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Relatos Ardientes

Acepté ir de pesca con mi primo y su amigo

Era pleno verano. Uno de esos veranos que te dejan la piel ardiendo y te despiertan en el cuerpo cosas que después cuesta callar. Las clases habían terminado hacía semanas y la casa se sentía más grande, más silenciosa, más cómplice. Una tarde mamá me comentó, casi al pasar, que Damián venía a quedarse unos días con nosotras.

Damián era hijo de la hermana menor de mamá, un primo al que yo apenas conocía por fotos viejas y un par de cumpleaños de la infancia. La noticia me generó una curiosidad tibia, nada más. Mamá, en cambio, no pudo disimular del todo su fastidio. Ella tenía su rutina nocturna bien aceitada: visitas que llegaban en silencio pasada la medianoche y se iban antes de que aclarara. Un primo instalado en casa le complicaba bastante el margen de maniobra.

Pero Damián llegó igual. Y llegó con todo: fornido, de piel curtida por el sol, con una sonrisa fácil y una manera de hablar que llenaba el ambiente. En la cena de esa primera noche hablamos de familia, de trabajo, de lugares. Nos contó que era un fanático de la pesca, que se escapaba seguido a acampar varios días seguidos. Mamá, oliendo la oportunidad de tener la casa para ella un par de noches, dijo que una compañera de la fábrica tenía un hijo, Leandro, también aficionado a la pesca, y que iba a averiguar si quería sumarlo a alguna salida.

Damián se entusiasmó enseguida. Contó que, además de las cañas y el resto del equipo, había traído una carpa chica, para dos o tres personas. Y entonces, mirándome directo a los ojos, soltó:

—¿Y vos, prima? ¿No te prendés? Estaría bueno pasar unos días al aire libre, lejos de todo.

Miré a mamá. Ella me devolvió una sonrisa que era mitad complicidad, mitad alivio. Yo también sonreí, sintiendo ya un cosquilleo bajo el ombligo.

—Dale, voy.

Al día siguiente mamá me avisó que Leandro estaba entusiasmadísimo y que pasaría por la tarde a coordinar. Cuando lo vi, entendí que la excursión iba a ser interesante. Leandro era alto, de piel trigueña, con manos grandes de tipo que trabaja y una mirada que no disimulaba nada. Los dos eran simpáticos, conversadores… y se notaba que me estaban midiendo todo el tiempo.

Eligieron el lugar entre ellos: un río apartado a unos cinco kilómetros del camino, a más de doscientos cincuenta kilómetros de casa. Saldríamos al día siguiente en un micro temprano para pasar cinco días. Esa noche casi no dormí. Estaba ansiosa, inquieta, despierta. Sabía que esos dos no iban solo a tirar la línea. Y, conociéndome, sabía que yo tampoco les iba a poner demasiados peros.

Llegamos después de más de cuatro horas de viaje. El lugar era perfecto: río tranquilo, árboles altos, nadie a la vista. Armaron la carpa en minutos. Yo la miré y solté:

—Uy… es chica.

Damián se rió, mostrando unos dientes blancos.

—Mejor, primita. De noche acá hace frío. Vamos a dormir bien apretaditos.

Los tres nos reímos, pero la risa ya tenía otro sabor.

Pasamos la tarde armando los equipos, prendiendo el fuego, hablando pavadas. La tensión crecía como el calor del mediodía. Cada roce, cada mirada, cada vez que uno de los dos se inclinaba y yo alcanzaba a adivinar el bulto bajo el short, se me humedecía más la ropa interior.

A la noche cenamos pescado a la parrilla y después nos sentamos alrededor de la fogata con una botella de vino tinto. El vino, la oscuridad, el crepitar de los leños: todo conspiraba. La charla subió de tono rápido. Confesiones, risas, preguntas cada vez más directas. Cerca de la medianoche decidimos ir a dormir.

Damián y Leandro se alejaron unos metros a hacer pis. Mientras juntaba los platos, traté de espiar de reojo. La oscuridad me tapó casi todo, pero alcancé a ver las siluetas y el movimiento de las manos. Se me apretó todo por dentro.

Antes de entrar a la carpa, Damián se sacó el short y quedó en un bóxer negro ajustado. La dureza era evidente: la tela marcaba el contorno de algo grueso que ya estaba a medio despertar. Leandro hizo lo mismo. Faltaba yo.

No me daba vergüenza mostrarme. Pero esta vez era distinto. No eran chiquilines apurados. Eran dos hombres hechos, primo y amigo, y yo era la única mujer en muchos kilómetros a la redonda. Presentía que esos días me iban a marcar.

Me saqué el pantalón corto y quedé en bombacha. Soy de cuerpo lleno, y la tela se me había metido por atrás, así que las nalgas me quedaban casi al aire. Entré a la carpa y me acosté en el medio, de frente a Leandro y dándole la espalda a Damián.

Apenas me acomodé quedé apretadísima entre los dos.

Sentí enseguida a Damián endurecerse contra mí. Caliente, duro, insistente. Leandro no se quedó atrás: me buscó la boca con la lengua, nos cruzamos la respiración, los gemidos ahogados. Damián me amasaba los pechos por debajo de la remera, me mordía la oreja y me susurró bajito, pero lo justo para que los tres lo escucháramos:

—Te vamos a tener entretenida toda la semana, primita.

Leandro se bajó la ropa interior y se apretó contra mis muslos, pesado, urgente. Yo ya sabía lo que tocaba. Acostada de lado, me incliné hacia él y me lo llevé a la boca, mientras Damián, por detrás, me bajaba la bombacha de un tirón hasta las rodillas.

Así, doblada, con Leandro en la boca, sentí la lengua de Damián recorrerme entera, ensalivándome todo, abriéndome con los pulgares, hundiéndose donde quería. Yo gemía con la boca llena, incapaz de quedarme quieta.

Los dos estaban desatados. No paraban de hablarme sucio:

—Mirá cómo estás, prima.

—Te gusta esto, ¿no?

—Pedilo. Pedí más.

Damián era el más alzado. Se notaba que venía juntando ganas hacía rato. Me mordisqueaba las nalgas hasta dejarme la piel roja, me preparaba con la lengua y con los dedos, sin apuro y sin asco.

De golpe me acomodó como pudo en la carpa chica. Me puso en cuatro, arrodillada, inclinada bien hacia adelante, todavía con Leandro en la boca. Sin esperar, me embistió de un solo empujón y empezó a bombear duro.

—Tomá, primita, tomá.

Yo bufaba, ahogada por Leandro, que me sostenía la cabeza y me marcaba el ritmo. Los gemidos, los insultos, el olor a sexo y a río, todo se mezclaba en la carpa caliente.

Damián se acostó sobre mi espalda, su pecho contra mi columna, y mientras seguía, me avisó al oído lo que venía. No dije nada. Solo empujé hacia atrás, ofreciéndome, dejando que decidiera él.

Me preparó despacio, con saliva y paciencia, y después empezó a forzar de a poco. El cuerpo se me cerraba por instinto, como si fuera siempre la primera vez, y eso lo enloquecía. Estaba con su prima, lejos de todo, y eso lo ponía como nunca. Avanzó hasta el fondo, sin pausa. La quemazón era horrible y al mismo tiempo era placer puro.

Grité, me mordí el brazo, se me llenaron los ojos de lágrimas. Leandro, viendo la escena, no aguantó y terminó en mi boca, mientras yo tragaba y seguía gimiendo. Damián siguió un rato largo, hablándome al oído, hasta que con un bramido se vació adentro mío. Se quedó así, jadeando, antes de salir despacio.

Nos dormimos pegados, abrazados, transpirados.

***

Me usaron los cinco días que estuvimos ahí. De todas las maneras posibles.

Me despertaban metiéndomela en la boca antes del mate. Me ponían en cuatro sobre la arena mientras uno tiraba la línea y el otro me tomaba por detrás. Se turnaban en la carpa al mediodía, cuando el sol pegaba fuerte y el calor nos volvía animales. Me cogieron los dos a la vez, apretujados en la carpa, sudando, diciéndome de todo.

Una tarde me llevaron al río. Me metieron al agua y me tomaron de pie, con el agua hasta la cintura. Damián me sostenía de la cintura desde atrás mientras Leandro me besaba y me hundía los dedos. Terminaron los dos casi al mismo tiempo, y yo me reí contra el pecho de Leandro, mareada de sol y de vino.

Otra noche, alegres de vino y calor, me ataron las muñecas con un trozo de tanza y me dejaron boca abajo sobre la bolsa de dormir. Me usaron por turnos, cambiando de lugar cada pocos minutos. Me hicieron pedir que no pararan. Y no pararon.

El último día, antes de desarmar la carpa, me pusieron de rodillas en el medio del campamento. Los dos parados frente a mí, me hicieron atenderlos por turnos mientras se reían. Me dijeron que era su suerte del verano, que cuando volviéramos seguirían buscándome. Me dejaron marcada, agotada y, no sé por qué, sonriendo.

***

Cuando volvimos, Damián se quedó un mes más en casa.

No había camas de sobra. Tuvo que dormir conmigo.

La primera noche mamá entró a trabajar turno noche. Quedamos solos. Apenas cerró la puerta, Damián me miró y dijo:

—Sacate la ropa, prima.

Me saqué todo. Me puso en cuatro en mi propia cama, sobre las sábanas que olían a mí, y me preparó con calma, susurrándome al oído:

—Esto va a ser todos los días.

Y fue verdad.

Durante ese mes me convirtió en su costumbre. Me buscaba antes del desayuno, me buscaba cuando mamá dormía la siesta, me buscaba de madrugada cuando ella llegaba cansada y caía rendida. Una vez me llevó a la cocina, contra la mesada, mientras mamá descansaba en la pieza de al lado, y me tapaba la boca con la mano para que no se escuchara nada.

Cuando mamá salía, él me llevaba a la cama grande. Me ataba las muñecas al respaldo con una media y me usaba con calma, hasta hacerme llorar de a ratos, hasta dejarme deshecha. Después me hacía dormir así, y yo tenía que disimular el andar torpe cuando ella volvía.

Una noche mamá llegó más temprano de lo habitual. Nos encontró en mi cuarto. Damián no paró. Siguió, sin soltarme, mientras ella se quedaba parada en la puerta, mirándonos. No dijo nada. Entró, se sacó la ropa despacio y se acostó a mi lado. Me acarició la cara mientras su sobrino seguía conmigo.

—Seguí, Damián —dijo mamá, con una voz que yo no le conocía.

Y Damián siguió. Mamá me besó mientras los dos me tenían entre ellos. Esa noche descubrí a mi madre de una manera que jamás había imaginado, y descubrí también que llevábamos demasiado tiempo fingiendo lo que las dos éramos.

Desde esa noche la casa cambió. Mamá dejó de esconder sus visitas. A veces traía a alguien y me incluía. A veces era Damián el que invitaba a Leandro. Terminábamos los cuatro en la cama grande, yo en el centro, riendo y llorando al mismo tiempo, sin saber bien dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.

El verano terminó. Damián volvió a su provincia. Pero cada tanto regresa. Y cuando regresa, ya sabe cómo lo recibo: con la puerta cerrada, la casa en silencio y las mismas ganas que aquella primera noche junto al río.

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Comentarios (5)

Fabiola88

me encanto!! tremendo, no me esperaba ese giro para nada

NochePasada7

Por favor seguí contando, no puede quedar así. Necesito saber como terminó todo jaja

TomasRdz

Me recordó unas vacaciones mías de hace unos años, ese feeling de saber algo sin decirlo. Muy bien contado

MarcosRiv22

el titulo dice todo sin decir nada jajaja, bien jugado

DavidNorte

De las confesiones mas reales que leí por acá. Se nota que es verdad, no suena inventado. Seguí compartiendo

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