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Relatos Ardientes

El técnico del aire me dejó la casa fresca y yo ardiendo

Vivo sola desde hace cuatro años y aquel sábado de febrero me había propuesto, por fin, poner la casa en orden. Tenía cajas amontonadas en el pasillo, ropa de invierno que ya no iba a usar y una pila de papeles esperando una decisión que llevaba meses sin tomar. Había abierto las ventanas a primera hora, pero el aire entraba caliente, denso, como si trajera el verano metido en los pulmones.

Hacia el mediodía, el equipo del aire acondicionado empezó a hacer un ruido raro. Primero un chasquido, después un zumbido extraño y, al final, un silencio que en mi piso del cuarto, sin cruce de aire, se sintió como una sentencia. En quince minutos la casa se había convertido en un horno.

Me duché por segunda vez aquella mañana, me sequé apenas y busqué el número del servicio técnico que me había recomendado la portera. Me dijeron que tenían la agenda llena, que como pronto me pasaban el lunes. Yo no soporto el calor. Insistí con esa voz que una saca cuando no le queda otra, y al cabo de un rato el encargado terminó por ceder.

—Le mando al chico ahora —dijo—. Pero ábrale rápido, que va con prisa.

—Aquí lo espero —contesté.

Colgué y me quedé en mitad del salón, envuelta en una bata corta de algodón, sin nada debajo y con el pelo todavía mojado. Pensé en cambiarme. No lo hice. Que aguante un poco, que también aguanto yo.

El timbre sonó antes de lo que esperaba.

Miré por la mirilla por costumbre y se me cayó el corazón al estómago. El que estaba al otro lado del rellano no era el señor de panza redonda y bigote que una se imagina. Era un hombre de unos treinta y pocos, alto, con el mono de trabajo abierto hasta la mitad del pecho y una caja de herramientas en la mano. Llevaba la barba descuidada justo lo suficiente y unos ojos claros que ya se reían antes de que yo abriera.

—Buenas. Vengo por el aire.

—Pase, pase —dije, sujetándome el cuello de la bata con una mano que, de pronto, me temblaba.

Entró. Olía a sudor limpio, a algo metálico, a calle. Le señalé el salón, donde estaba la unidad interior, y al explicarle noté que sus ojos no me miraban a la cara. Me miraban la bata, la abertura de la bata, el muslo que yo, sin darme cuenta, dejaba al descubierto cada vez que me movía.

—Hace un ruido raro y se ha parado. No entiendo nada de estas cosas.

—Tranquila —contestó, sin acercarse todavía a la máquina—. Yo se lo arreglo todo. Usted siga con lo suyo.

Lo dijo despacio, marcando cada palabra. Y yo, que llevaba meses sin que nadie me mirara así, sentí un calor distinto al de la casa subirme por las piernas, un calor que me humedeció el coño sin permiso antes de que él hubiera dado dos pasos.

—Voy a terminar de arreglarme en el baño. Si necesita algo, me avisa.

Sonrió. No contestó.

***

Cerré la puerta del baño y me quedé un segundo apoyada en la madera. El corazón me iba a una velocidad ridícula. Es solo el técnico, mujer, no exageres. Pero ya sabía que no era solo el técnico. Lo había sabido desde la mirilla. Bajé la mano por debajo de la bata y me toqué apenas: estaba empapada, los dedos me salieron brillantes, y me los llevé a la boca antes de darme cuenta de lo que hacía.

No llegué a abrir el grifo. Oí pasos en el pasillo, no en el salón, y antes de que pudiera reaccionar la puerta se entornó.

—¿Permiso?

No respondí. No hizo falta. Empujó la puerta con un dedo y entró como si conociera la casa de toda la vida. Se había quitado el mono. Llevaba una camiseta blanca por fuera del pantalón, y esa expresión de quien sabe perfectamente que no se lo voy a decir que no.

—Pensé que necesitaría ayuda.

—¿Con qué? —pregunté, y la voz me salió ronca.

—Con lo que sea.

Me reí. Una risa nerviosa, de adolescente. Él dio un paso al frente, y otro, y antes de que yo pudiera contar hasta tres me tenía contra la pared del baño, con las dos manos en mi cintura y la frente apoyada en la mía.

—Si quieres que me vaya, lo digo y me voy.

—No quiero que te vayas. Quiero que me folles.

Lo dije yo. No sé de dónde salió esa voz, pero lo dije yo, y a él se le encendieron los ojos como si le hubiera dado permiso para todo. El nudo de la bata se deshizo solo. O lo deshizo él, no lo sé. Sé que de pronto su boca estaba en la mía y la mía en la suya, y que su barba me raspaba la barbilla y la mandíbula y el cuello. Sé que sus manos eran rugosas, ásperas en los dedos, y que cuando me tocaron la cintura desnuda sentí esa aspereza pasar como una corriente. Una de esas manos me subió al pecho y me pellizcó el pezón sin miramiento, y la otra bajó recto, sin rodeos, y se me metió entre las piernas.

—Joder —murmuró contra mi cuello, moviendo dos dedos dentro de mí—, estás chorreando.

—Llevo así desde que te vi por la mirilla —contesté, y me mordí el labio para no gemir demasiado alto.

Sus dedos entraban y salían con un ruido líquido que rebotaba en los azulejos del baño. El pulgar me buscó el clítoris y empezó a girar despacio, con una precisión de quien sabe muy bien lo que hace. Yo se lo dejaba todo a él: la espalda pegada a la pared, las piernas abiertas, los brazos colgando a los lados. Cuando noté que iba a correrme apenas por eso, se los saqué de golpe.

—No —jadeé—. Así no.

—Así, como quieras.

La camiseta blanca terminó en el suelo del baño, y el pantalón también, y los calzoncillos ajustados que llevaba debajo salieron con un tirón que me arrancó una risa boba. Se le salió la polla dura, tiesa contra el vientre, gruesa y con la punta ya brillante. Se me hizo agua la boca. Me arrodillé sin pensarlo, ahí mismo, sobre las baldosas frías, y se la agarré con las dos manos.

—Espera —empezó a decir.

No esperé. Me la metí en la boca hasta donde me cupo y empecé a chupársela despacio, saboreándola, con la lengua enroscada en la punta y las mejillas hundidas. Él soltó una palabrota larga y me puso una mano en la nuca, sin empujar, solo sujetando, dejándome hacer. Se la mamé entera. La saqué. Le lamí los huevos, uno y luego el otro, y volví a metérmela hasta la garganta, hasta que se me llenaron los ojos de agua y me tuve que separar para tomar aire.

—Levanta —dijo, con la voz rota—, o me corro en tu boca ahora mismo y no llegamos a nada.

Me levantó él en peso, las dos piernas alrededor de su cadera, y me llevó así por el pasillo hasta el dormitorio.

—¿Aquí? —preguntó, sin soltarme.

—Aquí.

Me dejó sobre la cama deshecha. Yo lo miraba desde abajo, con la respiración entrecortada, y nunca, en cuatro años, me había sentido tan ridículamente expuesta y tan ridículamente capaz de pedir más.

Me esperaba que se lanzara. No lo hizo. Se quedó un segundo de pie a los pies de la cama, mirándome entera, como si quisiera grabarse el cuadro antes de tocarme: piernas abiertas, coño hinchado y brillante, tetas subiendo y bajando con cada respiración. Después se inclinó y empezó por la cara. Me besó las cejas, los párpados todavía húmedos, las mejillas, el pulso del cuello. Bajó por la clavícula, por el esternón, por el centro del pecho. Cada beso era lento. Cada beso me preguntaba si seguía queriendo, y cada beso le contestaba que sí.

Me agarré a sus hombros y le clavé las uñas sin querer. Él soltó una risa baja contra mi piel y siguió. Sus labios encontraron primero un pezón y después el otro, sin prisa, alternándose como quien sabe que tiene toda la tarde por delante. Me chupaba, me mordía apenas, me tiraba con los dientes hasta hacerme arquear la espalda. Yo no la tenía. Yo, en ese momento, no tenía paciencia para nada.

—Por favor —dije, y me sorprendió oírme.

—Todavía no.

Bajó un poco más, hasta el ombligo. Le pasó la lengua por encima. Se detuvo. Subió por dentro del muslo derecho y luego por dentro del muslo izquierdo, sin tocar el centro, dejándome todo el tiempo justo al borde sin dejarme cruzar la línea. Yo sudaba otra vez, pero ya no era el calor de la casa. Era otro distinto, uno que venía de adentro y no se iba a apagar con un aparato. Me pasó la nariz por el coño, respiró hondo, y me sopló el aire tibio encima del clítoris sin llegar a tocarlo.

—Cabrón —le dije, riéndome y llorando a la vez.

—Paciencia.

Cuando por fin bajó la boca, lo hizo entero. Me abrió los labios con dos dedos y me lamió de abajo arriba, despacio, una sola lengüetada larga que me hizo cerrar los muslos alrededor de su cabeza. Él me los volvió a separar con las manos, me sujetó por las caderas y se me quedó ahí, chupándome el clítoris, metiéndome la lengua, sacándola, volviendo a chupar. Se me nubló la vista. Le tiré del pelo. Le grité no sé qué. Cuando ya estaba a punto, subió la cabeza, se limpió la barba con el dorso de la mano y se colocó entre mis piernas.

—Ahora —dijo.

—Ahora.

Se me metió de una embestida, hasta el fondo, y yo grité de verdad. Encajó despacio, sacando y volviendo a entrar, con los dos antebrazos a los lados de mi cabeza y los ojos clavados en los míos, sin parpadear. Cada empuje me subía por el vientre, cada empuje me hacía apretar el coño alrededor de su polla, cada empuje me arrancaba un jadeo que él se tragaba con la boca. Yo me agarré a su espalda y le pedí, con la boca cerrada y con todo el cuerpo, que no parara. No paró. Aceleró. Me follaba fuerte, rítmico, con las caderas golpeando las mías con un ruido húmedo que rebotaba por la habitación. Encontramos un ritmo que no era ni el suyo ni el mío, era de los dos, uno que se construía solo y que se aceleraba como si supiera lo que necesitábamos antes de que lo supiéramos nosotros.

—Córrete —me dijo al oído—, córrete en mi polla.

Yo cerré los ojos y me dejé ir antes de tiempo. Me corrí apretando las piernas alrededor de su culo, mordiéndole el hombro, con un temblor que me subió desde los pies. Él se quedó dentro hasta que terminé de temblar, con la polla clavada hasta el fondo y latiendo, sin correrse todavía.

—Quédate así —me dijo al oído—. Voy a arreglarte el aparato, no vaya a ser que se te cobre toda la mañana.

Me reí contra su hombro. Lo vi levantarse desnudo, con la polla todavía dura y brillante por lo que había salido de mí, cruzar el pasillo, recoger la caja de herramientas como si nada y desaparecer hacia el salón.

***

Me quedé tendida en la cama, todavía con los ojos cerrados, escuchando los ruidos metálicos al otro lado de la pared. Una llave inglesa contra una carcasa. Un destornillador. Un suspiro suyo cuando algo le costaba más de la cuenta. Por la ventana entreabierta entraba el ruido del barrio: una moto, dos chicas riéndose en la acera, una persiana subiendo a destiempo. Yo estaba flotando, con el semen mío y suyo escurriéndoseme entre los muslos hasta la sábana.

Pasó un cuarto de hora. Quizá veinte minutos. De pronto, el zumbido del aire arrancó otra vez, primero ronco y después más firme, y al cabo de unos segundos una corriente fresca empezó a entrar en la habitación.

—¡Ya está! —gritó desde el salón—. ¿Notas el fresquito? No te muevas, ahora vuelvo.

No me moví. Bueno, sí me moví. Estiré una mano hasta la mesa de noche, abrí el cajón y saqué el frasco de aceite que siempre tengo ahí. Me puse unas gotas en el cuello, otras en las muñecas, otras en la parte interior de los muslos, y unas cuantas más en los pezones, que se me pusieron duros de golpe. El aire fresco empezaba a recorrerme la piel y se me erizaba todo a la vez, no sé si por el aceite o por la espera.

Apareció en la puerta del dormitorio. Tenía las manos manchadas de algo oscuro y la sonrisa de un crío que acabara de aprobar un examen difícil. Y la polla ya volviendo a levantarse, sola, en cuanto me vio así.

—Lávate —le dije—, y vuelve.

Volvió. Más despacio, esta vez, como quien se ha tomado su tiempo en el baño a propósito. Se metió en la cama por mi lado izquierdo, me agarró por la cintura y me arrastró hacia él hasta que mi espalda quedó pegada a su pecho. Sentí el aliento en mi nuca, su barba contra mi hombro y su polla dura encajada entre mis nalgas.

—Ahora me toca a mí ir despacio —murmuró.

Cumplió. Me besó el hombro, el omóplato, la parte alta de la espalda. Me pasó una mano por delante y me apretó las tetas, una y otra, jugando con los pezones aceitados hasta que se me escapó un gemido. La otra mano bajó y se me metió entre las piernas por detrás, me abrió los labios y me acarició el clítoris con dos dedos húmedos, muy lento, muy tranquilo, mientras me clavaba la polla en el culo sin llegar a meterla, solo restregándola arriba y abajo.

—Date la vuelta —me pidió.

Me di la vuelta despacio y me besó el pecho, el estómago, las caderas. Le puse las manos en el pelo y le marqué el camino. Él se dejó guiar como si no hubiera otra cosa que quisiera hacer. Cuando su boca llegó al centro me arqueé entera y se me escapó un gemido que no sabía que tenía.

No fue rápido. Fue minucioso. Me abrió las piernas con los hombros, se me colocó cómodo entre los muslos y me lamió como si fuera su comida favorita: chupándome el clítoris, metiéndome dos dedos, sacándolos, sustituyéndolos por la lengua, volviendo a los dedos, curvándolos hacia arriba para tocarme por dentro donde nadie me había tocado tan bien. Cada vez que sentía que estaba a punto, él levantaba la cabeza un segundo, me miraba con la barbilla brillante y volvía. Lo hizo dos veces, tres, hasta que ya no pude más y le dije sin palabras, tirándole del pelo, que terminara.

—Córreme en la cara —murmuró él, con la boca pegada a mi coño—, quiero notarlo.

Terminé. Me sacudió un orgasmo largo, distinto al primero, uno que me dejó las piernas temblando un buen rato después de que él hubiera subido a quedarse a mi lado con la cara empapada y una sonrisa insoportable.

Yo, todavía sin recuperar el aliento, le devolví el favor. Me puse encima, a horcajadas sobre sus caderas, y le pasé la lengua por el cuello, por el pecho, por el estómago. Bajé hasta donde sabía que me esperaba y me quedé allí. Se la agarré por la base, se la metí en la boca y empecé a chupársela otra vez, esta vez sin prisa, marcándole yo el ritmo. Le lamí la punta, se la metí hasta la garganta, saqué, le pasé la lengua por debajo. Él me puso una mano en la nuca y otra en la mejilla, mirándome hacer, con la respiración cada vez más entrecortada.

—Voy a correrme —me avisó a tiempo.

No me aparté. Al revés: apreté los labios, aceleré, chupé con más ganas, y él, también sin aviso, terminó con una mano enredada en mi pelo y un nombre que no era el mío en los labios. Se me llenó la boca de un chorro caliente, espeso, con un sabor salado que tragué entero, y todavía me quedó suficiente para chuparle la punta hasta la última gota. Que pronunciara otro nombre no me importó. En esa casa, esa tarde, los nombres no servían para nada.

***

Nos duchamos juntos. El agua salía fresca y nos reímos un rato bajo el chorro, como dos críos que no se conocen. Me enjabonó la espalda, el culo, entre las piernas, y yo le hice lo mismo, sin picardía, más como quien cierra bien un capítulo. Le presté una toalla. Se vistió en el pasillo, mientras yo me peinaba delante del espejo del baño y lo miraba de reojo, sin acabar de creer todo lo que acababa de pasar.

—Te firmo el papel —dije, cuando terminó.

—Y yo te dejo la garantía. Por si vuelve a fallar.

Me dio el bolígrafo. Le firmé el albarán. Él me lo guardó en el bolsillo del mono, dobló los hombros para ajustárselo y, cuando ya estaba en la puerta, se giró.

—Si vuelve a hacer ruido, llama directamente al taller. Y pregunta por Adrián.

—Adrián —repetí, como para no olvidarlo.

Me dio un último beso, uno largo, sin prisa, en el umbral, y de paso me metió la mano por debajo de la bata y me apretó el coño una última vez, como una firma. Cerré la puerta. Me quedé un rato apoyada en ella, con la frente contra la madera, oyendo el zumbido suave y firme del aire acondicionado al fondo del pasillo. La casa estaba fresca, por fin. Yo no.

Volví a la cama. Me tumbé encima de la sábana arrugada, todavía con el olor de él pegado a la piel y con el semen todavía escurriéndoseme por dentro, y cerré los ojos.

Han pasado meses. El aire sigue funcionando. Y yo, cada vez que lo oigo arrancar al final de la tarde, me acuerdo de aquel sábado de febrero y me digo, en voz baja, que cualquier día de estos tendré que llamar al taller y preguntar por Adrián otra vez. Aunque no haga ruido.

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Comentarios(9)

pabloSur22

Increible relato, me enganche desde el primer parrafo. Mas asi por favor!!

MarisolNK

jaja el titulo ya lo dice todo. Muy bien contado, se nota que es real

Adriana_Cba

Me recordo a una situacion parecida que me paso hace años... uno nunca sabe cuando el dia puede cambiar completamente. Gracias por compartir!

lektor22

que buena prosa, tiene el ritmo justo. Espero que hayas escrito mas

NocheBA

el tecnico del titulo 😂 tremendo. muy buen relato, me mato

OscarV_cba

Muy bien narrado, con detalles justos sin pasarse. Se siente autentico. Saludos desde cordoba

Florencia_BsAs

Ay, que nervios me dio leyendo el comienzo! Excelente relato, te felicito

Marcos_LP

Primera vez que comento por aca y tuve que hacerlo. De lo mejor que lei en mucho tiempo, sin duda

lectora_noc

El gancho del principio es perfecto. Me quede con ganas de mas detalles, se hizo corto :)

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