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Relatos Ardientes

La fantasía que esa pareja me confesó en su casa de campo

El motor de mi coche se apaga con un último estertor y, en su lugar, queda el silencio absoluto del campo. Miro la fachada de la casa de piedra, las vigas de roble oscuro, la hiedra trepando por los muros. Es idéntica a las fotos que me enviaron, pero más real, más imponente. Respiro hondo. El aire frío de la tarde me quema los pulmones y, de algún modo, me centra. Tengo veintisiete años, estoy en forma y llevo días preparándome para esto como quien se prepara para una prueba. Cada músculo del torso me late de pura anticipación.

Toco el timbre. Un sonido grave resuena dentro. Unos segundos después, la puerta se abre.

No es una persona. Son dos. Él y ella.

Él me saca media cabeza. Cabello canoso peinado hacia atrás, una sonrisa fácil que no termina de llegarle a los ojos, astutos y calculadores. Pantalón oscuro, camisa de seda azul marino ajustada a un torso todavía firme. Andará por los cincuenta, pero hay en él una energía contenida, una autoridad silenciosa.

A su lado, ella es otro asunto. Vestido rojo, corto y ceñido, que dibuja cada curva de un cuerpo trabajado. Melena oscura y lisa cayendo sobre los hombros, una chispa traviesa en la mirada, los labios pintados de un rojo intenso que se curva en una bienvenida directa.

—¿Iván? —pregunta ella, con una voz de contralto suave.

—El mismo —respondo, y la mía suena más ronca de lo normal.

—Pasa, por favor —me invita él, señalando el interior—. Nos alegra que hayas venido. Soy Gustavo, y ella es Patricia.

Cruzo el umbral y el olor me golpea: leña ardiendo en la chimenea, un perfume floral y algo más, un aroma a piel limpia y a expectativa. La casa es cálida, de muebles oscuros y alfombras gruesas. Patricia me guía con la mano, y sus dedos largos se posan un instante en mi antebrazo. Una descarga me recorre entero.

—Te hemos preparado algo de beber —dice Gustavo, cerrando la puerta con un clic que suena a punto de no retorno—. Un whisky, para quitarte el frío de encima. —Me mira de arriba abajo, lento, deliberado, y me siento como un caballo en una subasta—. Mejor aún que en las fotos. En forma, como decías.

—Me cuido —contesto, sin saber muy bien qué más añadir. Me muevo como un animal en territorio ajeno, midiendo a los dueños de la manada.

Patricia se acerca tanto que noto el calor de su cuerpo. Me tiende una copa sin apartar los ojos de los míos.

—No seas tímido —susurra—. Estamos aquí para pasarlo bien. Los tres. —Su sonrisa es promesa y provocación a la vez—. Pero antes vamos a charlar un poco. Ven, siéntate con nosotros.

***

Nos acomodamos en el sofá de cuero. El fuego crepita y lanza sombras danzantes sobre las paredes. El whisky me arde en la garganta, un calor agradable que se extiende por el pecho y deshace la tensión. Patricia se recuesta, una pierna doblada sobre el cojín, el vestido resbalándole unos centímetros por el muslo. Gustavo, a mi otro lado, se inclina hacia delante con los codos en las rodillas. Postura de anfitrión, pero los ojos lo delatan.

—Gracias por venir, Iván —empieza ella, casi un murmullo—. Sé que esto puede sonar muy directo. Pero preferimos la claridad. —Hace una pausa, busca la mirada de Gustavo y una sonrisa cómplice cruza entre ambos—. Llevamos años casados y, te lo aseguro, lo nuestro no es el problema.

Gustavo interviene, el tono más grave.

—Nos gusta el sexo, Iván. Lo hemos probado de todas las formas imaginables entre nosotros. Cada rincón, cada fantasía. Pero hay una línea —se reclina, mirando al fuego— que solo se cruza con una tercera persona.

El corazón me golpea las costillas.

Patricia continúa, la mano deslizándose despacio por el muslo de su marido.

—La fantasía es suya, en realidad. A él le gusta que yo lo tome, esa entrega total. Pero no queremos que sea solo eso. —Su mirada se vuelve intensa, casi feroz—. Mientras Gustavo está dentro de mí, llenándome, queremos que tú, Iván, estés dentro de él.

El impacto de sus palabras me llega como una ola de calor.

—Quiero verle la cara cuando lo sienta de verdad por primera vez —añade ella—. Quiero oírlo gemir no solo por darme placer a mí, sino por el tuyo.

Miro a Gustavo. Su rostro es deseo puro, sin rastro de vergüenza.

—Patricia me ha preparado —dice, con la voz cargada de anhelo—. Con sus juguetes, con sus consoladores. Me ha hecho descubrir un placer que jamás imaginé. Pero el plástico es frío, Iván. Es una imitación. —Se gira hacia mí, los ojos ardiendo—. Quiero sentir a un hombre de verdad. El calor, la firmeza, el pulso de otro cuerpo dentro de mí mientras yo estoy dentro de mi mujer. Imagínalo. El doble placer. Un circuito cerrado.

Se levanta, se acerca a la chimenea, me da la espalda un momento. Cuando se gira, la erección se le marca evidente bajo el pantalón.

—Lo deseo más de lo que crees —insiste, y se arrodilla frente al sofá, tomándome la mano. La tiene caliente, temblorosa—. ¿Estás dispuesto a dárnoslo? ¿A ser la pieza que nos falta?

Patricia se acurruca contra mi cuello, su aliento tibio en la oreja.

—Por favor, Iván… di que sí.

***

El silencio de la sala es denso, eléctrico. El whisky ya ha hecho su trabajo y mi propia excitación late insistente en la entrepierna. Miro a Gustavo, arrodillado ante mí, con un anhelo tan crudo que resulta irresistible. La idea de tener a este hombre tan seguro de sí mismo a mi merced es un poder que nunca antes había probado.

—¿Te gusta chupar un consolador? —le pregunto, en voz baja, un desafío directo.

Gustavo no duda. Una sonrisa lenta le asoma a la boca.

—Sí —confiesa—. Me da morbo. Sentirlo frío al principio, ver cómo cede a mi calor. Obedecer a Patricia mientras ella lo maneja. Es sumisión y poder a la vez. —Se lame los labios—. Pero el plástico no tiene sabor, no late, no se estremece contigo.

Es todo lo que necesitaba oír. Separo las piernas, abriendo el espacio entre ellas. La tela del pantalón se me tensa sobre la erección.

—¿Y a qué esperas para probar la primera de verdad?

La pregunta queda flotando, orden e invitación al tiempo. Gustavo exhala un temblor. Sus manos suben por mis muslos hasta el cinturón. Los dedos trabajan la hebilla con una soltura que habla de mucha práctica, aunque con otros materiales. Oigo el chasquido metálico, luego el roce de la cremallera bajando despacio, casi reverente, como si desenvolviera un regalo largamente esperado. Aparta la tela y mi sexo se libera, duro, erguido ante él.

Por un instante solo lo mira. Lo contempla como quien estudia algo que llevaba tiempo imaginando.

Entonces Patricia se mueve a mi lado. Me enreda la mano en el pelo, me gira la cara hacia la suya y me besa. No es un beso tierno: es húmedo, profundo, voraz. Su lengua busca la mía en una danza salvaje que sabe a whisky y a deseo. Mientras me devora, sus ojos entreabiertos se desvían hacia su marido. Y yo, a través del beso, también miro.

Veo a Gustavo inclinar la cabeza. Veo cómo esos labios que confesaban su morbo por el plástico se abren para recibir mi carne. Su lengua sale en un primer trazo lento y húmedo, y un gemido grave le escapa de la garganta, un sonido de rendición. Patricia aprieta el beso, sintiendo mi temblor de triunfo mientras su marido, por fin, prueba lo que tanto había imaginado.

***

No hay prisa en él, solo una curiosidad reverente. Su lengua traza líneas lentas a lo largo del tronco, de la base a la punta, como si quisiera memorizar cada milímetro. No existe la rigidez del plástico, solo la elasticidad y el calor de la piel viva. Cierro los ojos un instante, entregado a la sensación.

Justo entonces noto la mano de Patricia sobre mi muñeca. Con una firmeza seductora, la guía bajo la tela del vestido. Mis dedos encuentran la suavidad de su pecho, el pezón ya duro que se eriza al contacto. Me aprieta contra ella, reclamando mi atención con el lenguaje del cuerpo.

—Ya tienes tu primera —le dice a su marido, la voz cargada de poder—. ¿Te gusta el sabor?

Gustavo se separa un instante, los labios rojos e hinchados.

—Sí —jadea—. Sabe a hombre. A vida. Es mucho mejor.

Patricia sonríe, triunfal. Me muerde el lóbulo de la oreja sin soltar mi mano de su pecho.

—¿Tienes ganas de que te folle? —le pregunta a él. No es una pregunta, es una orden—. Vas a gemir fuerte para nosotros. Quiero que todo el campo sepa cómo te disfruta.

Gustavo me mira con una mezcla de sumisión y desafío, y asiente sin palabras.

***

Patricia se incorpora. El vestido rojo le resbala por los hombros como una serpiente de seda y cae a sus pies en un charco aterciopelado. Se queda un momento en lencería bajo la luz parpadeante. Se desabrocha el sostén, libera unos pechos firmes, y luego se gira de espaldas y se baja el tanga. Y entonces lo veo: el hilo era casi inexistente, y en su centro, brillando con el fuego, una pequeña joya azul. Un plug que se aferra a su cuerpo, una promesa de lo que viene.

Va hasta una bolsa en un rincón y saca varios objetos que coloca sobre una mesita: consoladores de distintos tamaños y un bote de lubricante que reluce como un trofeo.

—Cariño —le dice a Gustavo—, méteme la polla. Y ve preparándote, que esta noche te estrenas.

Se sienta a mi lado, coloca un cojín bajo sus caderas y levanta el culo, ofreciéndolo. La joya azul brilla entre sus nalgas, una invitación que no admite duda.

Gustavo se yergue despacio, el rostro convertido en pura lujuria. Se desnuda frente a mí: la camisa de seda revela un torso bien definido, con vello canoso descendiendo hacia el vientre. Cuando deja caer el pantalón, descubro que él también lleva un plug, este negro, anclado y a la espera de ser reemplazado por algo de carne. Vaya par de tesoros, pienso, mirando la joya de ella y el tapón de él. Dos templos perfectos, listos para abrirse.

Patricia se separa las nalgas con ambas manos, exponiendo el anillo apretado en torno a la joya azul. Gustavo vierte un chorro generoso de lubricante sobre su sexo, unta el ano de ella con la familiaridad de los años, se coloca detrás y empuja con presión lenta y constante. Un jadeo ahogado se le escapa a Patricia cuando su músculo cede.

—Ah… sí, cariño… así —gime ella, la cabeza echada hacia atrás—. Siento cómo me abres, cómo me llenas. Es perfecto.

Él se detiene un instante para que ella se acostumbre. Luego empieza a moverse, embestidas lentas y profundas, y cada una arranca de Patricia un gemido más alto. El sofá cruje marcando el ritmo mientras yo observo, con el sexo en la mano, cómo la primera parte de su fantasía se vuelve real ante mis ojos.

***

Entonces Gustavo se queda quieto dentro de ella y gira la cabeza hacia mí, la respiración agitada.

—Ven —ordena—. Sácame el plug y fóllame. Dame mi primera de verdad. —Patricia gime debajo de él, empujando hacia atrás para buscar más—. Fóllate a mi mujer a través de mí.

Me arrodillo detrás de él, entre sus piernas separadas. La mano me tiembla, no por nervios, sino por la pura electricidad del momento. Encuentro la base lisa del plug negro y juego con él: lo hago girar y noto cómo su músculo se contrae a mi alrededor; tiro apenas un centímetro y vuelvo a hundirlo. Gustavo suelta un gemido animal que vibra contra el cuerpo de Patricia y la hace gemir también.

—Ahora… por favor —susurra.

Lo extraigo despacio, hasta que sale con un último sonido húmedo, dejándolo abierto y temblando. Vierto lubricante en mis dedos, lo caliento y lo penetro con uno, luego con dos. Está relajado, ansioso, empujándose contra mi mano.

—Por favor, Iván —suplica, la voz rota.

Me alineo. La punta se posa en su centro recién abierto y, con presión lenta y firme, empiezo a entrar. La sensación es abrumadora: el calor, la compresión, el modo en que su cuerpo me acepta. Gustavo arquea la espalda y deja escapar un grito de placer y rendición total. Mi embestida lo empuja hacia delante y hunde su propio sexo hasta el fondo de Patricia, que grita de éxtasis.

Estoy dentro de él. Él está dentro de ella. Somos uno solo.

***

Mis manos se cierran sobre su cintura. Empiezo a moverme, no con fuerza bruta, sino con un ritmo profundo y controlado. Cada embestida mía empuja sus caderas hacia delante y clava su sexo en ella en un movimiento sincronizado. Él es mi extensión, mi instrumento para llegar a su mujer. Gustavo aprende el compás en segundos: se empuja hacia atrás para recibirme y se lanza hacia delante para satisfacerla.

Desde el cojín, la voz entrecortada de Patricia corta el aire.

—¿Te gusta, cariño? ¿Te gusta que te follen?

—Es… maravilloso —jadea él, la frente perlada de sudor—. Es como correrse durante minutos enteros. Cada golpe suyo es una explosión que no para.

Acelero. Él responde con un grito de deleite.

—Dios… necesito más —ruega, girando la cabeza para mirarme sobre el hombro, los ojos desenfocados—. Más fuerte, Iván. Por favor.

Sus palabras son el combustible que me faltaba. Aprieto el agarre y le doy lo que pide. El choque de nuestros cuerpos llena la habitación, mezclado con los gemidos de Patricia y los gritos de Gustavo, que ya no arma frases, solo sonidos primarios de un hombre descubriendo un universo nuevo.

Desde el sofá, el grito de ella se agudiza.

—¡Estás más duro, cariño! ¡No te sentía así jamás!

Cada una de mis embestidas la empuja contra los cojines, su cuerpo temblando bajo una corriente de sensaciones nuevas. Los tres gemimos al unísono: mi gruñido bajo de esfuerzo, el quejido constante de él, los gritos ahogados de ella perdiéndose en la tapicería.

***

De pronto el cuerpo de Gustavo se tensa por completo. Sus músculos se endurecen bajo mis manos y se queda clavado en el sitio.

—Me… voy… a correr —avisa con voz ahogada—. Ahora… ahora.

Un grito largo le escapa de la garganta. Se convulsiona en espasmos violentos mientras se vacía dentro de Patricia, la espalda arqueada, las nalgas apretándose en torno a mí con cada contracción. Pero no me detengo. Mientras él se corre, yo sigo, prolongando su éxtasis hasta convertirlo en algo interminable.

Cuando la última sacudida lo recorre, se desploma sobre ella, rendido, con mi sexo aún clavado en él. Por un instante creo que ha terminado. Entonces, con una fuerza que parece imposible, se inclina hacia delante, baja la cabeza y empieza a darle placer a Patricia con la boca, todavía conmigo dentro.

La escena es tan perversa que casi me hace estallar al instante. Las piernas le tiemblan, mi sexo lo llena, y él, con devoción absoluta, hunde la cara entre los muslos de su mujer, lengua y labios trabajando con furia. Patricia grita ante esa doble estimulación, y cada embestida mía empuja la cara de él más adentro. Un ciclo perfecto de sumisión y deseo.

Verlo así, entregado del todo, usándolo como puente para mi placer y el de ella, es la imagen que rompe mi control. El calor se acumula en la base de mi espalda, una presión inmensa que explota hacia delante. Con un rugido que resuena en toda la habitación, me corro dentro de él, una y otra vez, hasta quedar vacío. Tiemblo, me derrumbo sobre su espalda, y los tres quedamos unidos en el sudor y en el agotamiento más glorioso que recuerdo.

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Comentarios (6)

Rodrigo_Mdz

tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final!

SantiRBaires

espero la segunda parte!! quede con mucha curiosidad de lo que paso despues

MelisaT_07

Me recordó a algo que me pasó en un viaje hace años, esa sensacion de que la noche puede cambiar de un momento al otro sin que te des cuenta. Muy bien contado.

LeoCordoba

Buenisimo!!! los relatos de confesiones son los que mas me gustan cuando se sienten tan reales como este.

PilarN_

sos hombre o mujer el que escribe? me quede con la duda desde el principio jaja. De todas formas muy buen relato

CuentoFan_28

Me gusto mucho como fuiste construyendo el ambiente desde el viaje hasta la llegada a la casa. No se apresura, eso se agradece bastante. Muy logrado.

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