Lo que despertó en la morgue no debió despertar
Sé que es un acto impúdico. Lo sé tan bien como sé la manera en que me señalarían, las palabras que escupirían sobre mí, todo lo que pensarían si alguna vez se enteraran. No espero que lo entiendan. A veces creo que ni yo misma lo entiendo, y no podría explicarlo aunque me lo pidieran de rodillas. Pero no me arrepiento. De nada de aquella noche.
Nadie conoce la clase de soledad que me envuelve en cada turno. Los muertos no son buena compañía, por mucho que la gente imagine lo contrario. Examinarlos, abrirlos, lavarlos y prepararlos para que otros los entierren no proporciona ni la paz ni el recogimiento que se les supone a estas salas. Son noches largas entre órganos fríos, huesos limpios y rostros vaciados de todo gesto.
Paso horas imaginando qué cruzó por la cabeza de los que desfilan por mi mesa de acero. Qué soñaban, qué deudas dejaron sin pagar, a quién quisieron decirle algo y ya no pudieron. He visto tantos cuerpos que me acostumbré a la muerte antes que a la vida. Hay madrugadas en que me siento más apagada que ellos, más hueca que esas miradas detenidas, y entonces me descubro deseando que sean ellos quienes me estudien a mí, que se pregunten por mis sueños rotos.
Por eso nadie podría comprender lo que sentí la noche en que lo trajeron a él.
Era un hombre adulto, de poco más de treinta años, fallecido por un paro cardíaco repentino tras una intoxicación accidental. Eso decía la ficha. Lo recibí cerca de la medianoche, cuando el resto del edificio ya estaba en silencio y solo quedaba el zumbido de los tubos fluorescentes sobre mi cabeza. Lo deslicé de la camilla a la plancha con la rutina de siempre, sin mirarlo demasiado, contando ya los minutos que me faltaban para terminar.
Cuando por fin le observé el rostro, pensé lo de siempre: la muerte no discrimina a nadie. Llega sin avisar, sin concesiones, y a veces se ensaña con quien menos lo espera. Un hombre sano, en la mitad de su vida, y sin embargo allí estaba, tan inmóvil como los ancianos que paso a buscar al refrigerador. Tenía la mandíbula firme, el cuello ancho, las manos grandes y trabajadas. La clase de cuerpo que en otra vida habría hecho que me girara a mirarlo en la calle.
Me reñí en silencio por el pensamiento y me puse a trabajar.
No puedo explicar lo que vino después, por más que lo intente cada noche desde entonces. Apoyé el bisturí sobre su esternón y empecé la primera línea de la incisión en Y, ese corte que he hecho mil veces sin temblarme el pulso. Y entonces lo noté: un estremecimiento bajo la hoja, leve, como el suspiro de algo que se niega a apagarse del todo.
Es la mente que me juega una broma. Llevo demasiadas horas despierta.
Eso me dije. Aparté el instrumento, parpadeé, me froté los ojos con el dorso del guante. Volví a mirar el cuerpo y no había nada raro. La piel pálida, el pecho quieto, la calma absoluta de la muerte. Suspiré aliviada, casi avergonzada de mi propia imaginación, y bajé la vista para retomar el corte.
Fue ahí cuando lo vi.
Entre sus piernas, donde solo debía haber abandono, se alzaba su sexo con una fuerza que parecía imposible para un cuerpo sin vida. Erguido, tenso, orgulloso, completamente ajeno a la quietud del resto de él. Me quedé tan rígida como el propio muerto, con el bisturí suspendido en el aire y la respiración cortada en mitad del pecho. Sabía perfectamente lo que era: un rigor mortis caprichoso, un último reflejo del cuerpo que la ciencia explica con palabras secas. Pero esa explicación no llegaba a tocarme. Lo único que sentía era el latido golpeándome las sienes.
Algo se despertó en mí en ese instante. No sé ponerle nombre. Un temblor que me subió desde los pies, un calor que me recorrió la espalda y se instaló entre mis muslos sin pedirme permiso. De pronto sentí la vida que casi nunca me acompaña en estas salas, una vida furiosa, hambrienta, que no entendía de decoro ni de juicios. Dejé el bisturí sobre la bandeja metálica con un golpe seco que retumbó en el silencio.
Mis manos se acercaron a él con cierta reserva al principio, como quien se aproxima a algo que podría desvanecerse. Lo rocé apenas, y aquella dureza siguió allí, tan presente, tan inexplicablemente real. Mis dedos jugaron primero con la punta, con movimientos lentos, casi incrédulos. Después mi puño se cerró firme y empecé a deslizarlo de arriba abajo, despacio, sintiendo cómo respondía a mi mano aunque su dueño ya no respondiera a nada.
El resto de su cuerpo permanecía sereno, casi tierno bajo la luz blanca. Y yo ardía. Podía sentir mi propia piel encendida bajo el uniforme, mi pulso desbocado, una humedad que crecía entre mis piernas y me empujaba a más. Una voluntad oscura, que no reconocía como mía, había tomado el mando de cada uno de mis gestos.
***
Me sentí libre como nunca. Libre de los protocolos, de las miradas ajenas, de la mujer correcta y gris que soy bajo la luz del día. Estaba sola, completamente sola en mitad de otra noche eterna, y nadie sabría jamás lo que iba a pasar entre esas cuatro paredes de azulejo.
Me quité los guantes uno a uno y los dejé caer al suelo. Después fui por mi bata, por la blusa, por todo lo que me cubría, hasta que mi piel quedó expuesta al aire frío de la sala. Sentía cada poro abierto, bebiendo esa atmósfera densa, cargada de algo que no sabría llamar de otro modo que deseo. Me incliné sobre él y respiré junto a su cuello, buscando un calor que no existía y que, sin embargo, mi cuerpo se empeñaba en inventar.
Tenía que hacerlo. No era una elección, era una necesidad que me crecía por dentro como una marea. Me subí a la plancha con cuidado, una rodilla a cada lado de sus caderas, sintiendo el acero helado contra mis piernas y el contraste con el fuego que me consumía. Nada me importó la ausencia de vida bajo de mí. En ese instante solo existía aquello, esa dureza que parecía esperarme.
Lo tomé con una mano y lo guié, deslizándolo primero contra mí, arriba y abajo, hasta que un escalofrío me arqueó la espalda. Después me incliné, rozándolo con el vientre, y dejé que la punta presionara la entrada húmeda y tibia de mi coño. El primer contacto me arrancó un jadeo roto, bajo y animal. Volví a empujarlo contra mí, despacio, sintiendo cómo la carne se abría a la presión, cómo el cuerpo me pedía más con una urgencia insoportable.
Metí la mano libre entre mis piernas y me busqué con descaro, separándome para empaparme mejor, para hacer sitio. Estaba resbalosa, palpitante, abierta de ganas. Bajé sobre él centímetro a centímetro, con los dientes apretados y los ojos entornados, hasta sentirlo hundirse por completo, hasta que me llenó de una manera tan brutal que me sacó un gemido quebrado. La sensación fue demasiado intensa, demasiado indecente: la fricción áspera, la presión obstinada, mi propio interior apretándolo como si quisiera tragárselo entero.
Solté un gemido que rebotó en las paredes desnudas, el primer sonido humano que aquella sala oía en horas. Mis manos se aferraron al borde de la plancha, luego a mis pechos, pesados y sensibles bajo el aire frío. Mis pezones se habían endurecido tanto que dolían, y al pellizcarlos un poco sentí cómo el placer me subía en oleadas, directo a la garganta. Me mordí el labio y empecé a moverme.
Empecé despacio, asentándome sobre esa rigidez imposible, marcando el ritmo con la respiración rota. Subía apenas, bajaba de nuevo, y cada descenso me abría más, me rozaba por dentro con una precisión salvaje. Luego fui más rápido. Más brusca. El acero crujía bajo mis rodillas; mis caderas golpeaban contra las suyas con un sonido húmedo, sordo, obsceno. Sentía la presión en el clítoris con cada vaivén, la carne del coño frotándose, exigiendo más, reclamando una fricción que me volvía loca.
Me agarré a sus hombros fríos como si fuera un hombre vivo que pudiera responderme, y arqueé la espalda hasta casi quebrarme. El aire me raspaba la garganta. Todo en mí se volvió necesidad: el pecho temblando, las piernas tensas, el abdomen apretado, la pelvis bajando una y otra vez sobre aquel eje duro que me atravesaba con una exactitud cruel. Si hubiera podido oírme desde dentro, habría pensado que me estaba rompiendo; en realidad me estaba desarmando de placer.
—Mírame —murmuré, sin saber si se lo decía a él o al vacío—. Mírame, hijo de puta.
La frase salió entrecortada, sucia, desesperada. Nadie respondió, pero yo seguí, cada vez más perdida en ese vaivén. Ya no cabía vergüenza. Ya no cabía nada salvo el golpe de mi cuerpo contra el suyo, la humedad pegándose a la piel, el sonido de mi respiración acelerada y el eco de mis propios gemidos ahogados.
Me incliné otra vez, hundiendo una mano entre nuestras caderas para tocarme como quería, con dos dedos presionando el punto exacto donde el placer se juntaba y explotaba. El contacto me hizo ver luces detrás de los párpados. Me vine por primera vez con un espasmo tan fuerte que me dobló hacia adelante, clavando los dedos en el metal. El orgasmo me arrasó desde el vientre hasta la punta de los dedos de los pies, me dejó sin aire, temblando, con la boca abierta en un gemido que sonó casi a sollozo.
Pero no me detuve. Al contrario. Aquella primera descarga solo me volvió más voraz. Seguí montándolo con una furia lenta, empujando mi sexo contra él hasta sentirlo golpearme por dentro en cada bajada. El sudor me resbalaba por los pechos y el cuello; una gota cayó sobre su pecho inmóvil y me estremecí al verla brillar en la luz blanca. Yo estaba empapada, desordenada, jadeando como una perra en celo, y cuanto más me daba, más quería. Más profundo. Más duro. Más.
—Eso es —susurré, con la voz rota—. Aguantame así. Dame más.
No había respuesta, claro, pero en mi cabeza aquella rigidez seguía obedeciéndome con una fidelidad absurda. Apreté los ojos y aceleré el ritmo hasta hacerme perder toda medida. Las caderas me golpeaban con más violencia, mis pechos botaban sobre mi pecho, mis muslos ardían por el esfuerzo. Sentí otra oleada subir, espesa y tremenda, y la dejé venir sin resistirme, con el cuerpo entero convulsionado sobre aquel cadáver hermoso e inmóvil.
La segunda vez fue más profunda, más larga, más sucia. Me arrancó un alarido ahogado, me hizo temblar de pies a cabeza y me dejó con los dedos entumecidos, clavados en su piel fría. Aún después de corrérme seguí frotándome un poco más, estirando la agonía deliciosa hasta que el placer empezó a dolerme. Entonces, solo entonces, me dejé caer hacia delante y apoyé la frente en su pecho, respirando a bocanadas, con el coño latiéndome todavía alrededor de esa dureza que me había vaciado y llenado al mismo tiempo.
Me sentí poseída, desbordada, fuera de cualquier límite que me hubiera puesto a mí misma. Cada embestida me arrancaba un sonido nuevo, cada descenso me clavaba una punzada de placer que rozaba el dolor. Llegué una vez, fuerte, sin previo aviso, y antes de recuperarme ya estaba subiendo otra vez. Nunca había tenido orgasmos tan seguidos, tan brutales, tan próximos uno del otro que apenas distinguía dónde terminaba uno y empezaba el siguiente.
Me derramé sobre él una y otra vez, temblando entera, aferrada a sus hombros fríos como quien se sujeta para no caer al vacío. El placer era prohibido, secreto, imposible de confesar, y precisamente por eso me llenaba de un modo que ninguna noche normal logró nunca. Sentía estrellas detrás de los párpados, colores que no existían, un vértigo dulce que me sostenía en el aire. Por primera vez en mucho tiempo, la vida me desbordaba en lugar de faltarme.
Cuando ya no pude más, cuando las piernas me temblaban y un sollozo de pura saciedad me asomaba a los ojos, me separé de él. Y tan inexplicablemente como había despertado, su sexo empezó a ceder, a volver a la quietud, a apagarse como una vela consumida. Lo observé deshacerse de aquella tensión imposible y tuve la extraña sensación de que sabía lo que había hecho. De que comprendía cuánta dicha me había regalado, y que de haberse quedado así habría sido el origen de locuras que ni yo me atrevo a imaginar.
***
Me bajé de la plancha con torpeza, las rodillas marcadas por el frío del acero, el cuerpo todavía recorrido por las últimas réplicas del placer. Recogí mi ropa del suelo y me vestí despacio, abrochándome los botones con dedos que aún no obedecían del todo. Y mientras lo hacía, sentí cómo el mundo recuperaba poco a poco su forma habitual, su peso aburrido, su lógica implacable.
La sala volvió a sentirse vacía y helada, igual que todas las noches. El zumbido de los tubos, el goteo lejano de una llave mal cerrada, el olor a desinfectante. El rostro de él permanecía sereno, pero ya distante, resignado a marcharse de este mundo. Me quedé un rato simplemente mirándolo, sin saber si esperaba un milagro que no iba a repetirse o si me decidía a retomar mi tarea, esa labor que de pronto me parecía absurda y, al mismo tiempo, la mayor intimidad posible.
Terminé mi turno como pude. Volví a poner el bisturí donde lo había dejado, completé la incisión, redacté el informe con la letra firme de siempre, como si nada hubiera ocurrido entre la primera línea y la última. Guardé el cuerpo en su cajón refrigerado y apagué las luces una por una.
Han pasado muchas noches desde entonces. Sigo viniendo a esta sala, sigo abriendo cuerpos y escribiendo causas de muerte con la frialdad que se espera de mí. Nadie sospecha nada. Soy la misma profesional discreta de siempre, la que llega puntual y se va en silencio. Pero algo cambió para siempre dentro de mí aquella madrugada.
A veces, en las noches más largas, cuando la soledad me pesa más de lo que puedo cargar, me sorprendo mirando la plancha vacía y deseando, contra toda razón, contra todo lo que soy, que la muerte vuelva a equivocarse una vez más conmigo.





