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Relatos Ardientes

Renata me sometió con un traje de cables y descargas

La luz del exterior me había cegado por un instante y mis ojos tardaron en habituarse. De a poco empecé a reconocer lo que me rodeaba. La cabina de transporte había quedado a mis espaldas, alineada junto a muchas otras que recorrían la pared lateral. El lugar era como un hangar descomunal, lleno de puertas y ventanales enormes.

Había indicadores por todas partes y una multitud de personas —y de cosas que no eran personas— circulando, volando o reptando. Era un desfile de colores en el que apenas distinguía algún traje conocido, y mis ojos no sabían dónde mirar.

Un murmullo constante se metía en los oídos. Por mi reciente experiencia con el transporte, sentí que iba a desvanecerme otra vez. Y mientras mi cuerpo se vencía hacia atrás, una ráfaga y dos brazos me sujetaron por la espalda, frenándome a mitad de la caída.

—¡Centella Roja! ¡Qué fantástico verte de nuevo! —exclamó Titania de Acero con las manos en la cintura, volteándose para verme sostenida por mi salvador imprevisto.

Al enfocar la vista, y tras oír su nombre, lo reconocí. Era un muchacho de no más de veinticinco años, con un traje carmesí brillante que marcaba cada músculo en tensión. Llevaba la capucha caída, así que vi su pelo rubio y sus ojos verdes profundos, que me miraban con chispas en las pupilas. Literalmente. Era el velocista de la Legión del Alba, y el más joven de todos.

—¡TitaniadeAcero! ¡Marea! ¡Quégranencuentrotenemosaquí! ¿Cómohanestado? ¿Meextrañaron? —Centella Roja no dejaba de girar la cabeza a toda velocidad para dirigirse a ambas, lo que provocaba borrones de su figura y chispazos en el aire. En un parpadeo me incorporó, me alisó la ropa y me acomodó el pelo con una sonrisa—. Mareacuandoquierasretomamosaquellapelícula.

—Rojo, estás hablando demasiado rápido otra vez —le señaló Titania, y eso bastó para que retirara la mano de mi rostro—. ¿Ustedes ya se conocían?

—N… no —respondí con timidez, mirando sus botas amarillas adornadas con rayos a los costados.

—Uy —dijo Centella Roja sin avergonzarse demasiado—. Perdón, je, je. Recién vuelvo de una misión en el 2140 y todavía siento cierto residuo temporal; no me ubico bien en qué época estamos. ¡Ah! Entonces este es nuestro primer encuentro. —Se apartó dos pasos y se inclinó hacia adelante—. Me llamo Teodoro Lansky y mis películas favoritas son las de los sesenta.

—¡ROJO! ¿Te parece bien decir tu nombre así, abiertamente? —le espetó Titania, cruzada de brazos y con un gesto de clara desaprobación.

—No te preocupes, Titania. Con ella no hay problema. —Me guiñó un ojo y se colocó la capucha, que le dejaba la boca y la barbilla descubiertas—. Tengo que correr, hacer un sondeo general y después calcular bien el momento de regreso. ¡Nos vemos!

Antes de que cualquiera pudiera contestar, su borrón ya se había alejado, seguido de una ráfaga de aire que incomodó a todos en su trayecto. Me quedé muda mientras el pelo volvía a caerme sobre la frente. Titania tenía una palma sobre la cara y los ojos cerrados. Yo no entendía nada de lo que acababa de ocurrir.

—Intenta no darle importancia. Centella Roja suele ser así: vive a un ritmo acelerado y, a menudo, en otra línea temporal. —Como si esa explicación bastara, me rodeó los hombros con el brazo derecho y me marcó el camino con leves empujoncitos. Mis piernas reaccionaron solas y empezaron a seguir sus indicaciones.

Durante el trayecto nos cruzamos con muchísima gente: algunos saludaban con energía, otros discutían acalorados, otros meditaban ajenos al entorno. Capas, escudos, runas, autómatas y criaturas que no parecían humanas circulaban por los pasillos anchos. Titania saludaba levantando la mano, pero nadie estaba allí para socializar.

Tras un recorrido que dudaba poder recordar, llegamos a unos pasillos blancos donde las capas coloridas habían desaparecido y abundaban las batas de laboratorio. Todas las puertas parecían idénticas. Apenas se oían voces, y quienes nos cruzaban ni reparaban en nosotras: se movían apurados, entrando y saliendo de aquellas puertas iguales.

Titania se detuvo al fin frente a una y la empujó con suavidad, sin llamar, indicándome que la siguiera. Adentro había maquinaria desconocida que sometía materiales a presión, calor y frío. Era una sala circular con un pasillo oscuro que se alejaba por un costado. Supuse que Titania buscaría a alguien, pero se quedó quieta, sin decir nada. Y como ella no lo hizo, yo tampoco. Estuvimos así unos minutos eternos, oyendo solo a las máquinas repetir los mismos movimientos una y otra vez.

Muy de a poco, empecé a oír un murmullo que se acercaba por el pasillo. Eran dos voces discutiendo, y cada vez se entendía mejor lo que decían, aunque sin contexto no tuviera demasiado sentido.

—… insiste en colocar el plomo, pero eso aumentaría terriblemente el peso de la estructura, por más efectivo que sea —decía una voz ronca, masculina.

—Doctor, estamos trabajando con gente que levanta edificios. ¿De verdad cree que haría mucha diferencia? —replicaba una voz femenina, más joven.

—Como todo, es una cuestión de elegancia profesional. Siempre hay una forma mejor de optimizar las cosas.

—Para la elegancia existe el departamento de diseño.

Estas fueron las últimas frases de su conversación, justo al reparar en la imponente figura de la heroína junto a la que yo había esperado. Ambos apuraron el paso, nerviosos, hasta plantarse frente a nosotras. El hombre de la voz ronca era tan alto como Titania y llevaba unos grandes anteojos redondos que reflejaban hacia afuera; no se le veían los ojos. Su pelo blanco le caía desprolijo hasta los hombros, y la bata recorría su delgada figura como un tubo. Sostenía un matraz con un líquido verde de olor ácido, que agitaba sin cuidado.

Su acompañante, en cambio, era apenas más alta que yo. Tenía anteojos rectangulares y una expresión de desaprobación constante. Llevaba el pelo corto, rapado del lado derecho y caído sobre el izquierdo, de un anaranjado que resaltaba en aquel ambiente. También vestía bata blanca, pero tan corta que apenas le pasaba las caderas y dejaba ver la piel de los muslos antes de que la cubrieran un par de botas negras largas.

—¡Ah, Titania de Acero! Qué gusto verte. Recibí tu aviso de visita, pero lo había olvidado. Por suerte Renata, aquí presente, me lo recuerda todo con mucha prolijidad. —El hombre hablaba rápido, sin demasiada expresión. Se inclinó hacia mí y vi mi propio rostro reflejado en sus gafas—. Así que esta es la nueva heroína que mencionabas, ¿verdad? —Seguía agitando aquel frasco, ahora muy cerca de mí.

—Cálmese, doctor Kessler, que sigue siendo una persona —le dijo Titania con calma.

—Tsk. Otra novata —resopló Renata con desgano. No supe si quería que la oyera o no.

—Ah, sí, sí. —El doctor se enderezó—. ¿Y cuáles son sus habilidades? —Creí que me preguntaba a mí, pero Titania tomó la palabra.

—Manipulación de líquidos.

—Ohhh, ¿una elemental? Hace tiempo que no trabajo con una. —El doctor parecía entusiasmado, y agitaba con más fuerza el líquido ácido.

—Cof, cof. Novata. Cof —simuló toser Renata, y logró irritarme. Al mismo tiempo, sentí cierta vergüenza por el énfasis del doctor.

—Así es. Ha estado practicando con sus poderes, pero todavía no conoce sus límites. También necesita un traje —contestó Titania por encima de la tos falsa.

—Sí, sí. La fase de pruebas. Hace mucho que no aparece un manipulador de elementos. Empecemos cuanto antes. ¿Usted se quedará también?

—Así es. Quisiera estar presente y observar el desarrollo.

—Excelente. Síganme a la sala 17 de pruebas. —Kessler seguía hablando, pero sus pies ya emprendían el regreso por el pasillo, dándonos la espalda.

—Tsk… sí, doctor. —Renata giró sobre sí misma y siguió sus pasos. Noté que tiraba de la bata hacia abajo, como si fuera una falda demasiado corta. Empezaba a entender que su desaprobación era algo natural en ella, hacia todo.

Titania extendió el brazo derecho hacia el pasillo mientras con el izquierdo me rodeaba los hombros y me empujaba con suavidad. Me sentía muy incómoda. Desde que me había reencontrado con mi heroína, no lograba armar una oración completa: todo lo vivido me había invadido de golpe. Debía estar quedando como una estúpida. Empecé a caminar y decidí dejar que las cosas siguieran su curso; cuando todo terminara, ya tendría tiempo de razonarlo.

***

Avanzamos por el pasillo hasta una especie de salida. Allí, el doctor le dijo algo a su asistente, que se retiró por una puerta. A mí me indicó que entrara por una segunda y después subió por unas escaleras junto a Titania. Iban a colocarme en una cámara de pruebas para estudiar mis habilidades. Al cruzar la puerta vi unos casilleros y unas banquetas largas; al fondo, la última puerta antes de la zona de pruebas. El lugar estaba iluminado en tonos amarillos y no había nadie.

Detrás de mí apareció Renata. Se había guardado el bolígrafo en el bolsillo y seguía con el anotador en la mano. Traía un paquete plástico que me tendió con el brazo estirado.

—Este traje es proveedor de lecturas. Se ajusta a tu cuerpo y nos envía los registros corporales directos a los ordenadores, para procesarlos.

Tomé la bolsa con ambas manos. Era rígida y me costó encontrar la abertura. Renata anotaba a toda prisa. ¿Evaluaba cada movimiento que yo hacía? La oí quejarse por lo bajo y junté fuerzas para preguntarle:

—¿Acaso hay algo de mí que te moleste? —Ella, sin dejar de escribir, respondió:

—Tsk… a decir verdad, sí, pero no es lo que nos atañe hoy. Quizá ustedes, los superhéroes, tengan tiempo de charlar y tomar un café, pero aquí nos dedicamos en cuerpo y alma a la investigación.

—Titania de Acero y tantos otros entregan su vida a luchar por todos nosotros —respondí del modo más educado que pude, sin demostrar cuánto me molestaba su desprecio.

—Sí. Los Cinco Estandartes tal vez tengan algún mérito; asumieron una responsabilidad y se la tomaron en serio. Y sin embargo, aquí está una de ellas, dejándonos una novata como si esto fuera una guardería. —Iba a contestar, pero al extraer el traje del sobre me quedé tan confundida que perdí el hilo de la conversación.

Aquello que, con suerte, podía llamarse «traje» era más cables que tela. Como una pieza complicada de lencería gótica, pero no negra, sino del color de la piel, con innumerables cintas abiertas para ajustar en distintas partes del cuerpo. No tenía la menor idea de por dónde debía colocármelo.

—Tsk… —volvió a quejarse Renata, agitando el flequillo con el aire que expulsaba por la boca—. Primero tienes que quitarte la ropa. —Ya no anotaba. Ahora apoyaba una mano en la cadera y me miraba con fastidio y desdén. Como no tenía intención de provocarla por el momento, dejé el traje sobre una banqueta y empecé a desvestirme. Esta vez me había puesto un bóxer negro y un corpiño deportivo, para no verme envuelta otra vez en una situación vergonzosa. Dejé la remera y las calzas en el casillero más cercano y me dispuse a levantar el traje de la banqueta cuando un nuevo quejido me distrajo.

—Novata… el cuerpo tiene que estar en contacto total con el traje. —Me quedé mirándola con los ojos muy abiertos—. Tsk… significa que también debes quitarte la ropa interior.

Me sentí incómoda, y creo que ella lo notó, porque me indicó que me apurara y se dio media vuelta. Yo me apresuré a quitarme las pocas prendas que me quedaban. Mis pechos rebotaron, aliviados al liberarse de la presión del corpiño, y un cosquilleo me recorrió cuando el aire pasó entre mis piernas sin el bóxer. Tomé el extraño traje y empecé a girarlo sin éxito, incapaz de averiguar cómo se ponía. Me volteé hacia Renata, que seguía de espaldas, y le pedí instrucciones.

—Tsk… ¿no te lo dije? Novatos… no saben ni ponerse un traje. —Dejó el anotador en la banqueta y me arrancó la prenda de las manos—. Extiende los brazos. —Obedecí cada instrucción en silencio. Ella seguía chistando con cada movimiento.

Pasó dos cintas por mis brazos y las subió hasta los hombros; luego cruzó algunos cables por detrás de mi cabeza y, con un clic, los aseguró en una especie de collar alrededor de mi cuello. Me tomó el brazo derecho y le puso un sujetador en el codo y otro en la muñeca, seguidos de cinco conectores que derivaban en cada dedo. Después hizo lo mismo con el otro brazo.

Se ubicó detrás de mí y me ordenó levantar los brazos por encima de la cabeza. Su cuerpo quedó pegado al mío mientras sus manos cruzaban a los lados de mis caderas, conectando cables entre sí. De pronto sujetó mi pecho izquierdo y lo apretó con fuerza para pasar más cintas y conectores, como un arnés. No pude evitar dar un respingo y le aseguré que, si solo me daba las instrucciones, lo haría yo misma.

—Tsk. Seguro. —Siguió como si no me hubiera oído. Sus manos no dejaban de amasar mi cuerpo para acomodar el aparataje, y sentía mis pezones endurecerse cada vez más con sus caricias brutas. Cuando terminó con los cables del torso, los ajustó por detrás de la espalda y me volteó para tenerme de frente. Con un gesto de desaprobación, dijo:

—Está flojo. Es evidente que la usuaria anterior tenía mejores atributos que los tuyos. —Sin esperar respuesta, volvió a llevar las manos a mis pechos, apretándolos a la vez. Los movía de lado y ajustaba algo bajo la axila, los sostenía hacia arriba y apretaba algo en mi abdomen. Siguió así hasta darse por satisfecha. Para cuando el traje estuvo «bien colocado», me miré: mis pezones erectos apenas quedaban cubiertos por dos triángulos de tela color piel, y mis pechos estaban rodeados de cables como una telaraña que los apretaba hasta hacerme sentir que iban a estallar.

—Sigamos hacia abajo. —Estiró más cables por mis caderas hasta los muslos y siguió bajándolos hacia los tobillos. Se puso en cuclillas frente a mí y repitió en pies y pantorrillas el mismo tratamiento que en los brazos. Desde aquel ángulo alcanzaba a ver su entrepierna, que ya no cubría la bata, como si me la estuviera mostrando a propósito. Llevaba ropa interior de encaje con transparencias, en tono morado; la tela se metía entre sus nalgas y solo dejaba visible la parte de adelante. Mirando con más detenimiento, noté unos cables transparentes, similares a los de mi traje, que bajaban desde su cintura y se metían por ambos lados de su ropa interior, hacia su sexo. Un apretón en mis pantorrillas me devolvió a la realidad mientras ella se incorporaba. Solo restaba un conjunto de cables que colgaba desde mi ombligo hasta por encima de las rodillas.

Renata se colocó detrás de mí y, con voz firme, ordenó:

—Abre las piernas.

Obedecí sin pensarlo. Aunque no la veía, sabía que se había agachado a mis espaldas, y sentía su respiración sobre la piel de mi trasero. Cruzó la mano entre mis piernas abiertas, tomó el conjunto de cables que colgaba de mí y lo tiró hacia atrás. Luego, manteniendo el material estirado, empezó a apretarlo con fuerza a lo largo de mi entrepierna y hacia mis nalgas. Comencé a respirar agitada. Por más que no lo quisiera, mi cuerpo había empezado a reaccionar y a lubricar desde que Renata se puso a manejarme a su antojo.

Sentí que retiraba las manos de golpe y exclamaba:

—Dios, ¿te estás lubricando ahora? ¿En serio? —Me moría de vergüenza, no me atrevía a contestar y sentía la cara ardiendo—. Te pido que seas más profesional. Mis manos no importan, pero si sigues mojándote como una hembra en celo, podés interrumpir las lecturas. Tsk…

Me pareció verla chuparse los dedos y limpiárselos en la bata, pero una palmada agresiva sobre mi sexo me distrajo. Había tenido cierta intención de furia, y me dolió. Casi sin que me diera cuenta, Renata había cruzado todos los cables restantes entre mis nalgas y los había ajustado a los lados con dos argollas a la altura de la cintura. Una mínima porción de tela volvía a cubrir mi sexo húmedo, atravesada por varios cables que sentía frotar cada vez que me movía. Era como una tanga de casi hilo dental… solo que con varios hilos en lugar de uno.

***

Quedamos enfrentadas otra vez. Renata sacó del bolsillo un comunicador y habló en voz alta:

—Doctor, el traje está en posición. Envío los primeros registros para comprobar el funcionamiento.

Por un altoparlante se oyó la voz del doctor:

—Todo listo. Envié la señal para corroborar las lecturas. —Renata guardó el comunicador y extrajo otro aparato con un botón rojo que, sin vacilar, apretó con firmeza.

De inmediato sentí una leve descarga eléctrica recorrerme entera. Di un respingo y me cubrí con los brazos por puro impulso. Llegó una segunda descarga, más potente, pero esta vez concentrada en mi sexo, de modo que involuntariamente me mojé todavía más. Me incliné hacia adelante mientras apretaba las piernas. Con los ojos entrecerrados, vi que Renata había vuelto a tomar su anotador y me observaba sin ninguna expresión. Una tercera descarga impactó contra mis pliegues con tal fuerza que no pude mantenerme en pie y caí de rodillas, jadeando.

—Lecturas y señales analizadas correctamente —se oyó decir al doctor por el altavoz.

—Correcto. Me dirijo a la cabina de control —respondió Renata, agachándose con las piernas abiertas frente a mí—. Ahora empiezan las pruebas. Dirígete por aquella puerta. —Y, casi en un susurro, agregó—: Si no estuvieras mojada, no te habría dolido nada. Tu propia excitación desubicada te traicionó, Goteo.

Mientras arrastraba las palabras, me pellizcó el rostro y me dio una palmada suave en el mismo lugar. Quizá deliraba, pero me pareció ver que su ropa interior se marcaba más y se oscurecía justo sobre su sexo. Se puso de pie y, dándome la espalda, se marchó por la puerta de entrada.

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Comentarios (4)

Daniloop87

Muy bueno esto!!! necesito la continuacion ya

SerenaVK

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de saber como termina todo. Con solo el excerpt ya me enganchó.

Roberto_Pz

Me recordó a algo que viví hace unos años con alguien especial. Nunca habia explorado ese lado y esta historia me hizo pensar mucho. Muy bien narrado, sin caer en lo ordinario.

Juancho_BA

Una duda genuina: ¿es autobiográfico o ficcion? Porque se siente muy real la descripcion. Saludos desde BA

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