La noche que cacé al bajista de la banda
Querido lector, déjame contarte algo que llevo guardado hace meses y que necesito sacar de la cabeza.
Soy cardióloga. Tengo cuarenta años. Atiendo en mi consultorio privado los martes y jueves por la tarde, y de lunes a sábado entro a la clínica a las siete de la mañana. Vivo casi entera dentro de un uniforme blanco y de turnos que se mezclan unos con otros. Por eso, cuando salgo, salgo en serio.
Algunas noches dejo el apellido en casa, me pongo un nombre falso —entrenadora personal, gerente de marketing, lo que se me ocurra esa noche— y voy a beber a bares donde el promedio de edad ronda los veintidós. Me gusta esa energía. Me gusta el modo en que los chicos de esa edad todavía no saben mentir bien. Supongo que me podrían llamar caza-jóvenes, o esa palabra en inglés que ya no se puede ni mencionar sin sonar a chiste viejo.
Hago deporte desde la secundaria. En la facultad de medicina dejé el voleibol y las carreras de fondo porque las guardias de veinticuatro horas no me dejaban respirar, pero en quinto año empecé a entrenar en el gimnasio y nunca más paré. Un entrenador me convenció de competir en bikini fitness y desde entonces me enamoré de la idea de verme dura, marcada, lista para que me miren cuando entro a un lugar.
Sigo entrenando cuarenta y cinco minutos al día. Me visto con cosas abiertas a los lados, vestidos pegados, telas que sigan la línea del cuádriceps. Hoy quiero contarte la noche en la que un bajista de veintidós años me dejó marcas en los pies con la boca. Lo voy a llamar Emilio, aunque no se llamaba Emilio.
***
Conocí a Emilio una noche de reggae en un bar del centro. La banda de mi sobrina cerraba la velada y yo había llegado temprano para no perderme nada. Me senté en la barra con un gin tonic y empecé a observar. Sobre la tarima subieron varios grupos, pero el tercero me clavó las uñas en el estómago. El bajista era alto, esbelto, blanco, con la melena castaña recogida en un moño desordenado. Tenía un piercing en la ceja izquierda y una clave de Fa pequeña tatuada en el dorso de la mano derecha.
Lo miré toda su intervención. No me importó parecer obvia. A los cuarenta una aprende que los chicos ya no entienden la sutileza.
La semana siguiente volví al mismo bar con un grupo de amigos, sin saber que la banda del bajista repetiría la fecha. Era noche de música latina: bachata, merengue, salsa. Habíamos ido a bailar y bailamos hasta las cuatro de la mañana. Cuando el grupo terminó su set, me escapé al baño y al salir me lo crucé en el pasillo.
—Me encanta cómo tocas —le dije, sin más preámbulo—. La semana pasada hacían reggae y hoy música latina. Ustedes son bestias.
—Gracias —respondió él, con las mejillas rojas—. Mañana tocamos en el bar de la esquina, el del cartel azul. Por si quieres venir.
—Allí estaré —dije—. Por cierto, soy Mariana.
—Emilio. Mucho gusto.
Cuando dijo su nombre sentí un corrientazo en la nuca. Me gustan los nombres que empiezan y terminan en vocal. Tienen algo redondo, algo de promesa.
***
La noche siguiente me preparé como si fuera a una entrevista importante. Vestido strapless rojo, tipo tubo, a la altura de la rodilla. Sandalias transparentes con un tacón fino como un cuchillo. Una manicura francesa minimalista. Nada de ropa interior. Crema corporal con efecto brillante en toda la piel, perfume floral suave para no tapar la crema. Un collar largo dorado que caía justo entre los pechos, dos argollas pequeñas y un anillo grueso en la mano derecha.
Mientras me arreglaba ponía una canción a todo volumen que decía algo así como «ponte cara, que esta noche te espero». Salí de casa con las piernas todavía calientes por la depilación y los pezones a punto de romper la tela.
Cuando llegué al bar tuve que estacionar a una cuadra larga del local. Maldije los tacones cuando pisé la primera baldosa rota. Empujé la puerta y me topé con un lugar lleno hasta el último centímetro: era la fiesta de lanzamiento del primer disco de la banda.
Los chicos subieron al escenario y tocaron ocho canciones de géneros distintos. Los miré toda la función, sin parpadear, con el vaso sudando entre los dedos. Cuando terminaron, bajaron a saludar a la gente. Sentí una mano en el hombro y giré con la sonrisa lista para Emilio, pero quien estaba parado allí era el vocalista de la banda. Un chico flaco, con la nariz fina y los ojos un poco asustados.
—Hola, gracias por venir al lanzamiento —dijo.
—Soy Mariana. Emilio me invitó.
—Yo soy Bruno —respondió él, también sonrojado—. Le aviso a Emilio que estás en la barra.
—Aquí lo espero, con el siguiente gin tonic.
No sé qué le habrá dicho Bruno, pero a los dos minutos Emilio estaba frente a mí, con la camiseta todavía pegada al pecho por el sudor del show. Me ofreció ir a la sala VIP donde estaba el resto del grupo. Acepté como si me hubieran ofrecido un vaso de agua.
Adentro saludé a Bruno otra vez y conocí al baterista y al guitarrista. Hablamos, bebimos, nos reímos de las cosas habituales que se hablan en una sala VIP después de un show: el sonido, las cuerdas que se rompieron, la chica del bar que les fiaba cervezas. Uno a uno, los músicos se fueron yendo. A las tres de la mañana quedamos solo Emilio y yo.
—¿Verdad o reto? —le dije.
—Verdad.
—¿Qué sientes cuando estás sobre el escenario?
—Ansiedad antes —contestó—. Después euforia, mucha euforia, mientras toco. Cuando bajo de la tarima quedo agotado, pero al mismo tiempo me corre algo eléctrico desde la nuca hasta la planta de los pies. Es raro. Me encanta.
—Te toca.
—Reto.
—Bésame —le dije—. Tú eliges dónde.
Emilio se acercó tan despacio que pensé que iba a desistir. Sentía su respiración a la altura de mi clavícula. Mucho antes de que sus labios me tocaran, ya tenía la piel de gallina hasta en las pestañas. Apoyó la nariz en el costado de mi cuello, sin besar todavía, simplemente rozando. Por dentro lo gritaba: «Hazlo ya, hazlo ya».
Y lo hizo. Un beso largo, húmedo, justo debajo de la oreja. Sentí cómo se prendía fuego algo dentro de mí. No pude esperar más. Lo agarré de la nuca y le giré la cara hacia la mía. Nos besamos como si lleváramos meses esperándolo. Le quité la camiseta de un tirón y él me bajó el cierre del vestido con dedos que temblaban un poco.
***
Cuando el vestido cayó al suelo, Emilio se quedó quieto. Esa mirada de un hombre que ve por primera vez a la mujer que desea sin ropa es uno de los pocos lujos que el dinero no compra. Quietud y devoción.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté.
—Me encanta.
Sus manos empezaron a recorrerme rápido, ansioso, como si quisiera abarcarme entera en treinta segundos. Lo frené con suavidad y le sostuve las muñecas.
—Para —le dije—. Te voy a enseñar una cosa.
Lo miré a los ojos. Él esperaba, atento, sin protestar.
—Cuando un hombre acaricia despacio todo el cuerpo de una mujer antes de tocarle los pechos, los glúteos o el sexo, la mujer se vuelve mucho más receptiva. Es así de simple. La diferencia entre un amante apurado y un amante que se recuerda durante años está exactamente ahí.
Asintió.
—Voy a sentarme en aquel sillón —seguí—. Vas a empezar por mis pies. La planta, los dedos, el empeine. Los vas a tocar como si tocaras el bajo. Yo te voy a decir cuándo cambiar.
Emilio me miró desconcertado, pero al mismo tiempo con un hambre que no le había visto antes. Caminé hasta el sillón del fondo de la sala y me acosté con la espalda contra el asiento, las piernas estiradas hacia arriba y apoyadas en el respaldo, la cabeza colgando levemente hacia afuera. Desde esa postura podía verlo de cabeza, lo que volvía todavía más extraña y más eléctrica la escena. Iba a verlo besarme los pies y, después, iba a verlo bajar a la vulva.
—El pie izquierdo primero —le dije—. Movimientos circulares con el índice.
Lo hizo. La yema de su dedo dibujó círculos lentos sobre el arco. Cada círculo me agitaba un nervio nuevo.
—Ahora el derecho. Igual.
Cambió de pie. Yo sentía la sala VIP latiendo en algún lugar muy lejano, como un ruido apagado detrás de una puerta cerrada. Solo existían mi planta, su dedo, mi respiración cada vez más profunda.
—Toca ahora los dos como si fueran las cuerdas del bajo.
Sus dedos se multiplicaron sobre mi piel. Punteaba, presionaba, soltaba. Me arrancó un suspiro que no había planeado.
—Usa la lengua —murmuré—. Empieza por el meñique del pie derecho.
Mientras Emilio bajaba la cabeza, yo dejé caer la mano derecha entre mis piernas y empecé a acariciarme despacio, en círculos lentos. Quería que me viera. Quería que entendiera que estaba pidiendo permiso para algo más.
Levantó los ojos en mitad de un lametón y se topó con mi mano. Algo se le quebró por dentro. Lo vi en la forma en que tragó saliva.
—¿Quieres? —le dije.
—Sí.
—Devórame el sexo.
Bajó por la cara interna de mi muslo sin levantar la boca de mi piel. Cuando llegó, no hubo prólogo. Su lengua empezó con círculos pequeños alrededor del clítoris, después se movió en vertical, después en horizontal, y cada vez que yo creía haber memorizado el patrón, lo cambiaba. No era un chico de veintidós años inexperto. Alguien lo había entrenado bien, o él había aprendido por su cuenta a fuerza de prestar atención.
El primer orgasmo llegó sin aviso. Me cerré sobre su cabeza, le hundí los talones en la espalda, contuve un grito porque no estábamos solos en el edificio. Mi clítoris quedó palpitando como si tuviera vida propia.
Emilio levantó la cara apenas un segundo, me miró con los labios brillantes, y volvió a bajar. Esta vez metió tres dedos. Los sacaba, los reemplazaba con la lengua, los volvía a meter. Curvaba los dedos hacia arriba. Aprendía rápido, leía cómo me agitaba, ajustaba el ritmo.
El segundo orgasmo me dejó sin voz.
Y justo cuando estaba flotando en ese intervalo flojo y blando que viene después, alguien empezó a golpear la puerta de la sala VIP. Tres golpes secos. Otra vez tres. Una voz pidió a Emilio que saliera, que el dueño del bar lo buscaba.
Nos vestimos a las apuradas, riéndonos en silencio. Yo todavía sentía las pulsaciones entre las piernas. Cuando ya estaba con el vestido puesto, él me agarró de la cintura y me habló bajito, al oído.
—La próxima me la comes tú —dijo—. Y te voy a entrar al ritmo de una canción que tú elijas. Elígela bien, Mariana. Así como te comí de rico, así te voy a dar.
Salí del bar caminando como si flotara. La cuadra larga hasta el auto se me hizo corta. Manejé hasta mi casa con la ventanilla baja y el aire fresco golpeándome la cara, todavía respirando como si acabara de correr.
Hace seis meses de esa noche. Emilio ya no toca en ese bar. Pero yo todavía guardo, en una carpeta sin nombre del teléfono, la canción que voy a elegir cuando lo vuelva a ver.