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Relatos Ardientes

Le confesé mi fantasía y mi esposa la cumplió

Para que entendáis lo que voy a contar, primero tenéis que conoceros a Marina. Es menuda, apenas un metro cincuenta y cinco, con un cuerpo compacto y firme que parece esculpido a propósito para que no le quites los ojos de encima. Tiene los ojos verdes, enormes, y unos labios carnosos que ya prometen problemas. Sus pechos son pequeños, con dos pezones que se le ponen duros al primer roce, y un culo redondo y respingón que se le marca con cualquier cosa que se ponga. Tiene treinta y cuatro años, aunque cuando se ríe parece diez años más joven.

Nos conocimos jóvenes y nunca habíamos estado con nadie más. A mí eso jamás me importó: ella me bastaba, siempre fue perfecta para mí. Y aun así, los dos teníamos nuestras manías en la cama. A Marina le encantaba todo lo que se nos pasara por la cabeza, sin freno ni vergüenza, y le ponía especialmente que la miraran, que la desearan otros. Bailaba pegada a desconocidos cuando salíamos, se restregaba al ritmo del reguetón y luego me buscaba la mirada para ver si me había puesto celoso. No me ponía celoso. Me ponía otra cosa.

Porque mi secreto era distinto y más oscuro. Llevaba años fantaseando con verla disfrutar con otros hombres. Imaginarla entregada, abierta, mientras yo miraba sin tocar. Pasaba noches viendo vídeos de maridos que prestaban a sus mujeres, sustituyendo cada cara por la suya. Nunca me atreví a decírselo. Hasta que ella lo descubrió por mí.

Una tarde llegué del trabajo y la encontré sentada frente a mi ordenador. Me miró por encima del hombro, con una sonrisa torcida.

—Aquí estoy, viendo las guarradas que miras a mis espaldas —dijo, irónica.

Solté una carcajada para ganar tiempo.

—Bueno, Marina, todos tenemos nuestros vicios.

—¿Y qué obsesión es esta tuya con que otros se follen a sus mujeres?

—La misma obsesión que tengo con que te follen a ti.

Se quedó de piedra. Cerró la pantalla despacio y se giró del todo en la silla.

—Eso lo dices en serio. ¿Quieres que otro me folle?

—Otro no. Otros. Varios a la vez. Que se corran encima de ti, en tu boca, en tu cara. Yo mirando, y luego follándote después, sucia y usada. Que seas la más guarra del mundo solo para mí.

Me salió todo de golpe. Lo tenía guardado desde hacía tanto que, una vez pillado, ya no tenía sentido callarme nada. Como mucho me mandaría a la mierda y el asunto quedaría en una anécdota incómoda.

—No me puedo creer que digas eso en serio —murmuró.

—Totalmente en serio —respondí, y salí de la habitación antes de que pudiera ver lo nervioso que estaba.

***

El tema quedó enterrado un par de semanas. Ni ella lo mencionó ni yo me atreví a sacarlo. Hasta que una noche, mientras lo hacíamos, Marina empezó a hablarme al oído con una voz que no le conocía.

—Seguro que ahora mismo te encantaría que me estuvieran follando otros. Que vieras cómo goza tu mujer. Como una zorra, por todos los agujeros.

Me corrí como un animal, casi sin avisar. Pero después, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se durmió, dejándome despierto, dándole vueltas a aquello durante horas.

A la mañana siguiente yo estaba en la cocina tomando un café cuando apareció con un picardías casi transparente que le marcaba los pezones y que, con cualquier movimiento, dejaba ver algo más.

—Cariño, en un rato llegan los pintores para lo del salón.

—Joder, se me había olvidado que era hoy.

Justo entonces sonó el timbre. Abrí y me encontré a tres chavales, de unos veintitantos, con monos de trabajo y botes de pintura.

—Buenas, venimos a pintar el salón.

—Sí, pasad. Os enseño dónde es.

Cruzamos la cocina y vi cómo los tres clavaban la mirada en Marina, que seguía paseándose medio desnuda como si nada. Se me puso dura al instante. En el salón les indiqué qué muebles había que mover y adónde, pero mi cabeza ya estaba en otra parte.

Mientras ellos trabajaban, Marina aparecía cada dos por tres con cualquier excusa: un vaso de agua, una pregunta tonta, ver cómo iba la cosa. Y los chavales no le quitaban ojo. Los oía cuchichear entre ellos, comentar lo buena que estaba, la cara de viciosa que tenía. El juego me iba calentando más y más.

Cuando terminaron de despejar el salón, los llamé.

—Marina, ¿puedes venir un momento a ver si el color que han traído te convence?

Apareció dando saltitos, juguetona, disfrutando del papel. Los chavales la miraban embobados.

—A ver cómo es —dijo, y se agachó sobre los botes dejando el culo completamente a la vista.

A los tres se les salían los ojos de las órbitas.

—¿Os gusta el culo de mi mujer? —pregunté.

Se pusieron rojos y empezaron a balbucear una disculpa, pero los corté en seco.

—Responded a la pregunta. Sin excusas —dije con un tono que no admitía réplica.

Los tres asintieron.

—Cariño —le dije a ella—, me parece que estos chicos lo están pasando mal ahí dentro del pantalón.

Marina me miró con una mezcla de triunfo y lujuria que no le había visto en la vida.

—Querrás que tu mujer sea una niña mala y los ayude con su problema —dijo. No era una pregunta.

—Si ellos quieren. Porque tú llevas provocando desde que han entrado por la puerta.

***

Se acercó a ellos y empezó a acariciarles el bulto por encima de la ropa. Ellos perdieron toda la vergüenza de golpe: la tocaban, la besaban, le metían las manos por todas partes. La cara de Marina ardía. Me buscaba con la mirada mientras le manoseaban los pechos y le frotaban entre las piernas. Yo estaba a punto de explotar: se cumplía, palabra por palabra, lo que llevaba años imaginando.

Les bajó los pantalones de uno en uno, sin prisa, saboreando el momento. Tres pollas duras y gruesas saltaron delante de su cara.

—Madre mía, cómo me voy a poner con tanta carne —susurró.

—Te vamos a reventar —se atrevió a decir uno.

Asentí, dándoles permiso, y aquello fue como soltar una correa. Empezaron a hablarle sucio, a darle órdenes.

—Ven, cómela toda.

Se la metió en la boca de golpe. Era tan gruesa que apenas le cabía la mitad. Los otros dos le pellizcaban los pezones y le daban palmadas en el culo mientras la insultaban.

—Vamos, traga. Y ahora prepárate, que esta te la voy a meter por el coño —dijo otro.

La pusieron a cuatro patas sin que soltara la que tenía agarrada de la nuca. El de detrás le pasó la punta por los labios, hinchados y empapados, y ella gimió con un sonido apagado por la polla que la amordazaba. Empujó y entró de una sola vez. La folló sin contemplaciones, y cada embestida la hacía tragar un poco más al otro. Se fueron turnando en su boca como si estuvieran coordinados.

—Yo quiero su culo —dijo el tercero, saliendo de ella.

Le lubricó el ano con los dedos, despacio, uno, dos, tres, escupiendo encima. Cuando estuvo dilatada, fue metiéndosela poco a poco.

—Joder, qué estrecha está. ¿Tú se lo has follado alguna vez? —me preguntó.

—Claro. Pero esa polla es más grande que la mía —admití.

Yo llevaba un buen rato masturbándome contra la pared. Ver cómo le destrozaban la boca y el culo a la vez era exactamente mi sueño. Y ella giraba la cabeza para buscarme cada vez que podía. Eso me ponía todavía más.

—¿Te gustan nuestras pollas? —le preguntó uno, sacándosela de la boca para que pudiera contestar—. ¿Estas pollas jóvenes y duras?

—Sí —jadeó.

—Sí, ¿qué? —dijo, soltándole una bofetada suave.

—Me encanta que me folléis delante de mi marido. Reventadme todos los agujeros.

—Así me gusta. Una mujer sumisa y un marido mirando. Ahora te vamos a llenar entera.

Uno se tumbó en el suelo y Marina se sentó sobre él, ensartándose hasta el fondo. Otro se colocó detrás y la penetró por el culo. El tercero le llenó la boca. Empezaron a moverse como una máquina engrasada, acelerando el ritmo poco a poco. Ella gritó con la boca llena, un sonido ahogado que anunciaba el orgasmo. Y vaya orgasmo: se movía descontrolada, fuera de sí, hasta que se arqueó entera y se derrumbó temblando.

La levantaron y la pusieron de rodillas. Se masturbaron sobre ella y la cubrieron de leche, chorros gruesos que le cayeron en la cara y los pechos. Yo me acerqué y solté la mía con ellos; me dolían los testículos del calentón que me habían provocado.

—Ve a ducharte, cariño, que los chicos tienen que trabajar —le dije—. Cuando acaben, tendrás que darles propina.

Marina asintió con una sonrisa traviesa y se metió en la ducha.

***

No lo he contado todavía, pero vivimos en un ático cuyo balcón comparte medianera con el del vecino. Es un viejo verde de manual: Marina toma el sol en topless y él la espía sin disimulo, estoy convencido de que se masturba mirándola e incluso de que alguna vez nos ha visto follar, porque hay noches que ni cerramos las cortinas.

Así que ya se me había metido en la cabeza continuar la travesura en la terraza, cuando los chicos terminaran. La sola idea de que el vecino lo viera me ponía aún más burro. Un par de horas después, el salón estaba pintado y Marina, siguiendo mis indicaciones, tomaba el sol completamente desnuda en la tumbona. Invité a los chavales a una cerveza fuera.

—Tu mujer está buenísima —dijo el más alto, mirándola.

—Os tiene que dar la propina —contesté—. Id a por ella.

Se desnudaron y se acercaron a la tumbona. Capté un movimiento al otro lado de la medianera. Sonreí para mis adentros: mi plan funcionaba. Empezaron a follársela por el culo, turnándose, pasando de su boca a su ano sin descanso. Los gemidos y los golpes de cadera no dejaban lugar a dudas, y el vecino fue perdiendo la prudencia hasta que se asomó sin ningún pudor. Nuestras miradas se cruzaron.

—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté.

—No te haces una idea de cuánto. Me pone tu mujer desde el día que llegasteis a vivir aquí.

—Pues ven a follártela.

Marina intentó protestar, no le hacía gracia el añadido, pero hice como que no me daba cuenta. El vecino saltó la medianera, apartó a uno de los chavales y se la clavó en el coño, embistiéndola sin control. Los chicos se corrieron en su cara mientras él la hacía gritar, gritos que se cortaban cada vez que uno le metía la polla hasta la garganta.

—Cómo me aprieta. Me voy a correr dentro —avisó el vecino.

Asentí para que lo hiciera.

—Nosotros nos vamos —dijeron los chavales mientras se vestían—. Si necesitáis algo más, cualquier día estamos disponibles.

Les pagué y los despedí en la puerta. Después miré al vecino.

—Tu mujer te estará esperando —le dije.

Se ruborizó, dio las gracias entre dientes y volvió a su casa por donde había venido. Marina seguía a cuatro patas en la tumbona, con la respiración entrecortada y el cuerpo brillante de sudor.

—Me has convertido en una puta —dijo sin reproche, casi orgullosa—. Me han follado por todos lados. Espero que te haya gustado verme así.

—Muchísimo, marrana. Y ahora te voy a reventar el culo, llena como estás.

Se la metí por detrás. Entró fácil, ya la habían dilatado de sobra. Le di unos cuantos empujones profundos mientras ella jadeaba y se frotaba el coño con la mano. Entonces, otra vez, un movimiento en la terraza de al lado. El mirón otra vez, pensé. Pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que no era él, sino su mujer, asomada y masturbándose mientras nos miraba. Me vino una corrida tan brutal que le llené el culo a Marina sin poder contenerme.

Esa noche, tumbados en la cama, ella me pasó un dedo por el pecho y me preguntó qué fantasía me quedaba por contarle. Le dije que ninguna. Mentí, claro. Pero esa es otra historia.

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Comentarios (5)

MiradorNoche

tremendo relato, de lo mejor que lei en todo el mes!!

CarlosM85

Que valentia la de animarse a decirlo. Ese momento de la confesion debe haber sido intenso. Muy bien contado, se siente real.

LectoraNocturna

Me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace tiempo, aunque nosotros nos quedamos en el intento jaja. Estas historias me hacen pensar cuanta gente guarda fantasias parecidas sin atreverse a decirlas. Gracias por compartirlo.

Viky

increible!!! ojala me animara a algo asi alguna vez 🔥

RobertoArg

Lo mas interesante es la parte de la confesion en si, ese momento debe haber sido la mitad de toda la experiencia. Buen relato.

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