Las bragas que mi mujer me hizo llevar al trabajo
Esa mañana las encontré dobladas sobre el lavabo, justo donde Marina sabía que las vería antes de la ducha. Unas bragas de encaje rosa, delicadas, con un lazo diminuto en la cintura. Al lado, una nota escrita con su letra rápida: «Hoy las llevas tú. Y no te tocas». No hacía falta nada más. Llevábamos años hablando este idioma sin palabras.
Las cogí con dos dedos y me quedé un momento de pie, desnudo, frente al espejo. Esto es ridículo. Tengo cuarenta años y una reunión a las diez. Pero el pensamiento ya venía acompañado del otro, el que pesaba más: ella quería esto, y yo quería dárselo.
Antes de ponérmelas, las acerqué a la cara. Marina las había usado dos días enteros, me lo había advertido. Olían a ella, a su piel, a las horas que habían pasado pegadas a su cuerpo. Cerré los ojos y respiré despacio. Ya estaba duro, y el día ni siquiera había empezado.
Me las puse con cuidado. El encaje apenas contenía nada; tuve que recolocarme tres veces y aun así se notaba todo, la tela tirante, el contorno marcado bajo el rosa. Me miré otra vez en el espejo, solo con eso puesto, y sentí esa mezcla exacta que ella perseguía: vergüenza y excitación, partes iguales, imposibles de separar.
Si alguien me viera ahora.
Ese era justo el punto. El terror de que alguien pudiera verme y, debajo, el deseo de obedecer. Me vestí encima con el traje gris, me ajusté la corbata y salí de casa con un secreto pegado a la piel.
***
La mañana en la oficina se hizo interminable. Cada vez que un compañero se acercaba a mi mesa, pensaba que se daría cuenta, que algo en mi cara me delataría. Fui al baño tres veces solo para bajarme los pantalones, mirarme, comprobar que seguían ahí, que no era una fantasía que me había inventado al despertar.
—¿Te pasa algo? Estás raro hoy —me dijo Daniel, de contabilidad, mientras esperábamos el café de la máquina.
—Mala noche —mentí, y le sostuve la mirada un segundo de más, como retándolo a adivinar.
Volví a mi sitio con la taza temblándome un poco en la mano. Estaba empalmado más rato del que estaba tranquilo. Cada roce de la tela contra la piel me recordaba la nota, la orden, la voz que la había escrito. Y no te tocas. Eso era lo más difícil. Pasar ocho horas al límite sin poder hacer nada para aliviarlo.
Hubo un momento, a media mañana, en que pensé que aquello no era normal, que quizá tenía un problema. Pero ya conocía ese ruido y sabía desactivarlo. No le hacía daño a nadie. Era un juego entre Marina y yo, uno que habíamos construido a lo largo de años, hablando mucho, fijando límites, deshaciéndolos y volviéndolos a fijar. Desde que empezamos a explorar la sumisión y la dominación éramos mejores, más sinceros, más nuestros. Lo que de fuera parecía una rareza, dentro era la cosa más honesta que teníamos.
Mandé un mensaje al móvil a las dos: «Sigo cumpliendo». La respuesta llegó casi al instante: «Lo sé. Esta tarde lo compruebo». Y un punto final que me dejó sin respiración el resto de la jornada.
***
Salí del trabajo, recogí a nuestro hijo del colegio y lo llevé a casa de unos amigos, que se lo quedaban hasta la noche. Conduje de vuelta con las manos demasiado apretadas en el volante. Teníamos casi tres horas para nosotros, las que Marina había calculado al milímetro cuando me llamó la noche anterior para pedirme que lo organizara todo.
Llegué antes que ella. Recogí la cocina, abrí una ventana, di vueltas por el salón sin saber qué hacer con las manos. Cuando oí la llave en la cerradura, el corazón me dio un golpe seco. Entró con el abrigo aún puesto, dejó el bolso en el recibidor y me miró de arriba abajo, despacio, como quien revisa que una orden se ha cumplido.
—En posición —dijo. Solo eso.
Me quité el traje allí mismo, prenda a prenda, hasta quedarme únicamente con las bragas rosas, ya marcadas por el día entero. Me arrodillé en mitad del salón, las manos sobre los muslos, la cabeza ligeramente baja. Ella se acercó sin prisa, sonriendo, disfrutando del poder de tenerme así. Se inclinó y me besó en los labios, con una ternura que no esperaba, suave, casi cariñosa. Esa era su firma: la dureza de la orden y la dulzura del premio en la misma persona.
—Has aguantado bien —murmuró contra mi boca—. Levántate. A la cama.
***
Me tumbé boca arriba sobre la colcha. La erección se marcaba sin remedio bajo el encaje, que apenas sujetaba nada a esas alturas. Marina se quedó de pie a los pies de la cama, mirándome, y empezó a desnudarse sin apartar los ojos de mí. Primero la blusa, luego la falda, después todo lo demás, con una calma deliberada que hacía cada segundo más largo.
—Sabes que llevo todo el día pensando en esto —dijo—. Tú también, ¿verdad?
—Sí —respondí, y la voz me salió ronca.
Subió a la cama y se colocó sobre mí, una rodilla a cada lado de mi cabeza. No tuvo que explicarme nada. Conocía el ritual, sabía exactamente lo que esperaba de mí. Se sentó despacio, dejando que su peso bajara, y yo empecé con la lengua, recorriéndola, buscando, intentando complacerla del modo que sabía que le gustaba.
Me dejó usar las manos. Le sujeté las nalgas, abriéndola un poco, mientras ella empezaba a moverse, a frotarse contra mi cara con un ritmo lento que iba marcando ella, siempre ella. Tenía el sabor del día entero, del trabajo, del sudor, un matiz íntimo y crudo que me decía que había estado tan ocupada como yo, tan pendiente de la tarde como yo.
—Así —dijo, casi sin voz—. No pares.
Cada cierto tiempo se levantaba unos centímetros para dejarme respirar. Yo aprovechaba esos segundos para coger aire y volver a hundirme en ella en cuanto bajaba de nuevo. Sentía la resistencia de su cuerpo, el músculo que se tensaba y se rendía a ratos, y empujaba con la lengua como si no existiera otra cosa que hacer en el mundo.
Empezó a tocarse mientras yo seguía. Al principio despacio, una caricia perezosa, y luego cada vez con más intención. La oía respirar más fuerte sobre mí, la notaba apretarse, su peso volviéndose más firme contra mi boca. Iba acercándose y yo no aflojé, no podía, no quería. Su mano se movía rápida, su respiración se quebraba.
El gemido llegó largo y profundo, llenó la habitación entera. Se corrió apretándose contra mí, las piernas cerrándose un instante alrededor de mi cabeza, todo el cuerpo tenso y luego, de golpe, blando. Se quedó así unos segundos, recuperando el aliento, mientras yo seguía moviendo la lengua despacio, suave, esperando su permiso para parar.
***
Cuando su respiración volvió a la normalidad, se incorporó un poco y, por primera vez en toda la tarde, miró hacia abajo, hacia mi erección, que pugnaba por escapar del encaje empapado.
—Vaya —dijo, divertida—. Mira cómo estás.
Me apretó por encima de la braga, con la palma entera, sin tela de por medio que la frenara. Sentí toda la presión de su mano, el encaje rozando, irritando y a la vez multiplicando cada sensación. Ella lo sabía. Sabía que la tela me hacía daño tanto como me daba placer, y eso le encantaba.
—¿Quieres? —preguntó, frotando más rápido.
—Por favor —dije, y ni me reconocí la voz.
No aguanté mucho. Llevaba el día entero al borde, conteniéndome hora tras hora, y bastaron unos segundos de su mano para que todo se derrumbara. Me corrí con una fuerza que casi dolía, la mancha extendiéndose evidente y oscura sobre el rosa del encaje. Marina recogió algo de lo que se escapaba por encima de la tela y, por fin, se apartó de mi boca. Me llevó los dedos a los labios y yo los limpié, despacio, como ella quería, sosteniéndole la mirada todo el tiempo.
—Buen chico —dijo, y había en esas dos palabras más recompensa que en cualquier otra cosa.
***
Se levantó y empezó a recoger su ropa del suelo, tranquila, como si nada de lo anterior hubiera pasado.
—Ya puedes ir a por el niño, que no se nos haga tarde —dijo, abrochándose la blusa—. Mañana hay colegio.
Me incorporé en la cama, todavía aturdido, y fui a quitarme las bragas.
—Ah, no. —Me detuvo con un gesto—. Esas no te las quitas. Te quedan estupendas. Vas así a por el niño, y esta noche duermes con ellas. Y mañana, al trabajo, igual.
La miré sin saber si hablaba en serio. Hablaba en serio. Siempre hablaba en serio.
—Por cierto —añadió desde la puerta, con esa media sonrisa que me desarmaba—, mañana al niño lo recoge mi hermana, lo lleva a la piscina. Yo llego a las cinco y media. A las siete viene ella. Así que tienes la tarde libre. —Hizo una pausa estudiada—. Prepárate. Mañana se me han ocurrido cosas nuevas.
Cerró la puerta del dormitorio y la oí canturrear en el pasillo. Me quedé sentado en el borde de la cama, con las bragas húmedas pegadas a la piel y el corazón todavía acelerado, sabiendo que el día siguiente iba a ser aún más largo. Y que no iba a querer que fuera de otra manera.