Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que mi ama invitó a otro hombre a casa

Desde que Mariela vino a vivir conmigo soy un hombre bajo llave. Literalmente. Su único objetivo es que mi placer dependa por completo de ella, que olvide lo que es tocarme por mi cuenta, que la única forma que me quede de terminar sea la que ella decida y cuando ella lo decida. Así es mi ama, y aunque suene extraño, me siento orgulloso de pertenecerle.

A pesar de mi castidad, verla disfrutar me hace feliz de una manera que cuesta explicar. Disfruta humillándome, disfruta sola, disfruta con otros hombres. Y, a veces, disfruta conmigo arrodillado al lado, mirando, obedeciendo, sin más mérito que el de servirle.

Lo que voy a contar pasó hace pocas noches, y todavía no consigo sacármelo de la cabeza.

***

Mariela llevaba semanas jugando a ponerme celoso. Era su deporte favorito: traer a algún chico, dejar que la tocara delante de mí y observar mi cara mientras yo solo podía apretar los dientes dentro de la jaula. Pero aquella vez había algo distinto en su mirada cuando me avisó por mensaje de que no llegara temprano, que iba a estar acompañada.

Cuando entré por la puerta, ya venía advertido, pero nada me preparó para lo que vi. En el sofá, junto a ella, había un hombre enorme. Se llamaba Darío, un tipo de espaldas anchas y manos grandes al que había conocido en el gimnasio. Hablaban en voz baja, muy juntos, como si llevaran horas conociéndose.

Mariela llevaba un vestido negro ceñido que se le había subido por los muslos. Desde donde estaba sentado él podía verla casi entera, y ella no hacía el menor gesto por cubrirse. Lo había hecho a propósito, claro. Todo en ella esa noche era a propósito.

—Llegas justo a tiempo —me dijo sin apartar la mano del muslo de Darío—. Siéntate ahí en el suelo. Quiero que veas bien.

—Sí, reina —respondí, casi sin voz.

Me dejé caer frente a ellos, sobre la alfombra, con la jaula apretándome a cada latido. Mi corazón iba a mil. Ya estaba durísimo, o todo lo durísimo que se puede estar encerrado en tan poco espacio.

***

La conversación se fue calentando. Empezaron a rozarse, a provocarse, hasta que él la sujetó de la nuca y la besó con fuerza. Ver a un hombre tan grande apretando el cuerpo de Mariela contra el suyo me revolvió por dentro. Ella le acariciaba por encima del pantalón, y por su cara de sorpresa supe lo que estaba descubriendo bajo la tela.

—Vaya —murmuró ella, con la voz temblándole de ganas—. Menudo paquete escondes.

—Sácala. La quiero en tu boca —contestó él, sin pedir permiso.

Mariela le bajó la cremallera y lo liberó. Lo que apareció me dejó sin aire. Era gruesa, oscura, mucho más grande que la mía incluso en mis mejores tiempos. Ella la sostuvo con una mano, sin poder rodearla del todo, y se la golpeó varias veces contra los labios, mirándome de reojo todo el rato.

—Esto sí que es una verga —dijo, encantada.

—¿No como la de tu chico? —preguntó él.

—Para nada. La de Bruno no se le parece en nada —respondió con una crueldad que me erizó la piel.

Bruno. Mi nombre en su boca, dicho así, mientras sostenía a otro, fue un golpe directo al estómago. Y, sin embargo, no podía dejar de mirar.

***

Se la metió en la boca despacio. Apenas le entraba la punta, de tan ancha que era, pero la cara de Mariela mientras la chupaba era de un placer que yo nunca le había arrancado. La alfombra del sofá empezó a mancharse de lo mojada que estaba. Era evidente lo que quería: tenerla dentro cuanto antes.

—Acércate —me ordenó Darío sin sacársela de la boca a ella—. Quiero que veas de cerca lo bien que te la mama.

—Eso es —añadió Mariela—. Y ya que estás, quítate la ropa. Ahora.

—Sí, ama.

Obedecí. Me desvestí allí mismo, de rodillas, con mi jaula a la vista. Mi sexo encerrado no llegaría a los cuatro centímetros en ese estado, y al lado de lo que ella tenía en la boca me sentí completamente ridículo. Los dos se rieron de mí, sin disimulo.

—¿Cómo puedes acostarte con eso? —le preguntó él, divertido.

—Es que ni la siento, y además termina enseguida —respondió ella—. Así que tampoco me cuesta nada.

—Ven, pon la cara junto a la suya —me dijo Darío—. Mira bien cómo me la trabaja.

Acerqué la cara hasta tenerla a un palmo. Estaba tan cerca que sentía el calor, el olor, todo. Y yo, humillado hasta el tuétano, no podía estar más excitado.

***

—Vaya, te has puesto cachondo, ¿eh? —me susurró Mariela, mientras me agarraba la jaula con dos dedos y la movía despacio—. ¿Qué es lo que te pone? ¿Verme con él, o tenerla tan cerca de tu boquita?

—Las dos cosas, ama —confesé, con la voz rota.

—¿Ah, sí?

Y entonces me besó. Con lengua, profundo, con el sabor de él todavía en su boca. Cuando se separó, me sostuvo la mirada.

—¿Te gusta? ¿A qué sabe?

—A él —respondí, sin pensarlo siquiera.

Era verdad. Me besaba y volvía a chupársela, alternando, pasándome el sabor de una boca a otra. Me escupía, me insultaba con dulzura envenenada, y él se reía mirándome desde arriba.

—Se nota que te gusta, maricón —dijo Darío—. Mírate la cosita esa que tienes.

—A lo mejor quiere probarla —soltó ella, con una sonrisa torcida—. ¿Quieres probarla, Bruno? ¿La quieres en tu boquita?

—Reina, no, por favor —supliqué.

—Claro que quieres. Abre esa boca de una vez.

Y con una mano me empujó la cabeza despacio hacia él. Completamente dominado, cerré los ojos y obedecí. Sentí su punta en mis labios y, casi por instinto, la recorrí con la lengua. Cada gota mezclada con la saliva de Mariela me supo a rendición. No sé describir lo que pasó dentro de mí en ese instante: vergüenza, morbo y un alivio extraño, todo a la vez.

—Eso es… mírate, qué bien lo haces —me animaba ella mientras volvía a agarrarme la jaula y empezaba a frotarme con ganas.

El placer fue brutal. Incluso encerrado, incluso comprimido hasta doler, que ella me tocara me llevó al borde demasiado rápido.

***

Darío levantó las caderas y me ordenó lamerle más abajo. Me negué al principio, pero Mariela amenazó con dejar de tocarme, y eso fue suficiente. Acercó su cara a la mía y lamimos juntos, ella riéndose en mi oído, masturbándonos a los dos al mismo tiempo.

—Ahora pasa al otro lado —me dijo—. Lámele bien, como la perra que eres.

—Sí, ama.

A esas alturas yo ya no tenía orgullo que defender. Obedecía a todo, y cada orden cumplida me hundía un poco más en ese estado en el que solo existía el deseo de servirle.

—Te ves tan puta así —comentó él, encantado—. Ya está. Ahora voy a follarte a ti, Mariela. La quiero dentro.

—Sí, por fin —jadeó ella—. Estoy chorreando de las ganas de sentir una de verdad.

***

Se tumbó boca arriba en el sofá y abrió las piernas. Verlo intentar entrar fue todo un espectáculo: parecía imposible por el tamaño, pero su cuerpo se fue abriendo poco a poco, centímetro a centímetro, mientras la cara de Mariela se descomponía entre el dolor y un placer que rozaba lo animal.

Yo me masturbaba como podía, frenético, arrodillado al lado, con la cara de cornudo metida en primera fila. No me importaba en absoluto. Estaba dentro de una de mis fantasías más profundas, y verla gozar de esa manera tan extrema valía más que cualquier placer propio.

—Joder, qué cosa más grande —gemía ella—. Qué gusto me da.

—¿Te gusta, puta? —le preguntaba él.

—Sí, sí, esto sí es de verdad. Me voy a correr ya mismo.

El sonido de las embestidas llenaba el salón. Él le apretó el cuello con una mano y empujó más fuerte, sin piedad.

—No pares, no pares… —suplicó Mariela, y un segundo después gritó.

Su cuerpo entero se sacudió, convulsionando con el orgasmo, durante lo que pareció una eternidad. Yo no podía apartar los ojos. Nunca la había visto así por mí. Nunca.

***

Apenas recuperó el aliento, se puso a cuatro patas sobre el sofá, ofreciéndose abierta y empapada.

—Dame más —pidió—. Tengo el cuerpo palpitando. Métemela otra vez.

—Ven aquí, cabrón —me dijo él mientras volvía a entrar en ella—. Ponte a su lado y no dejes de tocarte.

Obedecí sin más. Me senté junto a Mariela, que tenía esa cara pícara y cruel, esos ojos que no dejaban de buscarme mientras él la embestía.

—¿Te gusta, Bruno? —preguntó.

—Sí… —balbuceé. El morbo me tenía completamente sobrepasado.

—¿Has visto cómo me folla un hombre de verdad? ¿Has visto lo poco que tardó en hacerme correr?

Cada palabra, con sus ojos clavados en los míos, me hacía vibrar dentro de la jaula. Solo ella sabe meterse en mi cabeza de esa forma.

—Eres un maricón, ¿verdad? Te gustó chupársela.

—Sí… me gustó —admití.

—¿Quieres ver cómo me da por detrás?

—Sí, por favor.

—Pues díselo. Pídele que se folle el culo de tu ama.

—Por favor… dale a mi ama por detrás, delante de mí.

***

La sacó y la apoyó contra su entrada. Ella estaba tan excitada que cedió casi de inmediato. Fue entrando despacio, y la cara de Mariela mientras la recibía es algo que no voy a olvidar: los ojos en blanco, la boca abierta, perdida del todo.

—Ay, qué gusto —jadeó—. Bruno, ponte a cuatro patas a mi lado.

—¿Para qué, ama? —pregunté, temblando.

—Tú ponte y calla, imbécil. Voy a terminar de convertirte.

Lo hice. Me coloqué junto a ella, en la misma postura, con el trasero hacia él. El cuerpo entero me temblaba: vergüenza, humillación, miedo, curiosidad, excitación, todo mezclado. Y aun así no ofrecí la menor resistencia.

Unos segundos después sentí su punta rozándome, frotando, abriéndome poco a poco. La presión fue creciendo hasta que, de pronto, estaba dentro. No sabía qué pensar. Dolía, me gustaba, las dos cosas al mismo tiempo, sin que pudiera separar una de la otra.

—Mírate —se reía Mariela, señalando mi jaula babeando—. Vaya si te gusta.

—No… no me gusta —mentí, confundido.

—Dale más fuerte, que se nota que se muere de gusto —ordenó ella.

La siguiente embestida me abrió del todo. Sentí cosas que jamás había experimentado, y se me escapó un gemido que no pude contener.

—Eso es. Gime, cabrón. Estás a punto, no te aguantes.

—Ah… ah… —era lo único que me salía.

—¿Te gusta? Dilo.

—Sí, sí —el orgasmo venía, inevitable, imparable.

—¿Eres un maricón? ¡Dilo!

—Sí… soy un maricón —grité, y en ese instante la última embestida me hizo terminar como nunca en mi vida, soltando todo lo que tenía dentro de la jaula, sin haberla tocado apenas.

***

—Eso es —dijo Mariela, satisfecha—. Mira en lo que te has convertido. Te gustó tanto que ni aguantaste. Nunca te había visto correrte así.

—Gracias, reina —murmuré, derrotado, vencido y extrañamente en paz.

Y así terminó una noche que para nada esperaba. Una fantasía más cumplida, una experiencia nueva, otra confesión que guardo solo para quien sepa entenderla. Mariela, su nuevo amigo y yo, exactamente en el lugar que ella había decidido para cada uno.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(4)

RitaMdf

Increible... me dejo sin palabras!!!

Gustavo_BA

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas. Me enganche desde el primer parrafo y no pude soltar el celular

MarceloRdp

Muy bien escrito, la verdad. Se siente autentico, eso se nota en cada parrafo. Muchas felicitaciones

Valen_Cba

sigue asi!!! me encanto

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.