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Relatos Ardientes

Mi alumna francesa me pidió la fusta

Doy clases de equitación en un centro hípico a las afueras de Granada, al pie de las primeras lomas. Es un sitio grande, con dos pistas cubiertas y media docena de cuadras, y somos tres instructores para cubrir toda la demanda. Por las mañanas entrenamos a profesionales de salto y de doma; por las tardes, a niños que llegan con el uniforme del colegio todavía puesto.

De aquel centro han salido jinetes que hoy compiten en circuitos internacionales. Es nuestro orgullo y, también, nuestra mejor publicidad. Por eso, cuando Andrés me llamó a su despacho, di por hecho que iba a encajarme otro alumno de tarde, y venía dispuesto a decirle que no. Ya tenía cuatro clases seguidas y terminaba el día con la espalda partida y la paciencia gastada.

Me equivoqué. En su despacho había una mujer rubia sentada frente a la mesa, con la espalda muy recta y las manos sobre el regazo. Calculé que tendría poco más de veinte años. Otra niña con dinero y un capricho nuevo, pensé, aprender a montar para no desentonar en su grupo.

—Te presento a Margaux —dijo Andrés—. Es semiprofesional en Francia. Se ha mudado a Granada por motivos de familia y quiere seguir entrenando. Trae muy buenas referencias.

Se levantó para darme la mano. El apretón fue firme, seco, casi un desafío.

—Tengo una reunión por unos caballos y llego tarde —añadió mi jefe, recogiendo las llaves—. Ajustad vosotros los horarios y luego me lo cuentas.

Cuando nos quedamos solos, le propuse dar una vuelta por las instalaciones mientras me contaba su experiencia. Bastaron diez minutos para que se me cayeran los prejuicios. Hablaba de asientos, de embocaduras y de transiciones con la naturalidad de quien lleva media vida sobre una silla. Si montaba la mitad de bien de lo que sabía, entrenarla iba a ser un privilegio.

Bajamos a las cuadras y le mostré los dos caballos que mejor se ajustaban a su altura y a su peso. Quería verla acercarse, comprobar si los animales se quedaban tranquilos con ella, algo que no se finge. Se aproximó al primero, le acarició el cuello y le habló bajito en francés, y el caballo agachó la cabeza como si la conociera de siempre. Quedamos en empezar el lunes siguiente.

***

El lunes apareció con un pantalón de montar dos tallas más pequeño de lo razonable. Era joven y le gustaba lucirse, y desde luego tenía con qué, pero aquella ropa no era la adecuada para trabajar: se monta suelto, para moverse con libertad. No dije nada. Me limité a observarla dar unas vueltas por la pista de arena antes de pedirle que parara.

La hice sentarse sobre una silla colocada en un caballete de madera y le corregí la postura. El defecto era el de siempre en los que vienen de otra escuela: se encorvaba.

—Tienes que crecer hacia arriba —le expliqué—. Mete la pelvis hacia delante, estira el tronco, abre el pecho. El cuerpo largo, los hombros atrás.

Volvió a montar y ensayamos lo corregido. Cada vez que pasaba frente a mí sacando el trasero hacia fuera, le daba un toque con la fusta para que rectificara. Lo hacía bien durante toda la vuelta y, al llegar a mi altura, volvía a sacarlo justo para recibir el golpecito. Las primeras veces lo tomé por casualidad. A la cuarta supe que me estaba provocando.

Está jugando conmigo, pensé, y se cree que no me doy cuenta.

Empecé a darle un poco más fuerte, como quien sigue una corrección legítima. Y, curiosamente, fue entonces cuando se puso a montar de verdad, concentrada, impecable. Terminamos la clase sin que ninguno de los dos mencionara nada.

***

Al lunes siguiente llegó con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—He practicado en casa —me dijo mientras se calaba el casco—. Me he dado unos azotes yo sola para aprender a llevar el trasero en su sitio. Cuando lo descoloco, deja de picarme, y entonces sé que tengo que corregir.

Me quedé sin respuesta. Una vez sobre el caballo, se levantó en los estribos y me tendió la mano.

—Dame la fusta.

Se la di sin pensar. Se la pasó por encima del pantalón, dándose ella misma dos golpes secos en el trasero mientras me miraba fija, sin pestañear. Esta cría me está retando a plena luz, me dije, con el pulso acelerado y una sensación que no quise nombrar. Le recuperé la fusta y seguimos.

Cada vez que pasaba por mi lado, descolocaba el cuerpo a propósito, y yo la golpeaba un poco más fuerte que la vez anterior. Llegó un punto en que me asusté de mi propia mano. Aquello seguía siendo una clase pagada, en una instalación con gente alrededor, y bastaba una queja suya para que me echaran, o algo peor.

Al desmontar, vi que tenía el pantalón húmedo por delante. Pensé que se le habría escapado algo con el traqueteo del trote y aparté la vista para no incomodarla.

—Mira cómo me has dejado con tanto azote de niño bueno —dijo, y se subió el pantalón hasta marcar la mancha, que era más grande de lo que la discreción me había hecho suponer.

Avergonzado, le pedí disculpas. Le aseguré que en ningún momento había querido hacerle daño. Me miró con los ojos brillantes y muy abiertos.

—No me has hecho daño —respondió—. Ese es el problema. Solo hay una forma de que te perdone, y no es por pegarme. Es por hacerlo tan flojo.

***

Me pidió que le diera fuerte, de verdad, mientras se inclinaba sobre una de las sillas apoyadas en el caballete. Tendría que haberla mandado al cuerno y haber salido de allí. En lugar de eso, me quedé mirando aquella postura, la curva tensa bajo el pantalón, la espera, y supe que no iba a marcharme.

Le di un primer fustazo y el cuerpo se le sacudió entero. Había hecho mella.

—Más —dijo, con la voz tomada—. Más fuerte.

Se bajó el pantalón y dejó al aire la piel, cruzada solo por la tira del tanga. Las marcas rojas aparecían y se quedaban. Se llevó una mano entre las piernas y empezó a tocarse sin disimulo. Casi sin decidirlo, le descargué varios golpes seguidos, y los verdugones brotaron en su piel como líneas de fuego.

Se giró y apoyó la parte baja de la espalda en el borde de la silla, las piernas abiertas, la pelvis hacia delante. Se subió la camiseta y el sujetador de un tirón.

—Aquí también —pidió, ofreciendo el pecho—. Pégame aquí.

—Esto se acabó —dije, y di un paso hacia la puerta.

—No te vayas. Por favor. —Lo dijo bajito, como una súplica de verdad—. Sigue.

La idea era tan tentadora como peligrosa, y verla disfrutar de cada golpe terminó de desarmarme. En vez de salir, me di la vuelta, eché el cerrojo de la sala y volví hacia ella con el brazo en alto. Descargué la fusta sobre un pecho, más por miedo que por convicción, y ella gimió y pidió otro. Le dejé una marca rosada bajo el pezón y luego otra simétrica en el otro lado.

Con la piel encendida por los golpes, se bajó la ropa interior y quedó completamente descubierta.

—Ahí —dijo, señalando entre sus piernas—. Despacio. Justo en la punta.

Para entonces yo tenía una tensión imposible de ignorar y solo pensaba en que aquello desembocara en algo que me aliviara a mí también. Calculé el gesto, medí la fuerza y dejé caer la lengüeta de cuero justo donde me pedía, tres veces, cuatro, hasta que arqueó la espalda, apretó los muslos contra mi mano y se corrió con un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo.

***

Antes de que pudiera recuperar el aliento, se giró y se ofreció apoyada sobre la silla, el cuerpo en pompa.

—Ahora tú —dijo por encima del hombro—. Métemela así.

Estaba empapada, lista. Entré de una sola vez y empecé a moverme, agarrándola de las caderas, con las marcas de la fusta todavía vivas bajo mis manos. Ella empujaba hacia atrás, marcando un ritmo más rápido que el mío, mandando incluso en eso.

—Me escuece —jadeó al rato—. Mejor por detrás.

Mojé los dedos en su humedad y la preparé despacio, sin prisa, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración. Cuando volví a entrar, esta vez por otro sitio, lo hizo con un gemido grave que retumbó en la sala vacía. Se movió como poseída, marcando cada embestida, hasta que me arrancó el final con el cuerpo entero.

—No salgas todavía —murmuró.

Se pellizcó los pezones con dos dedos y, sin que yo hiciera nada más, se corrió por segunda vez, apretándome dentro.

***

Cuando se me aclaró la cabeza y caí en la cuenta de lo que acababa de pasar, me vestí a toda prisa y salí de la sala sin mirar atrás. Pasé los días siguientes esperando una llamada, una denuncia, la cara de Andrés asomando por la puerta de las cuadras. No llegó nada.

Al cabo de una semana fue mi jefe quien me buscó.

—La francesa ha cancelado las clases —me dijo, con el ceño fruncido—. ¿Sabes por qué? Me extraña, venía encantada.

—Ni idea —mentí—. Igual le dio vergüenza. Sabía mucha teoría, pero montando le faltaba rodaje, y después del alarde que hizo el primer día… ya sabes cómo es la gente.

Me miró un par de segundos de más, como si la explicación no le cuadrara del todo. Pero no insistió. Dio media vuelta y me dejó solo en el pasillo de las cuadras, con la fusta colgada en su sitio y un picor en la memoria que tardó mucho en irse. De Margaux no volví a saber nada.

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Comentarios (5)

Meli_lectora

increible!!! me dejo con el corazon acelerado, sigan subiendo cosas asi

PatriGuzman

Por favor hay segunda parte? quede re enganchada con la historia, muy bueno el planteo

Charly_Bsas

jajaja el giro me mato, vaya alumna la francesa esa

SantiLector_ok

me sorprendio la dinamica entre los personajes, muy bien escrito y con buen ritmo. Felicitaciones

ValentinaRK

hay continuacion?? quede con ganas de mas de estos dos

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