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Relatos Ardientes

El masaje que acabó en una confesión

Había sido uno de esos días que te dejan vacía, con la cabeza llena de ruido y el cuerpo hecho polvo. Cuando por fin entré en la habitación, lo único que quería era hundirme en la cama y olvidarme del mundo. Dejé la bata en una silla, me tumbé boca abajo sobre las sábanas frescas y cerré los ojos, sintiendo cómo la tensión seguía agarrada a mi cuello, a mis hombros y a la parte baja de la espalda.

La lámpara de la mesilla dejaba la habitación en una penumbra tibia. No tardé en escuchar los pasos de Darío entrando descalzo, sin prisas, con esa calma que siempre me desarma. No dijo nada al principio. Solo se acercó, apartó un mechón de pelo de mi nuca y me dejó un beso lento sobre la piel.

Ese simple roce me hizo soltar aire por la nariz, como si mi cuerpo lo reconociera antes que mi cabeza. Sentí la cama hundirse cuando subió detrás de mí y luego sus rodillas a ambos lados de mis muslos. Su peso suspendido sobre mi espalda me provocó un escalofrío inmediato. Años después de empezar a vivir juntos, seguía pasando: bastaba con sentirlo cerca para que se me encendiera algo en el vientre.

—Estás hecha un nudo —murmuró contra mi espalda.

—No me siento ni los hombros —respondí sin abrir los ojos.

Su boca recorrió mi columna con besos cortos, desde la nuca hasta media espalda. Después me acarició los brazos, las manos, los costados. No era un manoseo torpe ni una urgencia de adolescente; era peor, porque conocía exactamente dónde tocarme para aflojarme y excitarme al mismo tiempo. Cada caricia me robaba un suspiro distinto.

Oí abrir el cajón de la mesilla y sonreí antes de verlo. El olor a coco me llegó enseguida, suave y dulce. Darío frotó el aceite entre sus palmas para calentarlo y, cuando apoyó las manos sobre mis hombros, sentí un gemido escapárseme sin permiso.

Empezó despacio, apretando con firmeza desde el cuello hacia fuera, deshaciendo la dureza acumulada del día. Sus pulgares se clavaban donde más me dolía y luego aflojaban con círculos lentos. Yo me abandoné a sus manos, a la tibieza del aceite extendiéndose por mi piel, al roce de su pecho y su abdomen inclinado sobre mí.

No tardé en sentir algo más. Su polla, dura, atrapada entre nuestras posturas, rozaba de vez en cuando la hendidura de mis nalgas mientras él trabajaba mi espalda. Cada vez que pasaba, aunque fuera apenas un segundo, se me erizaba la piel. Y él lo sabía. Lo noté en la forma en que sonrió contra mi hombro.

—Te estás relajando demasiado rápido —dijo en voz baja.

—No es solo por el masaje —admití.

Sus manos fueron bajando poco a poco. Cruzaron la mitad de mi espalda, se detuvieron en los lumbares y apretaron justo donde más falta me hacía. Después cubrieron la parte alta de mis nalgas con aceite y presión. Yo abrí un poco más las piernas sin pensarlo. No fue una decisión razonada, fue pura respuesta del cuerpo.

Darío se entretuvo con mis piernas, como hacía siempre. Me masajeó los muslos, los gemelos, la parte de atrás de las rodillas. Sus manos subían y bajaban con paciencia, alternando fuerza y caricias. De vez en cuando inclinaba la cabeza y me besaba la piel aceitosa, y esa mezcla de alivio y excitación me estaba volviendo loca.

Cuando volvió a subir por la parte interna de mis muslos, respiré más hondo. Ya no era un masaje inocente y los dos lo sabíamos. Sus dedos se quedaron a centímetros de mi coño, calentando el borde del deseo sin tocarlo todavía. Yo levanté apenas las caderas, invitándolo sin palabras.

—No juegues conmigo —susurré.

—Si te toco ahí, esto deja de ser un masaje —contestó.

—Hace rato dejó de serlo.

Entonces me tocó.

La yema de sus dedos recorrió despacio los labios externos de mi coño, resbalando con la mezcla del aceite y mi propia humedad. Se me escapó un gemido más abierto, más sucio. Moví las caderas en busca de más presión, de más contacto, y él siguió explorando con una lentitud que me hizo apretar las sábanas.

Primero acarició por fuera, sintiendo cómo me iba mojando. Luego separó apenas mis labios con dos dedos y subió hasta el clítoris. Empezó a dibujar círculos pequeños, precisos, justo con la presión que sabe que me vuelve débil. Cada giro me hacía temblar un poco más. Tenía las piernas abiertas, la cara hundida en la almohada y la respiración ya convertida en jadeos.

—Así de cachonda estás solo con un masaje —me provocó.

—Cállate y sigue.

Su risa fue breve. Bajó de nuevo desde mi clítoris a la entrada del coño, donde ya estaba empapada. Me rozó una, dos veces, y luego me metió un dedo despacio. Mi cuerpo respondió de inmediato, tragándoselo. Solté un gemido ronco, moviendo las caderas hacia atrás para sentirlo más hondo.

Metió un segundo dedo y empezó a follarme con ellos, entrando y saliendo con un ritmo lento pero firme. La palma de su mano chocaba contra mis nalgas en cada embestida corta. El ruido húmedo de mis fluidos, mis jadeos cada vez menos controlados y el roce intermitente de su polla entre mis muslos me tenían al borde de perder la cabeza.

Darío conoce mi cuerpo demasiado bien. Curvó los dedos dentro de mí y encontró ese punto que me desarma por completo. Lo presionó una y otra vez, sin apuro, obligándome a empujarme contra su mano. Yo agarré las sábanas con fuerza, arqueando la espalda.

—Joder... así... no pares —murmuré, apenas pudiendo hablar.

—Mírate. Estás chorreando.

La frase, dicha con esa voz grave y excitada, me calentó aún más. Sacó los dedos de golpe y me dejó vacía un segundo, lo justo para que me quejara. Luego me acarició la mejilla con ellos. Abrí la boca sin necesidad de que me lo pidiera y chupé mi propia humedad de su piel, mirándolo por encima del hombro. La forma en que me observó entonces, con hambre y con ese orgullo masculino tan animal, me atravesó entera.

—Eso quería confesarte —dijo, acercándose a mi oído—. Todo el día estuve pensando en llegar a casa y dejarte así, abierta, mojada y pidiéndome más.

Un estremecimiento me recorrió la espalda. No solo era excitación. Era saber que mientras yo había estado en reuniones, haciendo recados y sobreviviendo al cansancio, él llevaba horas imaginándome desnuda bajo sus manos.

—Pues deja de pensar y fóllame la cabeza con la boca —le dije, ya sin paciencia.

Me agarró de las caderas y me elevó un poco, dejándome de rodillas, con el culo más alto y el pecho hundido en la cama. Quedé completamente abierta para él. Sentí sus manos separándome las nalgas antes de notar el primer lametón, largo y caliente, desde la entrada del coño hasta el clítoris.

Grité. No un gemido suave, no una respiración temblorosa: un grito breve y crudo que se me escapó entero. Darío me sujetó con más fuerza y volvió a lamerme, esta vez metiendo la lengua entre mis labios, abriéndome, saboreándome como si llevara horas muerto de hambre.

Su boca era pura insistencia. Lamía, chupaba, se detenía en mi clítoris hasta hincharlo y después bajaba otra vez a la entrada de mi coño, donde me dejaba la lengua y la punta de la nariz empapadas. Yo no podía dejar de moverme. Me frotaba contra su cara, contra su boca, buscando más fricción, más presión, cualquier cosa que me hiciera correrme de una puta vez.

Entonces su lengua siguió de largo y me lamió el culo. El contacto me arrancó un gemido más sucio, más profundo. Sentí mis nalgas abrirse por pura reacción y él aprovechó para volver a pasar la lengua por ahí, lento, sabiendo perfectamente lo que me hacía. Yo empecé a decir incoherencias, mezclando su nombre con órdenes mal formuladas y palabrotas.

—Sí... ahí... joder, sí... cómeme así...

Él gimió contra mi coño, y la vibración de su garganta me hizo apretar las piernas. Me dio un azote seco en una nalga, no para castigarme sino para excitarse con mi reacción. Yo contesté abriéndome más con las manos, separándome las nalgas para que me viera y me lamiera mejor.

—Mírate, qué puta estás —dijo con la boca brillante de mí.

—Porque tú me pones así.

Lo noté masturbarse mientras me seguía comiendo. El sonido húmedo de su mano en la polla se mezclaba con su boca trabajando entre mis piernas. Cada tanto levantaba la cabeza solo para mirarme, para ver cómo me abría para él, cómo me temblaban los muslos, cómo estaba perdiendo cualquier resto de vergüenza. Y eso lo volvía más bruto, más entregado.

Volvió al clítoris y empezó a lamerlo en círculos rápidos, sin descanso. Yo ya no podía mantener el ritmo de la respiración. Jadeaba, gemía, me arqueaba y me hundía contra la cama al mismo tiempo. Tenía el cuerpo entero tenso, con ese calor en la pelvis que anuncia que el orgasmo está cerca pero todavía no termina de romper.

—Te vas a correr así si sigo —dijo.

—No. Quiero tu polla.

Se incorporó sin discutir. Le oí escupir en la mano, pajearse un par de veces y acercarse de nuevo. Yo seguía con el culo levantado, desesperada. Sentí la punta de su polla resbalando entre mis labios mojados, subiendo y bajando, embarrándose con todo lo que me había sacado con la boca.

—Estás hecha un desastre —murmuró.

—Métela ya.

Me dio otro azote, esta vez más fuerte. Después me agarró de las caderas y apoyó la punta en la entrada de mi coño. Entró despacio al principio, abriéndome de a poco, obligándome a sentir cada centímetro. Yo gemí con la cara hundida en la almohada, apretando el culo hacia atrás para tragármelo más rápido.

—Joder... así... —dije, casi llorando de ganas.

Cuando estuvo dentro del todo, se quedó un segundo quieto, respirando hondo. Yo sentía la polla llenándome, caliente, dura, palpitante. Mi coño la apretaba solo, como si quisiera ordeñarle la corrida desde el primer momento.

Darío empezó a moverse con embestidas lentas, profundas, sacándola casi hasta la punta y volviendo a meterla entera. Cada golpe de su pelvis contra mis nalgas hacía sonar la piel húmeda. Mis pechos rozaban las sábanas en cada sacudida y mis pezones, ya duros, se tensaban más con ese roce constante.

Al tercer o cuarto empujón ya no estaba pensando en nada. Solo en esa polla entrando y saliendo, en sus manos apretándome las caderas, en lo obscenamente mojada que estaba. Él aumentó el ritmo poco a poco, llevándome del alivio al puro vicio. Me follaba como si hubiera estado aguantándose horas.

—Así te quería —me dijo entre dientes—. Temblando por mi polla.

—No pares... no pares, cabrón...

Me agarró del pelo y me levantó un poco la cabeza, obligándome a arquear más la espalda. Desde esa postura me penetraba todavía más hondo. Cada embestida me golpeaba por dentro con una mezcla perfecta de placer y exceso. Yo gemía tan fuerte que tuve que morder la funda de la almohada para no gritar.

Darío me soltó el pelo para agarrarme una nalga y abrirme más. La otra mano bajó entre mis piernas y empezó a frotarme el clítoris mientras me seguía follando. Esa combinación me desarmó. Sentía su polla adentro y sus dedos arriba, llevándome al límite por dos lados a la vez.

—Me voy a correr —dije, ya sin control.

—Todavía no.

Y justo porque me conoce, bajó un poco el ritmo. Lo suficiente para no dejarme caer, lo suficiente para mantenerme al borde. Me hizo sufrir unos segundos deliciosos, con embestidas hondas y espaciadas, y luego volvió a acelerar de golpe. Casi lloré del impacto.

El orgasmo me subió como una descarga por el vientre. Empecé a temblar, a cerrar las piernas, a empujar hacia atrás buscando más. Darío siguió follándome sin compasión, aprovechando mis contracciones. Mi coño le apretaba la polla una y otra vez, y eso a él lo volvió loco.

—Me estás apretando de una forma... joder... —jadeó.

Yo ya no podía responder. Me corrí gimiendo su nombre, con el cuerpo entero sacudido por oleadas cortas y violentas. Sentí cómo me chorreaba el coño, cómo perdía fuerza en los brazos y cómo él me sostenía para seguir metiéndomela mientras el orgasmo me vaciaba por dentro.

Cuando empecé a bajar, Darío seguía duro y acelerado. Sus embestidas se volvieron más desordenadas, más urgentes. Me agarró otra vez del pelo y se inclinó sobre mí.

—Me corro. No aguanto más.

Yo también lo conozco a él. Reconocí su respiración rota, la tensión de los muslos, la forma en que me clavaba los dedos. Y en ese momento supe que no quería que terminara dentro ni fuera sin más. Lo quería mirando cómo se corría para mí.

Me aparté antes de que explotara. Salí de su polla y me giré rápido, arrodillándome frente a él en el suelo. La tenía roja, brillante, todavía mojada con mis fluidos, latiéndole de ganas. Lo miré a los ojos mientras la agarraba con una mano.

—Ahora me la das aquí —dije, abriendo la boca.

No esperó. Me la metí yo misma hasta donde pude y él me sujetó el pelo al instante. Su polla entraba caliente, gruesa, chocando contra mi lengua y el fondo de la garganta. Tenía sabor a él y a mí mezclados. Empecé a chuparlo con hambre, subiendo y bajando la cabeza mientras lo masturbaba en la base.

Darío gemía sin pudor, echando la cabeza hacia atrás. Me folló la boca con movimientos cortos al principio, luego más largos, más torpes, porque estaba al borde. La saliva me chorreaba por la barbilla y yo seguía tragándomelo todo lo que podía, disfrutando de verlo perder el control.

—Joder, Nora... así... me vas a hacer correrme ya...

Lo miré desde abajo mientras seguía mamándosela y eso fue suficiente para terminar de romperlo. Le saqué la polla de la boca un instante, saqué la lengua y empecé a pajearlo rápido, fuerte, viendo cómo su vientre se tensaba.

Se corrió con un gemido grave, soltando chorros espesos sobre mi cara y mi boca abierta. Me salpicó los labios, la lengua, la mejilla. Sentí el calor de su semen sobre la piel y me puse todavía más cachonda. Pasé la lengua por mis labios, recogiendo parte, y después le lamí el glande sensible con besos pequeños que lo hicieron estremecerse.

—Mierda... —soltó, todavía temblando.

Yo sonreí, sucia y excitada, con su corrida escurriéndose despacio por mi barbilla. Pero no había terminado. Sentía el coño latiéndome otra vez, todavía abierto, todavía con ganas. No quería quedarme abajo.

Lo empujé hacia la cama hasta dejarlo tumbado boca arriba. Antes de que su polla perdiera del todo la erección, me subí sobre él, la agarré con una mano y la guié a mi entrada. Seguía empapada. Bajé despacio, sintiéndola entrar otra vez en mi coño sensible. El contacto me hizo gemir de inmediato.

—Todavía la tienes dura para mí —dije, respirando agitada.

—Después de verte así, imposible no tenerla.

Empecé a cabalgarlo despacio, dejando que mi cuerpo marcara el ritmo. Tenía la cara manchada de su corrida, el pecho sudado y la piel aún aceitosa del masaje. Me sentía obscena, usada y poderosa a la vez, y eso me calentaba todavía más. Cada vez que subía, la sacaba casi entera; cada vez que bajaba, me la clavaba hasta el fondo.

Darío se incorporó un poco y atrapó un pezón con la boca. Lo chupó con fuerza, luego pasó al otro, alternando succiones y mordiscos suaves. Yo eché la cabeza atrás, follándolo desde arriba mientras sentía su boca en las tetas. Mis manos le agarraban los hombros para no perder el equilibrio.

El placer volvió a acumularse rápido, pero esta vez quería otra cosa. Quería terminar donde había empezado a romperme.

Lo empujé de nuevo contra el colchón, salí de su polla y me desplacé hacia arriba hasta ponerme a horcajadas sobre su cara. Mi coño goteó sobre su boca antes incluso de que me acomodara. Darío abrió los labios, sacó la lengua y me dio una palmada en el culo.

—Ven aquí —ordenó.

Me dejé caer sobre su boca y empecé a frotarme contra su lengua. El primer contacto fue tan intenso que tuve que apoyar las manos en la cabecera. Él me sujetó por las nalgas y comenzó a comerme de abajo arriba otra vez, con una avidez todavía mayor que antes. Yo marcaba el ritmo con las caderas, usándolo, follándole la boca como me daba la gana.

La mezcla era brutal: mi coño sensible después del orgasmo, su lengua insistente, mis pezones duros rozando el aire frío de la habitación y el sabor de su semen todavía en mis labios. Cada vez que él me chupaba el clítoris con fuerza, una corriente me subía por el vientre.

—No pares... no pares... —repetía, jadeando.

Sus manos me apretaban el culo, a veces me daban palmadas para hacerme bajar más sobre su cara. Yo obedecía porque quería, porque me encantaba sentirlo debajo, tragándose mis gemidos. Empecé a moverme más rápido, restregando el coño contra su boca en círculos desesperados.

El segundo orgasmo llegó más brusco que el primero. Sentí una contracción fuerte en el vientre y luego otra, y otra más, hasta que todo mi cuerpo empezó a sacudirse sobre su cara. Grité sin vergüenza, apretando los muslos contra su cabeza mientras me corría. Darío no apartó la boca ni un segundo; al contrario, siguió lamiéndome durante todo el temblor, prolongándolo hasta hacerme llorar un poco por la intensidad.

Me quedé suspendida sobre él unos segundos, sin fuerza en las piernas, respirando como si hubiera corrido. Al final me dejé caer a un lado de la cama, todavía temblando. Tenía la cara caliente, el cuerpo cubierto de sudor, aceite y fluidos, y la cabeza completamente vacía.

Darío se volvió hacia mí y me limpió con el pulgar una gota de semen que me quedaba cerca de la boca. Después me besó. Nos supimos en ese beso: salado, húmedo, obsceno y tierno al mismo tiempo.

—Así que esa era tu confesión —dije cuando pude recuperar el aire.

Él sonrió, todavía agitado.

—No. La confesión es que cada vez que te doy un masaje, en realidad quiero terminar exactamente así.

Solté una risa cansada y me pegué a su cuerpo. La habitación olía a coco, a sexo y a nosotros. El masaje, oficialmente, había terminado. Pero conociéndonos, los dos sabíamos que esa confesión iba a repetirse muchas noches más.

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Comentarios(7)

CelinaRosario

excelente!!! me quede sin palabras

Meli_Rdp

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo esto

LucasCba

Me encanto como se va construyendo la tension poco a poco, eso es lo que atrapa del relato

Torrente_93

Jajaja me recordo a algo que me paso hace unos años, aunque la mia no termino igual de bien

Sol_lect

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo

ValentinaT23

Es real esto?? porque se siente demasiado autentico para ser inventado jaja

TabooWolf

Las confesiones siempre son las que mas me gustan y esta encima esta muy bien narrada. 10/10

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