensación de poder que le recorría el cuerpo, hasta correrse en silencio para no despertarlo. Porque si algo le gustaba de verdad a Selene, más que cualquier polla y más que cualquier juguete, era tener un par de huevos en la mano y apretar, apretar hasta sentir que con un poco más podría partirlos en dos.

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Comentarios (3)

MarcoRossi99

madre mia que relato!!! increible

HectorBA_88

Dios, que final tan intenso. Por favor que haya segunda parte, quedé enganchado con esta historia

LectoraTensa

este tipo de dinamica me fascina. Bien contado, sin apuro

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