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Relatos Ardientes

Aquel verano en el río me cambió para siempre

Fue en enero de 1998, en uno de esos pueblos del interior de Santa Fe donde el verano no perdona a nadie. El sol convertía las casas de ladrillo visto en hornos durante el día y en saunas por la noche. En las casas comunes no había aire acondicionado ni ventiladores que sirvieran de algo, solo el zumbido de los mosquitos y el olor a tierra caliente que entraba por las ventanas abiertas. Sin celulares, sin internet, sin nada que nos mantuviera encerrados, los pibes del barrio andábamos por las calles como perros en celo, buscando sombra, un helado o cualquier excusa para tocarnos.

Yo tenía diecinueve años recién cumplidos. Había terminado el secundario el verano anterior y trabajaba medio día atendiendo un kiosco sobre la avenida. Tenía cuerpo de mujer hecha: pechos grandes, cintura marcada y un culo que ya no entraba en ninguna bombacha. En el barrio las chicas como yo éramos moneda corriente. Lo sabíamos nosotras y lo sabían ellos: si una se dejaba manosear un rato largo, terminaba con las rodillas marcadas y la entrepierna empapada. Yo no era de las que se hacían las difíciles. Me gustaba sentirme deseada, usada, sentir que mi cuerpo era el centro de algo salvaje e inevitable.

Mi vieja era madre soltera, trabajaba turnos largos en el frigorífico, y traía a casa hombres rudos que la hacían gritar hasta las tres de la mañana. La escuchaba desde mi pieza: el respaldo golpeando la pared, los insultos bajos, los gemidos de ella que terminaban en un llanto de placer. Éramos parecidas las dos. Y en ese barrio ser así significaba que te mandaban de vuelta a casa bien abierta y con las piernas temblando.

Esa tarde de domingo fuimos un grupo grande hasta el río. No habíamos planeado meternos al agua, así que las chicas entramos en bombacha y corpiño, y los varones en calzoncillo. El agua estaba tibia, marrón, perfecta para esconder las manos. Desde el primer chapuzón empezaron los manoseos. A mí me agarró el Pampa casi enseguida.

El Pampa era dos años mayor, vivía en la zona baja, en una casa de chapa y cartón donde el olor a guiso se mezclaba con el de la nafta y la tierra húmeda. Era grandote, morocho, de piel brillante por el sol, con una mirada que imponía respeto. Todos le decían el Pampa, aunque se llamaba Damián. Nadie se metía con él.

Me tuvo pegada a su cuerpo toda la tarde. Manos enormes en mis pechos, dedos que se colaban por debajo de la bombacha, apretándome las nalgas, separándolas. En un momento, mientras hacíamos peleas en el agua, «sin querer» se le asomó la verga por la abertura del calzoncillo. La vi entera: gruesa, venosa, cabezona, oscura, colgando pesada. Me quedé mirándola con la boca abierta. Él no se apuró a guardarla. Se la tocó despacio, se la sacudió una vez y me hizo un gesto con la cabeza.

—Mirá bien, gordita —dijo, con media sonrisa.

A partir de ahí no me soltó. Me apoyaba la pija en las nalgas cada vez que podía, me frotaba contra su entrepierna, me hablaba al oído.

—Te voy a romper toda, putita.

A eso de las seis los demás empezaron a juntar las cosas para irse. El Pampa se me acercó, me rodeó la cintura con un brazo y me dijo bajito al oído.

—Quedate un rato más conmigo.

Asentí. Sabía perfectamente para qué. Los otros se cagaban de risa mientras se alejaban, gritando cosas como «¡cuidate, Marina!» o «¡no te la dejes toda rota, Pampa!».

***

Cuando quedamos solos, me apretó contra su pecho y me metió la lengua hasta la garganta. Sus manos me agarraron las nalgas, las abrieron, las apretaron. Sentí su verga crecer contra mi vientre, dura como un fierro.

—¿Qué te parece mi pija, gordita?

—Tenés una pija enorme… nunca vi una tan gruesa —murmuré, con la voz temblando.

Eso lo encendió. Me agarró la bombacha y tiró la tela hacia arriba hasta que me apretó entre las piernas y me hizo doler. Me dio dos palmadas fuertes en el culo.

—¿Sabés qué les hago yo a las gordas como vos? Las dejo caminando torcido una semana.

—Ay, no seas malo… no me des muy duro que me va a doler.

Me besó de nuevo, violento, y me empujó hacia abajo. Caí de rodillas en el pasto húmedo. Se bajó el calzoncillo y la pija saltó frente a mi cara. Era enorme. Latía como un corazón vivo, las venas marcadas, la punta brillante. Le toqué los huevos: duros como piedras.

—Chupá. Tragátela o te la hago tragar yo.

Abrí la boca al máximo. Apenas me entraba la cabeza. La sentía palpitar adentro, creciendo. Me la fue metiendo despacio, empujando, hasta que me dio una arcada. Me agarró del pelo y empezó a cogerme la boca. Estuve un buen rato así: chupando, lamiéndole los huevos, pasándomela por la cara, haciéndole una paja con las dos manos. Cada vez más dura, más gruesa.

Cuando se cansó, me levantó del pelo, me bajó la bombacha de un tirón y me puso en cuatro.

—Dale, prepará todo que te la voy a dejar marcada.

—Despacio, por favor… no me rompas con esa cosa de caballo.

Me agarró de las caderas, me mordió el cuello y se acomodó atrás. Más palmadas. Insultos al oído. Yo solo le pedía que no me hiciera muy duro, y eso lo ponía peor.

Se agachó, escupió y me la metió entera de un solo empujón. Entró como si mi cuerpo estuviera hecho para recibirla. No dolió. Fue una invasión completa, abrumadora, deliciosa. Me sentí llena, deseada, devorada. El Pampa me hablaba mientras bombeaba.

—Mirá cómo te entra… sos igualita a tu vieja.

—¿Qué? —gemí, sorprendida.

—Tu mamá también arqueaba el lomo igual que vos cuando me la cogí.

Dos o tres estocadas más fuertes me hicieron olvidar la frase. Gemí, grité, me entregué. Me machacó hasta que el sol empezó a bajar detrás de los árboles. De pronto me dio vuelta del pelo, me puso la pija frente a la cara y se vació en mi boca. Chorros espesos, calientes. Tragué todo mientras él me apretaba la nuca.

Nos quedamos un rato tirados en el pasto, jadeando. Me limpié la boca con el dorso de la mano y me volví a poner la bombacha. Mientras caminábamos de vuelta, no me aguanté.

—Pampa… ¿es verdad eso de mi mamá?

Se quedó callado un momento.

—Perdoname, Marina. No debí decirlo. Se me escapó.

Me sorprendió el tono suave, casi tierno. Y entonces me abrazó. Me acurruqué contra su pecho. Nos besamos despacio, profundo, distinto. No era solo calentura. Había algo más.

—Mañana vení a casa —me dijo—. Quiero dormir con vos.

Le sonreí. Le contesté que sería hermoso, pero que mi vieja no me iba a dejar.

—Yo lo arreglo —respondió.

***

Al otro día, después del kiosco, volví rápido a casa. Mi mamá llegó más tarde, con cara de cansada. Me dijo que tenía que ir al velorio de un encargado del frigorífico y que volvería tarde. Apenas se fue, apareció el Pampa en la puerta.

—Todo arreglado, gordita. Tu vieja hoy no viene.

—¿Cómo sabías lo del velorio?

—¿Qué velorio, nena? Tu mamá fue a encontrarse con mi hermano y dos más del frigorífico. Le van a hacer la noche completa.

Me quedé con la boca abierta. La revelación me calentó más de lo que esperaba. Sentí la entrepierna empapada de golpe, los pezones duros. El Pampa me levantó como si no pesara nada, me cargó al hombro y me llevó a mi pieza. Me tiró en la cama y me dio la primera cogida de la noche.

Me destrozó. Se me subía encima, metiéndomela hasta el fondo. Me puso las piernas a los costados de la cabeza, dejándome completamente abierta. Me lamía la cara, me hablaba sucio, me decía que me iba a dejar inservible para cualquier otro.

Las embestidas eran tan fuertes que me arrancaron un gemido tras otro. Me sacó la pija, me dio vuelta del pelo y me puso boca abajo.

—¿Así que querés que también te lo haga por atrás? Te voy a dejar abierta, putita.

Me dio palmadas hasta dejarme la piel roja. Me abrió las nalgas, escupió. Se me subió encima y me mordió la nuca. Yo ya estaba temblando de miedo y de ganas a la vez.

—Amor, por favor… despacito… me duele mucho cuando me lo hacen ahí y vos sos muy grande… sé buenito… no me hagas llorar.

Mi súplica lo empeoró todo. Me clavó la mitad de un envión. Grité como loca. Empezó a bombear sin asco. Lloré, le pedí que no me rompiera más, pero cada ruego lo hacía ir más fuerte. Estuvo un largo rato así, puteándome, diciéndome que le encantaba domar a las putitas como yo.

Cuando acabó, sentí sus chorros calientes adentro. Se quedó dentro un rato, jadeando. Después me dio vuelta, me besó suave y me dijo:

—Sos hermosa, Marina. No te voy a lastimar más de lo que vos quieras.

Esa noche cogimos hasta la madrugada. En todas las posiciones. Me hizo llorar, me hizo gemir, me hizo suplicar que no parara.

***

A la mañana siguiente nos despertó la puerta de calle. El Pampa se vistió rápido. Yo me puse una remera larga que me tapaba hasta la mitad de los muslos. En la sala, mi mamá se encontró con él.

—Hola, ma… él es el Pampa… me vino a devolver un libro que le presté.

El Pampa la saludó con mucha educación, casi tímido. Mi mamá lo miró, después me miró a mí. Notó cómo caminaba yo: rengueaba un poco, todo el cuerpo me dolía. Se metió a su pieza sin decir nada.

Acompañé al Pampa hasta la calle. Nos besamos largo, tierno. Me dijo al oído:

—Vuelvo esta noche. Preparate.

Y volvió. Y volvió muchas noches más.

Con el tiempo, mi mamá dejó de disimular. A veces llegaba tarde y se encontraba al Pampa en mi pieza, conmigo abierta y temblando de placer. Una noche, en lugar de enojarse, se quedó mirando desde la puerta. Después se acercó, me acarició la cara y le dijo a él:

—Dale duro, Pampa. A esta hay que domarla bien.

Y el Pampa me dio duro. Mientras él me reventaba, mi mamá me besaba, me lamía las lágrimas, me metía los dedos. Esa noche terminamos los tres en la cama grande. Ella también se abrió para él. El Pampa nos usó a las dos. Nos llenó a las dos.

El verano siguió. El Pampa se convirtió en algo más que un macho del barrio. Fue mi primer amor salvaje, el que me enseñó que podía ser fácil y ser querida al mismo tiempo.

A veces, treinta años después, cuando el calor me despierta en la madrugada, cierro los ojos y vuelvo a sentir esa verga enorme abriéndome, esa voz ronca diciéndome cosas sucias al oído, y sonrío. Porque, aunque el Pampa ya no esté, el recuerdo de cómo me hizo mujer sigue latiendo entre mis piernas.

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Comentarios (4)

SantiagoMDP

Que relato!!! Me dejo sin palabras, de verdad. Segui escribiendo

ClaritaRosario

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguió todo. Lo que empezó siendo un domingo común y terminó siendo eso... increíble

Julieta_Cba

me recordó a algo que me pasó hace unos años en la laguna, esas cosas te cambian sin que te des cuenta jajaja. Muy bueno

MarcosLP

Muy bien narrado, se siente autentico. Le tengo especial cariño a los relatos en primera persona cuando están bien escritos como este

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