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Relatos Ardientes

Lo que sentí cuando aquel globo estuvo a punto de estallar

Era una mañana sofocante de julio cuando me levanté antes que nadie para ayudar a cargar el coche. Ese día viajábamos a casa de mi abuela: cumplía años y toda la familia se reunía en una de esas comidas largas que se planean con semanas de antelación. Me gustaba visitarla. Soy el mayor de los nietos y siempre tuvimos una relación cercana, aunque ella tuviera ese carácter severo que asustaba a los demás.

Tengo veinticinco años. Mis primos, en cambio, no pasaban de los trece, y esa era la parte que menos me entusiasmaba: aguantar a una pandilla de niños ruidosos, impertinentes y, a ratos, agotadores durante toda una tarde.

Pero había algo que me preocupaba mucho más que el ruido. Era un cumpleaños, y yo evitaba los cumpleaños por una sola razón: los globos. Desde pequeño sentía auténtico pánico a los globos, a los petardos, a cualquier cosa que pudiera estallar. Las explosiones me provocaban una ansiedad que no sabía controlar.

Y sin embargo, mientras conducíamos, no dejaba de pensar en algo que me confundía desde hacía años.

Veía mucha televisión, sobre todo concursos: esos programas donde los participantes pasan por pruebas absurdas y físicas. A veces tenían que reventar globos enormes, retorciéndolos y aplastándolos sin piedad hasta hacerlos estallar. Y yo, sin entender por qué, sentía una excitación oscura observando cada gesto. ¿Cómo es posible esto?, me preguntaba una y otra vez.

En el fondo lo sabía. Desde niño los globos me atraían. Eran suaves, brillantes, tenían una textura que no se parecía a nada. Pero no soportaba que otros jugaran con ellos cerca de mí, porque en ese momento yo ya no veía globos: veía bombas a punto de reventar. Era pánico y deseo mezclados en la misma imagen, y nunca había logrado separar las dos cosas.

Aquellos concursos se habían filtrado en mi cabeza hasta volverse fantasía. Cuando me masturbaba, a veces me imaginaba siendo uno de esos concursantes, hinchando un globo gigante hasta el límite, sintiendo el látex tensarse bajo mis manos. No entendía cómo algo podía aterrarme y encenderme al mismo tiempo.

***

Después de dos horas de viaje llegamos. La familia entera estaba ya en el jardín, decorado para la ocasión, y para mi alivio inmenso, sin un solo globo a la vista. Hubo besos, abrazos, el ruido habitual del reencuentro. Mientras saludaba me di cuenta de que faltaba uno de mis tíos y le pregunté a mi tía Norma por él.

—Esteban llega más tarde —me dijo—. Le surgió algo de última hora en el trabajo.

Mi tío Esteban era el alma de cualquier fiesta. Extrovertido, bromista, siempre dispuesto a jugar con los niños como si fuera uno más. En el fondo deseaba que llegara pronto, porque con él la tarde se hacía liviana.

Mientras la familia preparaba la comida y yo ayudaba aquí y allá, intentando además mantener a raya a mis primos, Esteban apareció por fin cargado de paquetes y una bolsa.

—¿Quién quiere una sorpresa? —gritó desde la puerta.

Los niños se arremolinaron a su alrededor, expectantes. Siempre traía caramelos, juguetes, cualquier cosa que los volviera locos. Dejó los regalos en una habitación y salió de nuevo con una bolsa de plástico. No le di importancia: supuse que serían más dulces, algo que los mantuviera entretenidos un buen rato.

Hasta que sacó del interior una segunda bolsa, y el corazón me dio un vuelco.

Era una bolsa de globos. Y cuando empezó a repartirlos, lo vi mejor: eran enormes, mucho más grandes que cualquier globo que hubiera visto en mi vida. La marca me resultaba desconocida, algo importado, de esas que no se encuentran en cualquier tienda.

Mis primos, entre gritos de alegría, empezaron a inflarlos sin pensarlo dos veces. Los más pequeños pedían ayuda a sus padres. Y yo, de pie en medio del jardín, sentía cómo el sudor me corría por la espalda mientras pensaba en cómo escapar de aquel infierno.

Esteban se acercó.

—Mateo, ¿quieres un par para divertirte?

—Eh… no, gracias —respondí sin saber qué decir.

—Venga, no seas vergonzoso. Ya sé que no eres un niño, pero coge alguno y pásalo bien con tus primos, que no los ves a menudo.

—En serio, ahora no me apetece…

—¿Te encuentras bien? Tienes mala cara.

Estaba sudando. A mi alrededor, varios primos jugaban ya con sus globos inflados y anudados, golpeándolos de cualquier manera. Era cuestión de tiempo que alguno reventara por accidente, y yo solo quería salir corriendo.

Entonces se me ocurrió la excusa: le dije que el viaje me había sentado mal, que iba a dar una vuelta y volvería a tiempo para comer.

***

Salí de allí lo más rápido que pude y respiré al fin. Caminé sin rumbo, calculando cuándo regresar. En una hora estaría lista la comida, y si para entonces aún sobrevivía algún globo, ya no podría escaparme ni inventar otra excusa. Tendría que presenciarlo.

Pero, por extraño que parezca, tampoco lograba sacarme aquellos globos de la cabeza. Nunca había visto unos así, y me maldije por rechazar la oportunidad de quedarme aunque fuera con uno. Hacía tiempo que compraba globos a escondidas para experimentar cuando estaba solo, siempre con cuidado de que no estallaran. Mi mente empezó a fantasear sin permiso: tener uno de esos globos gigantes inflado entre las piernas, montarlo, sentir el látex chillar y tensarse bajo mi cuerpo. La sola idea me provocó una erección que tuve que apartar de inmediato, porque estaba en plena calle y no era ni el lugar ni el momento.

Cuando volví, mis primos jugaban a otra cosa. No quedaba ni rastro de globos enteros, solo pedazos de látex desgarrado esparcidos por el césped. Ya se habían divertido, los habían reventado todos. Por una vez, la suerte parecía estar de mi lado.

La tarde fue cayendo. Las nubes amenazaban tormenta, así que nos trasladamos del jardín al comedor. Mientras todos se acomodaban y seguían charlando, Esteban encontró un globo verde tirado en el suelo, olvidado entre las sillas, todavía sin inflar.

Lo dejó sobre la mesa y, para mi alivio, siguió hablando sin prestarle atención. Pero la conversación derivó hacia los globos, y mi padre le preguntó de dónde había sacado unos tan impresionantes.

—Trabajo en una empresa de publicidad —explicó Esteban—. Tengo acceso a globos de importación que no se venden en tiendas. Los usamos para imprimir logos en eventos.

—¿Y de verdad llegan a ser tan grandes? —preguntó mi padre, Andrés, con curiosidad.

—Espera y verás.

Y para mi pánico absoluto, cogió el globo verde del suelo.

***

Empecé a sentir que la suerte me hacía una broma cruel. Yo mismo había ayudado a recolocar las sillas al volver a la casa. ¿Cómo no había visto ese globo tirado en el suelo? Podía haberlo guardado en el bolsillo, hacerlo desaparecer, evitar todo aquello. Y en cambio lo había encontrado Esteban, el más bromista de la familia, el último al que querría con un globo entre las manos.

Lo vi llevarse la boquilla a los labios y empezar a soplar. Que pare, por favor, que lo anude y se lo dé a alguien. Pero el globo crecía sin detenerse, ovalado, brillante, ya muy por encima del tamaño de los que habían inflado los niños.

Eso llamó la atención de todos. Las miradas se fueron clavando en aquel globo verde que se hinchaba sobre la mesa con una forma amplia y tensa. Esteban se levantó de la silla; el globo era tan grande que la mesa le estorbaba.

Pensé que lo anudaría. Estaba seguro de que se detendría. Pero mi padre, riendo, lo desafió.

—A que no te atreves a inflarlo más.

Aquellas palabras me cayeron encima como una sentencia. El comedor se estaba convirtiendo en una pesadilla, y el estrés empezaba a volverse insoportable. Esteban respondió al reto llevándose otra vez la boquilla a la boca, con una sonrisa torcida, una sonrisa maliciosa que yo entendía demasiado bien.

No aguanté más. Me levanté y me encerré en el cuarto de baño que había justo enfrente. El estrés era brutal, pero no era el único motivo de mi huida: tenía el sexo tan duro que dolía, y solo mi ropa holgada lo había disimulado. La tela ya empezaba a marcarse con una mancha húmeda, de lo excitado que estaba.

Cerré la puerta y me tapé los oídos con las manos, deseando con todas mis fuerzas amortiguar el ruido que sabía que vendría. Y al mismo tiempo pensaba en aquel globo. Dios, qué excitado estoy. No quería separar las manos de mis orejas, pero necesitaba ver. Ansiaba mirar cómo lo inflaban sin clemencia, quizá hasta reventarlo, y sentía una urgencia imposible de masturbarme.

***

Entreabrí la puerta. Desde mi posición, en el reflejo de un espejo amplio, alcanzaba a ver a mi tío hinchando el globo, que ya formaba un cuello largo y empezaba a tomar la forma de una pera gigantesca.

Reuní el valor que solo la excitación extrema podía darme. Dejé de taparme un oído, bajé la cremallera del pantalón y me saqué el sexo para empezar a tocarme.

Esteban sujetaba el globo contra el pecho con una mano. Con la otra, deslizaba la palma a lo largo del látex con rudeza, haciéndolo chillar. Por su sonrisa supe que lo hacía a propósito, disfrutando de incomodar y tensar a todos los presentes. A mí aquello me angustiaba casi hasta las lágrimas, y a la vez me encendía sin medida.

El globo seguía expandiéndose a lo ancho. El verde oscuro se había vuelto casi traslúcido. ¿Cómo puede agrandarse tanto sin estallar? A Esteban le costaba ya aferrar la boquilla, soplaba con esfuerzo, y el globo había alcanzado un tamaño imposible de creer. El sudor me caía sobre los ojos mientras me frotaba cada vez con más fuerza, y entonces todo ocurrió en un instante.

El globo desapareció en una explosión ensordecedora que hizo temblar las paredes, gritar a los adultos y llorar a los niños.

Sentí el susto más grande de mi vida. Mi cuerpo entero se sacudió y, de inmediato, una serie de espasmos incontrolables me recorrió. Me corrí con una intensidad casi dolorosa, en chorros largos y cálidos que salieron disparados a una distancia que jamás había alcanzado.

Se me escapó algún gemido, pero el alboroto que la explosión había provocado en la familia tapó por completo cualquier sonido que yo pudiera hacer. Me derrumbé exhausto sobre la taza, sudando, jadeando. Me temblaban las piernas, las manos, hasta la respiración me salía entrecortada.

Sabía que aquel globo haría ruido, pero el estallido había sido infinitamente peor de lo que imaginaba. Una pesadilla hecha realidad. Y al mismo tiempo, el orgasmo más intenso y placentero que había sentido en mi vida.

***

De nuevo esa confusión. Una parte de mí no quería volver a pasar por algo así nunca más. La otra había disfrutado hasta el éxtasis. En mi mente repasaba cada instante: cómo mi tío hinchaba sin compasión aquel globo enorme con la clara intención de hacerlo estallar, cómo lo maltrataba, cómo el látex sobreinflado gemía bajo su mano mientras él seguía soplando. Verlo abombarse hasta lo imposible y reventar… era algo que ya no se borraría jamás. Una fantasía que ahora sabía que necesitaba repetir.

Me incorporé, me lavé las manos y la cara, traté de recomponerme. Tiré de la cadena para disimular mi larga estancia y salí. Mi familia me recibió contándome a gritos el espectáculo que me había perdido, sin saber que yo lo había visto todo. En el suelo quedaban aún decenas de trozos de látex desgarrado; el globo prácticamente se había desintegrado en todas direcciones.

Llegó la noche y, con ella, las despedidas. Abracé a los familiares que aún quedaban y, en último lugar, a mi abuela. Caminaba ya hacia el coche cuando ella me llamó desde la puerta.

—Espera, Mateo, tengo algo para ti.

Intrigado, volví. Me entregó una bolsa. Al abrirla me quedé de piedra: dentro estaba la bolsa de los globos, todavía con bastantes sin inflar.

—Toma, nietecito. Hoy nos ayudaste mucho con los preparativos y con tus revoltosos primos, y como no llegaste a disfrutarlos, te llevas los que sobraron para que te diviertas tú —dijo con una sonrisa pícara—. Pero no asustes a nadie con ellos, ¿eh?

De camino a casa, sentado en el asiento trasero con varias docenas de globos enormes sobre las rodillas, no podía creer mi suerte. Empecé a excitarme otra vez, imaginando todo lo que haría con ellos a solas, sin testigos, sin pánico ajeno.

Y entonces, en plena fantasía, mi cara de felicidad se transformó en una mueca de horror. Acababa de recordar algo. Cuando salí del baño, tan aturdido y exhausto por lo que acababa de vivir, me había olvidado por completo de limpiar. Los chorros de semen seguían allí, salpicando la puerta, los azulejos y el suelo, esperando a que alguien entrara.

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Comentarios (5)

Facu_B

Impresionante como transmitiste esa mezcla de miedo y excitacion. Genio

SandraK91

Jamas pense que algo asi podia ser erotico y sin embargo no pude dejar de leer hasta el final. Bravísimo

Ricky_Baires

Me recordó a cierto miedo que tengo yo tambien y que jamas asocié con nada erótico... ahora lo pienso diferente jaja

Lorena_cba

me encanto!!! sigue escribiendo por favor

ElCurioso99

¿Publicás más de esto? Hace tiempo que no encontraba un relato de BDSM tan bien escrito y original

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