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Relatos Ardientes

La noche que mi amiga dejó de tener dudas conmigo

Llevaba semanas esperando ese fin de semana. No era una cita, ni nada que se le pareciera. Era escaparme dos días a la costa con Daniela, mi mejor amiga, y aun así no podía dejar de pensar en ello como si fuera algo más.

La conocí dos años atrás, en una de esas cenas de grupo donde uno no espera nada y termina encontrándolo todo. Desde el primer cruce de miradas hubo una corriente entre nosotros, esa clase de química que no se explica y que tampoco se decide. Nos hicimos amigos rápido, de los que se cuentan cosas que no le cuentan a nadie más. Salíamos siempre rodeados de gente, en grupo, con su novia o con la mía. Nunca solos.

Por eso, cuando conseguí convencerla de hacer una escapada los dos, sin nadie alrededor, casi no me lo creí. Me dijo que sí con una sonrisa que me dejó dándole vueltas durante días.

Hicimos una lista de reproducción a medias, cada uno con sus canciones, y salimos de la ciudad un viernes por la tarde con las ventanillas bajas.

—Tenía muchas ganas de esto —dijo ella, con los pies apoyados en el salpicadero—. Desconectar de verdad, sin estar pendiente de una pareja.

—Eso pasa siempre —contesté—. Te vas a relajar y al final terminas vigilando que el otro la esté pasando bien.

Daniela tenía novia, Marina, y yo por aquel entonces seguía en una relación con Sofía que se apagaba un poco más cada día. Marina y Sofía no se llevaban especialmente bien, así que aproveché un viaje de trabajo de Sofía para organizar la escapada. Estaba en esa relación casi por inercia, sin saber muy bien por qué seguía ahí.

—¿Y a Marina no le molesta que te vengas conmigo? —pregunté.

—No —dijo, y se encogió de hombros—. Sabe perfectamente cómo somos. Sabe que soy muy lesbiana. Supongo que, si fueras una chica, le incomodaría más.

Lo dijo riéndose, pero dejó escapar un suspiro al final, uno de esos que dicen más que la frase entera.

***

El hotel era sencillo y limpio. La habitación tenía dos camas individuales, aunque alguien las había juntado y solo quedaba la línea de las sábanas marcando dónde terminaba una y empezaba la otra. Nos reímos de la coincidencia y deshicimos las maletas sin darle más importancia.

Esa misma tarde bajamos a la playa. Encontramos un rincón apartado de la gente, lejos de las sombrillas, y extendimos las toallas sobre la arena todavía caliente. Nos quitamos la ropa hasta quedarnos en bañador y nos tumbamos a recibir los últimos rayos de aquel verano.

No recuerdo bien de qué hablamos. Solo sé que más de una vez mis ojos resbalaron hacia ella, hacia la curva de su pecho contra la toalla, hacia su espalda, y que era imposible que no se diera cuenta. Lancé un par de indirectas, suaves, casi por costumbre. Ella las dejaba pasar sin morder el anzuelo, sonriendo hacia el mar.

—Si te soy sincero —dije en un momento—, creo que después de este fin de semana voy a dejarlo con Sofía.

Daniela se incorporó despacio, apoyándose en un codo.

—¿En serio? Sabía que no andaban bien, pero no me esperaba esto.

—Estoy agotado. Quiero estar al lado de alguien que me transmita algo. Hace tiempo que no siento nada con ella.

—Te entiendo más de lo que crees —dijo, y se volvió a tumbar—. Cuesta admitir que algo se terminó.

Seguimos así un rato largo, hablando de lo que queríamos y de lo que ya no, mientras el sol bajaba. Ella no me dio ninguna pista, ningún gesto al que agarrarme, y yo no quise forzar nada. Volvimos al hotel cuando empezó a refrescar.

***

Cenamos algo ligero en el restaurante del hotel y subimos a la habitación. Yo seguía con la conversación de la playa metida en la cabeza, dándole vueltas a si me había pasado de la raya.

Daniela se sentó en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y el pelo todavía húmedo recogido en un moño flojo.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo, mirándome de una manera distinta—. Y necesito que seas sincero.

—Lo que quieras.

—Esta tarde, en la playa. ¿Lo de mirarme era casualidad?

Me quedé callado un segundo. Podía mentir, restarle importancia, salir por la tangente. No lo hice.

—No —admití—. Llevo mirándote así desde hace tiempo. Desde mucho antes de este viaje.

Ella bajó la vista a sus manos. Cuando volvió a hablar, lo hizo en voz baja.

—¿Sabes qué es lo que no le he contado a nadie? Que a veces me pregunto qué se sentiría. Contigo, quiero decir. Nunca he estado con un hombre. Y nunca había querido. Hasta que apareciste tú y empecé a dudar de cosas que tenía clarísimas.

No me esperaba esa honestidad. Y menos esa noche.

—No tienes que averiguarlo —dije, con cuidado—. No quiero que hagas nada de lo que mañana te arrepientas.

—Ya lo sé —contestó—. Por eso lo digo ahora, contigo, y no con un desconocido. Porque confío en ti. —Hizo una pausa—. Ven aquí.

Me acerqué despacio y me senté a su lado. La distancia entre los dos se había vuelto algo físico, casi sólido. Le aparté un mechón de la cara y ella no se apartó. Al contrario, cerró los ojos un instante, como si llevara tiempo conteniendo eso.

—Si en algún momento quieres parar —le dije al oído—, paramos. Solo tienes que decirlo.

—Lo sé —murmuró—. No quiero parar.

***

La besé despacio, dándole todo el tiempo del mundo para echarse atrás. No lo hizo. Su boca respondió con una curiosidad que era casi pregunta, suave al principio, y luego con ganas, hundiendo los dedos en mi pelo. Sentí cómo se le aceleraba la respiración contra la mía.

Mis manos buscaron el borde de su camiseta y ella levantó los brazos para ayudarme a quitársela. La luz de la mesilla le doraba la piel. La miré un segundo, entera, antes de volver a besarla.

—Eres preciosa —le dije, y lo decía en serio.

—Cállate y sigue —contestó, riéndose contra mi boca, ya sin nada de la timidez de antes.

Le besé el cuello, la clavícula, el nacimiento del pecho. Ella suspiraba y arqueaba la espalda buscando mi boca, guiándome sin palabras hacia donde quería que estuviera. Cuando le rocé los pezones con la lengua, dejó escapar un gemido bajo que me erizó la piel entera.

—No sabía que esto sería así —jadeó.

—Dime qué te gusta —le pedí—. Quiero hacerlo bien.

—Sigue bajando —dijo, y me empujó con suavidad hacia abajo.

Le quité el resto de la ropa entre besos lentos por el vientre. Cuando llegué entre sus piernas, ya estaba húmeda, esperándome. La probé despacio, con la lengua plana primero, y luego buscando el ritmo que la hacía retorcerse. Ella enredó los dedos en mi pelo y empezó a mover las caderas contra mi boca.

—Ahí, justo ahí —gimió—. No pares.

No paré. Jugué con su clítoris, alternando la lengua y los labios, mientras ella subía cada vez más alto. Le metí un dedo, después dos, despacio, sintiendo cómo se cerraba alrededor de ellos. Daniela se aferró a las sábanas y arqueó todo el cuerpo.

—Adrián... —dijo mi nombre como nunca me lo habían dicho—. Me voy a correr, no pares...

Llegó con un temblor largo que le recorrió las piernas, mordiéndose el labio para no gritar demasiado fuerte. Cuando abrió los ojos, me miró con una mezcla de asombro y deseo que no le había visto nunca.

—Ven aquí —dijo, tirando de mí hacia arriba—. Ahora yo.

Me empujó hasta tumbarme de espaldas y me bajó el pantalón con una urgencia nueva. Cuando me liberó, lo miró un momento, casi con curiosidad de quien explora un territorio desconocido, y luego me rodeó con la mano.

—Dime si lo hago bien —murmuró—. Nunca lo había hecho.

—Lo estás haciendo muy bien —contesté con la voz ronca.

Me besó despacio, primero la punta, después tomándome entera con una entrega que me dejó sin aire. No tenía técnica, tenía algo mejor: ganas reales, instinto, una atención a cada reacción mía que valía más que cualquier experiencia.

—Para —le dije al cabo de un rato, conteniéndome—, o esto termina antes de empezar.

Se rió, satisfecha de sí misma, y se tumbó a mi lado.

—Quiero saber qué se siente —dijo, y me miró a los ojos—. Contigo. Despacio.

—Despacio —repetí.

***

Me coloqué sobre ella con cuidado, apoyando el peso en los codos para no aplastarla. Le separé las piernas con suavidad y la fui entrando poco a poco, atento a cada gesto de su cara, dispuesto a detenerme al primer signo de molestia.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí —exhaló—. Más. Pero despacio.

Avancé milímetro a milímetro hasta que estuvimos del todo juntos. Ella soltó el aire que había estado conteniendo y me clavó las uñas en la espalda, no de dolor, sino de algo que la desbordaba.

—Dios —susurró—. No me imaginaba que fuera así.

Empecé a moverme lento, dándole tiempo a acostumbrarse, y cuando su cuerpo me pidió más, fui aumentando el ritmo. Ella enredó las piernas alrededor de mí y empezó a salir a mi encuentro, sincronizándose conmigo como si lleváramos toda la vida haciéndolo.

—No te detengas —jadeaba—. Por favor, no te detengas.

La besé mientras nos movíamos juntos, tragándome sus gemidos. En algún momento ella tomó el control, me empujó para tumbarme de espaldas y se colocó encima. Verla así, marcando su propio ritmo, con la cabeza echada hacia atrás y las manos apoyadas en mi pecho, fue lo más bonito de toda la noche.

—Así —murmuró para sí misma—. Justo así.

Le acaricié los pechos, las caderas, la guié sin imponerle nada. Ella subía y bajaba cada vez más rápido, persiguiendo su segundo orgasmo, y yo apenas podía aguantar.

—Me voy a correr otra vez —gimió—. No pares...

—Yo también —dije—. Dime dónde.

—Dentro no —jadeó, lúcida incluso en ese momento—. Aquí, encima.

Llegamos casi a la vez. Ella se derrumbó sobre mi pecho temblando, y yo salí justo a tiempo, dejándome ir contra su vientre mientras me sujetaba contra ella. Nos quedamos así, enredados, recuperando el aliento, escuchando el rumor lejano del mar a través de la ventana entreabierta.

—Bueno —dijo al fin, riéndose entre jadeos—. Eso responde mi pregunta.

Me reí con ella. No hubo arrepentimiento, ni el silencio incómodo que tanto había temido. Solo dos amigos que se habían querido de otra manera por una noche, sin que nada se rompiera.

—¿Y ahora qué? —pregunté en voz baja.

—Ahora dormimos —contestó, acomodándose contra mi pecho—. Y mañana decidimos qué hacemos con todo esto.

Lo que vino después de aquel fin de semana es otra historia. Pero esa noche, en aquella habitación de dos camas que nadie llegó a separar, los dos dejamos de tener dudas.

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Comentarios (5)

Vivi_BA

Que relato tan bueno, lo lei de una sola vez sin poder parar!!!

Carolina_M

Necesito saber como siguio despues... por favor una segunda parte!!

Rebe_MdP

Me recordo a una situacion que vivi hace años con una amiga. Esas cosas que uno no planea pero pasan solas. Muy bien contado, se siente autentico.

Luna_V

Me engancho desde el primer parrafo. Se nota que es una confesion real, no inventada.

Curioso_76

¿Siguieron siendo amigas despues? esa parte me dejo pensando...

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