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Relatos Ardientes

El reencuentro con mi amante que terminó en casa

Habían pasado varios meses sin saber nada de Irene. Mi esposa, en cambio, se la cruzaba de vez en cuando en el gimnasio del barrio. No eran amigas, apenas un saludo cordial en la puerta o entre máquinas, lo justo para que Irene jamás sospechara que Sandra lo sabía todo. Y cuando digo todo, es todo.

Irene tenía treinta y ocho años y era la mujer de mi antiguo jefe. Un matrimonio gastado, de esos que se sostienen por costumbre y por miedo al qué dirán. Antes de jubilarme, ella había dejado de ser para mí la compañera tímida que apenas levantaba la vista en las reuniones. Habíamos terminado juntos en tres ocasiones. La primera, en un viaje de trabajo, con tiempo y sin culpa. Las otras dos fueron rápidas, casi a escondidas: una en el estacionamiento de un supermercado, otra durante la cena de fin de año de la empresa. Apuradas, nerviosas, con el corazón en la garganta. Satisfactorias para los dos, pero agotadoras de puro riesgo.

Lo curioso es que nunca buscamos nada más que eso. Ninguno de los dos quería dejar a su pareja ni empezar una historia distinta. Lo nuestro era una atracción física que no entendía de razones.

***

La encontré por casualidad una tarde, en la terraza de la cafetería del parque. Su hija pequeña corría con otras niñas cerca de los juegos, mientras ella tomaba un café sola, aprovechando el primer sol después de una semana de lluvia y viento. Al verme, sonrió de esa manera que recordaba demasiado bien. Se levantó, me dio un abrazo y dos besos, y me invitó a sentarme.

—No puedo creer que seas tú —dijo—. Justo hoy que salí a despejarme.

Empezamos con lo de siempre: el clima, la salud, qué hacía con mi tiempo libre desde que no trabajaba. De a poco, la conversación fue cayendo hacia ella, hacia su vida. Me contó que había estado a punto de separarse, que incluso había hablado con un abogado, pero que su familia, gente estricta y de pocas palabras, la había presionado hasta hacerla desistir.

—Hace más de un año que no comparto la cama con él —confesó, mirando su taza—. Vivimos en la misma casa, pero cada uno por su lado. Él tiene su vida, yo la mía.

Asentí sin interrumpir. Había aprendido que, con ella, el silencio funcionaba mejor que cualquier consejo.

Llevábamos un buen rato así cuando la charla cambió de temperatura. Empezó a girar alrededor de nosotros, de lo que habíamos sido, de lo que todavía sentíamos al recordarlo. Coincidimos en lo mismo de siempre: no queríamos ser pareja, pero la atracción seguía intacta. Y en lo que tenía que ver con el sexo, los dos sabíamos que aquello había sido algo fuera de lo común.

—¿Te acordás del estacionamiento? —preguntó, bajando la voz, con una media sonrisa.

—Me acuerdo de todo —respondí.

Demasiado.

La conversación se fue calentando frase a frase. Ella me miraba distinto, con los ojos entrecerrados, jugando con el borde de su taza. Yo sentía cómo la tensión me subía por el cuerpo y me costaba mantener la compostura en una terraza llena de familias. Menos mal que en ese momento llegó una conocida de las dos, con su propia hija, y se sentó con nosotros. Porque si hubiéramos seguido un minuto más a solas, habría sido capaz de buscar cualquier rincón para repetir lo de aquella vez.

***

Me disculpé y fui un momento al baño. Cuando salí al pasillo, ella me estaba esperando, recostada contra la pared. No dijo nada. Me besó con una urgencia que me dejó sin aire, me limpió el labial de los labios con el pulgar y, antes de que yo pudiera reaccionar, se desabrochó el pantalón.

Tomó mi mano, la guió por debajo de la tela, más allá de la ropa interior, hasta que mis dedos sintieron lo húmeda que estaba.

—Me pusiste así con solo hablar —susurró contra mi oído—. Pero hoy no puede ser.

Me quedé clavado en el lugar, todavía sintiéndola en la punta de los dedos. Ella se acomodó la ropa, entró al baño como si nada y me dejó ahí, con la respiración alterada y la cabeza dando vueltas. Mientras volvía a la mesa, saqué el teléfono y le escribí un único mensaje: «quiero tu ropa interior».

Me senté de nuevo y seguí la charla con la conocida como si no hubiera pasado nada. A los pocos minutos apareció Irene, recompuesta, sonriente. Distrajo a la otra mujer con un comentario sobre las niñas y, en ese gesto, deslizó algo en el bolsillo de mi abrigo, colgado en el respaldo de la silla. No lo revisé. No hizo falta. Sabía perfectamente qué era.

Me despedí de las dos con un beso en la mejilla. Al acercarse, Irene me dijo apenas tres palabras al oído:

—Cuidado que no te descubran.

***

Manejé hasta casa con una mezcla de excitación y nervios que no sentía desde hacía años. Cuando entré, Sandra estaba en el living, leyendo, con las piernas recogidas sobre el sillón. Levantó la vista apenas crucé la puerta.

—Tenés cara de haber hecho algo —dijo, divertida—. Contame.

Y le conté. Cada detalle: el encuentro, la charla, el pasillo del baño, el mensaje. Sandra escuchaba con una sonrisa que iba creciendo, sin una sola señal de enojo. Hace tiempo que lo nuestro funcionaba así: lo que para otras parejas habría sido una traición imperdonable, para nosotros era combustible. Saber lo de Irene no la lastimaba; la encendía.

—¿Y qué traés? —preguntó al fin, dejando el libro de lado.

Metí la mano en el bolsillo del abrigo y saqué la prenda. Una tanga verde oscuro, todavía tibia, todavía húmeda. La acerqué a mi cara casi sin pensarlo y un aroma intenso, inconfundiblemente de mujer, me golpeó de lleno.

Sandra estiró la mano.

—Dame eso.

Hizo exactamente lo mismo que yo. Cerró los ojos al respirarla.

—Qué bárbara —murmuró—. Mirá cómo se mojó solo de hablar con vos.

Pasó la lengua por la tela, despacio, sosteniéndome la mirada todo el tiempo.

—Hasta sabe bien la muy descarada —dijo, y se levantó.

Caminó hacia el dormitorio sin agregar nada. Yo me quedé en el sillón, escuchando mi propia respiración. Cuando volvió, lo único que traía puesto era la tanga de Irene. Se paró frente a mí, con una expresión que me endureció al instante. Era como tener delante a las dos mujeres que más deseaba al mismo tiempo: el cuerpo de mi esposa y el perfume de mi amante, fundidos en una sola imagen.

Se frotó por encima de la tela, lento, como queriendo impregnarse del aroma ajeno, sin dejar de observarme.

—Desnudate —ordenó.

No dije una palabra. Obedecí.

***

Estaba tan duro que dolía. Sandra se acercó, me empujó suave contra el respaldo del sillón y se subió encima de mí. Corrió la tanga hacia un costado, sin sacársela, y se fue sentando despacio. Estaba tan excitada que entré de una sola vez, completo, mientras ella dejaba escapar un suspiro largo entre los dientes.

Empezó a moverse con un ritmo que no le conocía. Sus pechos quedaban a la altura de mi cara cada vez que se inclinaba para abrazarme, y los pezones duros me rozaban el pecho en cada vaivén. La sujeté de la cintura, más para sentirla que para guiarla, porque ella llevaba el control absoluto.

—Pensá en ella —me dijo al oído, sin frenar—. Pensá en Irene. Y pensá en mí.

El sonido de nuestros cuerpos al chocar llenaba el living. Sandra apoyaba las manos en mis hombros para tomar impulso y bajaba con fuerza, una y otra vez, buscando el fondo. No tuve que mover las caderas ni una sola vez; lo hacía todo ella, entregada por completo a aquella fantasía compartida.

Sentí cómo se tensaba, cómo su cuerpo se cerraba alrededor del mío en oleadas. Pocas veces la había visto así. Los gemidos se le fueron volviendo más agudos, más profundos, hasta convertirse en algo que ya no podía contener. Apoyé las palmas en su espalda, resbaladiza por el sudor, y la sentí estremecerse de la cabeza a los pies.

—No pares —le pedí, aunque era ella la que mandaba.

Volvió a explotar, y esta vez me arrastró con ella. Un orgasmo que me nació en el centro del cuerpo y se me disparó por cada músculo a la vez. Me vacié dentro suyo sin poder detenerme, mientras Sandra me clavaba las uñas y repetía contra mi cuello:

—Es mío, es mío.

Caímos rendidos uno contra el otro, abrazados, empapados, con la respiración entrecortada. Tardamos un buen rato en volver a hablar. Cuando lo hizo, fue en voz muy baja, todavía recuperándose, con los labios pegados a mi oído.

—Podés acostarte con ella cuando quieras —dijo—. Pero a mí no me dejes nunca.

Le besé la frente sin contestar. No hacía falta. Ya sabía la respuesta, y ella también.

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