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Relatos Ardientes

Te confieso lo que imagino cuando estoy sola en mi cama

Soy una mujer un poco distinta, supongo. Tengo veintinueve años, mido un metro sesenta y dos, y no soy delgada: tengo caderas anchas, nalgas grandes, pecho generoso y, sí, algo de barriga, pero con una cintura marcada que me dibuja una silueta de la que no me avergüenzo. Me gusta mi cuerpo. Me gusta lo que provoca. Y, sobre todo, me gusta el morbo. No me gusta: me fascina.

Siempre fue así. Desde muy joven aprendí que lo que más me excitaba no era el contacto, sino la anticipación. La idea. La palabra dicha en el momento justo. Descubrí que podía poner duro a un hombre sin tocarlo, solo hablándole, solo eligiendo bien lo que le susurraba al oído. Y verlo así, tenso, obediente, buscándose a sí mismo con la mano mientras yo seguía hablando, me dejaba empapada.

Te lo cuento porque hoy decidí escribir algo que nunca dije en voz alta. Una confesión de verdad, sin maquillar. He leído cientos de relatos a lo largo de los años, y mis preferidos siempre fueron los de dominación. Los de control. Esas historias donde una mujer pierde el mando sobre sí misma y se convierte en otra cosa, en alguien que solo existe para el deseo.

No sé explicar del todo por qué me atrapan tanto. Hay algo en la rendición que me desarma. Leer cómo alguien describe el momento exacto en que una mujer deja de decidir, en que el cuerpo le responde a otro y no a ella misma, me genera una mezcla de envidia y urgencia que no se parece a nada. Esa soy yo, pienso siempre. Esa quiero ser yo.

Me imagino siendo usada, reclamada, tratada como si mi único propósito fuera dar y recibir placer. Me imagino entregada hasta el punto de no tener que pensar en nada, de no decidir nada, de simplemente sentir. Hay una paz extraña en esa fantasía, una calma debajo del fuego. Quizás por eso vuelvo a ella una y otra vez, cada noche, cuando apago la luz.

En la vida real soy todo lo contrario. Soy la que organiza, la que decide, la que mantiene la cabeza fría cuando todos a mi alrededor pierden el rumbo. En el trabajo me llaman cuando hay un problema, y yo lo resuelvo. Soy responsable hasta el agotamiento. Y creo que es justo por eso que mi cabeza se va al extremo opuesto cuando por fin estoy sola: porque deseo, con un hambre que no se calma, dejar de cargar con todo aunque sea por un rato.

Hay un placer enorme en imaginar que otra persona toma esa carga. Que alguien decide por mí, que me dice qué hacer y cómo, y que mi único trabajo es obedecer. No es debilidad. Es lo contrario: hace falta mucha confianza para entregarse así, para soltar las riendas y dejar que el cuerpo hable más alto que la cabeza. Y en mis fantasías esa confianza es absoluta.

***

Pero hay otra fantasía que me persigue desde hace meses, y esa es distinta. Esa no tiene que ver con perder el control, sino con un mundo entero donde nadie tiene que esconder lo que desea.

Me imagino un pueblo. Un lugar pequeño, soleado, con calles tranquilas y casas de colores. Y desde el momento en que cruzas la entrada, todo gira en torno al placer. No hay vergüenza. No hay reglas escritas sobre lo que está bien o mal mirar. La gente vive el sexo como vive el comer o el caminar: con naturalidad, sin culpa, sin esconderse.

La ropa es diferente allí. Nada de prendas pensadas para tapar. Las mujeres llevan telas mínimas que apenas cubren lo justo, o sencillamente caminan desnudas si les apetece. Los hombres van con el torso descubierto, con lo puesto reducido a lo esencial. La única norma del pueblo es ir dispuesto. Dispuesto a mirar, a tocar, a entregarse a quien también lo desee.

En mi cabeza, los parques de ese lugar están llenos de cuerpos sobre el césped. Parejas, grupos, desconocidos que se encontraron hace diez minutos. Y en las bancas, para quienes prefieren mirar antes que participar, hay juguetes a disposición de todos, porque ahí nadie se queda con las ganas mientras observa a los demás disfrutar. Mirar también es parte del juego. Mirar y dejarse mirar.

Los restaurantes me encantan especialmente en esta fantasía. Entras, te sientas, y el camarero te trae dos cartas. Una con la comida del día. La otra con todo lo demás. Eliges con la misma calma con que pedirías un postre. Y nadie levanta una ceja, nadie juzga, porque en ese pueblo el deseo no es un secreto que se guarda: es el aire que se respira.

Me prende muchísimo imaginarlo. Tanto que a veces me sorprendo desarrollándolo en mi mente con detalles absurdos, decidiendo qué color tienen las fachadas o cómo suena la música en la plaza. Quiero escribir esa historia algún día, contarla bien, ponerle nombres y personajes. No sé si a alguien le gustaría leerla. Pero a mí me arde por dentro cada vez que la pienso.

Lo que más me gusta de ese pueblo imaginario no es el sexo en sí. Es la ausencia de culpa. Es vivir en un lugar donde nadie tiene que disculparse por desear, donde una mujer puede mirar a quien quiera sin que la llamen nada, donde un hombre puede acercarse con respeto y recibir un sí o un no sin drama. Un sitio donde el deseo no es algo sucio que se esconde, sino algo limpio que se comparte.

A veces fantaseo con llegar yo misma a la entrada de ese pueblo. Bajar del coche, dejar el bolso, quitarme la ropa que traigo del mundo de afuera y cruzar el límite por primera vez. Imagino el calor del sol en la piel desnuda, las miradas que me recorren sin esconderse, y esa sensación nueva de no tener absolutamente nada que ocultar. Solo de pensarlo se me corta la respiración.

***

Ahora mismo, mientras te escribo todo esto, estoy desnuda en mi habitación. Acostada boca arriba sobre las sábanas, con el portátil apoyado en las piernas dobladas. Mis pechos caen ligeramente hacia los lados, uno a cada costado, y la piel se me eriza cada vez que el ventilador pasa por encima.

Tengo las piernas un poco abiertas. No me he tocado todavía, aunque llevo un rato resistiéndome. Lo noto. Esa humedad tibia que aparece sola, sin permiso, solo de pensar en lo que estoy contando y en quién va a leerlo. Me excita esa idea más que ninguna otra: que alguien, en algún lugar, esté entrando justo ahora en mis pensamientos más privados.

Cierro los ojos un segundo y dejo que la fantasía vuelva. Imagino una boca entre mis piernas. Imagino una lengua paciente, que no tiene prisa, que sabe lo que hace y lo que provoca. Imagino dedos que se abren paso despacio, buscando ese punto exacto que me hace arquear la espalda, y una voz grave que me ordena no contenerme.

No te aguantes, me diría. Déjate ir. Para eso estás.

Y yo me dejaría ir. Gritaría sin medir el volumen, sin pensar en los vecinos, sin pensar en nada. Porque en esa fantasía no tengo que decidir, no tengo que sostener nada. Solo tengo que sentir, y sentir, y sentir hasta que el cuerpo me tiemble entero y se me escape el aire en un gemido largo que no controlo.

Mientras lo imagino, mi mano ya bajó sola. No lo decidí del todo: simplemente está ahí, abajo, moviéndose despacio en círculos lentos sobre la piel todavía suave. Respiro más hondo. La habitación se volvió tibia, espesa, y el único sonido es el de mi propia respiración cortándose por momentos.

Te confieso que no sé cuánto voy a aguantar escribiendo. Quiero terminar esta frase y quiero no terminarla. Quiero seguir contándote y quiero soltar el teclado y entregarme del todo a lo que mi mano ya empezó sin mi permiso. Es delicioso este límite, este punto justo antes, esta tensión que se estira y no se rompe.

***

Voy a dejarte aquí, en suspenso, igual que yo estoy ahora. Porque lo que viene después ya no es para escribirlo, sino para sentirlo a solas, con los ojos cerrados y la imaginación corriendo a toda velocidad por ese pueblo donde nadie se esconde.

Quizás la próxima vez te cuente cómo terminó esta noche. O quizás te hable más de mis fantasías, de la entrega, del control, de todo eso que me da vergüenza desear y que igual deseo con todas mis fuerzas. Depende de si tú también te calentaste leyéndome. Me gusta pensar que sí. Me gusta imaginarte respirando un poco más rápido ahora mismo, igual que yo.

Los quiero, lectores míos. Un beso húmedo allá donde más lo necesiten.

Una mujer que ya no tiene secretos.

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Comentarios (5)

Romi_GBA

Dios mio que comienzo... Una lectura de esas que no podés soltar hasta el final. Muy bueno.

JaviNocturno

genial, de lo mejor que lei en mucho tiempo. espero que haya mas relatos así

Sandra_MX

Que manera de escribir. Se nota que viene del alma, no de la nada. Gracias por compartir algo tan intimo.

CuriosaLectura

Se hizo cortísimo!!! Mas por favor :)

ElRincon_H

La autenticidad que tiene este relato es difícil de encontrar. Bien ahí.

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