Tres mujeres me rescataron y me convirtieron en su muñeca
Al principio de todo esto yo me llamaba Adrián. Tenía treinta y dos años, metro setenta y ocho, el pelo corto y oscuro y unas gafas que nunca terminaban de encajarme bien en la nariz. No estaba en forma, pero tampoco gordo: me sobraban cuatro o cinco kilos y poco más.
Vivía con mi novia en un pueblo de la costa. Vivíamos bien, dentro de lo que cabe, con una vida sexual tan normal que daba pereza. Yo le comía el sexo con ganas y ella, de vez en cuando, me hacía una paja con cara de estar haciéndome un favor. Follábamos una vez cada dos o tres meses, si había suerte.
El día en que empieza esto era un día cualquiera. Amenazaba lluvia y soplaba un viento desagradable, pero yo libraba en el trabajo y me empeñé en salir a caminar. Me fui hasta el final del puerto, al extremo del espigón, ese saliente desde el que se ve todo el mar de golpe.
Empezó a llover y abrí el paraguas. Justo cuando iba a darme la vuelta, una ráfaga me empujó. Tropecé con un cabo amarrado al suelo y caí, con la mala suerte de que el reloj se me enganchó en las varillas del paraguas, que el viento levantó como una vela. Sentí que me arrastraba mar adentro. Ya no veía el puerto. Estaba empapado, girando sobre mí mismo, intentando soltarme.
Conseguí liberar el reloj y empecé a caer. Mierda, estoy demasiado alto. Golpeé el agua helada como un saco y perdí el conocimiento en el acto.
***
Desperté no sé cuánto tiempo después. Tenía hambre y estaba en una cama estrecha, dentro de lo que parecía el camarote de un barco: había un ojo de buey por el que entraba el sol. Me incorporé. Era, en efecto, el camarote de un yate. Estaba completamente desnudo. Sobre una cómoda había una toalla; me envolví en ella y salí.
Vaya estampa. Tres mujeres tomaban el sol en cubierta, formando un semicírculo, y aparecí justo en el medio.
La que estaba a la derecha se levantó de un salto. Una cosita menuda y delicada, metro sesenta o menos, rubia, con una trenza a cada lado de la cabeza. Labios pintados de rojo intenso, nariz fina. Cuerpo de muñeca, vientre liso, pechos pequeños pero firmes, al aire, con los pezones puntiagudos. La braguita amarilla del biquini tapaba lo justo, o un poco menos.
—¡Vaya, por fin despiertas! —se acercó y me dio dos besos que no pude esquivar—. Yo soy Nika.
Lo dijo mientras apoyaba sus pechos desnudos en mi brazo y tiraba de mí hacia las otras dos.
—Ella es Bruna —dijo señalando a la del centro, que estaba de espaldas.
Lo primero que vi de Bruna fue el culo, un culo enorme que un tanga verde diminuto apenas cubría, hundido entre las nalgas. Al levantarse lo puso un poco en pompa. También iba en topless. Era más alta y más grande que Nika, bien proporcionada, con los pechos firmes y los pezones oscuros, de areolas casi negras. Me apresuré a mirarla a los ojos para disimular: los tenía verdes y grandes. El pelo, castaño rojizo y revuelto, le caía sobre unas pecas que le cruzaban la nariz.
—Hola, amor, ¡qué susto nos diste! —se abalanzó a abrazarme, apretando sus tetas contra mi pecho—. Te encontramos en el agua. ¡Menos mal que Lena te vio!
Lena, la tercera, se estaba poniendo la parte de arriba de un biquini rojo mientras venía hacia mí. Todo en ella era redondo: las caderas, la cintura, el vientre suave, unos pechos enormes y de pezones rosados que no entraban del todo en el sujetador. Piel clara, ojos marrones, melena oscura y rizada.
Ella también me abrazó, y sentí su cuerpo entero contra el mío, el calor que desprendía... y mi polla, que empezaba a despertarse.
Con los nervios se me cayó la toalla. Farfullé algo mientras intentaba recogerla, rodeado por las tres. La tenía a medio hincharse, en la antesala de una erección, y ellas se dieron cuenta.
—Eh... gracias —dije—. Gracias a las tres, por encontrarme. Soy Adrián. No sé si mi ropa...
—¡Tu ropa! —saltó Nika—. Voy a por ella.
Salió corriendo y volvió a los pocos segundos. Me la dio y empecé a vestirme, tapándome como podía con la toalla. Entonces una ola sacudió el barco. Perdí el equilibrio, apoyado en la borda; la toalla cayó al suelo y la ropa salió volando y se perdió en el agua.
—¡Mierda! —dije—. ¿Podemos parar?
—La verdad es que no —contestó Bruna—. El barco va en automático, ya no se maneja. Hasta que lleguemos a la isla va solo.
—¿No se puede hacer nada?
—No —dijo Lena—. Lo siento. Te buscaremos algo para taparte eso.
—De lo mío no le cabe nada —soltó Nika con una risita, mirándome la polla sin disimulo y tirando de su biquini hacia arriba hasta marcarse todo el sexo.
—Yo solo tengo tangas... —dijo Bruna, recorriendo con un dedo la cinturilla del que llevaba puesto.
Mi polla volvía a hincharse y empezaba a notar humedad en la punta.
—¿No hay ningún hombre a bordo? —pregunté—. Un marinero, alguien...
Se rieron negando con la cabeza, como si acabara de contar un chiste, y se miraron entre ellas.
—Yo tengo este biquini y dos más, pero de tanga —dijo Lena—. Creo que mi ropa te servirá. Pero tienes que escoger: o este —empezó a bajárselo, dejándome ver un sexo de labios gruesos, arreglado, que se juntaban en una raja que escondía todo lo demás— o uno de los tangas.
Cogí el biquini con incredulidad. Había una pequeña mancha de humedad en la entrepierna, pero me dio igual: estaba empalmándome y necesitaba esconderlo. Me lo puse como pude. Enseguida noté el roce de la tela hundiéndose entre mis nalgas, clavándoseme. La visión del sexo de Lena y de los pechos de las otras dos no ayudaba. Empecé a marearme y me dejé caer en una hamaca. Nika, servicial, me trajo un vaso de agua. Tenía un sabor raro. En un yate no hay agua del grifo, claro. Me quedé dormido a los pocos segundos.
***
Desperté aturdido, ya anochecía. Me picaban los pezones; los notaba hinchados. ¿Me habré quemado con el sol? No le di importancia. Entonces recordé de golpe todo lo que había pasado y abrí los ojos. Entre mis piernas, completamente abiertas, estaba la cara de Nika, tan cerca de mi polla que sentía su aliento.
—¿Qué haces? —dije apartándome—. ¿Por qué tienes una cuchilla en la mano?
—Te estoy depilando, Adri —contestó tranquila—. ¿Te puedo llamar Adri? Se te salían los pelos por el biquini y quedaba feo. Las piernas y el culo ya están. Te estoy dejando un triangulito muy mono, como el mío. Mira.
Se levantó el fino vestido verde que llevaba. No tenía nada debajo. Vi un triángulo de vello rubio justo sobre su sexo rosado, los labios pequeños entreabiertos, brillantes de humedad. Mi polla dio un respingo. Nika volvió a agacharse, la sujetó y la movió de lado a lado para afeitarme bien. No sabía dónde meterme. Estaba casi empalmado del todo, notaba el líquido en la punta y empezaba a jadear con cada movimiento de su mano.
—¡Ya está! —dijo, parando en seco—. ¿Qué os parece?
Solo entonces vi que Bruna y Lena también estaban ahí, supervisando. La vergüenza me bajó la erección de golpe. Y caí en la cuenta: estaba completamente depilado, con un triangulito de pelo, como si fuera una mujer.
—Está perfecto, Nika —dijo Bruna. Llevaba ahora un vestido blanco de flores. Me agarró la polla flácida para comprobar que no quedaba ningún pelo y, al inclinarse, sus pechos desnudos volvieron a quedar a la vista—. Ahora le sentará mejor el biquini.
—Te he traído esto —dijo Lena. Llevaba un vestido azul ajustado con los botones de arriba abiertos, mostrando un escote imposible—. Es un vestido, pero es que en el barco no tenemos otra cosa que vestidos cortos.
—Da igual —dije—. Lo que sea.
Volvieron a reír. Me puse el biquini, que se manchó enseguida con todo lo que escupía mi polla, y caminé hasta Lena para que me diera el vestido. Me lo pasé por la cabeza. Me apretaba en la cintura y, obviamente, me sobraba en el pecho. Era corto, de tirantes finos, con flores rosas y amarillas. La tela, suavísima, se pegaba a la piel. La falda era tan corta que tenía la sensación de enseñarlo todo. Me puse rojo como un tomate.
Me metí la mano en el biquini y me coloqué la polla hacia abajo, escondida entre los muslos, para que no se marcara. No sé por qué lo hice; me pareció lo lógico.
—Estás preciosa, amor —me dijo Bruna besándome la mejilla—. Con lo alta que eres, el vestido te queda cortísimo. Vas a tener que cruzar las piernas para sentarte, o se te verá todo.
Las tres rieron al ver mi cara.
—Lo tendré en cuenta —murmuré—. ¿Dónde está el baño?
Necesitaba huir un momento. La excitación no me daba tregua. Llevaba meses sin follar y varios días sin tocarme; goteaba tanto que sentía los testículos mojados. Al menos ahora no me empalmaba; al contrario, la notaba pequeña, encogida dentro de la braguita.
—No te enfades, Adri —dijo Nika—. Pero es verdad que, ahora que tienes las piernas depiladas, te queda bien. El baño es la puerta de la izquierda, bajando.
Bajé. Tenía tantas ganas de mear y me costaba tanto sujetar el vestido que opté por bajarme la braguita y sentarme. Con el biquini por los tobillos vi la mancha que había dejado yo. Volví a colocármela y me levanté frente al espejo. Sin un solo pelo, las piernas quedaban muy bien con ese vestido. Al apretarme la cintura, casi parecía que tenía figura. Me acaricié los pezones: estaban hinchados, y la zona de alrededor también, como dos minúsculos pechos bajo la tela. ¿En qué estoy pensando? Vaya tontería.
***
Salí a cubierta. Estaban preparando la cena en una mesa al otro lado. Fui a ayudar, caminando con cuidado para no enseñar nada, sintiendo el roce del biquini entre las nalgas.
—Solo tenemos comida para tres, calculada para los días que quedan —dijo Bruna—. Y comemos ensalada y pescado, nada más. Lo compartiremos contigo, pero pasarás algo de hambre.
—No importa, de verdad —dije—. Me habéis salvado. Y no me viene mal perder un par de kilos.
—Te irá bien para cuando lleguemos a la isla —dijo Nika sonriendo—. Ven, cariño, siéntate conmigo.
No entendí lo de la isla, pero obedecí sin pensarlo.
—Toma, bebe —dijo Lena tendiéndome otro vaso—. Hace calor y casi no has bebido.
Bebí con avidez aquella agua de sabor raro y me senté. Hablaban de cuál de sus vestidos me iría mejor mañana. La cena fue escasa y me quedé con hambre. Me sirvieron más agua y seguí bebiendo, atónito, sin decir nada. Cada vez que Bruna se inclinaba me enseñaba los pechos; cuando hablaba Nika, se pegaba a mí y me clavaba los pezones en el brazo.
Volví a empalmarme. Con la polla metida hacia abajo, el borde de la silla me rozaba justo en la punta. Empecé a moverme despacio para sentir ese roce. No se ponía dura del todo por la postura, pero lo estaba disfrutando demasiado. Miré a Nika de reojo: tenía la mano izquierda bajo la falda, dentro de la braguita, las piernas un poco abiertas. Dejó de hablar y me sostuvo la mirada.
—Así no, cariño —dijo—. Cuando llevas vestido se hace así. Mira a Lena.
Lena se echó hacia atrás y su mano se perdió entre las piernas, bajo la falda, moviéndose en círculos. Bruna le levantó el vuelo y vi que no llevaba nada —claro, su braguita la tenía yo—. Su sexo se había abierto y un clítoris grande recibía caricias en círculo. La humedad se le escapaba igual que a mí se me escapaba aprisionada en la braguita. Gemía bajito, cada vez más rápido.
—¿Ves, cariño? —dijo Nika, subiéndose también la falda y apartándose el biquini amarillo. Estaba empapada—. ¿No quieres hacerlo tú también? Te va a gustar, Adri...
—Yo te ayudo, amor —dijo Bruna, levantándose y poniéndose detrás de mí. La cabeza me daba vueltas. Me levantó la falda y vi mis piernas depiladas, suaves, femeninas, con la braguita que apenas contenía nada—. Se hace así, en círculos, acariciando la puntita.
Metió la mano en mis bragas y sus dedos llegaron justo a la punta. Su contacto me volvía loco, y sus pechos contra mi espalda todavía más. Por algún motivo la polla no crecía, casi se encogía, pero esos movimientos me hacían estremecerme entero. Gemí a la vez que Lena y que Nika; nuestros jadeos se mezclaban.
Lena empezó a respirar más fuerte, agarrándose un pecho por dentro del vestido. Nika la imitó.
—Pellízcate los pezones así, Adri —jadeó—. Te va a encantar.
Obedecí sin dudar. Seguían hinchados, doloridos, sensibilísimos. Pellizcármelos mientras Bruna me acariciaba como a una mujer me estaba volviendo loca... loco... joder, iba a correrme.
—¿Te gusta? —me susurró Bruna al oído—. ¿Te gusta que te toque como a una nena?
—Sí —grité.
—¿Te quieres correr?
—Sí, por favor, sigue. No aguanto más.
Lena se corrió entre espasmos y gritos, soltando un pequeño chorro.
—¿Te vas a correr como ellas? ¿Como una nenita?
Nika me agarró del brazo y, mirándome a los ojos, empezó a correrse también.
—Sí, por favor... como ellas... quiero correrme...
—Córrete, nena...
Y los chorros empezaron a salir, empapando la braguita, escurriéndose hasta mi culo, mientras yo gemía entre espasmos y me pellizcaba los pezones como la nenita en la que ellas, copa a copa, me estaban convirtiendo.