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Relatos Ardientes

Dejé que un desconocido me revisara en el parking

Después de publicar mis primeros relatos sobre fetiches médicos, me llegaron muchos mensajes de lectores que compartían el mismo gusto. Estuve escribiéndome durante meses con varios, pero solo uno consiguió despertarme algo distinto. No le interesaban las consultas recreadas en un despacho con bata blanca; lo suyo eran los sitios poco habituales, los lugares donde podían pillarnos. Decía que ahí el morbo se multiplicaba, que la excitación venía justo del riesgo. Y, sin saber muy bien cómo, me convenció para probar.

Se hacía llamar Damián. Me había contado que tenía cincuenta y tantos, que estaba algo pasado de peso y que no era precisamente el tipo de hombre que yo solía buscar. Al principio esa descripción me echó para atrás. Pero algo en su manera de escribir, en cómo planteaba cada detalle con una calma que parecía de cirujano, me fue ganando. Accedí por curiosidad. Por morbo. Por las ganas de comprobar si era capaz de cruzar esa línea con alguien que solo conocía a través de una pantalla.

Quedamos en el parking de un centro comercial a las afueras, uno de esos que tienen varias plantas y mucho movimiento un sábado por la tarde. Él me había dado instrucciones precisas días antes: un vestido camisero que se abrochara entero por delante y nada debajo. Nada. Me miré en el espejo del ascensor antes de salir de casa y sentí el corazón en la garganta.

Todavía estás a tiempo de no aparecer.

Pero aparecí.

***

Cuando llegué, le escribí un mensaje y él me contestó con el número de plaza. Estaba en la segunda planta, en una zona apartada donde apenas había coches. Su vehículo era oscuro, con los cristales un poco tintados, aunque no lo bastante como para que nadie pudiera ver dentro si se acercaba. Caminé hacia allí notando el roce de la tela contra mi piel desnuda a cada paso, consciente de que cualquier corriente de aire podía delatarme.

Me hizo un gesto desde dentro para que subiera al asiento del copiloto. Cuando abrí la puerta, descubrí que el respaldo estaba completamente reclinado hacia atrás, casi en horizontal. Me senté con torpeza, sin saber muy bien cómo colocarme.

—Túmbate, relájate y empezaremos —dijo con una voz grave y tranquila que no admitía nervios—. Quiero que te desabroches los botones del pecho. Necesito comenzar la revisión.

No me lo podía creer. Ahí estaba yo, en el coche de un hombre al que no había visto nunca en persona, en un parking lleno de gente, desabrochándome el vestido botón a botón hasta dejar mis pechos al descubierto. Las manos me temblaban. Cada figura que cruzaba al fondo del pasillo me hacía contener la respiración.

—Mírame a mí, no a las ventanillas —ordenó—. Si alguien mira, es problema suyo.

Sus palabras me recorrieron entera. Era exactamente eso lo que me daba pánico y lo que, a la vez, me estaba poniendo húmeda sin haberme tocado todavía.

***

Empezó por mis pezones. Se acercó con calma y los apretó entre el índice y el pulgar, con una delicadeza firme que no tenía nada de torpe.

—Voy a comprobar la turgencia —murmuró, como si de verdad estuviera tomando notas mentales.

No tardaron en endurecerse bajo sus dedos. Amasó mis pechos despacio, sopesándolos, valorándolos en voz baja como un médico que confirma que todo está en orden. Yo no podía dejar de mirar de reojo hacia fuera, hacia los coches aparcados, hacia el ascensor del fondo, atenta a cualquier sombra que se moviera. Y cuanto más miedo tenía de que nos descubrieran, más se aceleraba mi respiración.

—Descálzate —dijo—. Pon los pies en el salpicadero y abre las piernas.

Obedecí mientras intentaba, casi por instinto, cubrir mis pechos con un lado del vestido. Él me apartó la tela con dos dedos, sin brusquedad pero sin permitirlo.

—Nada de esconderse. Hoy decides estar expuesta. Así que vas a estarlo.

Lo vi sacar unos guantes de nitrilo de la guantera y colocárselos con un chasquido seco que me erizó la piel. Después cogió un bote de lubricante. Sin avisar, dejó caer un chorro frío que resbaló entre mis muslos. Metió la mano entre mis piernas y, despacio, sin prisa ninguna, lo fue extendiendo por toda mi entrepierna hasta dejarme empapada.

No puedo creer que esté permitiendo esto.

—Cuando cuente hasta tres, respira hondo —dijo—. Uno… dos… tres.

Insertó un dedo dentro de mi culo sin la menor vacilación. No me lo esperaba; pensaba que lo siguiente sería revisarme por delante. Sentí una sacudida que no supe si era dolor, susto o puro placer. Era un dedo grueso, y la sorpresa me dejó sin aire durante un par de segundos. Lo retiró, y enseguida noté algo fino y frío deslizándose en su lugar. Un termómetro. Pitó al poco rato y lo sacó con la misma frialdad clínica con la que hacía todo.

—Treinta y siete con cero. Perfecto —anunció, satisfecho.

***

Se cambió de guante, lubricó dos dedos y me los introdujo por delante. Tanteó mis paredes con cuidado, presionando aquí y allá, comprobando reacciones que mi cuerpo le daba sin que yo pudiera evitarlo. Cuando rozó cierto punto, se me escapó un sonido que intenté ahogar al instante, aterrada de que alguien al pasar pudiera oírlo.

—Silencio —susurró—. O lo van a saber todos.

Sacó los dedos y se incorporó un poco.

—De momento todo correcto. Ahora pasa al asiento de atrás. Te sientas en el centro, abres las piernas y apoyas los pies en los asientos delanteros.

Pasé como pude entre los dos asientos, con el vestido abierto y el corazón desbocado. Me coloqué tal y como me había pedido y quedé completamente abierta, expuesta. Él se giró desde el asiento del conductor y tenía una vista perfecta de todo. Y cualquiera que pasara por delante del coche y se fijara, también la habría tenido.

—Así me gusta —dijo, y por primera vez su voz tembló de algo parecido al deseo.

Tomó un espéculo que me había pedido que comprara y trajera. Lo lubricó con paciencia y me lo insertó muy despacio. Lo fue abriendo poco a poco, milímetro a milímetro, hasta alcanzar la máxima apertura. La sensación de quedar abierta de aquella manera, en un coche, en un parking, con la posibilidad real de ser vista, me tenía al borde de algo que no sabía nombrar.

Me mantuvo así unos minutos que se me hicieron eternos. Y entonces lo entendí, casi con vergüenza: en el fondo, una parte de mí quería que alguien nos mirara. Que alguien se asomara y descubriera lo que estaba haciendo con un desconocido a plena luz del día.

***

En esa misma posición, volvió a lubricarme el ano. Me tensé de inmediato; sabía que si volvía a meter ese dedo grueso, esta vez sin la coartada del juego rápido, me iba a costar. Pero lo hizo lentamente, con una paciencia que desarmaba. Sentí presión, no dolor. Una vez dentro, lo sacó y lo volvió a meter despacio, una y otra vez, marcando un ritmo lento y profundo. La última vez lo dejó más rato, hurgando en mi interior mientras yo me mordía el labio para no gemir.

—Todo correcto también —dijo, retirando la mano—. Aunque el guante sale algo manchado. Eso habrá que solucionarlo.

Retiró el espéculo con cuidado y me indicó que volviera al asiento delantero, que él ya había vuelto a reclinar.

—Túmbate boca abajo.

Lo hice sin rechistar, ya entregada del todo a lo que decidiera. Entonces lo vi sacar un enema de farmacia, de esos que parecen una pequeña botella con una cánula en la punta.

—Estás loco —protesté, girando la cabeza—. Eso no. Estamos en un coche.

—Tranquila —respondió con esa calma suya que no dejaba espacio a la negativa—. Estamos en un centro comercial lleno de baños. Solo tendrás que retenerlo hasta llegar a uno. Súbete el vestido.

Dudé. Miré por el retrovisor lateral hacia el pasillo de coches y, justo en ese momento, una pareja cargada con bolsas pasó a pocos metros, sin mirar, ajena por completo a lo que ocurría a un par de pasos de ellos. El corazón me dio un vuelco. Y me subí el vestido.

Con una mano me separó las nalgas y, con la otra, insertó la cánula. Noté el líquido entrando, tirando a frío, llenándome poco a poco mientras apretaba los puños contra el asiento.

—Ya está —dijo, retirando la cánula y bajándome el vestido como si nada—. Tu chequeo ha sido perfecto. Ahora vete.

Me incorporé, mareada, con la tela pegada a la piel sudada y una presión insoportable en el vientre.

—Piensa en la próxima revisión —añadió mientras yo abría la puerta—. Hay mirones a los que les encantaría ver esto desde las ventanillas. Y, si te animas, hasta participar.

***

Un retortijón se apoderó de mí en cuanto puse un pie fuera. Caminé lo más rápido que pude hacia la entrada del centro comercial, conteniendo todo, buscando el primer baño con la cara ardiendo y las piernas temblando. Lo encontré justo a tiempo.

Y mientras lo expulsaba todo, encerrada en aquel cubículo, con el eco de la gente al otro lado de la puerta, me sacudió uno de los mayores orgasmos de mi vida. No fue por nada físico. Fue por toda la tensión acumulada, por los nervios, por el riesgo, por la imagen de mí misma abierta en aquel coche. Y, sobre todo, por su última propuesta dándome vueltas en la cabeza.

La próxima vez quiero que alguien mire.

Salí del baño con las piernas todavía flojas, me lavé las manos despacio frente al espejo y observé a la mujer que me devolvía la mirada. Tenía las mejillas encendidas y una sonrisa que no reconocía del todo. Saqué el móvil del bolso y le escribí una sola línea antes de salir a la calle.

«¿Cuándo es la siguiente revisión?»

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Comentarios (5)

Turco_Bs

Que relatazo. Me lo leí de un tirón y al final me di cuenta que ni parpadeé jaja. Muy bueno

LauraS21

Necesito la continuación por favor, esto no puede quedar sin segunda parte!

NocturnaMdq

La tensión que lograste en cada párrafo es increible. De los mejores de la categoría que leí últimamente

ElectraNoche

¿Y despues que paso? me quedé con las ganas de saber más jajaja. Buenisimo

RicardoMza

La ambientacion del parking le da un toque de peligro que no tienen muchos relatos asi. Muy bien logrado

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