El deseo que mi marido no se atrevía a confesarme
Estaba quitando el polvo del escritorio de Diego cuando rocé el ratón sin querer y la pantalla se encendió. No era una página cualquiera. Entre párrafos de un relato había fotos de mujeres compartidas por dos hombres a la vez, colocadas casi al azar, como ilustrando lo que el texto contaba.
No me molestó. Habíamos visto porno juntos varias veces y nunca fue un tema. Pero me detuve a leer un par de líneas. Iban sobre un hombre al que le gustaba ver a su mujer con otros.
Seguí bajando por la página y entendí algo: mi marido había leído decenas de esas historias. Estaba incluso escribiendo una, con una esposa compartida entre un hombre y su mejor amigo. Pensé que no me interesaba y volví al trapo y al polvo.
Pero mientras limpiaba, la cabeza no paró. Las veces que vimos porno juntos, el tema siempre rondaba lo mismo: un marido que ofrecía a su mujer, o que sabía que ella estaba con otro y le gustaba.
Cuando salíamos a cenar, a Diego le encantaba que me vistiera ligera. Tops finos sin sostén, escotes generosos, faldas cortas. ¿Por qué le gusta tanto presumir de mí?
Tengo veintinueve años y cuido mi cuerpo. Hago spinning tres veces por semana y me gusta sudar hasta quedar agotada. Tengo buen culo y buen pecho, y creo que eso fue lo primero que Diego miró cuando nos conocimos. Llevo el pelo castaño claro por debajo de los hombros y los hombres me piropean más de la cuenta.
Empecé a preparar la cena y seguí repasando estos tres años de matrimonio. Había detalles mínimos, casi invisibles, que de pronto encajaban como piezas de un mapa que nunca había sabido leer.
¿Mi marido quiere compartirme con sus amigos? ¿Quiere que otros hombres me toquen delante de él? Cuanto más lo pensaba, más necesitaba una respuesta. No me bastaba con sospecharlo.
Diego tiene tres o cuatro amigos muy cercanos. Vienen a casa como si fuera la suya, ven el fútbol, juegan al billar en la sala de atrás y arman jaleo hasta tarde. Una especie de fraternidad de universitarios con demasiada testosterona.
Y recordé las veces que Diego me había dicho lo bien que me veía cuando les llevaba cervezas. «Creo que a Andrés le gustó mucho ese conjunto de esta noche. No paraba de mirarte», me decía riéndose.
***
A las cuatro me llamó. Que canceláramos la cena, que los chicos querían venir a ver el boxeo y jugar al billar, y que si podía preparar algo de picar. Le dije que mejor pedía unas alitas y compraba cerveza de paso. Más fácil que cocinar.
Llamé al bar de siempre, encargué la comida y, mientras me duchaba para salir a buscarla, no podía dejar de pensar en lo que había leído. Quizá me equivoco, pero las cuentas no mienten. Solo hay que encontrar la fórmula.
Bajo el agua caliente, enjabonándome el pecho, sentí esa punzada baja, ese tirón de deseo que se cuela sin pedir permiso. Pensé en la noche que venía. Diego siempre me buscaba después de que sus amigos se iban. ¿Pensará en ellos mientras me hace el amor?
La otra noche, follándome por detrás, había soltado que seguro a alguno de sus amigos le encantaría hacerme lo mismo. Yo le seguí la corriente a medias y le dije que sí, pero que ese coño era solo suyo. Sin darme cuenta le cerré la puerta. Le impedí decir lo que de verdad quería.
Me pasé las manos enjabonadas entre las piernas y reconocí que ese deseo también estaba en mí. Me sequé con el coño mojado y una idea sucia rondándome: imaginarlo a él al lado mientras otro me penetraba. ¿Soy igual que Diego y nunca me animé a admitirlo?
***
Tres horas después, la pandilla se había adueñado de la casa. La sala de billar es grande, así que cabían de sobra entre la tele, los tacos y el griterío. Básicamente, una guardería de hombres adultos.
Entré por la puerta de atrás y dejé las cosas en la mesa, pero seguía con una idea fija desde que vi esa pantalla. Necesito datos reales. Y para eso necesito vestirme otra vez para ellos. Tenía el conjunto perfecto: camiseta corta y minifalda de cuero ajustada.
Subí, me cambié y me miré al espejo. Me veía bien. Soy una mujer segura, consciente de que el cuerpo es poder y sin miedo a usarlo. Coquetear es un juego sano. Pero esta noche el coqueteo es una herramienta. Necesitaba saber si lo de la esposa compartida era un deseo real de Diego o solo una historia que yo me había montado en la cabeza.
Entré a la sala con la bandeja de alitas. Sin sujetador, el pecho se movía al caminar y el escote dejaba ver más de la cuenta. Todos levantaron la vista. Me incliné con las piernas estiradas para dejar la bandeja, la falda subió un poco y supe que se veía la parte de abajo de mis pechos y un trozo de culo.
Me quedé agachada más de lo necesario. Todos miraban. Después fui hasta Diego, lo abracé y lo besé un poco más largo de lo normal, para que sus amigos lo vieran.
—Por eso, chicos, soy el macho alfa —los oí decir mientras me iba a la cocina.
Volví con las cervezas y me pegué a cada uno al destapárselas, sosteniendo la botella entre los pechos. Todos son más altos que yo, que mido un metro sesenta, así que no podían evitar mirar hacia abajo. No busco su atención. Busco la reacción de Diego.
Le llevé la suya y me dijo al oído que esta noche estaba buenísima. Sonreí.
—Una esposa que se porta bien es mejor que una aburrida, ¿no crees? —le dije.
Me miró sin saber si yo entendía lo que estaba insinuando. Le di la cerveza y volví a la cocina.
—Odio verte ir, pero me encanta verte marchar —soltó Tomás, bien alto, para que todos lo oyeran. Metí las manos en los bolsillos traseros para marcar más el culo mientras salía.
***
Diego me alcanzó en la cocina. Se pegó por detrás, las manos tomándose libertades con mi pecho, los labios en mi cuello.
—Joder, estás guapísima. A mis amigos les encanta cómo vas —murmuró.
—Vuelve con ellos, que ahora les llevo más cosas —le dije.
Me besó el cuello y se fue. Así que ya soy bastante guapa para sus amigos. ¿Me estoy inventando señales o solo las recojo a medida que aparecen?
Volví con otra bandeja y repetí la flexión de piernas rectas. Otra vez todos los ojos en mí. Me senté frente a la tele, abrí mi cerveza y dejé las piernas apenas separadas. Lo justo para que, con buena mirada, se viera lo que tenía entre ellas. Los chicos rondaban la mesa de billar fingiendo planear el tiro y robando vistazos.
Diego se plantó casi entre mis piernas y me examinó con descaro. La aprobación se le notaba en el pantalón. Tenía una buena erección solo por mi coqueteo. Chocó su botella con la mía y lo llamaron de vuelta a la mesa.
Jugaban por parejas: Diego y Tomás contra Andrés y Martín. A Andrés le tocaba el tiro para cerrar la partida, así que aproveché. Me levanté, me coloqué junto a la tronera y me incliné con los codos sobre el borde, dándole una vista completa del escote.
—Solo quiero ver cómo la metes en el agujero —le dije bajito.
Falló. Diego, detrás de él, sonreía de oreja a oreja mirando cómo enseñaba el pecho a sus amigos.
—Qué pena, no entró en el agujerito —dije.
Lucas se rió, y Tomás añadió algo sobre meter la mano en un bolsillo pero solo un dedo en un agujero. Risas de todos. Diego se acercó.
—Te estás portando muy mal esta noche, ¿no? —me dijo.
—¿Quieres que sea una mala chica esta noche? —respondí.
—¿Y qué tan mala puedes ser?
Me incliné a su oído.
—Tan mala como tu conciencia me lo permita —le susurré, y de paso le agarré la polla por encima del pantalón. Dura, llena de deseo de algo.
Dime qué quieres. ¿Que me folle a tus amigos? ¿Que sea tu mujer compartida? Su polla latió bajo mi mano. Sus amigos empezaban a sospechar, pero no la solté.
—Diego, si yo fuera una esposa de verdad atrevida, ahora mismo me estaría follando a tus amigos. ¿No es eso lo que haría? —le susurré.
—Una mujer así se folla a quien quiere, cuando quiere, porque le gusta —contestó.
—¿Y el marido?
—Un marido así tiene tres opciones. Ignorarlo. Aceptarlo, entendiendo que ella tiene deseos más allá de la pareja. O animarla a ser quien es, disfrutar de su placer y compartirlo —me dijo, mirándome a los ojos.
—¿Y tú cuál eres? —pregunté.
Se inclinó, sus labios en mi oreja.
—Yo sería la tercera —susurró.
***
Se acabó el misterio. Sentí el triunfo recorrerme entera, y enseguida un latigazo de pánico. Es real. Podría follarme a estos cuatro y él se uniría. Me vi reflejada en el cristal de un cuadro. Me veía bien, deseable. Puedo estar con otros hombres si quiero. Y a él le encantaría verlo.
Decidí tantear el terreno despacio. Hugo recibió un mensaje: a su mujer se le había averiado el coche. Lucas se ofreció a llevarlo y los dos se despidieron. Los acompañé a la puerta y les di un abrazo largo, apretándome contra ellos. Sentí sus erecciones y me moví despacio para frotarme antes de soltarlos.
Quedamos cuatro. Pasé un porro entre todos y, en poco rato, el ambiente estaba flojo y cálido. Fui un momento al baño, vi el aceite de masaje y se me ocurrió un plan.
En la sala hay un banco acolchado de casi dos metros. Aparté un par de mandos, me tumbé boca abajo y dejé el aceite sobre la madera.
—Necesito que alguien me dé un masaje. Estoy muy tensa —dije.
Andrés y Tomás respondieron casi a la vez. Oí a Andrés preguntarle a Diego si le importaba.
—Para nada. Hagan lo que ella quiera —contestó él, tranquilo.
Andrés se echó aceite en las manos y empezó por mi espalda baja. Lo hacía bien, pero parecía intimidado.
—¿Un masaje no llega también a los hombros? —le dije.
Deslizó las manos bajo la camiseta. La tela se me subió y, como ya no servía de nada, me la quité del todo.
—Así está mejor, ¿no? —pregunté.
—Mucho mejor. Tienes una piel preciosa —murmuró.
Sus manos subieron por los costados y rozaron los lados de mi pecho. Con la cabeza de lado, abrí los ojos y vi a Tomás y a Diego a un par de metros, mirando entre tiro y tiro, los dos con un bulto evidente.
—No te olvides de las piernas, Andrés. Quiero un masaje completo —le pedí.
Extendió el aceite hasta los muslos y subió. Desde su sitio veía perfectamente bajo mi minifalda, y Diego lo sabía. Andrés me masajeó el culo con nervios. Gemí, me arqueé y yo misma me subí la falda hasta la cintura, dejándome completamente expuesta. Abrí las piernas para darle acceso, y sus dedos rozaron apenas mi coño.
Diego miraba a su amigo tocarme, mirar de cerca, y le gustaba. Abrí los ojos un segundo: erección enorme bajo el pantalón. Quiere esto. Lo quiere de verdad.
—¿Cómo va ese masaje, cariño? —preguntó.
—Genial. Andrés lo hace genial —respondí.
—Yo también sé hacerlo genial —ofreció Tomás, dejando el taco.
—Ven, Tomás —dije.
En segundos cuatro manos me recorrían. Los dedos de Tomás bajaron por la raja del culo mientras Andrés me frotaba la cara interna de los muslos y rozaba el clítoris con el aceite. Tomás hundió un dedo justo dentro, y gemí levantando las caderas.
—Eso es un buen masaje —oí decir a Diego.
Aquello borró cualquier duda que me quedara. Me sentí libre.
—Creo que sería mejor si mis masajistas estuvieran desnudos —dije.
Hubo un silencio, miraron a Diego.
—Es su masaje. Hagan lo que pida —dijo él.
Las manos me abandonaron. Oí cremalleras, ropa cayendo. Me di la vuelta sobre el banco, pero mantuve la falda subida. Quería que vieran.
—Joder —soltó Andrés.
—Tenía razón —añadió Tomás.
Diego cogió el aceite y dejó caer un hilo brillante sobre mi pecho, por el vientre, hasta entre las piernas. Entonces vi a sus amigos desnudos y, por primera vez, pensé que la polla de mi marido podía ser la más pequeña de las tres. La idea, en vez de incomodarme, me encendió todavía más.
***
Andrés me frotaba las piernas mientras Tomás me amasaba el pecho y me pellizcaba los pezones con cuidado. Diego se apartó la ropa interior, se acarició un par de veces y me guiñó un ojo. Maldita sea, me conoce mejor que yo misma. Sabía que este día llegaría.
Tomás se inclinó sobre mi cabeza y sentí su polla rozarme la cara. Abrí los labios y la recibí, y me puse a chuparla mientras mi marido miraba, acariciándose. Andrés me metió un dedo y gemí con la boca llena.
Después Andrés me empujó las piernas hacia atrás y bajó la boca a mi coño. La lengua encontró el clítoris y me corrí en un temblor brusco, el grito ahogado contra la polla de Tomás. Acababa de correrme delante de tres hombres y quería repetir al instante.
Miré a Diego acariciándose, sonriendo, mientras Andrés se colocaba entre mis piernas. Abrí los ojos y vi a mi marido sujetándome los pies, abriéndome para que su amigo entrara. Andrés empujó despacio y me llenó. Me corrí otra vez, ahora con él dentro.
—Eso es. Dale a mi mujer lo que quiere —dijo Diego, animándolos.
Andrés me dio unas embestidas más y se retiró. Cambiamos de posición: él se tumbó boca arriba con la cabeza al borde del banco y me tiró sobre su cara. Pasé la pierna por encima y acomodé el coño sobre su boca, con su polla justo frente a la mía. Un sesenta y nueve.
Sentí manos en el culo y supe que era Tomás. Me iba a follar por detrás mientras Andrés me lamía.
—¡Ah! —grité cuando su polla enorme presionó la entrada. La sensación me abrió por dentro, en sitios que ninguna polla había tocado antes. La sala entera resonaba con mis gritos.
Miré a Diego y temblé. Veía cómo me corría, cómo los jugos bajaban por la polla de su amigo, mientras Andrés no me daba tregua con la lengua. Se subió al banco, la polla tiesa apuntando a mi cara, y se la metí tan profundo como pude. Quería darle exactamente eso.
—Esa es mi mujer. La que siempre quise tener —me dijo, acariciándome el pelo sudado.
Era demasiado para mí, lo que me estaban dando entre los tres. Solté la polla de Diego.
—Bésame —le pedí.
Se inclinó y, mientras nuestros labios se juntaban, otro orgasmo me sacudió hasta los huesos. Sentí su sonrisa contra mi boca.
***
Tomás salió y cambiamos otra vez. Andrés me agarró las caderas y me mantuvo a cuatro patas, embistiendo fuerte y rápido. Tomás se deslizó debajo de mí; su polla era tan larga que apenas tuve que agacharme para llevármela a la boca. Lamí de la base a la punta y lo chupé entero.
Diego me agarró del pelo, me echó la cabeza atrás y me besó hondo. Después me empujó suave de vuelta hacia Tomás.
—Ahora sigue —me dijo.
Andrés se movía cada vez más rápido.
—Me voy a correr. ¿Dónde lo hago? —jadeó.
—Dentro. Lléname —respondí sin pensarlo.
Lo sentí endurecerse y vaciarse en lo más profundo, sus caderas golpeando las mías. Casi a la vez, Tomás se tensó bajo mi boca y se corrió. Tragué lo que pude; lo demás se me escapó por los labios y cayó al banco. Lo limpié con el pecho, todavía temblando.
Cayeron a un lado, agotados, uno tras otro como fichas de dominó.
—Por eso soy el macho alfa —dijo Diego, orgulloso.
Sus amigos asintieron riéndose. Si quería verse así, allá él. A ellos les daba igual.
Se vistieron, me felicitaron por la noche y Diego los acompañó a la puerta recordándoles que el viernes había partido. Los dos dijeron que estarían aquí si yo se lo pedía.
***
Diego cerró, apagó las luces y la tele y se acercó al banco. Recogió mi camiseta y me levantó en brazos. Me llevó al dormitorio besándome, me dejó en la cama, me tomó los tobillos y me abrió las piernas.
—Cuando mi mujer se porta mal, lo entiendo —dijo, y me la metió hasta el fondo, follándome con ganas.
No me hizo el amor. Me folló como a la mujer en la que me había convertido esa noche, y yo abrí las piernas para él.
—Se siente increíble dentro de ti. ¿Tú lo sientes igual? —jadeó.
—Sí, cariño. Igual de bien —respondí, empujando las caderas a su ritmo.
—¿Por qué no lo hicimos antes? —dijo.
—Lo volveremos a hacer —contesté—. Sé que te ha gustado. Fóllame, que tus amigos ya me dejaron lista para ti.
—No aguanto más —gruñó, y sentí su polla estallar dentro. Mi propio orgasmo llegó justo a tiempo, un espasmo feroz que me vació entera.
Respiramos hondo. Se dejó caer a mi lado y nos acurrucamos, el sudor goteando, todavía sin aire.
—¿Cómo lo supiste? —pregunté, agotada.
—Lo sentí, sin más. Que necesitabas algo más. Y la idea de verte así me excitó como nada —dijo, respirando despacio.
Me apreté contra él, le acaricié la mejilla y lo besé con un cariño nuevo, raro, hecho de complicidad. Sé que volveré a entregarme a sus amigos. Y que lo que él desee, lo haré.