El hijo de mi profesora cayó en mis redes
Voy a confesar algo que pocas veces digo en voz alta: desde muy joven el sexo fue mi gran debilidad. Me gustaba provocar, sentir cómo un hombre dejaba de prestar atención a todo lo demás para fijarse solo en mí. No me importaba si tenía novia o estaba comprometido. Si me gustaba, encontraba la manera de que cayera rendido. Muchas mujeres me odiaban por eso, y la verdad es que nunca me quitó el sueño.
Estudiaba el segundo año de mi carrera cuando conocí a Adrián. Era el hijo de la profesora Marta, una mujer estricta que daba una de las materias del primer semestre. Ella me detestaba, y con el tiempo entendí por qué: terminé acostándome con su hijo, y una madre así jamás aceptaría que su muchacho cayera en manos de alguien con mi reputación.
Adrián tenía veintiocho años, unos cuantos más que yo. Estatura promedio, ojos claros, piel blanca, el pelo lacio siempre un poco despeinado. Estudiaba medicina y tenía esa seriedad de los que pasan la vida entre libros. Me gustaba desde antes, pero al principio ni me miraba. Cada vez que lo veía cruzar el pasillo se me aceleraba el pulso, y él ni se enteraba de que yo existía.
Todo cambió un día que entró al aula a ayudar a su madre con la clase. Apenas lo vi, sentí esa corriente conocida bajándome por el cuerpo. Le sostuve la mirada un segundo de más, le sonreí, y mi amiga Paola, que estaba a mi lado, me dio un codazo.
—Cierra la boca, que se te nota todo —me susurró riéndose.
—Calla, que te van a escuchar —le contesté—. Pero es que mira qué guapo.
Mis otras amigas se aguantaban la risa.
—A esta le gustan todos —soltó Rocío por lo bajo.
La profesora Marta le pidió a Adrián que repartiera unos apuntes. Cuando llegó a mi mesa y me entregó el mío, lo miré fijo a los ojos. Llevaba una falda corta, y al cruzar las piernas dejé que se subiera un poco más de lo necesario. Él lo notó. Tragó saliva, sonrió de medio lado y su mirada se llenó de algo que no era casualidad. Yo le devolví la misma intención, mordiéndome el labio.
—Deja de regalarte tanto —me murmuró Rocío, que lo había visto todo.
Pero ya era tarde. Desde ese día Adrián fue otro conmigo. Cada vez que me cruzaba me saludaba, me recorría con la mirada de arriba abajo, me desnudaba con los ojos sin disimulo. Y yo, lejos de incomodarme, me sentía cada vez más atraída por él.
***
Pasaron varias semanas. Él seguía apareciendo por la facultad y se quedaba mirándome como un tonto, y yo le coqueteaba a mi manera: el cruce de piernas, la mirada sostenida, la sonrisa justa. Nuestras conversaciones se hacían cada vez más largas. Él, mientras hablábamos, no dejaba de bajar la vista a mi escote o a mis piernas, y yo dejaba que lo hiciera porque me encantaba sentirme deseada por él.
Una tarde me lo encontré sentado solo en el parque del barrio. Yo venía de la calle con un vestido blanco ceñido, de escote cuadrado, de esos que marcan cada curva. Él sonrió en cuanto me vio, y yo le devolví la sonrisa.
—Hola, Adrián —lo saludé, alargando las vocales.
—Hola, Carla —respondió, repasándome de pies a cabeza.
Jugué con mi pelo, mordiéndome los labios.
—¿Qué haces tan solo?
—Mirando a una mujer bonita —dijo sin apartar los ojos de mí.
Me puse colorada, aunque por dentro estaba encantada. Me senté a su lado. Él seguía mirándome el escote de reojo, y a mí me gustaba que lo hiciera. Charlamos un rato, me preguntó por mi vida, y al final se animó a soltar lo que de verdad quería saber.
—¿Tienes novio? —preguntó.
—No —contesté con una sonrisa traviesa.
—No te creo, por lo que dicen.
—¿Y qué dicen? —me puse seria de golpe.
—Que tienes a varios detrás.
—La gente habla mucho —respondí, encogiéndome de hombros.
—Pues si fuera verdad, no me importaría —dijo, mirándome a los ojos—. Eres una mujer hecha y derecha, y muy guapa. Es normal que te tengan envidia.
Sentí una corriente caliente cuando lo dijo. Supe en ese instante que él me deseaba tanto como yo a él, y eso me prendió por dentro. Seguimos hablando un rato más, pero la conversación era casi una excusa. En un momento me agarró del mentón y se acercó despacio.
—Déjame probar esos labios —murmuró.
Me hice un poco la difícil, aunque por dentro era puro fuego. Nos besamos largo, despacio, con la boca y con las manos. Él me acarició los brazos, subió hasta mis pechos y los apretó con firmeza por encima de la tela. Se me erizó la piel entera. Esa tarde no pasó nada más, pero los dos sabíamos que era cuestión de tiempo.
***
Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Él volvía a la facultad, me buscaba con la mirada, y yo le dejaba ver justo lo necesario para mantenerlo enganchado. Una de esas tardes me acerqué a su madre con la excusa de una duda, y como Adrián estaba al lado, me incliné un poco más de la cuenta. Sentí su mano deslizarse por debajo del borde de mi falda y pellizcarme con suavidad. Lo miré rápido. Él se reía como un niño que acaba de hacer una travesura.
—¿Qué pasó con Adrián? —me preguntó Daniela, mi mejor amiga, cuando volví a mi sitio.
—Me pellizcó —le dije, todavía con el cosquilleo en la piel.
—Ay, Carla, mira que te dejas —me regañó Paola, que había escuchado—. Aunque a ti te encanta.
Me puse roja y no lo negué, porque era verdad.
Esa misma tarde, en un descanso, lo busqué de nuevo. Lo encontré sentado en un banco, descansando, y me senté frente a él. Mientras hablábamos, muy despacio, fui abriendo las piernas lo justo para que la falda dejara ver algo más. Él miraba, tragaba saliva, volvía a mirar.
—Qué bonito todo lo que se ve —dijo en voz baja.
—¿No quieres verlo más de cerca? —le respondí, sintiendo el calor subir por todo el cuerpo.
Cada palabra suya me ponía más húmeda. Se cambió de sitio, se sentó a mi lado y puso la mano sobre mi rodilla. La subió despacio por el muslo mientras me besaba el cuello. Yo miré a un lado y a otro, y como no había nadie cerca, dejé que sus dedos llegaran adonde los dos queríamos. Me tocó por encima de la tela y sintió de inmediato lo mojada que estaba.
—Qué rico, Carla —susurró contra mi oído.
Ahí no podíamos hacer nada más. Lo único que yo hacía era mover la pelvis despacio contra su mano, conteniéndome para no gritar. Antes de irse, me citó.
—Después de clase nos vemos en el parque, a las tres —dijo—. Ponte guapa.
—Ahí voy a estar —le prometí.
***
Salí corriendo a mi casa. Me bañé, me arreglé con calma, como hacía siempre que tenía una cita que me importaba. Me puse un conjunto de encaje negro, nuevo, de esos que parecen hechos para que te los arranquen, y encima un vestido corto y ceñido sin hombros que dejaba poco a la imaginación. Tacones altos, el pelo suelto, el maquillaje justo. Me miré al espejo y me gustó lo que vi: una mujer con muchas ganas de ser de Adrián esa noche.
Llegué al parque antes que él. No faltaron los pesados de siempre con sus comentarios, pero los ignoré a todos. Entonces apareció él. Nos saludamos con un beso largo, apasionado, y me apretó las caderas contra las suyas.
—Hola, Carla —me dijo al oído—. Estás preciosa.
—Es para que lo disfrutes —le contesté.
Nos sentamos en un banco apartado, junto a un árbol, y allí volvimos a perder la cabeza. Me besaba el cuello, me acariciaba por debajo del vestido, me buscaba con los dedos. Yo me abría para él, cada vez más caliente.
—¿Te gusta que te toque? —me preguntó, mirándome a los ojos.
—Me encanta, y más si eres tú —respondí sin pensarlo.
—Acompáñame a mi casa —me dijo de pronto.
—Vamos —contesté, ya sin un gramo de paciencia.
***
Apenas cruzamos la puerta de su casa me empujó contra la pared y me besó como si llevara meses esperándolo. Su mano se metió bajo el vestido, apartó la tela del encaje y me encontró completamente empapada. Sacó un dedo, se lo llevó a la boca y luego me lo puso en los labios para que lo probara. Lo hice mirándolo a los ojos, y vi cómo eso lo encendía todavía más.
Me llevó de la mano hasta su cuarto y me dejó caer sobre la cama.
—Qué guapa eres, Carla —dijo mientras se desabrochaba la camisa—. Me gusta todo de ti.
Lo miraba con un deseo que no me cabía en el cuerpo. Me subió el vestido, me quitó la ropa interior despacio y se quedó un segundo mirándome antes de abalanzarse. Me besó el cuello, bajó hasta los pechos, los recorrió con la boca, jugó con cada uno hasta hacerme arquear la espalda.
Después separó mis piernas y bajó del todo. Su lengua me recorrió entera, sin prisa, abriéndome con cuidado, buscando el punto exacto una y otra vez. Yo me agarraba a las sábanas, conteniendo los gemidos, sintiendo que el cuerpo entero me ardía.
Cuando ya no aguantaba más, lo hice subir. Se acostó de espaldas y yo me senté sobre él, despacio, mirándolo a los ojos mientras me movía. Empecé suave, ese vaivén lento que tan bien conocía, y fui subiendo el ritmo hasta que los dos terminamos casi a la vez, temblando, con la respiración rota.
No nos quedamos quietos mucho rato. Me puso boca abajo, me agarró de las caderas y siguió, más duro, más profundo, hasta que volví a venirme con las piernas temblando como si me recorriera un calambre. Esa tarde repetimos hasta quedarnos sin fuerzas, abrazados y sudados sobre las sábanas revueltas.
***
Después me vestí y me fui a casa feliz, satisfecha como hacía tiempo no estaba. Y no fue solo esa vez. Adrián siguió buscándome durante mucho tiempo, venía a mi casa, me hacía de todo, y a mí no me importaba que tuviera novia. Lo nuestro era pura urgencia física, y los dos lo sabíamos.
Hasta que un día su madre nos encontró en su propia casa, en pleno acto. Fue terrible. Yo estaba desnuda, tapada apenas con una sábana, sin poder decir una palabra.
—Adrián, tienes novia, ¿por qué le haces esto? —le gritó la profesora Marta, sin mirarlo siquiera a él—. Y con esta, que se entrega a cualquiera.
Se giró hacia mí con los ojos llenos de desprecio.
—Vístase y márchese. Él solo quiere acostarse con usted, ¿no lo entiende?
Mientras me ponía la ropa, pensé que aquello que ella me echaba en cara a mí no me dolía en absoluto. Yo sabía perfectamente que él tenía novia, y sabía lo que estaba haciendo. Así que la miré y le contesté:
—A lo mejor su hijo viene a mí porque hay algo que en su casa no encuentra.
—Respétese —me espetó—. Ningún hombre la va a tomar en serio. Fuera de mi casa.
Volví a ver a Adrián unas cuantas veces más, siempre a escondidas, hasta que poco a poco se fue apagando. La profesora Marta nunca me perdonó, y la verdad es que tampoco me lo propuse. Seguí siendo la misma de siempre, dueña de mi deseo, sin pedir disculpas a nadie por ello.