La cena que mi compañera de piso dejó en el pasillo
Nuria se despertó de un humor pésimo. La noche anterior no había bajado del todo la persiana y el sol de primavera de Valencia entraba con una fuerza insoportable, rebotando en el metal del balcón de enfrente y dándole de lleno en los ojos. Entre el dolor de espalda de tantas horas encorvada sobre los apuntes y el hueco que le había dejado Pol, sentía que no podía con su vida.
Pol había sido el primero en todo: el primero en besarla, el primero en desnudarla despacio, el primero en enseñarle lo que era un orgasmo de verdad. Pero ahora él andaba con una chica de la escuela de cine y ella estaba sola, con los exámenes finales encima y el ánimo por los suelos.
Arrastró los pies hasta la cocina. Allí estaban Adrián y Carla, sus compañeros de piso, que se callaron de golpe en cuanto ella apareció en el umbral. Nuria estaba demasiado cansada para preguntar nada. Mientras se preparaba un vaso de leche con cacao, Adrián salió disparado murmurando que llegaba tarde a la facultad. Carla, por alguna razón, soltó una risita que a Nuria le pareció rarísima.
—¿Qué te pasa a ti? Estás radiante para ser las ocho de la mañana —le soltó—. ¿Ayer hubo suerte o qué?
Sabía que Carla tenía sus aventuras, porque a veces volvía a casa oliendo claramente a sexo y con la ropa mal puesta. Pero nunca la había visto sonreír así.
—Tengo un plan que está saliendo mejor de lo que esperaba —respondió Carla, misteriosa—. Si todo va bien, va a ser el mejor verano de mi vida.
Nuria no quiso darle más vueltas y se metió directa a la ducha. Necesitaba despejarse. Al desnudarse frente al espejo observó su cuerpo menudo, casi de adolescente: pechos pequeños y firmes, sin grandes curvas, pero con una piel que llevaba semanas pidiendo que alguien la tocara.
Cerró la mampara y dejó que el agua caliente le golpeara la nuca, intentando que el vapor borrara la imagen de Pol y su chica nueva. Pero el cuerpo tiene una memoria propia que no entiende de rupturas ni de orgullos. Al pasar la esponja por los hombros y bajar hacia el pecho, el deslizar del jabón sobre la piel no fue la limpieza rutinaria de siempre. Fue un chispazo.
Se miró en el reflejo borroso del cristal. Sus pezones se habían endurecido bajo el agua, oscurecidos, reclamando atención. Al rozarlos con las yemas, un escalofrío le bajó por la espalda. Hacía demasiado tiempo que nadie la tocaba, y el hambre de su propia piel empezó a despertar con una fuerza que casi la asustó.
Bajó la mano por el vientre plano hasta su zona más íntima. El contacto con el agua y el jabón la dejó inmediatamente sensible, eléctrica. Empezó a acariciarse en círculos, rodeando el clítoris con una presión suave mientras el chorro le caía directo sobre el pubis y el agua resbalaba entre sus muslos. Cerró los ojos e imaginó que esas manos no eran las suyas, sino unas manos grandes que la reclamaban con urgencia.
Pero la mano no bastaba. El vacío que sentía por dentro era una exigencia física, casi dolorosa.
Salió un momento de la ducha, chorreando sobre las baldosas, con el pecho subiendo y bajando sin ritmo. Abrió el cajón del mueble del lavabo y rebuscó entre cremas y cepillos hasta que sus dedos dieron con un frasco de colonia de cristal grueso, alargado, casi fálico, con un tapón redondeado de metal frío.
Volvió bajo el agua. El contraste del cristal helado contra su piel ardiente la hizo soltar un gemido que se perdió en el ruido del desagüe. Se apoyó contra los azulejos, separó las piernas al máximo y empezó a pasar la base redondeada del frasco por su sexo, presionando con un ritmo lento pero firme. La sensación de plenitud llegó de golpe cuando empezó a hundir el cuello de la botella en su interior.
—Ah… —susurró, arqueando la espalda.
El vaivén, lubricado por el agua y por su propio flujo, se volvió frenético. Con una mano se pellizcaba un pezón, mezclando el dolor con el placer; con la otra manejaba el frasco con una destreza nacida de la desesperación. El mundo de fuera —la biblioteca, los exámenes, Carla y su secreto— dejó de existir. Solo quedaba el roce del cristal, el calor del agua y esa presión creciente en la base de la columna que estaba a punto de estallar.
El orgasmo la golpeó sin previo aviso, violento. Las piernas le fallaron y tuvo que agarrarse a la grifería para no caer, mientras una serie de espasmos rítmicos la sacudían de arriba abajo. Se quedó con la frente apoyada en la pared, jadeando, dejando que el agua le lavara la piel encendida y le devolviera, por fin, algo de paz. Guardó el frasco en el fondo del cajón, se secó con calma y se miró al espejo. Los ojos le brillaban distintos.
***
Los días pasaron volando entre apuntes y cafés cargados, y así llegó el viernes de la última semana de exámenes. En teoría Nuria debía subir esa tarde a Morella; sus padres la esperaban en la casa del pueblo para pasar el fin de semana en familia. Pero no le apetecía nada. La idea de aguantar las preguntas de su madre sobre Pol y fingir que estaba bien la agotaba más que el estudio. Así que, con una mezcla de culpa y alivio, llamó a casa y se inventó un examen el lunes por la mañana. La excusa perfecta para quedarse sola en la ciudad.
Caminaba hacia el piso disfrutando del sol de tarde. Justo al doblar la esquina de su portal le pareció ver a Carla saliendo del edificio, pero fue cuestión de segundos; la figura se perdió entre la gente y no pudo asegurarlo. Llegó a la puerta con las manos ocupadas: el bolso pesado, un par de libros y las llaves que nunca aparecían. Tras rebuscar en el bolsillo lateral, logró abrir.
Dejó todo sobre la mesa del recibidor con un suspiro de cansancio. Y entonces lo vio. El plato. Estaba en mitad del pasillo, completamente fuera de lugar.
Se acercó despacio. Al principio no distinguía qué había encima, pero a pocos pasos la imagen se volvió nítida: eran unas braguitas de Carla, de un encaje fino, depositadas con cuidado. Junto a ellas, una nota con la letra clara de su compañera:
«Me las acabo de quitar… me he tocado con ellas dos veces seguidas. Por favor, úsalas como toca. Quiero que termines en ellas y me las dejes en el pomo de mi puerta. P. D.: son mis favoritas… no las pierdas y no las rompas».
Nuria se quedó helada. Cogió el plato con manos temblorosas y, al mover apenas la prenda, un aroma denso le inundó el pasillo. Era un olor inconfundible a deseo reciente, a una excitación femenina tan pura que parecía tener temperatura propia. Sin pensarlo, se acercó el encaje a la cara y confirmó que estaba empapado.
Su propio cuerpo empezó a traicionarla. La humillación de lo de Pol, la soledad de aquella semana y el tabú del hallazgo se mezclaron en su vientre. Sintió los pezones endurecerse bajo la camiseta y la entrepierna empezar a latir. Jamás había olido el flujo de otra mujer, y la experiencia le resultaba tan prohibida como excitante.
Antes de poder procesarlo ya se había apartado la ropa interior a un lado. Se apoyó contra la pared del pasillo y empezó a tocarse de pie, allí mismo, con una urgencia que no se conocía. El clítoris, durísimo, le reclamaba toda la atención. Se hundió dos dedos hasta el fondo y notó que su humedad superaba cualquier cosa que hubiera sentido antes.
No aguantó mucho. La tensión acumulada estalló en un orgasmo que la dejó convulsa, con las piernas sin fuerza. Se dejó caer sentada en el suelo, jadeando, mirando las braguitas de Carla en el plato. En un impulso de puro instinto las tomó y se limpió con cuidado los dedos y la piel todavía húmeda, mezclando sus fluidos con los de su compañera en la misma tela.
Con el corazón aún desbocado, dejó el plato exactamente donde estaba. Necesitaba descubrir qué pasaba en esa casa y, sobre todo, quién era el destinatario de aquella «cena» que ella acababa de probar de la forma más inesperada.
***
Se encerró en su cuarto, pero no encendió la luz. Dejó la puerta apenas entreabierta, lo justo para tener una visión limpia del pasillo, y se sentó en el escritorio en silencio absoluto. El tiempo parecía ir más lento. Cada crujido del viejo piso la ponía en alerta. Si Carla se había ido, solo quedaba una persona que pudiera ser el destinatario de aquel mensaje tan explícito.
—Adrián —pensó, y la idea le provocó un escalofrío que no era de frío—. ¿Adrián y Carla?
No cuadraba. Adrián siempre parecía el chico tímido, el que apenas levantaba la vista del plato en las cenas; Carla era solitaria, casi esquiva. Pero entonces recordó la escena de la cocina, la risita, la huida repentina. Las piezas empezaban a encajar de una forma perversa.
Unos veinte minutos después oyó la llave girar en la cerradura. Nuria contuvo el aliento. Sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, vieron la silueta de Adrián entrar, dejar las llaves, dar un par de pasos y detenerse en seco.
Lo observó agacharse. Vio cómo sus manos grandes tomaban el plato con una mezcla de veneración y urgencia. Desde su escondite alcanzó a ver el perfil del chico: la mandíbula apretada, la respiración pesada de golpe. Adrián no dudó. Se llevó la prenda a la cara y aspiró hondo, cerrando los ojos con una expresión de puro hambre.
Nuria sintió su propio sexo latir otra vez. Verlo así, tan entregado al rastro de Carla, la encendía sin remedio. Lo vio leer la nota y, tras un instante de vacilación, meterse en su habitación cerrando con pestillo.
Sabía que el espectáculo no había terminado. Según las instrucciones, el plato tenía que volver a salir con el «postre». La curiosidad la estaba matando. No era solo morbo: era una necesidad de entender esa conexión tan cruda que acababa de descubrir.
Pasó casi media hora. No se movió de la silla. De repente la puerta de Adrián se abrió de nuevo. El chico salió con el mismo plato, pero el contenido había cambiado. El encaje seguía allí, brillante bajo la luz del pasillo, empapado ahora de algo mucho más denso. El olor que llegó hasta su cuarto era inconfundible: intenso, a hombre joven. Lo vio dejar el plato frente a la puerta de Carla y retirarse, agotado.
Nuria esperó unos minutos y, cuando estuvo segura de que él no saldría, abandonó el escondite. Caminó de puntillas por el pasillo hasta el plato. Se agachó y observó la mezcla de fluidos: el rastro de Carla, el suyo propio que había dejado al limpiarse y, encima de todo, la carga generosa de Adrián. Era una imagen de una potencia sexual increíble.
—«Tu cena» —leyó en la nueva nota, que él había dejado junto a la de Carla.
Nuria sonrió con una mueca lasciva. Sus dedos, que aún conservaban su propio rastro, rozaron el borde del plato. Ya no sentía la menor envidia de la chica de Pol. Lo que tenía delante era mucho más real, mucho más prohibido, y la idea de formar parte de aquel juego secreto, callada, en la penumbra, le pareció el mejor plan de verano que podía imaginar.