La vecina de mi madre me sorprendió en la azotea
En aquella época vivía con mis tíos, a unas pocas calles de la casa de mis padres, y pasaba a visitarlos casi todos los días. A veces era por los torneos que armábamos entre los chicos del barrio —fútbol una semana, americano la otra, una calle contra la otra—, y a veces simplemente porque no tenía nada mejor que hacer. Aquella tarde fue de las segundas.
Estaba aburrido como solo se aburre uno a los diecinueve años. La casa de mis tíos estaba llena pero vacía para mí: la chica del servicio metida en sus quehaceres, mi tía tomando el té con sus amigas en la sala, la televisión repitiendo los mismos programas de siempre. Mis amigos andaban con la tarea. Así que salí sin avisar y caminé hasta el edificio de mis padres.
Era un edificio chico, de solo tres pisos, sin portero ni nada que se le pareciera. Toqué el timbre del departamento y nadie respondió. Bajé otra vez a la vereda, fui a buscar a mi madre con los vecinos que solían juntarse por la tarde, y tampoco estaba. Mi hermano menor no andaba con su grupo de siempre. Era una de esas tardes en las que el mundo parecía haberse puesto de acuerdo para dejarme afuera.
Cuando volví, un hombre salía del edificio con las llaves en la mano y aproveché para colarme antes de que la puerta se cerrara. Pensé en esperar sentado frente al departamento hasta que llegara alguien. En eso bajó por la escalera una señora con su hija, gente que conocía de toda la vida. Nos quedamos charlando un rato en el rellano.
—¿No querés ir al cine más tarde? —le pregunté a la chica, más por inercia que por otra cosa—. O a tomar un helado, lo que sea.
—No puedo —contestó—. Salgo en un rato con mi mamá.
Y ahí me quedé, parado, con toda la tarde por delante y nada en las manos. A esa edad, cuando no tenés nada que hacer, lo inventás. Y si encima andás caliente, lo inventás más rápido todavía. Llevaba días sin cruzarme con Carla, la chica que me gustaba por entonces, ni con ninguna otra. Así que hice lo que hacía a veces cuando la espera se volvía larga: subí a la azotea.
***
Arriba no había nadie. El sol caía de costado y el cemento todavía guardaba el calor del mediodía. Me puse a dar vueltas sin rumbo, mirando los tanques de agua, las antenas torcidas, la ropa colgada en los tendederos que cruzaban toda la terraza de lado a lado.
Fue ahí donde las vi. Entre sábanas y camisas que se mecían apenas con el viento, colgaba un juego de ropa interior de encaje. Una prenda diminuta, oscura, de esas que no se usan por comodidad. Me quedé mirándola más tiempo del que debería, preguntándome de quién sería. En un edificio tan chico, las opciones no eran muchas, y mi imaginación empezó a trabajar sola.
Se me puso la polla dura enseguida, con esa urgencia tonta y total que tiene uno a esa edad, cuando basta una imagen para que todo lo demás desaparezca. Miré alrededor por última vez para asegurarme de estar solo. Después tomé la prenda del tendedero, me metí entre dos tanques de agua, donde nadie podía verme desde la puerta, y cerré los ojos.
La tela era suave, fresca, todavía olía un poco a jabón y un poco a coño limpio de mujer. Me bajé el pantalón hasta las rodillas, saqué la verga hinchada de los calzoncillos y envolví la braga alrededor. El encaje se me pegaba a la piel tirante, resbalando por el glande cada vez que apretaba el puño. Empecé a machacármela despacio, sintiendo cómo la tela raspaba y acariciaba al mismo tiempo, imaginando de qué culo, de qué coño acababa de salir esa braga. Me pasé la punta por la nariz, chupé la parte que había cubierto la entrepierna de la dueña, y volví a envolverme, ahora más rápido, con la mano cerrada bien fuerte alrededor de la polla. Por un momento me olvidé por completo de dónde estaba.
—¿Se siente rico con mis bragas?
La voz venía de tan cerca que el corazón me dio un vuelco. Era una voz de mujer, grave y burlona, sin una pizca de enojo. Abrí los ojos de golpe y giré la cabeza, y ahí estaba ella, a un paso de mí, a mi espalda, mirándome con una sonrisa que no terminaba de decidir si era reproche o invitación.
—Eh… yo… ahhh… —no me salía ni una palabra entera. La vergüenza me subió por el cuello como una fiebre.
Era Marisol, la vecina del departamento de abajo del de mis padres. Cuántas veces me había imaginado con ella sin atreverme jamás a mirarla de frente. Tendría unos treinta y pico, llevados de una manera que hacía que uno se olvidara del número. La veía casi todas las mañanas salir a correr, en calzas cuando hacía frío y en shorts cuando apretaba el calor, y yo me quedaba clavado mirándole el culo redondo saltando al trote, las tetas apretadas dentro del top, moviéndose apenas al ritmo de las pisadas. Era el material de la mitad de mis pajas, y ahora la tenía a un metro, con su braga todavía enredada en mi verga.
Antes de que yo atinara a taparme, ella estiró la mano y me la apoyó encima, sobre la tela que envolvía la polla. Del susto yo había dejado de moverme, y enseguida sentí que se me empezaba a ablandar.
—No, no —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo—. No podemos dejar que se te baje justo ahora, con lo linda que la tenés.
Y le apartó la braga de un tirón. Me agarró la verga con la mano desnuda, envolviéndomela con los dedos tibios, y empezó a masturbarme despacio, de arriba abajo, apretando fuerte cuando llegaba a la base y aflojando al pasar por el glande. Cada vez que su puño subía, la piel del prepucio se me retraía y la punta quedaba morada, brillante. Yo no entendía nada. Una parte de mí seguía esperando el grito, el escándalo, la amenaza de contárselo a mis padres. Pero nada de eso llegó. Lo único que llegó fue su otra mano, que se metió por debajo y me tomó los huevos, sopesándolos, haciéndolos rodar entre los dedos mientras la primera seguía sacudiéndome.
***
Cuando recuperé un poco la cabeza la miré a la cara. Tenía los labios entreabiertos y los ojos fijos en mi polla, en su puño, en el hilo de líquido preseminal que le empezaba a escurrir por los dedos. La sentí pegada a mi brazo, sus tetas apretadas contra mi piel, sus dedos cerrándose alrededor de la verga con una seguridad que a mí me faltaba por completo.
—Cuántas veces te vi mirarme cuando salía a correr —dijo, casi para sí misma—. Pensé que eras de los tímidos. Y mirá con lo que me venís a sorprender, con esta pollota parada, escondido acá arriba oliendo mis bragas como un chancho.
No le contesté. Me giré hacia ella, quedando frente a frente, y ella aprovechó para desabrocharme del todo el pantalón y bajármelo un poco más, junto con los calzoncillos, hasta dejarme la verga completamente al aire, apuntándole a la cara. Se agachó apenas, se acercó y sacó la lengua. La pasó por debajo, desde los huevos hasta la punta, en un lametón largo y lento que me hizo temblar las rodillas. Después me metió el glande en la boca, cerró los labios alrededor y chupó fuerte una sola vez, sacándomela con un sonido húmedo que retumbó en la azotea vacía.
—Qué grata sorpresa —murmuró, con un hilo de saliva colgándole todavía del labio inferior—. Nunca te lo hubiera imaginado tan grande. Grueso, de buen ver. ¿Querés acabar en mis bragas, en mis tetas, o preferís metérmela?
Me animé a tocarla. Llevaba una musculosa de tirantes finos, bastante escotada. Le bajé un tirante, después el otro, y le tironeé el corpiño hacia abajo hasta que las tetas le saltaron por encima de la tela. Eran grandes, un poco caídas por el peso, con los pezones oscuros y ya duros, marcados. Le agarré uno con la boca, se lo chupé entero, mordisqueándoselo, mientras la otra mano le pellizcaba el pezón contrario. Ella se arqueó y soltó un gemido gutural, apretándome la nuca para que no la soltara.
—Chupámelas fuerte —me susurró al oído—, mordémelas, no seas delicado que no me voy a romper.
Le pasé la lengua de una teta a la otra, chupando, tirando de los pezones con los dientes, dejándoselas brillantes de saliva. Después bajé la mano por su cuerpo hasta llegar a la cintura del pantalón. Era ajustado, de esos que cuesta sacar. Apreté por encima de la tela, entre las piernas, y sentí el calor húmedo que traspasaba el género. —No hay tiempo para todo eso —dijo de golpe, con la respiración más corta—. Mi marido está por llegar. Pero algo vamos a hacer, no te voy a dejar así.
Esa frase, en lugar de frenarme, me prendió fuego. La urgencia, el riesgo de que alguien apareciera por la puerta de la azotea en cualquier momento, todo eso volvía cada segundo más intenso. Marisol pareció pensar lo mismo. Se bajó ella misma el cierre lateral del pantalón, se lo empujó hasta las rodillas y se lo pateó a un costado, quedando en bombacha, una tanga blanca finita, ya con una mancha oscura de humedad en el medio.
—Mirá cómo me pusiste —dijo, corriéndose la tela hacia un lado con dos dedos.
El coño estaba hinchado, brillante, con los labios abiertos y el clítoris asomando entre pliegues rosados. Un hilo espeso colgaba de la entrada. Me tuve que morder el labio para no acabar ahí mismo, en el aire, solo de verlo.
***
Se sentó en el borde de uno de los lavaderos, abrió las piernas y me tomó por la nuca. Me empujó hacia abajo sin decir nada. Me arrodillé en el cemento caliente entre sus muslos y hundí la cara en el coño de Marisol como si me fuera la vida en eso. Pasé la lengua de abajo hacia arriba, saboreándola entera, y me quedé un rato largo dándole al clítoris, chupándoselo con los labios, entrando y saliendo con la punta de la lengua. Ella me apretaba la cabeza contra el sexo, moviéndome, marcándome el ritmo.
—Ahí, ahí, seguí ahí —jadeaba, con la voz cada vez más ronca—. No pares, la puta madre, no pares.
Le metí dos dedos mientras seguía comiéndole el clítoris. La sentí apretarse alrededor, los músculos internos cerrándose sobre mis nudillos. Curvé los dedos hacia arriba, buscando ese punto esponjoso que había leído en alguna revista, y cuando lo encontré ella dio un respingo y me clavó los talones en la espalda.
—Ahí mismo, no te muevas, ahí mismo —gimió, y le empezaron a temblar los muslos alrededor de mi cara. Se corrió apretándome la boca contra el coño, empapándome el mentón, mordiéndose una mano para no gritar.
Cuando me incorporé tenía la cara brillando de sus jugos y la verga apuntándole al ombligo, palpitando. Ella me tomó del pelo y me atrajo hacia arriba, me lamió el propio sabor de la boca, me chupó los labios y la lengua con un beso sucio, hondo.
—Ahora quiero esa pollota adentro —me dijo al oído—. Rápido, metémela antes de que se me pase.
Me agarró la verga, se la acomodó contra la entrada del coño y me atrajo con las piernas cruzadas por atrás de mi cintura. Empujé de una sola vez, hasta el fondo, y los dos soltamos un gemido al mismo tiempo. Estaba tan mojada que entré entera sin resistencia, pero el coño se me cerraba alrededor apretado, caliente, chupándome hacia adentro. Empecé a moverme, primero despacio, después más fuerte, cogiéndola contra el lavadero con toda la fuerza que tenía. El borde del cemento le pegaba contra el culo con cada embestida y ella no dejaba de decirme que más, más fuerte, más rápido.
—Así, rompémelo, dale, así como te lo hacés en las pajas cuando pensás en mí —me jadeaba, agarrada de mis hombros, las tetas rebotándole con cada golpe.
La sostenía de las caderas y la empujaba contra mí al mismo tiempo que la penetraba, haciendo que la polla se le hundiera hasta la raíz. Se escuchaba el chapoteo húmedo del coño mojado, el golpe seco de nuestros cuerpos, sus gemidos apretados que trataba de tragar. En cualquier momento podía abrirse la puerta de la azotea, y esa idea, en vez de asustarme, me hacía coger más fuerte.
La saqué de golpe. Ella entendió sin que le dijera nada. Se dio vuelta, apoyó las manos en el lavadero y me sacó el culo, alto, abierto. Le volví a meter la verga por atrás, en el coño, y le empecé a dar de perrito, tirándole del pelo hacia atrás como si fueran riendas. Con la otra mano le pasé el pulgar por el otro agujero, apenas mojado con nuestros jugos, y ella soltó un gruñido.
—Ahí no, ahí no, otro día —me advirtió, pero movió el culo contra mi mano igual—. Ahora acabame en el coño, dale, llename.
Sentí que se me juntaba todo abajo, que ya no aguantaba más. Le avisé como pude, entrecortado, y ella aceleró el movimiento de las caderas, empujándome contra ella.
—Afuera —jadeó de golpe, cambiando de idea—, sacámela y acabame encima, quiero verte acabar.
Me la saqué a tiempo, se dio vuelta apurada, se dejó caer de rodillas frente a mí en el cemento y me metió la verga en la boca justo cuando el primer chorro salía. Me chupó y me acabé en su boca, en su lengua, y los siguientes chorros le salpicaron el cuello, las tetas grandes que le colgaban por afuera del corpiño. Ella no dejó de sacudirme la polla mientras acababa, exprimiéndome hasta la última gota, y después se pasó la lengua por los labios y me chupó la punta limpia, sacándome un espasmo que casi me tira al piso. Me quedé temblando, sostenido apenas por las piernas, con la verga todavía dentro de su boca ablandándose despacio.
***
Después todo volvió a la normalidad con una rapidez que me dejó atónito. Marisol se incorporó, agarró un trapo limpio del tendedero y se lavó el cuello, las tetas y las manos en el lavadero con una calma absoluta, como si acabara de regar las plantas. Se acomodó el corpiño, se subió los tirantes de la musculosa, se puso el pantalón y recogió del piso la braga con la que yo había empezado todo. Estaba manchada de mi baba y del líquido pegajoso que se me había escapado antes. La guardó en el cesto de la ropa sucia sin ninguna ceremonia y empezó a descolgar el resto del tendedero.
La ayudé sin que me lo pidiera. Cada vez que le pasaba una prenda para que la doblara, aprovechaba para rozarle la espalda o la cintura, y ella me dejaba hacer con esa misma sonrisa torcida de antes. Doblamos juntos un par de sábanas grandes, una de cada punta, acercándonos en el medio para juntar las esquinas. En uno de esos acercamientos me tomó la mano, se la llevó a la entrepierna por encima del pantalón y me la apretó ahí un segundo, como para que no me olvidara de lo que acababa de pasar. Después me soltó y siguió doblando como si nada.
—Gracias —le dije, y me sentí un idiota apenas lo dije, pero no se me ocurrió otra cosa.
—Vos portate bien —contestó ella, y se rió—. Y cuando te hagas una paja pensando en esto, acordate de mí.
Cargó el cesto contra la cadera y caminó hacia la puerta. En el último segundo, antes de que se fuera, me incliné y le di un beso corto en los labios. No se apartó. Me miró una vez más, divertida, y mientras bajaba la escalera levantó en el aire aquella braga de encaje, la que había arrancado de un día aburrido la tarde más imposible de mi adolescencia, y la hizo ondear como una despedida.
Nunca volvimos a hablar del tema. Seguí viéndola correr por las mañanas, en calzas o en shorts según el clima, y ella me saludaba con la mano como a cualquier vecino. Pero cada vez que pasaba frente a su ventana, los dos sabíamos lo que había pasado aquella tarde en la azotea, entre la ropa tendida y el calor del cemento, y eso bastaba para que la verga se me parara sola, como la primera vez.





