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Relatos Ardientes

Cuatro años hablando por pantalla antes de tocarla

Pasaron casi cuatro años desde que conocí a Helena en una de esas aplicaciones de citas que uno descarga sin demasiada fe. Yo recién salía de un matrimonio que se había desinflado sin drama, y necesitaba algo distinto. Hablar con alguien que no compartiera ninguno de mis códigos, ni mi ciudad, ni mi idioma materno. Ella vivía en Amberes; yo, en aquel entonces, en Montreal.

Nuestra historia entera estuvo hecha de pantallas. Mensajes a las cinco de la mañana porque las zonas horarias nos jugaban en contra, videollamadas que se cortaban en lo mejor, fotos enviadas y borradas. Cuando la pandemia paralizó al mundo, esas conexiones se volvieron una rutina diaria. Le contaba lo que cocinaba, lo que leía, lo que me daba miedo. Ella hacía lo mismo. Sin proponérnoslo, terminamos enamorados de una mujer y un hombre que solo existían a través del lente de un teléfono.

Cuando las fronteras volvieron a abrirse, yo ya había regresado a vivir a mi país. Tenía un buen sueldo, un departamento alquilado en la zona vieja y una rutina que no me hacía infeliz. Pero Helena empezó a aparecer en mi cabeza más seguido. Una noche, en una de nuestras llamadas, le pregunté si era una locura plantearle mudarme. Me pidió tiempo para pensarlo. Tenía una hija chica y no podía improvisar.

Esperé tres semanas. La respuesta llegó un martes a la madrugada, en un mensaje de voz que escuché tres veces antes de creérmelo. «Vente», decía, en un español machacado por años de no hablarlo. «Vente y vamos viendo, con calma».

Hablé con mi jefe, pedí la liquidación, vendí los muebles, regalé los libros que no podía cargar, deshice un departamento entero en menos de un mes. Mis padres pensaron que estaba en un brote. Mis amigos me hicieron una despedida con cervezas y cara de funeral. Yo tenía cero certezas, salvo una: si no probaba, me iba a arrepentir el resto de mi vida.

***

El avión aterrizó en Amberes una mañana de marzo. La cola de migraciones fue eterna. El oficial me preguntó por qué entraba a Europa, y mientras yo le explicaba con un francés escolar que iba a visitar a una persona, él me miró las ojeras y se ahorró el resto del interrogatorio. Cuando crucé la puerta de llegadas, las piernas me temblaban como si fuera adolescente.

Helena estaba apoyada contra una columna, con una falda negra ajustada, medias finas del mismo color y una blusa blanca que se le abría en el escote. Encima, un saco corto que se había puesto en el auto. Llevaba en la mano uno de esos globos baratos del aeropuerto, con letras plateadas: «Welcome home, baby». Cuando me vio, la cara se le partió en una sonrisa que yo había visto cientos de veces en una pantalla, pero nunca tan cerca.

Nos abrazamos sin decir nada. Olía a un perfume cítrico y a tela limpia. Cuando levantó la cara, me besó con una intensidad que no encajaba con un aeropuerto público a las once de la mañana. Sentí su lengua antes que su saludo. Atrás de nosotros, una familia con tres niños esperaba a un abuelo y miraba al piso para no incomodarse.

—Vamos —me susurró al oído—. Tengo el auto en el segundo nivel.

En el ascensor seguí mirándola sin disimulo. La falda le marcaba unas caderas que en las fotos nunca habían terminado de verse. Los senos, medianos, se le movían apenas bajo la blusa cada vez que respiraba. Cuando entramos al auto y se sentó al volante, la falda se le subió un poco y vi el borde del encaje de su ropa interior, blanca.

—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó, sin sacar la mirada del retrovisor.

—Mucho más de lo que esperaba —le dije.

Se rio. Estiró la mano y la apoyó sobre el bulto de mis pantalones. La dejó ahí los veinte minutos que tardamos en llegar a su casa.

***

Helena vivía en una planta baja de una casa antigua reformada, con techos altos y ventanales que daban a un patio interior. Apenas cerró la puerta, todo cambió. Me empujó contra la madera, se colgó de mi cuello y me besó como si quisiera comprobar que era real. Las llaves cayeron al piso. La maleta quedó atravesada en el pasillo.

Sin dejar de besarme, me desabrochó el cinturón con una destreza que me sorprendió. Me bajó los pantalones y el bóxer hasta las rodillas. Después se arrodilló frente a mí sobre el parqué frío, me miró desde abajo con esos ojos grandes y verdes —en las fotos siempre se veían más claros— y se metió mi sexo en la boca sin previo aviso.

Yo todavía tenía el saco puesto. La mochila de mano colgaba de un hombro. No habían pasado cuatro horas desde que mi avión había tocado pista, y ya estaba apoyado contra una puerta extranjera, con una mujer que solo conocía por una pantalla devorándome con un cuidado que no parecía improvisado.

Ella subía y bajaba con un ritmo preciso, mirando hacia arriba cada tantos segundos. Una mano la tenía firme en la base; la otra me apretaba un muslo. Cada vez que yo intentaba decir algo, ella aceleraba un poco para callarme. Sentí que las rodillas me iban a fallar.

—Helena… —murmuré, agarrándole el pelo rubio que llevaba un poco más corto que en las fotos—. Helena, espera.

No esperó. Echó la cabeza apenas hacia atrás, sin sacarme de su boca, masturbándome con la mano. Cuando se dio cuenta de que estaba al borde, sacó la lengua y dejó la boca abierta, mirándome fijo. Me derramé en su lengua, en sus labios, en su mentón. Fue mucho más de lo que cualquiera puede manejar con elegancia, pero ella no se movió. Apretó la base con los dedos para que no se perdiera nada, se lo pasó por la lengua un par de veces como quien prueba un vino, hizo una burbuja pequeña, sonrió y se lo tragó de un saque.

Después se levantó, se limpió la comisura con el pulgar y me besó en la boca con la misma naturalidad que si me hubiera ofrecido un café.

—Bienvenido a casa —me dijo bajito, en español, con ese acento suyo.

Me derretí. Me costó hablar los siguientes diez minutos.

***

Esa tarde la acompañé a buscar a su hija al colegio. Le balbuceé un español muy básico, le entregué un peluche de regalo y la nena me observó con esa seriedad que tienen los chicos antes de decidir si te admiten. Fuimos al supermercado, compré pan y queso de un tipo que no conocía, y a la noche, cuando la nena ya dormía con su lámpara encendida, Helena cerró la puerta del cuarto con seguro.

Yo estaba en la cama mirando una película sin sonido. Ella entró envuelta en una bata corta y se quedó parada al pie de la cama mirándome.

—¿Cansado del viaje? —preguntó.

—Para nada.

Dejó caer la bata. Debajo llevaba un conjunto de encaje rojo, el sostén transparente, la bombacha del mismo tono. Subió a la cama gateando, con una lentitud calculada, hasta sentarse encima de mí. Encendí la lámpara y bajé el volumen del televisor a nada.

Fue entonces cuando lo vi. Por los bordes de la bombacha se le asomaban mechones de vello rubio, claros, abundantes. No estaba depilada. No estaba afeitada. Tenía el pubis cubierto por completo, como antes nadie lo tenía, y la miré sorprendido sin poder disimularlo.

—¿Te acuerdas de aquella conversación sobre fetiches? —me dijo, con una sonrisa entre tímida y orgullosa.

Me acordaba. Una madrugada cualquiera, hablándole de las cosas que nos atraían sin filtro, ella había mencionado que detestaba el modelo de cuerpo depilado al milímetro y que llevaba años manteniéndose tal cual la había hecho la naturaleza. Yo le había dicho, sinceramente, que me parecía sexy. No esperaba que la prueba fuera tan literal.

La agarré de las caderas y la subí hasta dejarla sentada sobre mi cara. El olor a ella —limpio, intenso, real— me hizo soltar un suspiro. Empecé recorriéndole los bordes de la bombacha con la lengua, sintiendo cómo el vello se mezclaba con mi saliva. Helena, sin bajarse, corrió la tela hacia un costado con dos dedos, y con la otra mano abrió esa selva rubia para mostrarme el rosado tibio que escondía debajo.

No la dejé volver a cubrirse. La trabajé despacio, con la lengua plana y después con la punta, escuchándola contener la respiración cada vez que cambiaba de ritmo. Se sacó el sostén sin moverse del lugar y empezó a apretarse los pezones con las dos manos. Murmuraba cosas en flamenco que yo no entendía pero que sonaban como bendiciones.

—Así —decía después, en castellano, acordándose otra vez de mi idioma—. Así, no pares.

La acosté de espaldas, le subí las piernas a mis hombros y volví a la carga desde otro ángulo. Le pasé la lengua entera por el clítoris, lento y largo, y le hundí dos dedos hasta sentir cómo se le contraían las paredes internas. Vino una vez ahí, callándose con la mano para no despertar a la nena, mordiéndose el dorso del nudillo con una violencia rara.

Cuando todavía estaba temblando, se incorporó y me empujó suavemente para que me arrodillara. Se acomodó debajo, con las piernas abiertas, los pies firmes en la cama. Yo mismo me llevé el sexo a su entrada. Estaba tan mojada que entré sin esfuerzo, pero apretaba de una manera que me hizo cerrar los ojos.

—Mírame —me pidió.

La miré. Ya no había juego ni performance. La cara se le había puesto colorada, los ojos vidriosos. Empecé con un ritmo lento, hundiéndome hasta el fondo y saliendo casi por completo. Ella levantó las manos, me agarró de la nuca y me trajo hasta su boca para besarme mientras nos movíamos.

—Tenía miedo de que en persona fuera distinto —me susurró en el oído.

—Yo también.

Me abrazó con las piernas, me apretó con los talones contra su espalda, y empezó a contraerse de nuevo. Esta vez no quiso aguantarse. Me mordió el hombro con fuerza cuando se vino, dejándome una marca que iba a durar una semana. Yo aguanté unos segundos más, dejándole sentir cada espasmo, y cuando ella me dijo bajito «adentro, quiero sentirte adentro», me solté entero. Me derramé hasta el final, con la cara hundida en su cuello, oliéndole el perfume mezclado con sudor.

Nos quedamos así un rato largo, sin hablar. Después fuimos al baño, nos duchamos con agua tibia y nos volvimos a la cama, ya sin ropa interior, abrazados como si hubiéramos hecho eso toda la vida.

***

Llevo cuatro años en este país. La hija de Helena ya está dejando de ser una nena, y me dice «papi» sin avisar cuando le conviene. Aprendí flamenco lo justo y necesario para no quedar como un turista. Trabajo en algo parecido a lo que hacía allá, gano menos, gasto distinto y me importa muy poco.

A veces, cuando recuerdo aquella primera tarde —la puerta, la maleta atravesada, ella arrodillada con el saco todavía puesto—, pienso en la versión mía que llegó al aeropuerto sin garantías. Tenía las manos sudadas y un globo bobo esperándolo. Cualquier persona razonable me habría dicho que estaba haciendo una estupidez.

Por suerte, en ese momento, no escuché a ninguna persona razonable.

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Comentarios (6)

LunaPlata

increible, me dejo sin palabras. de los mejores que lei aca

DiegoSCL

espero que haya segunda parte!! quede con ganas de saber como siguio todo

Gabi_lectora

me recordó algo que viví yo, aunque a mucha menor distancia jaja. Sentí cada momento como si fuera mío

Ibero54

cuatro años?? como se aguanta eso sin volverse loco. Tiene que haber sido una montaña rusa de emociones

MarinaCba

se me hizo un nudo en la garganta con lo del pasaje sin retorno. Tremendo. Sigue escribiendo por favor

RominaOK

buenisimo!!!

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