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Relatos Ardientes

Salí a que unos desconocidos me usaran en la calle

Llevo años contando mis experiencias y casi siempre giran alrededor de lo mismo: encuentros pactados, hombres elegidos con cuidado, una noche de lujo en la que mi esposo me observa convertirme en otra. Esta vez quiero contar algo distinto, algo que hice precisamente para escapar de esa rutina que se había vuelto demasiado cómoda.

Para los que no me conocen, me llamo Carla. Tengo veintinueve años y llevo siete casada con un hombre seis años mayor que yo. Tenemos una vida que cualquiera llamaría normal, salvo por el detalle de que hace tiempo decidimos abrir la puerta a experiencias que la mayoría jamás se atrevería a probar. Y estábamos bien así, muy a gusto, hasta que dejé de estarlo.

Me considero atractiva sin necesidad de exagerar. Soy de estatura media, de piel canela, con el cabello castaño cayéndome hasta media espalda. Tengo los ojos oscuros, grandes y redondos, la nariz fina y los labios delgados. Nunca tuve una cintura de revista ni un trasero enorme, pero sí firme, y unas piernas de las que no me quejo.

Los encuentros con desconocidos los organizaba siempre Diego, mi marido. Él negociaba, él ponía las reglas, él decidía hasta dónde. Y yo, que durante un tiempo amé esa sensación de ser tratada como un objeto de lujo, empecé a notar que todo se repetía. Los mismos hoteles, las mismas caras pulcras, el mismo guion.

Le confesé a Diego que estaba aburrida. Lo hablamos durante semanas. Propuso juguetes, viajes, escenarios más elaborados, pero nada me encendía de verdad hasta que una noche, recién terminado uno de esos servicios pactados, se me cruzó una idea por la cabeza.

A una mujer dispuesta siempre va a haber hombres queriendo usarla. No hace falta agendar nada. Basta con ponerse a tiro.

La sola fantasía me disparaba la adrenalina. Salir de noche a una zona de la ciudad con poco tránsito, dejarme ver, dejar que la situación se descontrolara sola. Sabía los riesgos. Los sabía perfectamente. Y quizá por eso me ponía tanto.

***

No me animé a caminar sin rumbo. En vez de eso busqué un local de citas escondido en las afueras, cerca de unas bodegas industriales, una zona de quintas y galpones donde casi no pasaba nadie. Pedía un transporte desde casa, me bajaba a unas cuadras y caminaba el resto. Así tenía un pretexto, un destino, una mínima red de seguridad sin renunciar a la parte que de verdad me interesaba: el trayecto a oscuras.

El lugar era pequeño y sorprendentemente limpio. No ofrecían nada a las mujeres que pasaban por ahí; yo no cobraría directo, solo me darían un porcentaje por cada hombre. Me daba igual. No estaba ahí por el dinero. La encargada, una señora de manos secas a la que todas llamaban doña Remedios, me miró de arriba abajo.

—A ver, muchacha. ¿Segura que quieres trabajar aquí? No tienes pinta de estos lugares, pero allá tú.

Le dije que tenía una necesidad y que sería algo temporal. Para todo lo demás me hice llamar Azucena.

Mi turno empezaba a las nueve de la noche. La primera vez llegué puntual, arreglada, expectante, y no pasó absolutamente nada. Volví a casa con una mezcla de rabia y desilusión, habiéndole inventado a Diego unas horas extra en la oficina para justificar mi escapada.

***

La segunda noche me esmeré. Elegí un vestido negro ligeramente ajustado, de escote redondo y largo a media pierna. Me hice una cola de caballo, maquillaje apenas perceptible, unas sandalias de tiras. Debajo, una tanga azul de satén y un sostén con relleno del mismo color. No conocía bien la zona, así que avancé con discreción.

Apareció un hombre de unos cuarenta, moreno, de panza incipiente, con un overol manchado de alguna fábrica. Doña Remedios me señaló sin ceremonia.

—Ahí está la nueva. Se llama Azucena.

El tipo asintió y me llevó a una habitación. Apenas cerró la puerta me sacó el vestido y me tiró sobre la cama. Sin una palabra, sin un saludo, se echó encima de mí y empezó a manosearme los pechos. Me los llenaba de saliva, me arrancó el sostén, me hundió la boca en el cuello, me marcó un seno con los dientes.

Olía a sudor. Era tosco, las manos ásperas como lija. Sin quitarme la tanga, metió los dedos entre mis nalgas, presionando, abriéndose paso. Yo ya estaba húmeda, lo cual me confundía y me excitaba a partes iguales. El hombre era un toro, me magreaba como si tuviera que vaciar toda su urgencia en un minuto, y yo me dejaba hacer.

De pronto se detuvo, se bajó el cierre del overol y, tirándome de la cola de caballo, me dirigió la cara hacia su entrepierna. Olía fuerte, tenía mucho vello, y lo sentía rasparme la nariz mientras lo tenía en la boca. Más que dejarme trabajar, él mismo marcaba el ritmo, entrando y saliendo sin contemplaciones, hasta que se vino sin avisar. No se retiró, así que tuve que tragar todo. Después se quedó quieto, dentro, unos segundos eternos.

Cuando por fin salió, tomó mi vestido del suelo, se limpió con él, se subió el cierre y se marchó sin mirarme. Me quedé de rodillas en el piso, procesando lo que acababa de pasar. Me habían usado de manera fugaz y brutal, sin escuchar siquiera la voz del hombre que me había usado.

***

Me vestí como pude y limpié la tela manchada. Me sentía rara, casi sucia, una sensación que no había experimentado ni en los encuentros más extremos de antes. Sin tocar, entró doña Remedios.

—Niña, hay otro afuera. ¿Lo quieres o qué?

—Sí, pero necesito limpiarme bien primero.

—Así estás bien. Esto es rápido.

El segundo quería que le bailara. Me llevaron a un cuarto más pequeño, con un caño en el centro y una luz tenue. Él ya esperaba ahí. Tipo ejecutivo, canoso, muy blanco, no demasiado alto y algo entrado en carnes. No era para nada mi clase de hombre, pero en menos de media hora ya era el segundo de la noche.

—Baila —dijo, y nada más.

Sonaba música electrónica. Me moví lo mejor que supe, como en una discoteca, contoneándome, sonriendo, dejando entrever lo que el vestido escondía. Fui agarrando confianza. Me acerqué, le rocé las manos y el cuello, le froté el trasero contra la entrepierna hasta sentirlo reaccionar. Terminé sentándome sobre él, de espaldas, abriendo las piernas.

Él me tomó del cuello, me giró la cara y me besó mientras hurgaba dentro de la tanga, acariciándome el clítoris, metiendo los dedos. Lo hizo con paciencia, hasta que el cuerpo me traicionó y un orgasmo me recorrió de golpe. Temblé entera.

Sin dejarme bajar, se abrió el pantalón y, todavía sentada sobre él, empezó a frotarse contra mi sexo hasta entrar. El vaivén comenzó lento y se fue volviendo exigente. Me apretaba los pechos, me jalaba el pelo hacia atrás, dejaba caer todo mi peso sobre él una y otra vez. Me sentía llenarme por completo. Me levantó, me giró para tenerme de frente y volvió a sentarme, marcándome el ritmo con las manos en las caderas, deslizando un dedo donde no me lo esperaba.

Me besó el cuello, la boca, y cuando estuvo a punto me obligó a arrodillarme en el piso para terminar sobre mi cara. Dio un grito que se oyó por encima de la música. Me dejó la cara empapada, hasta el ojo izquierdo. Después se acomodó la ropa como si nada.

—¿Algo más? —pregunté, todavía de rodillas.

—Que salgas. La otra que pedí ya está por llegar.

No me quedó otra que salir así, con la cara cubierta, medio cegada, dándome cuenta de que varias personas me veían pasar en ese estado. Dos hombres en menos de media hora, sin preámbulos, sin conversación, sin conocerlos, casi sin verles la cara. Una situación confusa, desconcertante, pero al fin algo nuevo. Exactamente lo que había salido a buscar.

***

La tercera noche fui de nuevo puntual. Aunque no eran experiencias agradables en sí mismas, tenían el valor de lo desconocido, y eso me bastaba. Elegí una falda negra un poco por encima de la rodilla, con transparencias coquetas cerca del borde, una blusa blanca de tirantes con escote en V y, por primera vez, tacones de tira. Debajo, ropa interior de encaje negro que asomaba a propósito por el escote. Solo me pinté los labios y me dejé el pelo suelto.

El transporte me dejó a siete cuadras esta vez. Estaba muy oscuro, apenas unas luces del alumbrado público parpadeaban a lo lejos. Al pasar junto a una camioneta estacionada escuché un siseo. Me detuve en seco y volteé.

—Eres una de las de doña Remedios, ¿verdad? Ven, te pago el doble. Te vi ayer, estás muy buena.

Me asusté y apuré el paso. El motor arrancó y la camioneta se alejó. Respiré aliviada. Pero tres cuadras antes de llegar, en una esquina, el mismo vehículo me cerró el paso. El hombre bajó, abrió la puerta trasera y me empujó adentro antes de que pudiera reaccionar. No alcancé a verlo bien: muy alto, muy corpulento, un perfume intenso. Me tiró al piso de la camioneta.

—No te hagas. Ayer ibas con la cara llena. Igual pensaba ir a verte hoy, pero ya que pasaste, lo hacemos aquí.

Me tapó la boca con una mano y me sujetó las muñecas con la otra.

—No grites, Azucena, o te va a ir mal. Pórtate bien.

La cabeza me daba vueltas. Alrededor no había nadie. Empezó a meterme mano por todas partes, apretándome con fuerza, jadeando, mientras yo le golpeaba la espalda sin resultado. Pesaba demasiado. Me subió la falda, me arrancó la ropa interior, y de una sola embestida estuvo dentro. El grito se me ahogó contra su palma.

Me soltó la boca un instante para sujetarme mejor las caderas y aproveché para gritar la palabra que doña Remedios me había enseñado para pedir auxilio sin levantar sospechas. No terminé de pronunciarla. Sentí un manotazo en el lado izquierdo de la cabeza que me dejó aturdida.

—Te avisé, Azucena. Tú quisiste.

Cuando volví en mí, él seguía embistiendo. Y me descubrí húmeda, respondiendo, con las piernas rodeándole la espalda sin que yo se lo hubiera ordenado. Él gemía sin disimulo, pasándola de lujo, hasta que se vació dentro de mí con un gruñido largo. Me dejé caer contra el piso de metal, esperando a que terminara.

Se levantó casi enseguida, me obligó a limpiarlo con la boca y lo hice rápido, con tal de irme de ahí cuanto antes. Me apartó de un empujón, se acomodó el pantalón, abrió la puerta y me sacó a la calle. Antes de subir al asiento del conductor, junté lo poco que me quedaba de voz.

—¿Y mi dinero?

Me arrojó dos billetes arrugados y se perdió en la oscuridad. No esperaba que pagara siquiera, pero ahí estaba: tres noches de "trabajo" resumidas en un puñado de monedas, un par de hombres que me usaron y un desconocido que me arrinconó en una camioneta. No lo podía creer. Y, sin embargo, me sacudí la falda, me recogí el pelo y seguí caminando hacia el local. Porque el espectáculo tenía que continuar, y yo todavía no sabía hasta dónde quería llegar.

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Comentarios (5)

NocheSinSueño_77

tremendo relato... me dejó sin palabras jajaja. Muy bueno

MatiasQ_91

Por favor que haya continuación, quedé con ganas de mas!

MarcosDelRio

Lo leí de un tirón, no pude parar. Muy bien narrado, se siente autentico y eso es lo que mas se aprecia en estos relatos

Cintia_RO

excelente!!! seguí subiendo

PatricioSV

Me gustó que se nota la valentía y el nerviosismo a la vez, eso le da mucho realismo. Gracias por compartirlo

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