Subí las bolsas de la vecina y no me dejó irme
Habían pasado unas semanas desde aquel encuentro casual con la vecina de mis padres. Yo volvía de la facultad y, al pasar frente al supermercado del barrio, la vi salir cargada de bolsas, peleando con el carrito y las llaves del auto al mismo tiempo. Me acerqué sin pensarlo demasiado.
—Déjame ayudarte con eso —le dije.
—No hace falta, vine en el auto —contestó, sonriendo apenas.
—Pero son muchas cosas. Te acompaño y te las subo al departamento. En serio, no me cuesta nada.
Me miró un segundo de más, como midiendo la oferta, y al final cedió.
—Está bien. No te quito la intención.
La acompañé hasta el auto, acomodamos las bolsas en el asiento de atrás y manejó los pocos minutos que había hasta su edificio. Subimos todo entre los dos, repartiéndonos el peso, y cuando terminé de dejar la última bolsa sobre la mesada ya estaba por despedirme.
—¿No quieres tomar algo antes de irte? —me preguntó—. Agua, un refresco.
—Bueno, si no es molestia.
—Claro que no. ¿Agua o de sabor?
—Si tienes una cola, mejor.
Me indicó el sillón de la sala y fui a sentarme mientras ella se movía por la cocina. Volvió con una bandeja: dos vasos y, junto a ellos, unos bocadillos variados que olían a recién hechos.
—Sobraron de un evento que tuve en la mañana —explicó, dejando la bandeja en la mesa baja—. Están buenos, pruébalos.
—Gracias —dije, y tomé uno relleno de ensalada.
Ella se quedó de pie un momento, abanicándose el cuello con la mano.
—Voy a cambiarme, estoy acalorada. Ponte cómodo.
Y se retiró hacia su habitación. Yo terminé el bocadillo, di un trago largo a la cola fría y, al rato, le pregunté en voz alta si podía usar el baño.
—Claro, estás en tu casa —respondió desde el cuarto—. Y no me hables de usted, me haces sentir más vieja de lo que ya estoy.
—Para nada. Eres una mujer muy joven y muy guapa, Marcela —le dije, entrando al baño.
***
Al salir noté que la puerta de su recámara había quedado entreabierta. Ella ya se había quitado la blusa y la falda de oficina, y estaba en ropa interior, frente al espejo, retocándose el maquillaje. Desde donde yo estaba se veía perfectamente su figura: la espalda recta, la curva de la cintura, la piel clara contra el encaje.
Sentí la reacción inmediata entre las piernas y tuve que acomodarme con disimulo, bajando la vista. Cuando volví a mirar, la encontré observándome a través del espejo, con una media sonrisa que no escondía nada. Me había visto. Me fui directo al sillón y me senté.
Salió poco después con una blusa de tirantes blanca, un detalle de encaje a la altura del pecho que dejaba adivinar el corpiño rojo que se había puesto, distinto al claro que llevaba antes. La falda era azul marino, casi negra, y le hacía resaltar las piernas enfundadas en medias finas. Al sentarse a mi lado, la tela se le subió hasta media pierna, y las aberturas laterales dejaban ver bastante más de lo que la prenda prometía.
No podía dejar de mirarla de reojo. Tuve que girarme un poco para poder hablarle de frente y, de paso, observarla mejor. Ella se dio cuenta de todo.
Se rascó la pierna despacio, los dedos subiendo hasta el borde oscuro de la media, donde se transparentaba el rojo de su ropa interior.
—¿Sigues haciendo travesuras con la ropa de las vecinas? —preguntó, divertida.
—No, ya no. Desde aquella vez —contesté.
—Ahora prefieres verla puesta, ¿no?
Sabía a qué se refería, y no tenía ninguna intención de echarme atrás.
—En una mujer tan bonita como tú, se ve estupenda —dije, y apoyé la mano en su muslo, justo donde la abertura de la falda se abría.
Ella giró la cara hacia mí sin retirar mi mano. Entonces la besé. Para mi suerte respondió de inmediato, separando los labios, buscando mi lengua con la suya. Mi mano avanzó entre sus muslos, que ella separó apenas, y cuando llegué a su entrepierna soltó un gemido bajo y apretó mi mano entre las piernas.
***
Empujé mi cuerpo contra el suyo y, poco a poco, nos fuimos recostando en el sillón. Me abrazaba con fuerza mientras yo le besaba la oreja, el cuello, escuchando cómo su respiración se aceleraba y cómo empujaba la cadera contra mí. Bajé por su garganta, le levanté la blusa y ella terminó de quitársela, sacudiendo el pelo. Seguí mi camino hacia el vientre, besándole los pechos por encima del encaje, mordiéndole apenas los pezones ya endurecidos.
Le subí la falda y ella levantó un poco las caderas para ayudarme. Enganché las medias y se las fui bajando.
—Es hora de compensar lo del otro día —le dije mientras se las quitaba por completo, levantándole las piernas sobre las mías.
Le besé los muslos mientras le desabrochaba el corpiño por el broche delantero. Me coloqué entre sus piernas y la besé por encima de la ropa interior de encaje rojo. Suspiró al sentir mi lengua. Aspiré su olor, después aparté la tela mojada y la deslicé hacia abajo hasta sacársela, guardándomela en el bolsillo casi sin pensarlo.
Ahora la tenía completamente a mi disposición. Le besé las nalgas, los muslos, le di mordiscos suaves que la hacían reír y retorcerse.
—Ay, ¿qué haces, Adrián? —se reía, moviéndose como si no pudiera quedarse quieta.
Empecé a recorrerla con la lengua, una y otra vez, mientras ella me acariciaba la cabeza.
—No pensé que lo hicieras tan bien —jadeó.
Me concentré en su clítoris, lo lamí, lo hice vibrar, lo succioné mientras hundía dos dedos en ella y los movía despacio. Con la otra mano le jugaba con el pezón.
—Qué rico. Sigue, no pares —pedía, moviendo la cadera contra mi boca—. Ya quiero sentirte. Ven.
Aceleré los dedos y la lengua hasta que la sentí tensarse entera. Se le escapó un grito largo, levantó las piernas y se dejó llevar por el primer orgasmo sin la menor reserva.
***
Cuando me incorporé para terminar de desnudarme, me hizo una seña con la mano para que me acercara. Me puse sobre su pecho y le mostré lo duro que estaba. Ella me rodeó con la mano, me llevó hasta sus labios y empezó a recorrerme despacio con la boca.
—Es más grande que el de mi marido —dijo, mirándome desde abajo.
Me chupaba con las dos manos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me fui acomodando hasta llevar la punta a su entrepierna, golpeándole el clítoris unas cuantas veces, deslizándome entre sus labios.
—Ya, dámelo —pidió.
Entré de una sola vez. Se deslizó hasta el fondo gracias a lo mojada que estaba, y la besé en los labios mientras se lo metía entero.
—Cómo me llenas —murmuró contra mi boca, moviendo la cadera para salir a mi encuentro.
La penetré así un buen rato, lento y continuo, acariciándole las piernas, apretándole las nalgas cada vez que la embestía hasta el fondo, besándole los pechos uno por uno. Ella me clavaba las manos en la espalda, me atraía hacia ella, separaba más las piernas. Le di tres o cuatro embestidas rápidas y una profunda. Me miraba con los ojos vidriosos y una sonrisa que se le rompía en una mueca de placer cada vez que la sentía hasta el fondo.
Me rodeó la cintura con las piernas y soltó un sonido grave, gutural, mientras levantaba las caderas hacia mí y estallaba en un segundo orgasmo largo y ruidoso. Me abrazó, me buscó la boca, me besó con todo el cuerpo temblando.
***
Nos giramos hasta quedar de costado, y ella terminó arriba, montándome con un vaivén lento y rítmico. Apoyaba las manos sobre las mías, me las llevaba a sus pechos, entrelazaba los dedos con los míos para hacer palanca y subía y bajaba cada vez más rápido, jadeando, hasta dejarse caer agotada sobre mi pecho.
La giré de nuevo, quedando yo encima, y aceleré.
—Ya voy a terminar —le avisé.
—Sí, hazlo dentro, me cuido —contestó con la voz temblorosa—. Yo también.
La embestí con fuerza hasta el fondo, sintiendo el límite de su cuerpo contra mí, y me dejé ir dentro de ella. Me abrazó fuerte, me mordió el labio y después aflojó el abrazo, quedando tendida, sin fuerzas, el pecho subiendo y bajando agitado contra el mío. Nos quedamos así, besándonos despacio.
—Qué rico —dijo al fin, sonriendo.
—Eres increíble, Marcela. Me quedaría todo el día contigo.
—¿En serio?
—Al menos un par de veces más —contesté.
Bajó la mano hasta volver a tomarme, todavía duro.
—Presumido —dijo, riéndose.
La besé, le acaricié las nalgas y la atraje hacia mí.
—Claro que sí, preciosa.
***
Se levantó, me dio la mano y nos fuimos a su habitación. Se subió a la cama para destender las sábanas y yo acerqué la cara a sus nalgas, besándolas, acariciándolas. Se quedó quieta, en cuatro, disfrutando, arqueando un poco más la espalda. Le separé las nalgas con las manos y le pasé la lengua despacio.
—¿Qué haces? —se reía—. Ahí no.
—¿No te gusta? —pregunté, recorriéndola entera con la lengua.
—Sí, pero es raro.
—Lo consideras tabú, ¿no?
—Pues sí, no es normal.
—Pero te gustó. No importa —dije, y me subí a la cama detrás de ella.
—Espera —me frenó, dándose vuelta.
Se sentó con una pierna estirada y la otra encogida, me tomó con la mano y empezó a besarme y a recorrerme de arriba abajo con los labios, primero suave, después metiéndome en la boca, lamiendo mientras me sostenía.
—No sé mucho de esto, casi no lo hago con mi marido —confesó.
—Se siente bien —le contesté, acariciándole la mejilla.
Siguió, masturbándome y chupándome a la vez, mientras yo le acariciaba un pecho y con la otra mano buscaba su entrepierna, rozándole el clítoris, hundiendo de a poco un dedo en ella. Cuando sentí que estaba por terminar intenté apartarme, pero ella no me soltó.
—Dijiste que podías dos más —murmuró sin sacarme de la boca, mirándome a los ojos.
Me reí y le seguí el juego, moviendo la cadera despacio. Ella intensificó todo, me acariciaba mientras tragaba sin perder el ritmo, hábil, hasta que no quedó nada.
***
La empujé suavemente para que se recostara, me acomodé entre sus piernas y entré de nuevo, hasta el fondo. Gimió al sentirme entero dentro y empecé a moverme con fuerza, constante. Nos besábamos y nos tocábamos por todas partes, como si fuera el primer encuentro. Después la puse en cuatro y, con la vista de sus nalgas frente a mí, la penetré con más ganas. Ella alzaba la cara cada vez que entraba hondo, mis piernas chocaban contra las suyas en un golpeteo continuo, y le daba palmadas suaves mientras los pechos se le balanceaban.
Se inclinó hacia adelante, mordiendo la almohada, gimiendo, y por momentos era ella la que se movía sola, ensartándose hasta el fondo. Aceleré las embestidas hasta vaciarme dentro de ella una vez más. Junté mi cuerpo a su espalda, le amasé los pechos, le besé los hombros, y nos fuimos deslizando hacia abajo hasta quedar tendidos en la cama, yo sobre ella, sin salirme todavía. Nos quedamos así, recuperando el aire, un buen rato.
***
Nos levantamos y nos bañamos rápido, porque ya era tarde. La ayudé a cambiar las sábanas y a ventilar la habitación. Tomé mis cosas y me despedí en la puerta.
—Gracias. Eres increíble —le dije, acariciándole las nalgas una última vez.
—Gracias a ti por ayudarme con las bolsas. Y por todo.
—Será un placer subírtelas otra vez —contesté, deslizando la mano por su pierna.
Entendió perfectamente el doble sentido y solo sonrió, bajando la mirada.
Llegué a casa de mis padres, me tiré en la cama y me quedé pensando en lo bien que la había pasado con la joven señora del edificio de enfrente. Algo me decía que no iba a ser la última vez que ella necesitara una mano con las compras.