La sesión donde mi psicóloga aprendió a obedecer
Esa mañana Nuria no tenía que ir al trabajo. Hacía un par de semanas que había pedido cita con una psicóloga que le habían recomendado, una chica joven con la consulta recién abierta. Pensó que con una mujer, y encima joven, se escandalizaría menos al contarle según qué cosas. Mejor eso que un señor de chaqueta y corbata con cara de aburrido, de esos que escuchan tus confesiones mientras se imaginan otra cosa. Definitivamente, con la chica le resultaría más fácil hablar.
Llegó muy temprano. La cita era a las nueve, pero ya llevaba un cuarto de hora sentada en la sala de espera. Para colmo, el único que la acompañaba en aquella habitación era un hombre maduro.
El tipo vestía unas bermudas claras que dejaban ver unas piernas fuertes, sandalias de cuero, una camisa cara abierta lo justo para enseñar el pecho y una cadena de oro que pesaba lo suyo. Tenía pinta de hombre con dinero. Y una manera de mirar que no dejaba lugar a dudas: la repasó de arriba abajo sin disimulo, como quien tasa una mercancía. Nuria sintió esa señal de siempre, el calor que le subía por dentro y la dejaba húmeda con solo cruzar una mirada. Pensó, con cierta sorna, que quizás aquel hombre estaba allí por lo mismo que ella, para preguntarle a alguien si lo suyo tenía cura.
—Por lo que me cuentas, Nuria, lo tuyo parece un caso de deseo muy intenso, puede que extremo, pero nada que no tenga solución —dijo la joven Lorena, ya dentro del despacho.
La rubia sonrió ante un diagnóstico tan rápido como, para ella, equivocado. Aprovechó para fijarse bien en la chica que tenía enfrente. Una morena de ojos negros, recién pasados los veinte, con un conjunto de falda y chaqueta oscuras y una camisa blanca abotonada lo justo para contener un pecho que se adivinaba generoso.
—Yo creo que en tres o cuatro sesiones lo tenemos resuelto —insistió Lorena, segura de su análisis.
Aquel día, desde luego, no iba a ser la primera sesión de verdad. La psicóloga ya le había avisado de que sería solo una toma de contacto, poco tiempo, porque esa mañana tenía que ver un local cercano que quería alquilar. Su pareja, con estudios de empresa, le había metido en la cabeza que pasara de aquel pequeño despacho a algo más grande, con empleados y todo. Lo primero era encontrar el sitio ideal.
—Don Saúl, cuando usted quiera nos vamos —dijo Lorena al hombre, que seguía en la recepción controlando con la mirada a las dos mujeres que acababan de salir.
Por un lado, la rubia que minutos antes compartía sala de espera con él. Don Saúl tenía olfato para esas cosas, y aquella mujer le había bastado para clasificarla en diez minutos de charla: una hembra a la que le sobraba calentura y le faltaba alguien que se la administrara. Por el otro, la psicóloga, una belleza de cuerpo rotundo que había conocido a través del novio de ella, interesado en el alquiler. A Lorena la tenía por una mojigata, pero de las que esconden un volcán bajo la falda recta.
—Bueno, Nuria, me marcho. Mañana te llamo y te doy hora para la semana que viene. Perdona que hoy no tenga más tiempo, pero quedé con Don Saúl para ver el local.
—Puede acompañarnos si le apetece. Está aquí al lado —ofreció el hombre.
—La opinión de una paciente siempre se agradece, ¿no, Nuria? ¿Te vienes? —preguntó Lorena, sonriendo.
Nuria, que para entonces ya solo pensaba en quedarse a solas con aquel maduro de mirada sucia, se apuntó al instante.
***
El local era enorme. La entrada ya era un salón de buenos metros, y Lorena se imaginó allí una sala de espera llena de pacientes. Había cuatro habitaciones más que servirían de despachos, una de ellas con baño. En esa última, a las dos mujeres les llamó la atención una pequeña nevera enchufada y un catre tan estrecho que costaba llamarlo cama.
—Es que de vez en cuando traigo aquí alguna compañía. No es plan de llevármelas a casa con mi mujer —dijo Don Saúl, riendo sin pudor.
Las dos sonrieron. Lorena algo ruborizada; Nuria, con la mirada encendida. La rubia no se reprimió y se sentó en el camastro, probando el colchón con la mano.
—Pues aquí se tiene que follar de gusto, está blandito —soltó, muerta de risa.
Los tres rieron, aunque Don Saúl acompañó la carcajada con un gesto discreto para acomodarse el bulto que empezaba a crecerle bajo las bermudas.
—Qué calor hace, ¿no? —dijo Lorena, intentando romper el ambiente que se estaba formando. Pero con las ganas que traían los otros dos, consiguió justo lo contrario. Ambos le pidieron que se sentara y se quitara la chaqueta. Estaba claro que tanto Nuria como Don Saúl habían entendido lo mismo: a la joven psicóloga había que llevarla, despacio, a su terreno.
—Aquí, a mi lado, bonita. Ponte cómoda —le dijo la rubia mientras le acariciaba el cuello y la cara.
Lorena empezaba a ceder a las manos de Nuria, que sabía perfectamente cómo encender a otra mujer. Don Saúl, de pie frente a las dos, se limitaba a observar mientras se desabrochaba la camisa con una lentitud calculada, marcando el ritmo, dejando claro quién mandaba en aquella habitación.
Que mire. Que aprenda.
Nuria llevaba ya un rato besándole el cuello y mordisqueándole el lóbulo de la oreja a Lorena, que con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás había dejado de fingir. La camisa blanca se le había abierto del todo. Gemía bajito, rendida, mientras la rubia le subía la falda y le rozaba el sexo por encima de la ropa interior.
Don Saúl terminó de desvestirse. Bajo la tela del bóxer se dibujaba una erección considerable que tensaba el elástico. Se acercó sin prisa, agarró a Lorena por el mentón y le giró la cara para que abriera los ojos.
—Mírame —ordenó, con una voz grave que no admitía discusión.
La psicóloga obedeció. Y al obedecer, algo se rompió dentro de ella: la mojigata que llevaba años conteniéndose se quedó en el suelo, con la chaqueta. Tragó saliva. Nuria notó cómo el cuerpo de la morena cedía por completo bajo sus manos, cómo se entregaba sin condiciones.
—Eso es —susurró la rubia—. No tienes que decidir nada. Solo dejarte.
Lorena asintió despacio. Era la primera vez que alguien le hablaba así y, para su sorpresa, le gustó. Le gustó dejar de ser la que diagnosticaba, la que ponía orden, la que tenía las respuestas. Le gustó, por una mañana, no ser nadie más que un cuerpo dispuesto.
***
En unos minutos la escena había cambiado por completo. Lorena, ya desnuda, estaba a cuatro patas sobre el camastro, las rodillas y las manos hundidas en el colchón, la espalda arqueada en una provocación que ni ella misma se reconocía. Don Saúl se colocó detrás y empezó a follársela con embestidas largas y profundas, sujetándola por las caderas, marcando cada golpe como quien clava una idea.
—¿Esto es lo que te faltaba? —le preguntaba él, sin parar—. Dilo.
—Sí —gemía ella, con la cara pegada al colchón—. Sí, esto.
—Más alto.
—¡Sí! —gritó, y la palabra se le deshizo en un gemido.
Nuria, arrodillada en el suelo, no perdía detalle. Acariciaba los muslos de la morena, le besaba la parte baja de la espalda, le susurraba obscenidades al oído cada vez que la veía a punto de venirse. La rubia disfrutaba de aquello casi tanto como del placer propio: dirigir, calentar, ver cómo una mujer que había entrado convencida de tenerlo todo controlado se deshacía a cuatro patas.
—Pídele que no pare —le dijo Nuria al oído.
—No pares, por favor —obedeció Lorena—. No pares.
Don Saúl aceleró. La psicóloga empezó a temblar, las rodillas le fallaban, y un orgasmo largo y descontrolado la recorrió de arriba abajo mientras gritaba sin ningún pudor, ella, que media hora antes apenas se atrevía a sostenerle la mirada al hombre. El maduro la siguió de cerca, hundiéndose hasta el fondo con un gruñido ronco, vaciándose dentro de ella con varias sacudidas.
Luego salió despacio y se dejó caer a un lado, jadeando, con una sonrisa de satisfacción brutal.
***
Pero Nuria no había terminado. La rubia se incorporó, se relamió, y miró a Don Saúl con una idea clara en los ojos.
—Necesito mear —dijo él, leyéndole la cara.
—Yo te llevo —respondió ella, levantándose y tirando de la mano de Lorena, que aún temblaba sobre el catre.
Lo arrastró al pequeño baño de la habitación. La psicóloga, recién follada y todavía aturdida, las siguió sin saber muy bien para qué. Don Saúl se plantó frente a la taza, agarró su sexo y miró a la rubia, que ya se había arrodillado en el suelo de baldosas y le sostenía la mirada con descaro.
—¿Aquí? —preguntó él.
—Aquí —dijo Nuria, abriendo la boca y echando la cabeza hacia atrás.
Lorena, apoyada en el marco de la puerta, contempló la escena con una mezcla de vergüenza y morbo que la mantenía clavada en el sitio. La rubia recibió el chorro caliente sobre la cara, el cuello, el pecho, sin apartarse, gimiendo de gusto, frotándose entre las piernas con una mano mientras con la otra dirigía el caudal hacia donde quería. Para ella aquello no era humillación: era poder. Era ser exactamente lo que era, sin disculpas.
—Ven —le dijo a Lorena, tendiéndole una mano empapada—. No te quedes mirando. Arrodíllate.
La psicóloga dudó un segundo. Solo uno. Después se arrodilló junto a la rubia, sobre las baldosas mojadas, y dejó que Nuria le pasara la lengua por la mejilla, lenta, posesiva, marcándola como suya. Cuando el chorro se agotó en unas últimas gotas, las dos mujeres seguían de rodillas, pegadas la una a la otra, y Don Saúl las miraba desde arriba como un emperador contemplando su botín.
—Pedazo de guarras estáis hechas las dos —dijo, y en su boca aquello sonó casi a elogio.
***
El espectáculo había vuelto a ponerlo duro. Don Saúl agarró a Lorena del pelo, con firmeza pero sin hacerle daño, y la condujo de nuevo hacia el camastro.
—Ponte a cuatro patas. Todavía no he acabado contigo.
La morena obedeció sin rechistar, mansa, deseosa. Nuria se acomodó la espalda contra la pared para no perderse nada, una mano entre las piernas, los ojos brillantes. El maduro volvió a penetrar a la psicóloga, esta vez más despacio, saboreando el dominio absoluto que tenía sobre las dos mujeres, sobre la mañana entera, sobre aquel local vacío que olía a sudor y a sexo.
—Dale fuerte —jaleaba la rubia—. Que no se le olvide.
—No se me va a olvidar —jadeó Lorena, y por primera vez la frase salió de ella sin que nadie se la dictara.
Don Saúl aceleró el ritmo. El placer de follarse a semejante hembra, con la otra detrás calentándolo con la voz, fue demasiado. Se corrió por segunda vez con un rugido, y su orgasmo arrastró el de las dos mujeres casi a la vez. Lorena se desplomó sobre el colchón dando los últimos estertores de placer, espatarrada, sin fuerzas, con una sonrisa idiota que no le cabía en la cara. Nuria se vino mirándolo todo desde su rincón, frotándose sin pudor, gimiendo el nombre de nadie.
***
Un golpe seco, el de algo pesado al caer al suelo, las hizo girar la cabeza hacia la puerta.
Allí, cuan largo era, estaba tirado el novio de Lorena, desmayado por la impresión de lo que acababa de ver. A un lado, un ramo de rosas reventado contra el suelo. Al otro, unos papeles desparramados con el encabezamiento «Contrato de alquiler».
Nuria, la rubia, con la cara y el pecho todavía mojados, el pelo pegado y una sonrisa de pura insolencia, fue la única capaz de hablar. Se levantó despacio, se apartó un mechón de la frente y miró el cuerpo desmayado del recién llegado con algo parecido a la ternura.
—Que firme el contrato cuando despierte —dijo—. El local merece la pena.