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Relatos Ardientes

La noche que mi novia se convirtió en mi amo

Adrián se acercó a Nuria por detrás, le apartó el pelo del cuello y la besó justo debajo de la oreja. Ella tenía la boca llena y solo pudo responder con un murmullo. Después escupió en el lavabo y se giró para devolverle el beso en los labios.

—Espera, tonto. Todavía tengo pasta de dientes.

—¿Y qué? Te quiero tanto que te besaría aunque tuvieras la boca llena de cualquier cosa.

Nuria fingió una mueca de asco y le contestó en tono de broma.

—Estás obsesionado con el sexo, de verdad.

En ese momento llamaron a la puerta.

—¿Lo ves? —dijo él—. Esa es la confirmación de que tú estás tan obsesionada como yo, aunque no quieras admitirlo.

—¿Nuestro pedido? ¿Tan pronto? —se preguntó ella, mientras Adrián ya corría a abrir.

El repartidor le entregó un paquete grande y se dio media vuelta sin más. Pero algo en la cara de Adrián cambió. Pesaba poco, demasiado poco.

—Perdona, espera —lo detuvo—. ¿Esto es todo? ¿No tienes otra caja para mí?

—No, eso era lo único que figuraba en el almacén a su nombre —respondió el otro, con un tono y una postura que dejaban claro que tenía prisa y que ahí terminaba la conversación. Aun así, al notar el desánimo del cliente, añadió—: A lo mejor llega mañana. Estos días entran tantos envíos que no llegamos a clasificarlos todos. Puede consultar el estado del pedido en la página web.

Y, tras aquel alarde de elocuencia, el repartidor decidió que ya estaba todo dicho y volvió a su furgoneta dando grandes zancadas.

Adrián cerró la puerta y empezó a examinar la caja, buscando alguna pista. Nuria se acercó.

—Quizá esté todo ahí dentro, muy apretado.

—Lo dudo, pero vamos a ver.

Desprendió las solapas con cuidado, rebuscó entre las bolsas de plástico y al final se rindió.

—¿Ves? Faltan cosas.

—Bueno... a esperar el resto, ¿no? —dijo Nuria con una sonrisa tímida, intentando animarlo.

—Joder, ya me había hecho a la idea de que lo haríamos hoy —se quejó él, aunque enseguida cambió el gesto—. Oye, aquí hay material suficiente como para hacer un ensayo general, ¿no crees?

—Ni lo sueñes, Adrián. Tiene que estar todo y salir perfecto, como lo planeamos. Además... —Nuria también hurgó en la caja— ni siquiera está mi polla. Sin mi polla no hay nada que hacer.

—Tienes razón, cielo. Esperaremos.

Pasaron la tarde en el sofá, encadenando capítulos de una serie a la que ninguno prestaba atención. Fingían mirarla porque cada uno creía que el otro estaba mirándola de verdad.

Nuria, siempre más intuitiva, rompió el silencio.

—Quizá haya sido mejor así. Ya hemos recibido parte de las cosas. Las hemos tocado. Todo se vuelve real, deja de ser una fantasía. A lo mejor deberíamos hablarlo una última vez antes de ponerlo en marcha.

—¿Te estás echando atrás?

—¡No! Para nada. Pero pensaba que, si tenemos alguna duda, algún límite que marcar, ahora sería el momento de decirlo.

—Mmm... no sé si te entiendo. Empieza tú.

—Pues mira... ya sé cómo sois los hombres. Me pregunto si estás preparado para sentir cosas distintas, y si eso podría afectar a tu... no sé cómo decirlo... a tu concepto de ti mismo.

—Para nada, lo tengo clarísimo.

—Aun así, creo que sería buena idea tener una palabra de seguridad.

—No vamos a hacer nada doloroso ni arriesgado —se apresuró a explicar él—. Es solo fetichismo. —Nuria le sostuvo la mirada, y Adrián acabó cediendo—. Pero está bien, si así te quedas más tranquila. Elijo «ataraxia», que significa calma absoluta. ¿Te parece?

—Me parece una palabra perfecta —aplaudió ella—. ¿Y tú? ¿No tienes nada que decirme?

Adrián iba a contestar cuando volvió a sonar el timbre. Se miraron entusiasmados. Él consultó el reloj.

—Son casi las ocho. Ya es tarde para que sigan repartiendo, ¿no?

—¡Tú abre! —lo apremió Nuria.

Era otro repartidor, con la misma cara de indiferencia y prisa. Esta vez Adrián se limitó a recoger el paquete y a deslizarle tres euros de propina antes de cerrar. Así de contento estaba.

La caja era todavía más grande que la primera. Se abalanzaron sobre ella y casi la destrozaron en lugar de abrirla. Hicieron un inventario rápido: estaba todo. Adrián lanzó una mirada traviesa.

—Es un poco tarde, ¿no? Tardaremos por lo menos una hora en prepararnos —dijo Nuria, leyendo a la perfección lo que significaba esa mirada.

—Venga... mañana es fiesta. Podemos levantarnos tarde, no hemos quedado con nadie. —La frase quedó flotando en el aire, desesperada porque alguien la sostuviera.

—Mmm... bueno, vale. Pero yo me pido el baño grande.

—¡Mierda!

Se repartieron las cosas y cada uno se encerró en su cuarto de baño, con la promesa de salir en una hora.

***

Lo primero que hizo Adrián fue desnudarse por completo. Mientras observaba la ropa y los accesorios esparcidos por el suelo, notó que se le ponía dura. Maldijo entre dientes: eso era exactamente lo que no podía pasar. Le costó un buen rato que la erección bajara, y solo lo consiguió leyendo pasajes sueltos de Rayuela, el único libro que había en el armarito del baño.

Furioso por los quince minutos perdidos en aquel contratiempo, se puso la primera prenda. Era una especie de tanga rígido, con unos elásticos que se ajustaban a las caderas y una bolsa de material semiduro pensada para guardar el pene y los testículos lo más comprimidos posible, recogidos hacia atrás. Le recordó a ese truco que algunos hombres usan para esconderse del todo y aparentar que en su lugar hay una vulva. Con el «paquete» confinado de manera que la erección se volvía imposible, se cubrió el cuerpo con polvos de talco. El aroma le encantó; lo hacía sentirse delicado. Sonrió. Ya estaba metiéndose en el papel.

Después metió los pies en lo que solo podía describirse como una segunda piel de látex, de un marrón claro muy parecido al de su propia carne. Estiró la abertura del cuello y fue introduciendo las piernas, una a una, hasta que los dedos llegaron al fondo. Luego ajustó la prenda muslo arriba hasta la cintura.

Ahí se recreó en el detalle que más le fascinaba: a la altura de la entrepierna había un cilindro de plástico de tres dedos de grosor y unos veinte centímetros de largo, colocado por dentro, contra el bajo vientre. Uno de sus extremos comunicaba con el exterior a través de un orificio coronado de pliegues que dibujaban, a grandes rasgos, la forma de un sexo de mujer. Era un coño falso, parecido a los que venden en los sex-shops, pero integrado en el traje. «Qué idea tan maravillosa», pensó.

A continuación vinieron los pechos postizos, de talla generosa y un tacto increíblemente realista. Subió la segunda piel para cubrirlos hasta el cuello. Le encantó cómo los pezones quedaban justo en su sitio. El traje encajaba como un guante. Se alegró de no haber comprado el primero que vio por internet y de haber gastado bastante más en una tienda especializada que le había tomado medidas con todo detalle. Lo único que chirriaba era el bulto que el sexo de plástico formaba en el vientre; confió en que el corsé lo disimularía. Era un precio bajo a cambio de tener un coño entero que Nuria podría follarse con su polla nueva.

Llegaba la fase que más temía. Por mucho que se hubiera mostrado seguro frente a ella, Adrián no sabía cómo iba a reaccionar al ponerse la máscara de látex que convertiría su rostro en el de una muñeca de porcelana. Quizá sintiera una disonancia, un choque entre lo que tenía en la cabeza y lo que le devolvería el espejo.

Tratando de ignorar esos pensamientos, se la colocó. Tras dos intentos fallidos, logró hacer coincidir ojos, nariz y boca con las aberturas. Temblando de emoción, y reprimiendo las ganas de mirarse ya en el espejo, se giró para coger una peluca rubia. Al hacerlo, sintió el roce del látex por todo el cuerpo y no pudo contener un gemido. De haber estado más atento, se habría dado cuenta de que aquel gemido había sonado más agudo que su voz de siempre.

Se puso la peluca, que Nuria había peinado unos días antes, y notó los bucles cayéndole sobre los hombros. Para Adrián, calvo desde hacía casi veinte años, aquella caricia fue el disparador definitivo. Se plantó frente al espejo y estudió su reflejo. Estaba acostumbrado a sus facciones duras, marcadas. Lo que vio fue la suavidad perfecta de una muñeca. Aunque no exactamente: las muñecas son inocentes, y lo que el espejo le devolvía era una muñeca obligada a ganarse la vida desnudándose. El pelo gritaba una cosa y los pechos descubiertos gritaban otra. La mezcla de pureza y corrupción era exacta. Tuvo ganas de dar saltitos de alegría.

Faltaban la ropa y el maquillaje. Se apretó el corsé rojo, de cordones por delante, hasta que casi no podía respirar. Le encantaba cómo le dibujaba una cintura imposible y, por contraste, hacía que los pechos parecieran aún más desproporcionados. Disfrutó de lo lindo poniéndose las medias de encaje negras, que terminaban a media altura del muslo, las braguitas a juego y, encima, una minifalda de cuero. Dudó si ponerse sujetador, decidió que no, y se enfundó una chaquetilla corta de cuero negro que cerró sobre el pecho con dos botones. El escote era de infarto. Por último, unos tacones de aguja rojos a juego con el corsé.

Consultó la hora: le quedaban diez minutos. Suficiente. Llevaba semanas viendo tutoriales y el maquillaje ya no tenía secretos para él. Optó por lo clásico: pestañas postizas, máscara negra, un toque de sombra violeta y labios muy rojos.

Estaba listo. Sabía perfectamente que no se había convertido en una mujer, sino en la fantasía masculina de lo que era una mujer. Ninguna se vestiría así salvo para protagonizar una película porno. Pero ese era justo el plan. Nuria y él iban a vivir el deseo que arrastraban desde hacía años: follar con los papeles invertidos. Y ya que se trataba de una fantasía, mejor llevarla a su extremo más morboso.

***

Cuando salió al salón, Nuria ya lo esperaba en el sofá, fumando un cigarrillo. Aquello lo descolocó: ella no fumaba. Y, sin embargo, ahí estaba, dándole caladas con una soltura absoluta. De hecho, por un segundo dudó de que aquel hombre que lo miraba con descaro fuera Nuria. Pelo recogido en una coleta, camiseta blanca ajustada, vaqueros ceñidos y botas militares negras. Era asombroso lo bien que se había comprimido el pecho, hasta el punto de aparentar unos pectorales trabajados. No sabía qué maquillaje se había aplicado, pero había endurecido y envejecido sus facciones. Todo coronado por una expresión seria, casi arrogante, mientras volvía a dar una calada.

—Estás muy guapa, Vera —dijo con voz grave, bautizándolo así, sin consultarle.

Por alguna razón, a Vera —sí, era Vera, no podía llamarse de otra forma— aquello le encantó.

—Yo soy Darío, y lo único que necesitas saber de mí es que no me gusta perder el tiempo. ¿Me vas a hacer perder el tiempo, nena? —añadió, aplastando el cigarrillo en el cenicero.

—No... no, claro que no, Darío... —su seguridad la dejó sin saber qué responder.

Entonces Nuria —perdón, Darío— mostró por un instante un atisbo de duda, como si reuniera valor para lo que venía. Se repuso enseguida.

—Por cómo vas vestida, se nota que te va la marcha. Bien. Yo te la voy a dar.

Cogió el mando y encendió la televisión. Lo que apareció en la pantalla fue otra sorpresa: porno. Darío se repantigó en el sofá y se agarró el «paquete». Vera reparó por primera vez en aquel bulto que casi le llegaba al bolsillo del pantalón y se quedó embobada. Si lo que buscaba Darío era desconcertarla y quitarle todo control sobre la situación, lo había conseguido.

—Ponte de rodillas y chúpamela mientras veo esto.

Vera había esperado un cambio lógico de modales, pero aquello era un giro de ciento ochenta grados. La Nuria de siempre era feminista; le gustaba el sexo duro, sí, pero nunca había dado señales de que humillar a otra persona la excitara. Esa era precisamente su jugada dentro de la fantasía: encarnar al hombre de película porno, machista y dominante hasta la caricatura.

Vera se arrodilló entre sus piernas, le desabrochó el pantalón y maniobró hasta sacar la polla de Darío: una pieza de goma enorme y muy realista. Empezó a chuparla mientras lo miraba a los ojos. Él la contempló fascinado un instante y luego volvió la vista al porno, decidido a tratarla como poco más que un juguete para masturbarse.

Darío gemía y levantaba un poco la pelvis, follándole la boca todavía con suavidad, mientras comentaba la pantalla.

—Qué buena está la muy guarra...

Vera gimió sin sacarse la polla de la boca. Darío pensó que había malinterpretado a quién iba dirigida la grosería, y se atrevió a ir más lejos, esta vez hablándole directamente a ella.

—Eso es, chupa...

Cada repetición la calentaba más, y Vera aceleraba el ritmo. Darío casi podía sentir el placer que le habría dado de ser su polla de verdad. Se recreó en la idea: ninguno de los dos estaba gozando físicamente, pero desde fuera nadie lo diría.

Movía ya la pelvis con más fuerza, follándole la garganta, mientras ella tenía arcadas y babeaba sin parar. A Darío le crecían unas ganas reales de degradar a la mujer arrodillada entre sus piernas, por mucho que en la vida normal hubiera considerado aquello una línea infranqueable.

Imaginó la típica escena del diablillo y el angelito disputándose al personaje. Casi oía al Darío diablo en su hombro derecho, animándolo a seguir. El angelito era la Nuria de siempre, la que detestaba arrancarle así la humanidad a alguien; pero esa vocecita solo era capaz de gemir, odiándose a sí misma sin dejar de excitarse.

Darío dejó de luchar contra sus deseos. Aquello era un juego, igual de porno que la escena de la pantalla. La sacó de su boca de golpe, le escupió en la cara de muñeca y le dio una bofetada suave.

—Mama en silencio, que no me dejas oír la película.

Tras unos minutos más, le ordenó ponerse de pie. Vera obedeció al instante. Darío se colocó detrás y deslizó la polla entre sus nalgas, dejando un rastro húmedo por su espalda mientras le masajeaba los pechos y descubría lo realista que era su tacto. No pudo evitar azotarlos y pellizcar los pezones, y ella respondió con pequeños gemidos de dolor. Era imposible que sintiera nada en aquel plástico, pero su cerebro estaba al borde del colapso y producía sensaciones casi verdaderas.

Darío le lamió y mordió el cuello, subió hasta su oreja —esa sí era de carne— y le susurró el aliento caliente. Vera se estremeció.

—Mírate en el espejo —le ordenó, empujándola contra la pared donde colgaba un espejo grande—. Mira en lo que te has convertido. No eres más que una muñeca para mi placer.

—Oooh... —Vera se miró, incapaz aún de articular un pensamiento coherente.

—Apártate las bragas.

Por fin, Darío empezó a penetrar aquel sexo de plástico con su polla de plástico. La situación era surrealista. Nadie sentía placer físico; todo era puro morbo y fetichismo. Un hombre convertido en mujer, follado por una mujer convertida en hombre. Ambos con genitales falsos, ambos mirándose en el espejo, ambos reducidos a porno para sí mismos. Sin decirlo en voz alta, a los dos les empezó a rondar la idea de grabarse en vídeo, o de escribir un relato para que otros se masturbaran imaginando sus perversiones.

Le tiró del pelo con una mano mientras le azotaba las nalgas de goma con la otra; la vibración que producían era hipnótica. Endureció las embestidas para hacer bambolear aquel culo falso. Las mentes de los dos estaban al límite. Vera empezó a gemir más fuerte, sacudida por una especie de orgasmo mental. Darío quiso sentir lo mismo, sacó la polla y ordenó.

—De rodillas. Quiero acabar en tu cara.

Vera obedeció, y él se masturbó a un palmo de su rostro, sonriendo por la sorpresa que tenía preparada. La polla escondía un depósito lleno de un líquido de textura muy parecida al semen; bastaba apretar un botón pegado con cinta a su muslo izquierdo. Darío pulsó, y todo aquel líquido blanco y viscoso se derramó sobre la cara, el pelo y los pechos de Vera. Por alguna razón, a ella el sabor le recordó al de la pasta de dientes.

Exhaustos como si hubieran tenido orgasmos de verdad, se arrastraron hasta el sofá y se tumbaron abrazados, con los gemidos de la película entrándoles por los oídos mientras se quedaban dormidos.

Más tarde, ya entrada la noche, después de cambiarse y desmaquillarse, Adrián y Nuria se metieron en la cama e hicieron el amor con ternura, dejando atrás toda aquella degradación.

Hasta que Darío volviera a tener ganas de usar a su muñeca, naturalmente.

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Comentarios (4)

Carlitos_84

De lo mejor que lei en mucho tiempo. Muy bien contado, engancha de principio a fin!

Domina_BA

Me encanta cuando alguien narra este tipo de dinamicas con sensibilidad. No es facil y acá se logra. Muy bueno.

NestorBA

buenisimo!!! no pude parar de leer

KlepaGris

Jajaja no lo vi venir para nada... tremendo giro. Y bien narrado encima. Merece una segunda parte si?

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