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Relatos Ardientes

La confesión que viví en el consultorio

Mi cita no era con ginecología. Iba a una revisión cualquiera en una clínica privada del centro, una de esas visitas aburridas que una agenda ocupada obliga a resolver entre llamadas y correos. Aun así, aquella mañana me vestí sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo: falda oscura por encima de la rodilla, blusa clara ajustada en el pecho y tacones que me obligaban a caminar despacio, sintiendo cómo se me movían las caderas.

No llevaba sujetador. Tampoco fue casualidad.

Hacía semanas que arrastraba una calentura absurda, constante, de esas que te dejan sensible por dentro y te hacen imaginar manos donde solo hay miradas. Me repetía que era solo un juego privado, un impulso tonto para sentirme deseada un rato en una sala de espera anónima. Nada más.

Pero en cuanto me senté frente al consultorio equivocado y vi salir al ginecólogo para llamar a su siguiente paciente, entendí que iba a pasar algo.

Era un hombre alto, de barba corta, bata impecable y una manera de mirar demasiado quieta para ser profesional. A mi lado solo quedaba otra mujer, que se levantó cuando él pronunció un nombre que no era el mío y desapareció tras la puerta. Yo me quedé sola en el pasillo, cruzando las piernas despacio mientras fingía mirar el móvil.

Unos minutos después, la puerta volvió a abrirse.

El médico salió con una carpeta en la mano y llamó a otra paciente que no respondió. Miró a ambos lados, repitió el nombre y entonces sus ojos cayeron sobre mí. No fue una mirada rápida ni educada. Me recorrió la boca, el escote, los muslos desnudos bajo la falda, los tobillos, y volvió a subir con una intensidad que me hizo notar el calor entre las piernas.

Me sostuve su mirada sin bajar la mía.

Deslicé una pierna sobre la otra, dejando que la tela subiera un poco más. Él apretó la mandíbula. Vi el instante exacto en que dejó de ser solo un médico en mitad de su jornada y empezó a imaginar lo mismo que yo.

Hazlo, pensé. Levántate y entra.

Me puse de pie con calma, guardé el teléfono en el bolso y caminé hacia él. Cuando pasé a su lado, me incliné apenas, lo justo para que mi voz le rozara el oído.

—Si quiere, doctor, puede atenderme a mí.

No respondió enseguida. Le oí tomar aire.

—No figura en mi agenda —murmuró, aunque ya estaba apartándose para dejarme pasar.

Sonreí sin contestar y empujé la puerta del consultorio. Escuché sus pasos detrás de mí y después el clic del pestillo. Ese sonido me apretó el vientre de una forma brutal.

Dentro olía a desinfectante, papel limpio y algo masculino debajo de todo eso. Me apoyé contra la camilla con las manos atrás, separando un poco las piernas. Él dejó la carpeta sobre la mesa y se quedó mirándome como si todavía dudara entre detenerse o lanzarse encima de mí.

—¿Me va a examinar o va a seguir mirándome así? —pregunté.

Se acercó sin prisa, pero con los ojos oscuros de hambre.

—No deberías haber entrado.

—Y usted no debería mirarme como me está mirando.

Su mano cayó sobre mi muslo desnudo. Grande, caliente, firme. Empezó a subir la falda con los nudillos, rozándome por dentro de la pierna, y yo abrí más las rodillas sin que me lo pidiera. Cuando sus dedos tocaron mi ropa interior, soltó una risa baja, incrédula.

—Ya estás empapada.

—Desde fuera.

Eso lo rompió. Me apartó la braga a un lado y me metió dos dedos de golpe. Entraron fácil, hundiéndose hasta el fondo en mi coño mojado. Tuve que morderme el labio para no gemir demasiado fuerte. Él empezó a follarme con la mano, duro, marcando un ritmo obsceno mientras la otra subía a mi blusa y soltaba los botones con torpeza.

Mis tetas quedaron fuera de inmediato, pesadas, tensas, con los pezones duros por el aire frío. El doctor agachó la cabeza y me atrapó un pezón entre los labios. Succionó con hambre, lamiéndomelo en círculos mientras sus dedos seguían entrando y saliendo de mi coño con un sonido húmedo que llenó la sala.

—Joder —se le escapó—. Mírate.

Le agarré del pelo y empujé mi pecho contra su boca. Notaba la fricción de su barba en la piel, el tirón de sus dedos dentro de mí, mi propia humedad cayéndome por la cara interna del muslo. Cada embestida de su mano me hacía arquearme más contra la camilla.

—Más —le dije—. No me toques como si fueras bueno.

Me obedeció. Curvó los dedos dentro de mí, buscándome por delante, y con el pulgar se puso a frotarme el clítoris. El gemido se me escapó entero. Me temblaron las piernas. Él sonrió contra mi pecho y bajó de rodillas, levantándome más la falda hasta dejarme abierta para su boca.

Separó mis labios con dos dedos y me miró un segundo antes de lamerme. La primera pasada de lengua fue lenta, desde abajo hasta el clítoris, húmeda y precisa, y me hizo cerrar los ojos de golpe. La siguiente ya fue más directa, más sucia, metiéndome la lengua y sacándola, alternando con chupadas cortas sobre la parte más sensible. Yo jadeaba mirando el techo, con una mano clavada en la camilla y la otra en su cabeza.

Sabía exactamente lo que hacía. No era una exploración ni un juego torpe de ocasión. Me comía el coño con la seguridad de quien lleva años oyendo cómo se rompen las mujeres cuando les aciertan en el punto justo. Mi pelvis empezó a buscarlo sola, restregándome contra su boca. Él me sujetó por las caderas para mantenerme abierta y siguió lamiendo más rápido, más fuerte, hasta que me dobló por dentro.

Me corrí con un gemido ahogado, temblando contra la camilla mientras él no levantaba la cabeza y seguía bebiéndose cada espasmo. Cuando por fin se apartó, tenía la barba mojada y la mirada encendida. Se levantó despacio, y el bulto duro bajo el pantalón era imposible de ignorar.

—Ahora me toca a mí revisar algo —dije, arrodillándome ante él.

Le abrí el cinturón y el pantalón. Su polla salió dura, gruesa, ya brillante en la punta. La sostuve en la mano, sintiendo cómo latía. Él dejó escapar un resoplido cuando le pasé el pulgar por el glande y me miró como si esperara una broma, pero yo ya me estaba inclinando.

Saqué la lengua y le lamí la punta despacio antes de metérmela en la boca. El sabor salado me calentó todavía más. Fui tragando de a poco, relajando la garganta mientras lo miraba hacia arriba. Su mano se posó en mi nuca, no para forzarme, sino para acompañar el ritmo. Entraba y salía de mis labios con una lentitud cada vez más tensa, y yo le acariciaba los huevos con la otra mano, notando cómo se le encogía el abdomen.

—Qué boca —gruñó—. Sigue así.

Lo hice. Lo chupé más profundo, dejándolo rozarme el fondo de la garganta, retirándome despacio para después volver a tragarlo. Le dejé saliva corriéndole por la base y se la extendí con la mano mientras mamaba. Cuando ya lo sentía a punto, solté la polla con un ruido húmedo y me incorporé.

—No quiero que acabes ahí —le susurré.

Lo agarré de la muñeca, me giré y me doblé sobre la camilla. Me subí la falda hasta la cintura y eché el culo hacia atrás. Él entendió la invitación al instante. Oí cómo se escupía en la mano y cómo se la pasaba por la polla. Después me abrió las nalgas y me rozó la entrada del coño con la cabeza dura, empapándola de mi propia humedad.

—Dímelo claro —murmuró detrás de mí.

Volví la cara lo justo para mirarlo por encima del hombro.

—Fóllame, doctor.

No se hizo rogar. Me la metió de una sola embestida, hasta el fondo, y el golpe me arrancó un grito ronco. Me llenó entera, estirándome, obligándome a agarrarme a la camilla con fuerza. Se quedó un segundo enterrado en mí, respirando fuerte, y luego empezó a moverse.

Cada embestida sonaba húmeda, pesada, obscena en la sala cerrada. Me follaba con la precisión perdida del que ya no piensa. Salía casi por completo y volvía a clavarla con fuerza, golpeando siempre el mismo punto. Yo abría más las piernas para recibirlo mejor, moviendo el culo hacia atrás para encontrarlo a mitad de camino.

—Así —jadeé—. No pares.

Me agarró de la cintura y aceleró. La camilla chirriaba contra el suelo con cada choque de su pelvis contra mis nalgas. Una de sus manos me soltó y bajó entre mis piernas para frotarme el clítoris mientras seguía follándome. La mezcla me dejó sin aire. Gemía con la cara pegada al papel de la camilla, sintiendo cómo la polla me entraba una y otra vez y cómo sus dedos me empujaban hacia otro orgasmo.

—Estás hecha una puta fantasía —dijo entre dientes—. Llegas sola a mi consultorio y me pides esto.

—Y usted me está follando como si llevara esperándolo todo el día.

Respondió con una embestida tan profunda que me hizo temblar. Yo ya estaba al borde otra vez. Notaba el orgasmo subiéndoseme por el vientre, apretándome por dentro alrededor de su polla. Se dio cuenta porque me sujetó más fuerte y empezó a clavármela sin pausa, cortas y rápidas al final.

Me corrí gimiendo sucio, apretándolo dentro de mí. Él soltó un gruñido grave, me hundió contra la camilla y se vació en mi coño con espasmos violentos. Sentí la corrida caliente llenándome mientras seguía empujando hasta el fondo, como si quisiera meterla todavía más. Se quedó quieto unos segundos, respirando sobre mi espalda, y luego salió despacio. Algo me escurrió por los muslos.

Yo seguía temblando, pero el calor no se había ido. Al contrario.

Me enderecé un poco, todavía abierta, y me giré hacia él con una sonrisa. Tenía la polla semidura, manchada de mi humedad y de su semen. Le pasé dos dedos por el pecho y bajé hasta la barriga.

—¿Eso fue todo?

Me miró con una mezcla de incredulidad y vicio.

—No me jodas.

—Te falta revisarme por detrás.

Vi el efecto de mis palabras de inmediato. Su polla volvió a endurecerse en mi mano. Me agarré de nuevo a la camilla y levanté más el culo, separándome las nalgas con una mano para enseñárselo mejor. Lo oí maldecir en voz baja.

—Si me lo pides así, no respondo.

—No quiero que respondas. Quiero que me folles el culo.

Me lubricó con saliva y con los dedos, abriéndome poco a poco. El roce ya me hacía jadear. Cuando apoyó la punta en mi ano, me tensé por puro deseo. Empujó despacio al principio, hundiendo la cabeza y dejándome acostumbrarme al grosor. Ardía y excitaba al mismo tiempo, una presión brutal que me hizo soltar el aire de golpe.

—Más —le dije, aunque me estaba abriendo a duras penas.

Me obedeció. Tiró de mis caderas hacia él y me la clavó entera. Grité, sí, pero de puro morbo. Me sentía invadida, llena de una manera distinta, más sucia, más animal. Se quedó un momento inmóvil para disfrutar cómo me apretaba alrededor y después empezó a follarme el culo con empujes lentos y duros.

El sonido cambió. Ya no era solo húmedo; era más seco, más crudo, mezclado con mis gemidos ahogados y sus respiraciones rotas. Yo tenía el coño latiéndome vacío debajo, todavía chorreando, y cada vez que él me embestía por detrás sentía sus huevos golpearme el sexo. La combinación me estaba volviendo loca.

—Joder, qué apretada estás —gruñó, clavándome los dedos en las caderas.

—No aflojes —jadeé—. Dame más fuerte.

Y me lo dio. Empezó a taladrarme el culo con un ritmo salvaje, sacándola casi completa para volver a meterla de golpe. Yo movía las caderas en círculos, buscándolo, sintiendo cómo cada embestida me estremecía hasta el estómago. Metí una mano entre mis piernas y empecé a tocarme el clítoris mientras él me follaba así. En cuanto me vio, soltó una risa ronca y me dejó hacer, encantado de verme perdida.

Fue entonces cuando se oyó el pomo.

La puerta se abrió antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar. Él seguía dentro de mí. Yo seguía doblada sobre la camilla, con la falda en la cintura, las tetas fuera y los dedos entre las piernas. El hombre que entró no se escandalizó. Cerró la puerta tras de sí con toda calma y nos observó.

También llevaba bata, aunque debajo se le veía un traje oscuro impecable. Debía rondar los cuarenta largos. Cabello entrecano, mandíbula dura, mirada de esas que parecen quitarte la ropa sin prisa. Sus ojos pasaron de mi cara al médico que me estaba follando el culo y de ahí a mi cuerpo expuesto, brillante de sudor. Una media sonrisa se le dibujó despacio.

—Veo que llego en mal momento —dijo.

Yo seguía abierta y empalada, jadeando, incapaz de sentir vergüenza. Al contrario. La idea de que nos hubiera visto así me puso todavía más húmeda.

—Depende —respondí, mirándolo fijo—. Si viene a interrumpir, sí. Si viene a ayudar, no.

El doctor detrás de mí soltó una carcajada breve, todavía moviéndose dentro de mi culo. El recién llegado se acercó un paso más. El bulto en su pantalón era evidente incluso bajo la bata.

—Siempre tan generoso, colega —le dijo al otro—. No pensaba que compartirías.

—Pregúntaselo a ella.

Yo me saqué los dedos del coño, me los llevé a la boca y los chupé mirándolo.

—Acérquese.

Obedeció. En cuanto estuvo a mi alcance, le desabroché el cinturón y el pantalón. Su polla salió gruesa y pesada, casi tan dura como la del primero, más larga de lo que esperaba. La acaricié despacio mientras el otro seguía entrando y saliendo de mi culo detrás de mí. Sentir a uno dentro y al otro en la mano casi me hizo reír de puro vicio.

—Arrodíllate —me dijo el recién llegado, con voz grave.

—No mientras me están follando así.

Le lamí la punta de la polla estando aún inclinada, apenas girando el cuello. Después la fui metiendo en la boca poco a poco. Él soltó el aire por la nariz y me agarró del pelo, sin brusquedad, solo marcando la posesión. El otro médico no dejó de embestirme. Yo mamaba a uno mientras el otro me abría el culo detrás, y la escena era tan obscena que empecé a gemir con la polla en la boca.

El de delante se la fue metiendo más hondo. Yo tragué saliva, relajé la garganta y le tomé más longitud. Cada vez que el de atrás me clavaba una embestida especialmente fuerte, mis labios se hundían un poco más sobre la polla del otro. Él se dio cuenta y sonrió.

—Mírala —murmuró—. Está hecha para esto.

Saqué la boca un momento, jadeando.

—Si van a hablar de mí, sigan follándome.

Los dos se rieron, excitados. El segundo médico se sentó en el borde de la camilla y me guio mejor la polla hacia la boca. Yo la chupé más rápido, usando la mano para el tramo que no me cabía, dejándola brillante de saliva. Detrás, el primero me sujetaba por la cintura y me follaba el culo con una cadencia firme, ya sin ninguna contención.

Sentía mi coño vacío palpitar a cada golpe. Lo necesitaba otra vez lleno. Solté la polla de mi boca y me incorporé como pude.

—Quiero más —dije—. Quiero las dos cosas.

El primero salió de mi culo con un sonido húmedo y yo casi protesté por el vacío, pero enseguida el segundo se levantó y me giró para sentarme en la camilla. Me abrió más las piernas y me metió dos dedos en el coño, encontrando de inmediato la mezcla de mi corrida y la del otro. Se llevó los dedos a la boca, saboreándolos sin apartar los ojos de mí.

—Joder —dijo—. Estás para perder la cabeza.

Me agarró por detrás de la nuca y me besó. Un beso sucio, profundo, con sabor a mí misma. Mientras tanto, el primero volvió a colocarse detrás y me separó las piernas más todavía.

—¿Lista? —preguntó, frotándome la polla por el culo otra vez.

Asentí, pero el otro me cogió la barbilla.

—Dilo.

—Sí. Quiero que me follen.

El segundo me levantó una pierna sobre la camilla y me la clavó en el coño de un empujón limpio. Grité. Casi al mismo tiempo, el primero volvió a entrarme por el culo, más despacio, aprovechando que yo ya estaba abierta. La sensación de tener una polla delante y otra detrás me dejó sin palabras. Era demasiado y exactamente lo que quería.

Me quedé rígida un instante, jadeando con la boca abierta, notando cómo me llenaban por los dos lados. Luego empezó el movimiento. Primero suave, buscando un ritmo compartido, y después más decidido. Uno salía mientras el otro entraba. Mi cuerpo rebotaba entre ambos, atrapado, atravesado de placer.

—Mierda —gemí—. Sí. Así. Así.

Las tetas me botaban con cada empuje. El de delante se inclinó para chuparme un pezón mientras seguía follándome el coño. El de atrás me sujetaba del vientre y me clavaba la polla en el culo con una fuerza medida que me hacía ver borroso. Yo no sabía dónde agarrarme. Terminé abrazándome al cuello del segundo mientras el primero me machacaba por detrás.

El consultorio se llenó de jadeos, golpes de piel, frases sucias dichas a medias. Me decían puta, golosa, viciosa. Yo les devolvía órdenes igual de directas: más fuerte, no paren, quiero corrérmela, quiero sus pollas. No había espacio para la vergüenza. Solo para el cuerpo.

El de delante me bajó una mano al clítoris y empezó a frotármelo justo cuando el de atrás aceleró. Perdí el control. El orgasmo me subió como una descarga brutal y me arqueó entera entre los dos. Me corrí gritando, apretando ambas pollas con espasmos seguidos. Ellos no pararon. Al contrario. Sintieron cómo me estremecía y se volvieron todavía más animales.

El primero fue el que acabó antes. Me enterró la polla hasta el fondo del culo y se corrió dentro con un gruñido seco, agarrándome tan fuerte que seguro me dejó marcas. Lo sentí palpitar varias veces, vaciándose sin sacar ni un centímetro. Yo seguía temblando cuando el segundo me agarró la cara para obligarme a mirarlo.

—Ahora yo.

Me embistió el coño dos, tres, cuatro veces más, durísimas. Después soltó el aire entre los dientes y se corrió dentro de mí, llenándome de calor otra vez. Noté cómo el semen me rebosaba alrededor de la polla y me caía por la entrepierna. Se quedó quieto, hundido hasta el fondo, besándome la boca mientras terminaba de vaciarse.

Durante unos segundos nadie dijo nada. Solo respirábamos.

Luego el de atrás salió despacio y sentí un hilo caliente escurriéndome entre las nalgas. El de delante también se retiró, y la mezcla de semen empezó a gotearme por los muslos. Me dejé caer sobre los codos, abierta, satisfecha, con la falda arrugada en la cintura y el pecho todavía fuera de la blusa.

El segundo doctor me pasó un dedo por la pierna, recogiendo lo que escurría, y se lo llevó a la boca. El primero se apoyó en la encimera, todavía jadeando, sin apartar la vista de mi cuerpo.

—Esto no estaba en la agenda —dijo con una sonrisa cansada.

Yo me reí, ronca, todavía sintiendo el pulso del orgasmo en el vientre.

—No. Esto fue una confesión improvisada.

Me incorporé despacio y empecé a abrocharme la blusa con manos torpes. Ellos seguían mirándome como si quisieran otra ronda, y la verdad era que yo también la habría querido. Pero alguien golpeó una puerta lejana en el pasillo y el hechizo se tensó de nuevo con la realidad.

Antes de irme, me acerqué al primer médico y le acomodé la bata con una calma insolente. Luego miré al otro.

—Supongo que ahora sí pueden decir que me atendieron bien.

El segundo soltó una risa baja.

—Cuando quieras volver a confesarte, ya sabes dónde encontrarnos.

Salí del consultorio con las piernas blandas, el coño y el culo todavía llenos, y una sensación indecente de triunfo pegada a la piel. Mi cita original quedó olvidada. Lo único que siguió latiéndome todo el camino de vuelta fue la certeza de que había entrado en esa clínica como una mujer caliente y había salido convertida en la fantasía cumplida de tres personas a la vez: la de ellos dos y, sobre todo, la mía.

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Comentarios(7)

Gonza_ok

tremendo!! me enganche desde el primer parrafo y no pude soltar el celular

MelisaBaires

Por favor seguí escribiendo, que no se hace larga la espera para el proximo. Muy bueno

ConsultorioFan

Me acordé de una situacion parecida que viví hace años, aunque la mia fue mucho mas aburrida jajaja. Excelente relato, muy bien contado

Cris_Tucumana

Buenísimo! El suspenso del principio lo manejaste de diez

NachoMiraLee

la tension que transmitis al inicio es increible, uno no sabe si va a salir corriendo o quedarse. Muy buen trabajo

RubenOscuro_21

Esperaba algo del monton pero para nada, me sorprendio muy bien. Seguí así!

Pablo_noc

los relatos de confesiones siempre son los mejores porque uno nunca sabe cuanto hay de verdad jajaja

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