Lo que sentí cuando aquel globo estuvo a punto de estallar
Era una mañana sofocante de julio cuando me levanté antes que nadie para ayudar a cargar el coche. Ese día viajábamos a casa de mi abuela: cumplía años y toda la familia se reunía en una de esas comidas largas que se planean con semanas de antelación. Me gustaba visitarla. Soy el mayor de los nietos y siempre tuvimos una relación cercana, aunque ella tuviera ese carácter severo que asustaba a los demás.
Tengo veinticinco años. Mis primos, en cambio, rondaban los veinte, y esa era la parte que menos me entusiasmaba: aguantar a una pandilla de veinteañeros ruidosos, impertinentes y, a ratos, agotadores durante toda una tarde.
Pero había algo que me preocupaba mucho más que el ruido. Era un cumpleaños, y yo evitaba los cumpleaños por una sola razón: los globos. Desde pequeño sentía auténtico pánico a los globos, a los petardos, a cualquier cosa que pudiera estallar. Las explosiones me provocaban una ansiedad que no sabía controlar.
Y sin embargo, mientras conducíamos, no dejaba de pensar en algo que me confundía desde hacía años.
Veía mucha televisión, sobre todo concursos: esos programas donde los participantes pasan por pruebas absurdas y físicas. A veces tenían que reventar globos enormes, retorciéndolos y aplastándolos sin piedad hasta hacerlos estallar. Y yo, sin entender por qué, sentía una excitación oscura observando cada gesto. ¿Cómo es posible esto?, me preguntaba una y otra vez.
En el fondo lo sabía. Desde chico los globos me atraían. Eran suaves, brillantes, tenían una textura que no se parecía a nada. Pero no soportaba que otros jugaran con ellos cerca de mí, porque en ese momento yo ya no veía globos: veía bombas a punto de reventar. Era pánico y deseo mezclados en la misma imagen, y nunca había logrado separar las dos cosas.
Aquellos concursos se habían filtrado en mi cabeza hasta volverse fantasía. Cuando me hacía una paja, a veces me imaginaba siendo uno de esos concursantes, hinchando un globo gigante hasta el límite, sintiendo el látex tensarse bajo mis manos mientras mi polla goteaba sobre la goma tirante. No entendía cómo algo podía aterrarme y ponerme la verga dura al mismo tiempo.
***
Después de dos horas de viaje llegamos. La familia entera estaba ya en el jardín, decorado para la ocasión, y para mi alivio inmenso, sin un solo globo a la vista. Hubo besos, abrazos, el ruido habitual del reencuentro. Mientras saludaba me di cuenta de que faltaba uno de mis tíos y le pregunté a mi tía Norma por él.
—Esteban llega más tarde —me dijo—. Le surgió algo de última hora en el trabajo.
Mi tío Esteban era el alma de cualquier fiesta. Extrovertido, bromista, siempre dispuesto a jugar con los sobrinos como si fuera uno más. En el fondo deseaba que llegara pronto, porque con él la tarde se hacía liviana.
Mientras la familia preparaba la comida y yo ayudaba aquí y allá, intentando además mantener a raya a mis primos, Esteban apareció por fin cargado de paquetes y una bolsa.
—¿Quién quiere una sorpresa? —gritó desde la puerta.
Los sobrinos se arremolinaron a su alrededor, expectantes. Siempre traía cualquier cosa que los volviera locos. Dejó los regalos en una habitación y salió de nuevo con una bolsa de plástico. No le di importancia: supuse que serían dulces o algo así.
Hasta que sacó del interior una segunda bolsa, y el corazón me dio un vuelco.
Era una bolsa de globos. Y cuando empezó a repartirlos, lo vi mejor: eran enormes, mucho más grandes que cualquier globo que hubiera visto en mi vida. La marca me resultaba desconocida, algo importado, de esas que no se encuentran en cualquier tienda.
Mis primos, entre gritos de alegría, empezaron a inflarlos sin pensarlo dos veces. Y yo, de pie en medio del jardín, sentía cómo el sudor me corría por la espalda mientras pensaba en cómo escapar de aquel infierno.
Esteban se acercó.
—Mateo, ¿quieres un par para divertirte?
—Eh… no, gracias —respondí sin saber qué decir.
—Venga, no seas vergonzoso. Ya sé que no eres un crío, pero coge alguno y pásalo bien con tus primos, que no los ves a menudo.
—En serio, ahora no me apetece…
—¿Te encuentras bien? Tienes mala cara.
Estaba sudando. A mi alrededor, varios primos jugaban ya con sus globos inflados y anudados, golpeándolos de cualquier manera. Era cuestión de tiempo que alguno reventara por accidente, y yo solo quería salir corriendo.
Entonces se me ocurrió la excusa: le dije que el viaje me había sentado mal, que iba a dar una vuelta y volvería a tiempo para comer.
***
Salí de allí lo más rápido que pude y respiré al fin. Caminé sin rumbo, calculando cuándo regresar. En una hora estaría lista la comida, y si para entonces aún sobrevivía algún globo, ya no podría escaparme ni inventar otra excusa. Tendría que presenciarlo.
Pero, por extraño que parezca, tampoco lograba sacarme aquellos globos de la cabeza. Nunca había visto unos así, y me maldije por rechazar la oportunidad de quedarme aunque fuera con uno. Hacía tiempo que compraba globos a escondidas para experimentar cuando estaba solo, siempre con cuidado de que no estallaran. Mi mente empezó a fantasear sin permiso: tener uno de esos globos gigantes inflado entre las piernas, cabalgarlo con la polla dura restregándose contra el látex, sentir la goma chillar y tensarse bajo mi peso hasta que el pre-semen empapara toda la superficie. La sola idea me puso la verga como una piedra, marcando el pantalón, y tuve que apretarla contra el muslo porque estaba en plena calle y no era ni el lugar ni el momento para sacármela y pajearme allí mismo.
Cuando volví, mis primos jugaban a otra cosa. No quedaba ni rastro de globos enteros, solo pedazos de látex desgarrado esparcidos por el césped. Ya se habían divertido, los habían reventado todos. Por una vez, la suerte parecía estar de mi lado.
La tarde fue cayendo. Las nubes amenazaban tormenta, así que nos trasladamos del jardín al comedor. Mientras todos se acomodaban y seguían charlando, Esteban encontró un globo verde tirado en el suelo, olvidado entre las sillas, todavía sin inflar.
Lo dejó sobre la mesa y, para mi alivio, siguió hablando sin prestarle atención. Pero la conversación derivó hacia los globos, y mi padre le preguntó de dónde había sacado unos tan impresionantes.
—Trabajo en una empresa de publicidad —explicó Esteban—. Tengo acceso a globos de importación que no se venden en tiendas. Los usamos para imprimir logos en eventos.
—¿Y de verdad llegan a ser tan grandes? —preguntó mi padre, Andrés, con curiosidad.
—Espera y verás.
Y para mi pánico absoluto, cogió el globo verde del suelo.
***
Empecé a sentir que la suerte me hacía una broma cruel. Yo mismo había ayudado a recolocar las sillas al volver a la casa. ¿Cómo no había visto ese globo tirado en el suelo? Podía haberlo guardado en el bolsillo, hacerlo desaparecer, evitar todo aquello. Y en cambio lo había encontrado Esteban, el más bromista de la familia, el último al que querría con un globo entre las manos.
Lo vi llevarse la boquilla a los labios y empezar a soplar. Que pare, por favor, que lo anude y se lo dé a alguien. Pero el globo crecía sin detenerse, ovalado, brillante, ya muy por encima del tamaño de los que habían inflado los sobrinos.
Eso llamó la atención de todos. Las miradas se fueron clavando en aquel globo verde que se hinchaba sobre la mesa con una forma amplia y tensa. Esteban se levantó de la silla; el globo era tan grande que la mesa le estorbaba.
Pensé que lo anudaría. Estaba seguro de que se detendría. Pero mi padre, riendo, lo desafió.
—A que no te atreves a inflarlo más.
Aquellas palabras me cayeron encima como una sentencia. El comedor se estaba convirtiendo en una pesadilla, y el estrés empezaba a volverse insoportable. Esteban respondió al reto llevándose otra vez la boquilla a la boca, con una sonrisa torcida, una sonrisa maliciosa que yo entendía demasiado bien.
No aguanté más. Me levanté y me encerré en el cuarto de baño que había justo enfrente. El estrés era brutal, pero no era el único motivo de mi huida: tenía la polla tan hinchada que dolía, apretada contra la tela, tirando de la bragueta hacia arriba, y solo mi ropa holgada lo había disimulado. El pantalón ya empezaba a marcarse con una mancha húmeda de pre-semen, oscura y redonda justo sobre el glande, de lo cachondo que estaba.
Cerré la puerta con pestillo, me apoyé en los azulejos y me tapé los oídos con las manos, deseando con todas mis fuerzas amortiguar el ruido que sabía que vendría. Y al mismo tiempo pensaba en aquel globo. Dios, qué cachondo estoy, qué dura la tengo. No quería separar las manos de mis orejas, pero necesitaba ver. Ansiaba mirar cómo lo inflaban sin clemencia, quizá hasta reventarlo, y sentía una urgencia imposible de sacarme la verga y machacármela allí mismo, escondido tras la puerta, mientras la familia entera se moría de ganas de ver estallar ese pedazo de goma verde.
***
Entreabrí la puerta unos centímetros, lo justo para que nadie me viera. Desde mi posición, en el reflejo de un espejo amplio del pasillo, alcanzaba a ver a mi tío hinchando el globo, que ya formaba un cuello largo y empezaba a tomar la forma de una pera gigantesca.
Reuní el valor que solo la calentura extrema podía darme. Dejé de taparme un oído, me desabroché el botón del pantalón y bajé la cremallera. La polla saltó hacia arriba con un latido, dura y roja, con el glande brillante y una gota gorda de líquido pre-seminal colgando de la punta. Me la agarré por la base y empecé a masajearla despacio, apretando el prepucio hacia abajo para exponer el capullo entero. Cada vez que la goma del globo chillaba bajo la mano de Esteban, un espasmo me recorría desde los huevos hasta la punta de la verga, y me tenía que morder el labio para no gemir.
Esteban sujetaba el globo contra el pecho con una mano. Con la otra, deslizaba la palma a lo largo del látex con rudeza, haciéndolo chillar. Por su sonrisa supe que lo hacía a propósito, disfrutando de incomodar y tensar a todos los presentes. A mí aquello me angustiaba casi hasta las lágrimas, y a la vez me encendía sin medida. Me escupí en la mano y volví a envolver la polla, ahora deslizándome con más soltura, subiendo y bajando el puño con un ritmo lento que me hacía crujir los dientes de puro placer contenido. El pre-semen no dejaba de manar, resbalándome entre los dedos, mezclándose con la saliva, hilando pegajoso desde el glande hasta el suelo.
El globo seguía expandiéndose a lo ancho. El verde oscuro se había vuelto casi traslúcido, y podía distinguir la sombra del aliento de Esteban entrando y estirando la goma hasta imposibles. ¿Cómo puede agrandarse tanto sin estallar? A Esteban le costaba ya aferrar la boquilla, soplaba con esfuerzo, las venas del cuello hinchadas, y el globo había alcanzado un tamaño imposible de creer. El sudor me caía sobre los ojos mientras me frotaba cada vez con más fuerza, apretando la cabeza de la polla entre el índice y el pulgar en cada subida, sintiendo cómo se me tensaban los huevos, se me subían contra el cuerpo, y cómo el orgasmo empezaba a acumularse en la base del glande como una bomba a punto de estallar en paralelo al globo.
Me la meneaba con la mano derecha a toda velocidad, y con la izquierda me apretaba los cojones, tirando hacia abajo, luchando por retrasar la corrida un segundo más, y otro, y otro. Quería correrme en el instante exacto del estallido. Quería que la explosión me arrancara la leche de dentro. Miraba el globo, miraba mi polla chorreante, miraba otra vez el globo, y la goma verde brillaba estirada al máximo, translúcida, temblando bajo cada nuevo soplido. Sentía la polla tan hinchada que parecía a punto de reventar ella también, palpitando en mi puño como un segundo globo de carne.
Y entonces todo ocurrió en un instante.
El globo desapareció en una explosión ensordecedora que hizo temblar las paredes, gritar a los adultos y chillar a los sobrinos.
Sentí el susto más grande de mi vida. Mi cuerpo entero se sacudió como si me hubieran metido un cable eléctrico por la columna y, de inmediato, una serie de espasmos incontrolables me recorrió de los pies a la cabeza. Los huevos se me contrajeron con una violencia que jamás había sentido, y la verga empezó a bombear semen a presión, disparándolo en chorros largos y calientes que salieron a una distancia que jamás había alcanzado. El primer latigazo salpicó la puerta a más de un metro; el segundo pegó contra los azulejos y resbaló despacio; el tercero, el cuarto y el quinto siguieron saliendo con un temblor incontenible, formando un charco espeso en el suelo, entre mis zapatillas. Yo me apretaba la polla con la mano como si intentara ordeñar hasta la última gota, y la leche seguía saliendo, gorda, blanca, en chorros que ya no sabía de dónde sacaba el cuerpo. Sentía el glande latir en mi puño con cada disparo, hipersensible, y cada nueva sacudida me arrancaba un espasmo desde los tobillos hasta la nuca.
Se me escapó algún gemido ronco, ahogado contra el hombro, pero el alboroto que la explosión había provocado en la familia tapó por completo cualquier sonido que yo pudiera hacer. Me derrumbé exhausto sobre la taza, con la polla todavía en la mano, todavía soltando hilos finos de semen sobre el muslo desnudo. Sudaba, jadeaba. Me temblaban las piernas, las manos, hasta la respiración me salía entrecortada. El olor a leche recién eyaculada me llenaba las fosas nasales y me daba otra sacudida de placer residual cada vez que respiraba.
Sabía que aquel globo haría ruido, pero el estallido había sido infinitamente peor de lo que imaginaba. Una pesadilla hecha realidad. Y al mismo tiempo, la corrida más intensa y placentera que había tenido en mi vida.
***
De nuevo esa confusión. Una parte de mí no quería volver a pasar por algo así nunca más. La otra había disfrutado hasta el éxtasis. En mi mente repasaba cada instante: cómo mi tío hinchaba sin compasión aquel globo enorme con la clara intención de hacerlo estallar, cómo lo maltrataba, cómo el látex sobreinflado gemía bajo su mano mientras él seguía soplando. Verlo abombarse hasta lo imposible y reventar mientras yo me machacaba la polla escondido a dos metros… era algo que ya no se borraría jamás. Una fantasía que ahora sabía que necesitaba repetir.
Me incorporé con las piernas todavía flojas, me guardé la verga aún medio dura dentro del pantalón, me lavé las manos y la cara, traté de recomponerme. Tiré de la cadena para disimular mi larga estancia y salí. Mi familia me recibió contándome a gritos el espectáculo que me había perdido, sin saber que yo lo había visto todo y que me había corrido como nunca en el instante exacto del estallido. En el suelo quedaban aún decenas de trozos de látex desgarrado; el globo prácticamente se había desintegrado en todas direcciones.
Llegó la noche y, con ella, las despedidas. Abracé a los familiares que aún quedaban y, en último lugar, a mi abuela. Caminaba ya hacia el coche cuando ella me llamó desde la puerta.
—Espera, Mateo, tengo algo para ti.
Intrigado, volví. Me entregó una bolsa. Al abrirla me quedé de piedra: dentro estaba la bolsa de los globos, todavía con bastantes sin inflar.
—Toma, nietecito. Hoy nos ayudaste mucho con los preparativos y con tus revoltosos primos, y como no llegaste a disfrutarlos, te llevas los que sobraron para que te diviertas tú —dijo con una sonrisa pícara—. Pero no asustes a nadie con ellos, ¿eh?
De camino a casa, sentado en el asiento trasero con varias docenas de globos enormes sobre las rodillas, no podía creer mi suerte. Empecé a empalmarme otra vez, notando la polla presionar contra la tela, imaginando todo lo que iba a hacer con ellos a solas, sin testigos, sin pánico ajeno. Ya me veía en mi habitación, desnudo, con uno de esos globos verdes inflado al máximo entre las piernas, restregándome la verga contra el látex tenso, cabalgándolo hasta correrme encima y verlo empapado de mi semen. Los inflaría uno a uno, los ataría, los reventaría con mi propio cuerpo, con las uñas, con los dientes, corriéndome con cada explosión como me había corrido esa tarde.
Y entonces, en plena fantasía, mi cara de felicidad se transformó en una mueca de horror. Acababa de recordar algo. Cuando salí del baño, tan aturdido y exhausto por lo que acababa de vivir, me había olvidado por completo de limpiar. Los chorros de semen seguían allí, salpicando la puerta, los azulejos y el suelo, esperando a que alguien entrara.





