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Relatos Ardientes

Me usaron en el metro y pedí más humillación

Llevaba varios días con esa apatía espesa que me cae encima de vez en cuando, como una manta húmeda que me quita las ganas de hablar, de salir y hasta de tocarme. Mis amigas insistieron en que fuera con ellas a una fiesta grande al otro lado de la ciudad. Yo iba a decir que no otra vez, hasta que abrí el armario, saqué un vestido azul demasiado corto y sentí ese golpe seco en el bajo vientre que me devuelve a la vida mejor que cualquier plan.

Me lo puse despacio, mirándome al espejo del dormitorio. La tela apenas me cubría el culo cuando caminaba, y al inclinarme un poco vi cómo se me marcaban los pezones bajo el vestido. Llevaba unos piercings desde hacía meses, pequeños, fríos, y el metal dibujaba dos puntas insolentes bajo la tela. Me puse una tanga blanca por pura inercia, me giré, me observé otro segundo y sonreí. Me la bajé de nuevo.

Tampoco me puse sujetador. Quería sentir el roce directo del vestido, el aire tibio, la posibilidad de que se me transparentara lo justo. No era casualidad. Era hambre. Era una forma concreta de hambre, de esas que no se resuelven con besos ni con caricias suaves, sino con el cuerpo apretado contra otro, con el riesgo, con la sensación de estar portándome como una zorra y disfrutarlo.

Mi pareja estaba en el salón cuando salí con los tacones puestos. Levantó la vista, me recorrió entera y soltó una risa corta, de esas que conozco bien.

—Mírate nada más —dijo—. Vas pidiendo guerra.

Me acerqué hasta quedar entre sus piernas y le puse la mano sobre el pantalón. Ya estaba duro. Lo apreté sin ninguna delicadeza, notando cómo respiraba más hondo al instante.

—Luego, si todavía tengo ganas, haces conmigo lo que quieras —le susurré—. Pero ahora me voy.

Él me levantó el vestido por detrás y metió la mano entre mis muslos. Encontró mi coño caliente, desnudo, mojado ya antes de salir de casa. Chasqueó la lengua y me dio una nalgada seca que me hizo dar un pequeño salto.

—Qué puta eres —murmuró—. Encima vas sin nada debajo.

—Justo por eso.

Me agarró la mandíbula con una mano y me obligó a sostenerle la mirada. Ese gesto tan simple bastó para encenderme más. Había algo en que me tratara así, con esa mezcla de posesión y desprecio juguetón, que me abría las piernas por dentro incluso cuando seguían cerradas.

—No hagas ninguna estupidez —dijo.

—Haré lo que me pida el cuerpo.

Me soltó con una media sonrisa. Sabía perfectamente lo que significaba esa frase en mi boca. Cerré la puerta con el pulso acelerado y bajé hacia la estación con la sensación de que ya había empezado algo.

***

El andén estaba repleto. Adultos sudando dentro de trajes claros, mujeres arregladas, grupos con ganas de fiesta, parejas, gente sola mirando la pantalla con resignación. El calor subía desde los túneles y se mezclaba con perfume, desodorante barato y esa electricidad de las multitudes cuando todos van al mismo sitio. Yo caminaba entre ellos notando el aire en los muslos desnudos y la tela del vestido pegándose a mis pezones endurecidos.

Cuando llegó el metro, subimos a empujones. No fue difícil quedar atrapada entre cuerpos. Lo difícil era elegir. Miré de reojo mientras buscaba hueco y lo vi apoyado cerca de una puerta lateral: un hombre de mi edad, más o menos, camisa fina, mandíbula áspera de final del día y esa cara de cansancio que se transforma enseguida cuando una le da el motivo correcto.

Fui acercándome poco a poco, aprovechando cada frenada, cada avance de la gente, cada disculpa murmurada. Nadie iba a notar mi intención porque el vagón estaba tan lleno que cualquier roce parecía inevitable. Por fuera era una más, apretada entre pasajeros. Por dentro, ya estaba jugando.

Me coloqué delante de él, de espaldas. Primero dejé apenas contacto, el borde de mi culo contra el frente de su pantalón. Noté cómo se tensó. Luego no me moví. Bastaron unos segundos para que entendiera que aquello no era un accidente. Su respiración me llegó cerca del cuello y su pelvis avanzó un poco más, probándome.

Yo respondí pegándome mejor. Con una mano sujeté el bolso delante, con la otra levanté apenas el vuelo del vestido, un gesto mínimo, suficiente para que la tela quedara atrapada un poco más arriba. Entre nosotros ya no había más que su pantalón y mi piel desnuda. Ni tanga. Ni barrera. Nada.

—Así que vienes regalándote —dijo junto a mi oreja, en voz baja y ronca—. Mira qué fácil.

No contesté. Solo arqueé el culo despacio para encajar mejor la dureza que empezaba a crecerle. La sentí marcarse entera, gruesa, cada vez más firme contra la hendidura de mis nalgas. Él soltó una exhalación caliente y me puso una mano en la cadera, tanteando primero, como si me diera la oportunidad de apartarme.

No me aparté. Al contrario: moví las caderas con el vaivén del vagón, dándole un ritmo que ya no podía fingirse casual. Su polla se endureció del todo y empezó a frotarse contra mí con hambre. El calor me subió hasta la cara. Miré alrededor sin girar la cabeza del todo. La mayoría seguía en lo suyo. La mayoría.

Frente a nosotros, agarrado a la barra, había un hombre mayor mirándonos sin disimulo. No era una mirada perdida. Nos estaba viendo. Me estaba viendo. Me di cuenta en el instante en que sus ojos bajaron a mi culo levantado y luego volvieron a mi cara. Noté un chispazo de vergüenza y excitación tan fuerte que se me contrajo el coño.

Mi desconocido también se dio cuenta. Me apretó la cadera con más fuerza.

—Te gusta que miren —murmuró—. Se te nota.

Volví la cabeza apenas lo justo para que me rozara la mejilla con los labios al hablar. Luego busqué al mirón y me mordí el labio inferior despacio. El hombre mayor no apartó la vista. Su expresión cambió. Ya no era solo curiosidad. Era hambre vieja y concentrada.

La mano del tipo de detrás bajó de mi cadera a mi muslo y subió otra vez, rozando por dentro, justo donde empezaba mi culo. Cuando comprobó que de verdad iba sin ropa interior, dejó escapar una risa baja, incrédula.

—Joder. Vas desnuda. Qué puta más obediente y más guarra.

La palabra me entró como un dedo. No porque me humillara de verdad, sino porque me colocaba exactamente donde quería estar: expuesta, usada, convertida en el centro secreto de aquel vagón. Abrí un poco más las piernas, apenas unos centímetros, lo justo para invitarlo. El movimiento hizo que su erección encajara todavía mejor entre mis nalgas.

Él empezó a follarme el culo por fuera con el pantalón puesto, empujando desde atrás con pequeñas embestidas que aprovechaban cada sacudida del tren. Yo lo seguí. Me mecía contra él. Sentía la cabeza de su polla marcarse incluso a través de la tela, buscando sitio, subiendo y bajando entre mis carnes. Mi coño estaba tan mojado que notaba la humedad deslizarse hacia atrás.

—Mírate —dijo—. Estás chorreando.

Metió dos dedos entre mis muslos desde atrás y rozó apenas la entrada de mi coño. Tuve que morderme el gesto para no gemir. No me metió los dedos, solo los paseó por la humedad y luego me acarició con ellos la cara interna del muslo, como si quisiera comprobar hasta dónde podía llevarme sin que armáramos un escándalo.

—No —susurré por primera vez, aunque no sonó a negativa limpia, sino a súplica torcida.

—No qué.

—No ahí. No así.

Lo dije mientras seguía restregándome contra su polla. Él entendió la contradicción y se rio contra mi cuello. Tenía una mano grande, áspera, segura. La subió hasta mi vientre, me sostuvo firme y volvió a empujar su pelvis contra mí con descaro. Ya no se escondía. Si alguien miraba bien, lo vería. Y yo quería justamente eso.

El hombre mayor de enfrente seguía observando cada gesto. Bajó la vista una vez hacia su propio pantalón y luego me la devolvió. Apreté los muslos. Me excitó imaginar que estaba duro mirándonos, que yo lo estaba poniendo así sin tocarlo. El vagón entero parecía seguir girando a nuestro alrededor mientras nosotros tres compartíamos el mismo secreto sucio.

La mano del desconocido subió hasta mi pecho y me agarró una teta por encima del vestido. Apretó el pezón entre dos dedos, sintiendo el relieve del piercing. Casi se me doblaron las rodillas.

—Conque por eso se marca tanto —dijo—. Vienes preparada para que te toquen.

Le aparté la mano un instante por miedo a llamar la atención, pero él me sujetó otra vez por la cintura, firme, posesivo. Noté su boca muy cerca de mi oído.

—Si te molesta, te quitas. Pero sigues pegándote. Así que no me tomes por idiota.

Tenía razón, y eso me hizo apretar más el culo contra él. Me gustó que me leyera. Me gustó que me hablara como si ya me hubiera calado del todo. Era un juego de dominación mínimo, improvisado, sin promesas ni nombres, y aun así funcionaba con una precisión obscena.

—Buenísima —susurró—. Te voy a usar hasta mi parada.

Sentí su mano bajando a la bragueta. El corazón me dio un golpe tan fuerte que me zumbó en los oídos. Miré otra vez alrededor. Nadie parecía prestarnos atención salvo el mirón, que estaba hipnotizado. El desconocido forcejeó discretamente, pegado a mi espalda, cubierto en parte por mi cuerpo y por la aglomeración. Cuando consiguió sacársela, lo supe antes de tocarla: la temperatura cambió, la presión dejó de tener la textura amortiguada de la tela y se volvió carne caliente, viva, dura de verdad.

Se colocó la polla entre mis nalgas con una habilidad que me hizo pensar que no era la primera vez que hacía algo así. El glande resbaló por mi raja húmeda y yo cerré los ojos un segundo. Joder. Era gruesa, muy dura, y la tenía desnuda contra mí, en medio del metro, con decenas de personas alrededor.

Empezó a frotarse despacio, arriba y abajo, dejando que la punta chocara a ratos con mi entrada mojada. Cada contacto me sacudía el vientre. Yo me movía lo justo para ayudarlo, manteniendo el vestido ligeramente subido con una mano. Podía sentir cómo se iba embarrando con mi propia humedad.

—Estás pidiéndolo a gritos —me dijo—. Si quisiera, te la metía ahora mismo.

Negué con la cabeza enseguida, aunque mi cuerpo hizo lo contrario y se echó hacia atrás buscándolo. No quería que me penetrara sin más, no así, no a pelo y sin control. Pero tampoco quería que se detuviera. Quería vivir justo en ese borde: a punto, rozando el delito íntimo que una se comete a sí misma, con el coño latiéndome por la falta de una embestida que no debía llegar.

Él aceptó el límite, pero lo convirtió en castigo. En vez de entrar, apretó la polla contra mi entrada una y otra vez, fuerte, húmeda, insistente, sin meterla del todo. La punta me abría los labios apenas un instante antes de retirarse. Cada vez me arrancaba un temblor. Cada vez yo acababa más mojada.

—Así mejor —dijo—. Te jodes y aguantas.

Esa frase me encendió de un modo sucio y perfecto. Aguantar. Ser tratada como una cosa caliente que no merecía alivio completo. Mientras él me usaba por fuera, el hombre mayor nos seguía mirando con la boca entreabierta. Esta vez no tuve ninguna duda: se había llevado una mano al frente del pantalón, disimulando mal. No se tocaba descaradamente, pero estaba acomodándose una erección evidente.

Le sostuve la mirada. Luego eché un poco la cabeza hacia atrás, ofreciéndole mi perfil y mi cuello, y el desconocido aprovechó para morderme suavemente el lóbulo de la oreja. Casi gemí.

—Mira al viejo —ordenó en voz baja—. Mira cómo te desea.

Lo obedecí. Sentí que esa obediencia me empapaba más que cualquier caricia. Mi coño palpitaba. El glande del desconocido seguía deslizándose entre mis nalgas, rozando mi entrada, untándose de mí. Él me tenía sujeta de la cadera con una mano y del vientre con la otra, como si de verdad me estuviera manejando.

—¿Te gusta ser el espectáculo? —preguntó.

—Sí —susurré.

—No te oigo.

Me ardieron las mejillas. El vagón traqueteó, la gente se balanceó, y yo, apretada entre cuerpos vestidos, con el culo desnudo bajo el vestido y una polla fuera frotándome, respondí sin poder seguir fingiendo.

—Sí. Me gusta.

Él me dio otra nalgada, amortiguada por la cercanía y el ruido, pero suficiente para hacerme estremecer.

—Eso pensaba. Una exhibicionista de mierda.

Su mano se deslizó esta vez hasta mi coño de lleno. Me abrió los labios con dos dedos y me tocó el clítoris un instante, solo un instante, apenas un círculo sucio y preciso. Se me cortó la respiración. Si hubiera insistido un poco más, me habría corrido ahí mismo, de pie, con el metro lleno. Pero no lo hizo. Retiró la mano y volvió a sujetarme, dejándome ardiendo.

—No te lo has ganado.

Yo quería más. Quería que me metiera los dedos, la polla, cualquier cosa. Quería corrérmelo encima y bajarme en la última parada con el semen escurriéndome por los muslos. Pero seguía jugando al borde, y esa frustración me estaba volviendo loca.

—Me bajo pronto —dijo él—. Y voy a correrme usándote. Quieta.

No sé por qué esa palabra me atravesó tanto. Quizá porque no venía de alguien importante en mi vida, ni de una fantasía ensayada, sino de un desconocido al que yo misma había elegido como instrumento. Me quedé quieta. De verdad quieta. Solo dejé que el vagón me moviera.

Entonces empezó a embestir con más fuerza entre mis nalgas, frotando la polla desnuda arriba y abajo con un ritmo cada vez más urgente. A ratos la punta se clavaba en mi entrada y yo tenía que contenerme para no echar el culo hacia atrás y dejar que entrara. Mi respiración ya era corta. Los muslos me temblaban. El hombre mayor seguía mirando como si no existiera nada más en el mundo.

—Joder, cómo mojas —gruñó—. Mírate, estás hecha un charco.

El glande resbaló otra vez y esta vez empujó un poco más de la cuenta. Sentí cómo me abría apenas, un roce de penetración mínimo, brutal por lo inesperado. Solté un gemido ahogado y me agarré más fuerte a mi bolso.

—Te dije que quieta.

Asentí. Estaba completamente entregada al momento, al riesgo y a la humillación que yo misma había salido a buscar. El desconocido aumentó el ritmo. Sus caderas golpeaban ya sin pudor contra mi culo. Noté la tensión crecerle por todo el cuerpo. Me apretó con fuerza, casi clavándome los dedos.

—Voy a correrme, puta.

Quise apartarme. De verdad lo intenté. No por arrepentimiento, sino por el último resto de cordura. Pero él me sujetó mejor y siguió frotándose contra mi coño desde atrás, la punta demasiado cerca, demasiado resbaladiza, demasiado metida en mi humedad como para distinguir del todo qué estaba pasando en aquel segundo exacto. Mi cuerpo se echó hacia atrás por puro espasmo y entonces lo sentí: una sacudida profunda, un calor espeso, los primeros chorros reventando contra mí.

Se estaba corriendo. Se estaba corriendo pegado a mi entrada, medio dentro, medio fuera, y el semen caliente empezó a desbordarse enseguida. Bajó entre mis labios, se mezcló con mi propia humedad y siguió deslizándose por la cara interna de los muslos. Yo me quedé helada un segundo, no de frío, sino de impacto. Luego me recorrió una oleada obscena de placer al sentirlo gotear.

Él se quedó quieto, respirando a sacudidas, completamente pegado a mi espalda mientras terminaba de vaciarse. Yo seguía mirando al hombre mayor, que bajó la vista a mis piernas como si pudiera seguir el camino de cada gota. Su expresión era casi de veneración.

Cuando el desconocido por fin se apartó un poco, me bajé el vestido con manos temblorosas. Sentía el semen escurriéndome hasta casi las rodillas. Cerré los muslos todo lo que pude, aunque eso solo hizo que notara más el desorden húmedo entre ellos. Él se guardó la polla y se subió la cremallera con rapidez.

—Gracias —me dijo al oído, sin una pizca de ternura, solo satisfecho—. Sabía que te ibas a portar así.

Lo miré por primera vez, apenas de perfil. Sonreía como alguien que acaba de salirse con la suya. Las puertas se abrieron en la siguiente estación y se bajó entre la gente sin volver la cabeza.

Me quedé clavada donde estaba, con el corazón desbocado y las piernas húmedas. Sentía la mezcla pegándose, cálida todavía. No sabía si quería reírme, insultarlo o meterme dos dedos ahí mismo. Levanté la vista y encontré otra vez al hombre mayor. Seguía en su sitio. Esta vez me regaló una sonrisa lenta, cómplice, indecente.

Yo le sostuve la mirada y, muy despacio, deslicé una mano por mi muslo, como si solo estuviera alisándome el vestido. Mis dedos tocaron la humedad que seguía bajando. Cuando los retiré, brillaban. El hombre mayor tragó saliva.

No llegué a llevármelos a la boca, aunque ganas no me faltaron. En vez de eso, abrí un poco las piernas para sentir mejor el rastro tibio entre ellas y me apoyé en la barra con una sonrisa pequeña, temblorosa. El metro volvió a arrancar. Me faltaba una parada.

Durante ese minuto final, no pensé en mis amigas ni en la fiesta. Pensé en mi pareja esperándome en casa, en cómo iba a abrirme de piernas para enseñarle lo que había hecho, en cómo iba a olerme, a insultarme, a follarme después de escuchar cada detalle. Pensé también en el desconocido, en su mano firme, en su voz dándome órdenes, y en el placer oscuro de haber obedecido justo lo suficiente.

Cuando se abrieron las puertas, salí con cuidado, notando todavía el semen resbalando hacia los muslos. El andén estaba lleno, ruidoso, normal. Nadie sabía nada y, al mismo tiempo, yo sentía que lo llevaba escrito en la piel. Antes de perderme entre la gente, miré hacia el vagón una última vez.

El hombre mayor seguía dentro. Me sostuvo la mirada y se llevó dos dedos a la sien en un saludo mudo. Yo sonreí, me giré y seguí caminando con las piernas un poco más abiertas, empapada, humillada, excitada como una bestia. Ya no había rastro de apatía. Solo me quedaba el cuerpo pidiendo más.

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Comentarios(7)

Nocturna_mx

Madre mia que relato!! me dejo sin palabras

PatriSalta_

No podes terminar ahi, necesito la continuacion ya! Muy bien narrado todo

RaulMx22

Me recordo a una situacion rara que tube en el subte una vez... aunque no tan lejos jajaja. Buenisimo

LectorCba

increible!!!

Coqueta_BsAs

Dios mio, lei esto de noche sola y no pude dormir jaja. Muy bueno en serio

Juanfito_RDL

Excelente relato, lo escribiste con mucha naturalidad. Se siente creible y eso le da otro nivel, gracias por compartirlo

Pamela_85

Me pregunto como continuaria la historia despues de eso... hay alguna segunda parte planeada? Quede con muchas ganas de saber mas

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