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Relatos Ardientes

La confesión con el padre de mi compañera

Conocí a la hija de Mauro en un curso al que yo iba por las tardes. No éramos íntimas, pero nos llevábamos bien, y por eso terminé entrando varias veces a la tienda de ropa de su padre, una de las más grandes de la zona. Él era un hombre hecho y derecho, seguro de sí mismo, de sonrisa fácil y ojos claros. Bastaba con verlo apoyado en la puerta del local para entender por qué tantas mujeres se quedaban mirándolo.

Yo también me quedaba mirándolo, aunque fingiera que no. Cada vez que pasaba por la acera frente a su negocio, sentía su vista recorrerme las piernas, el culo, el pecho. Me saludaba con una amabilidad demasiado cargada de intención para ser inocente.

—Hola, preciosa, ¿cómo estás hoy?

Yo bajaba la mirada, me hacía la tímida y apuraba el paso.

—Bien… buenas tardes.

Eso era al principio. Después dejé de correr.

La tienda me quedaba de camino a casi todo, y yo empecé a aprovecharlo. Si sabía que iba a pasar por ahí, me arreglaba más de la cuenta. Me ponía vestidos ajustados, licras que marcaban el culo y tops que levantaban el pecho. Me gustaba sentir su mirada encima. Más todavía me gustaba notar que no era el único: los empleados también se daban cuenta, se reían entre ellos y me miraban con descaro cuando yo cruzaba la puerta.

Una de las vendedoras, Noelia, se hizo amiga mía. Gracias a ella empecé a quedarme más tiempo dentro del local. Hablábamos en la entrada, revisábamos ropa interior, comentábamos vestidos. Mauro siempre encontraba una excusa para acercarse. Una tarde, mientras Noelia atendía a unos clientes, él me acercó una banqueta alta para que me sentara. Cuando subí, me sostuvo por la cintura más de la cuenta y dejó la palma abierta sobre una nalga.

—Así no —le dije, con una sonrisa que desmentía mis palabras.

Él no retiró la mano de inmediato. La apretó apenas, como probando cuánto le iba a permitir.

—Entonces no me digas «don». Dime Mauro.

Le sostuve la mirada por primera vez. Ya no me daba vergüenza; me excitaba.

—Bueno, Mauro.

Él me recorrió de arriba abajo sin disimulo.

—Pareces mayor. Tienes cuerpo de mujer y lo sabes.

—¿Y eso se lo dices a todas?

—No. Solo a las que me hacen perder la paciencia.

La frase me calentó más de lo que quería admitir. Desde ese día, la tensión dejó de ser un juego secreto. Cuando iba a la tienda, él me rozaba el cabello, me tomaba de la cintura, me dejaba la mano demasiado cerca del culo. Yo me dejaba. A veces incluso me acomodaba para darle mejor vista.

Un día fui con un conjunto deportivo tan ceñido que marcaba todo. Noelia se puso a tomarme medidas con una cinta frente a varios empleados, riéndose de mis curvas y haciéndome pasar vergüenza a propósito. Mauro observaba desde unos pasos más atrás, con esa cara de hombre que ya se imagina las manos llenas. Cuando Noelia se alejó, él se acercó por detrás y metió dos dedos bajo la pretina de mi licra, estirándola.

—Blanca —murmuró al ver mi tanga—. Te queda como un pecado.

Le pegué en el brazo, fingiendo indignación.

—No hagas eso.

Se agachó un poco, sonriendo como un cabrón.

—Entonces deja de ponértelo tan fácil.

No dejé de ponérselo fácil. Al contrario.

La primera vez que me vio casi desnuda fue en el probador. Noelia me había alcanzado un sostén rojo de encaje y yo entré a probármelo. Cuando estaba quitándome el top y ya tenía el pecho al aire, la cortina se abrió de golpe. Era Mauro. Se quedó quieto, clavado en la entrada, mirándome las tetas con una mezcla de sorpresa y hambre que me hizo arder entre las piernas.

—Perdón —dijo, sin sonar arrepentido en absoluto.

Yo me cubrí apenas con los brazos, pero no demasiado rápido. Quería que mirara. Quería ver qué cara ponía al comprobar que todo lo que imaginaba era real.

—Noelia estaba aquí —murmuré.

Él bajó la mirada a mis pezones endurecidos y luego volvió a mis ojos.

—Ya veo.

Cerró la cortina y se fue, pero desde ese momento su manera de tocarme cambió. Ya no era tanteo; era promesa.

La semana siguiente volví con un vestido corto y suelto que se subía con cualquier movimiento. Mauro me hizo sentar otra vez en la banqueta alta. Yo crucé una pierna sobre la otra con lentitud y dejé que el vestido se abriera apenas lo necesario para enseñarle el borde de la tanga.

—Qué casualidad —dijo él, acercándose—. Siempre terminas mostrándome algo.

Su mano subió por mi rodilla, avanzó por el muslo y se metió bajo la tela. No llegó al coño, pero se quedó tan cerca que empecé a respirar distinto.

—Despacio —le dije.

—¿Te gusta o no te gusta?

Lo miré directo, cansada ya de fingir.

—Sí. Me gusta.

Entonces agarré su muñeca y la empujé un instante contra mi entrepierna, marcándole exactamente dónde lo quería. Él soltó una risa baja. Yo me bajé de la banqueta antes de que alguien lo notara, y él me dejó una nalgada seca al pasar. El golpe me encendió todavía más.

La cosa pudo haber quedado en miradas, roces y frases sucias. No quedó ahí porque unas semanas después organizó un viaje con el personal de la tienda y su hija, y mandó a decir que yo estaba invitada. Mi madre me dejó ir porque pensó que compartiría habitación cerca de Noelia y porque, en el fondo, ya sospechaba que yo no era ninguna santa.

Antes del viaje, Mauro me mandó una caja. Adentro venían varias tangas, un conjunto de lencería y un camisón transparente. También una nota, breve y directa, que decía que quería verme puesta cada una de esas prendas. La leí dos veces con la concha palpitándome. Para cuando llegamos al hotel frente al mar, yo ya iba dispuesta.

***

El lugar tenía piscina, restaurante y habitaciones amplias. A mí me tocó una sola, lo que me pareció una invitación del destino. Apenas nos instalamos, Mauro se acercó lo suficiente como para hablarme al oído sin que los demás lo notaran.

—Ponte el traje de baño negro que te mandé.

Subí a cambiarme con el corazón acelerado. El bikini era diminuto. Apenas me cubría el pecho y la tanga se metía entre las nalgas como si estuviera diseñada para exhibirme. Cuando bajé a la piscina, sentí varias miradas clavarse en mí al mismo tiempo, pero la única que me importó fue la de él. Me repasó despacio, sin vergüenza, y sonrió como si ya me hubiera desnudado con las manos.

Pasamos buena parte de la tarde en el agua. Yo me mantenía cerca de él y cada tanto me rozaba por debajo de la superficie. Una vez me agarró de la cintura y dejó la mano reposando justo sobre la curva del culo. Otra, me apretó una teta disimulando con una carcajada. Yo hacía como que no pasaba nada, aunque ya tenía el coño húmedo.

En un momento quedamos medio apartados del grupo. Él se acercó por detrás, me sujetó por la cadera y deslizó la mano bajo la tanga, entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi raja mojada de inmediato.

—Mierda —susurró—, estás empapada.

Me mordí el labio mientras él frotaba lento, apenas metiendo la yema de un dedo entre mis labios.

—No aquí —dije, aunque abrí más las piernas en el agua.

—Aquí te tocaría toda la tarde.

Me giré para mirarlo. Tenía la mandíbula tensa y el bulto marcado bajo el bañador. Ya no había espacio para malentendidos.

—Entonces hazlo bien esta noche.

Su sonrisa fue pura posesión.

Más tarde, después de una escena tonta de celos por verme coquetear con otros hombres en la piscina, nos cruzamos solos en un pasillo del hotel. Yo iba con un vestido corto, sin sostén, solo una tanga mínima debajo. Él me agarró del brazo, me arrinconó contra la pared y me besó con hambre, como si llevara semanas conteniéndose. Le abrí la boca con la lengua al instante. Sabía a cerveza, a sal, a hombre adulto que viene excitado desde hace horas.

—Esta noche vienes a mi cuarto o voy al tuyo —dijo, besándome el cuello.

Le metí una mano entre las piernas y le apreté la dureza por encima del pantalón.

—Te espero. Pero no me dejes con ganas.

Subí a mi habitación casi temblando. Me duché despacio, me arreglé el cabello y me puse el camisón transparente que me había regalado. Debajo no usé nada. La tela apenas dibujaba el contorno del cuerpo: pezones marcados, vientre liso, el triángulo oscuro entre las piernas. Me miré al espejo y supe que no iba a dormir sola.

Cuando tocaron la puerta, abrí enseguida. Mauro se quedó inmóvil al verme. Su mirada bajó por mi cuello, se detuvo en los pechos y siguió hasta el coño velado por la tela fina.

—Joder —dijo—. Mírate.

Lo hice entrar tirándole de la camisa. Ni bien cerré, lo besé. Él respondió agarrándome del culo con ambas manos, apretando fuerte, y yo le froté el cuerpo pegándome sin pudor a su erección. El beso duró lo que tardamos en perder la poca paciencia que nos quedaba.

Me empujó contra la puerta y metió la mano bajo el camisón. Encontró mi coño abierto y mojado, y soltó una risa ronca.

—Llevas toda la noche esperando esto.

—Sí. Así que deja de hablar y tócame.

Me metió dos dedos de golpe. Gemí contra su boca, arqueándome. Los sacó y volvió a hundirlos más hondo, abriéndome con un ritmo firme mientras el pulgar me trabajaba el clítoris. Sentí un espasmo inmediato en el vientre.

—Mauro…

—Dilo otra vez.

—No pares.

Me separó de la puerta solo para arrancarme el camisón por la cabeza y dejarme desnuda. Retrocedió medio paso para mirarme entera. No había ternura en sus ojos; había deseo crudo, satisfecho al fin de tener lo que llevaba tiempo buscando.

—Date vuelta.

Obedecí. Me agarró del pelo para apartármelo del cuello y me besó la nuca mientras una mano amasaba una teta y la otra bajaba al coño otra vez. Me abrió las nalgas, pasó los dedos entre mis labios empapados y soltó una palmada seca sobre una nalga. El golpe me hizo jadear.

—Te gusta que te manosee, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y que te hable sucio?

—Sí, carajo.

Me empujó hacia la cama. Caí de rodillas sobre el colchón y él se quedó de pie frente a mí, desabrochándose el pantalón sin apartar los ojos de mi cara. Cuando sacó la polla, gruesa y ya dura, sentí una punzada de ansiedad caliente entre las piernas. La había imaginado suficiente tiempo.

—Chúpala.

Le obedecí sin dudar. La agarré con una mano y le pasé la lengua desde la base hasta la punta, saboreándolo despacio antes de meterme el glande en la boca. Él exhaló entre dientes. Yo seguí, tomándola cada vez más adentro, hundiendo la cabeza hasta sentirlo al fondo de la garganta. Me sujetó del pelo en una cola improvisada y marcó el ritmo con la cadera.

—Así. Buena chica.

Me aparté un instante, con saliva resbalando por la barbilla, y lo miré.

—No me trates como buena si me quieres follar como pensabas.

Se le tensó la mandíbula.

—Entonces ponte bien.

Me hizo recostarme boca arriba al borde de la cama y se arrodilló entre mis piernas. No me dio tiempo a provocarlo más: me abrió de muslos y me metió la cara entera entre las piernas. Su lengua me pasó del clítoris a la entrada una y otra vez, lenta al principio, después más firme. Yo le agarré el cabello sin cuidado, abriéndome para él mientras me lamía como si tuviera hambre de verdad.

—Joder… sí… así…

Me chupó el clítoris, lo mordió apenas, luego me metió dos dedos mientras seguía dándome lengua. El placer me subió por las piernas como un temblor. Empecé a moverme sobre su cara, incapaz de quedarme quieta. Él me sostuvo por los muslos y aceleró hasta arrancarme gemidos cortos, cada vez más altos.

—Me voy a correr —avisé, ya rota.

—Hazlo.

Seguí succionando aire entre dientes, la espalda arqueada, hasta que el orgasmo me explotó de golpe. Me corrí temblando, apretándole la cabeza entre los muslos. Él no se apartó; siguió lamiendo mientras yo me sacudía, sensible y desordenada, hasta dejarme sin fuerza.

Cuando levantó la cara, tenía la boca brillante.

—Ahora sí —dijo—. Quiero follarte.

Se puso de pie, me agarró de las caderas y me arrastró hasta el centro de la cama. Se puso un preservativo sin romper el ritmo ni la tensión. Después me levantó una pierna, acomodó la punta en mi entrada y la frotó ahí un segundo, haciéndome gemir de pura necesidad.

—Métemela ya.

Lo hizo de una sola embestida. Entró hasta el fondo, estirándome. Solté un grito y le clavé las uñas en los brazos. Mauro se quedó quieto apenas un instante, disfrutando de verme llena, y luego empezó a moverse. Al principio fueron empujes lentos y profundos. Después, cada vez más duros.

La cama golpeaba la pared con cada embestida. Yo abría más las piernas y le seguía el ritmo con la cadera, sintiendo cómo su polla me llenaba y me vaciaba una y otra vez. No tardó en alcanzar ese punto exacto donde cada golpe me hacía perder el aliento.

—Así te quería —gruñó—. Abierta para mí.

—Más fuerte.

Me complació. Sus caderas chocaban contra las mías con un sonido húmedo, indecente. Se inclinó sobre mí, me agarró una teta con la mano y me besó mientras me follaba. Yo le mordí el labio y metí una mano entre nuestros cuerpos para frotarme el clítoris al ritmo de sus embestidas.

—No pares, no pares…

El segundo orgasmo me llegó así, con su polla entrando hasta el fondo y mis dedos apretando donde más lo necesitaba. Me corrí con un gemido roto, contrayéndome alrededor de él. Mauro soltó una maldición y siguió embistiendo, excitado por sentirme apretarlo.

Me giró sin salir del todo, me puso boca abajo y me levantó la cadera. Sentí el aire frío en la piel mojada antes del siguiente golpe de su verga entrando otra vez. Desde esa posición se sentía todavía más hondo. Me agarré a la sábana y enterré la cara en la almohada mientras él me abría las nalgas y me follaba con fuerza brutal, constante.

—Mírate —dijo, dándome otra palmada en el culo—. Así te imaginaba.

Cada azote me encendía más. No era dolor lo que me gustaba; era la mezcla de fuerza, posesión y puro vicio. Me llevé una mano debajo del vientre para tocarme otra vez mientras él seguía taladrándome desde atrás. El sonido de su pelvis contra mi culo llenaba el cuarto.

—Sí, así… me vas a hacer correr otra vez…

Él metió una mano entre mis piernas y empezó a frotarme el clítoris con dos dedos mientras no dejaba de embestir. Esa combinación me desarmó. El orgasmo llegó más salvaje que el anterior. Me corrí gritando, empapándolo, con las piernas temblándome.

—Mierda, aprietas riquísimo —gruñó.

Salió un instante y me hizo dar la vuelta. Yo ya estaba deshecha, con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad, pero seguía con ganas. Me incorporé y le quité el preservativo para pajearlo con mi propio flujo antes de volver a metérmela en la boca. Lo chupé con avidez, tragándolo hasta donde pude. Él me sostuvo de la nuca y se dejó hacer, jadeando.

—Te gusta mucho esta polla.

Le sonreí apenas, apartándome para hablar con la punta todavía húmeda frente a mis labios.

—Me gusta que me la metas.

Lo tumbé en la cama y me subí encima. Guié la polla a mi entrada y me senté despacio, sintiendo cómo me abría otra vez. Una vez adentro completa, empecé a moverme. Primero lento, disfrutando la fricción exacta. Luego más rápido, dejando caer las caderas con hambre, con el pelo pegado al cuello por el sudor.

Él me agarró de la cintura y luego de las tetas, viéndome rebotar sobre su polla como si no pudiera creer la escena que tenía encima. Yo sabía lo que mostraba y lo explotaba: pechos moviéndose, boca entreabierta, el coño tragándoselo una y otra vez.

—¿Querías verme así? —jadeé.

—Sí. Desde hace meses.

—Pues mírame bien.

Aceleré hasta casi perder el control. Cada subida y bajada me arrancaba gemidos. Sentía el placer acumulándose otra vez bajo el ombligo, denso, hirviendo. Mauro me ayudó levantando la cadera para clavármela más profundo. Eso bastó.

Me corrí encima de él, temblando, y tuve que apoyarme con las manos en su pecho para no caer. Él se sentó de golpe conmigo todavía ensartada, me abrazó por la espalda y siguió follándome desde abajo con sacudidas cortas y violentas hasta que se puso duro todo su cuerpo. Gimió contra mi cuello y se corrió dentro del preservativo con una serie de espasmos que sentí clarísimos.

Nos quedamos así unos segundos, pegados, respirando fuerte.

Pero no habíamos terminado.

***

Después de un rato en la cama, entre besos lentos y caricias menos urgentes, él volvió a ponerse duro. Me agarró de la barbilla y sonrió con esa tranquilidad peligrosa de los hombres que todavía tienen hambre.

—Ponte de rodillas otra vez.

Lo hice. Esta vez me acomodó en cuatro al borde de la cama y me besó toda la espalda, desde la nuca hasta el inicio del culo. Después bajó la mano a mi coño, comprobó lo mojada que seguía y se rio para sí.

—Pensé que te había dejado satisfecha.

—No me subestimes.

Me metió un dedo, luego dos, solo para abrirme un poco antes de entrar él. Cuando me clavó la polla de nuevo, ya protegido otra vez, la sensación fue menos de sorpresa y más de pura necesidad satisfecha. Entró y salió con un ritmo sostenido, fuerte, sin perder nunca la profundidad. Yo echaba el culo hacia atrás para recibirlo mejor, cada vez más entregada al vaivén.

—Fóllame duro —le pedí—. No me cuides.

Eso hizo. Las embestidas se volvieron más rápidas, más sucias, más ruidosas. Yo gemía sin intentar contenerme. Sabía que podían oírnos en otras habitaciones y, por primera vez en la noche, esa idea me calentó todavía más. Mauro me agarró del cabello y tiró suave hacia atrás para hacerme arquear más la espalda. Con la otra mano me sujetó una teta mientras seguía entrando a fondo.

—Así me gusta. Que lo pidas.

No duré mucho. Tenía el cuerpo sensible, caliente, agotado y todavía hambriento. Cuando me llevó otra vez al borde, apenas pude avisarlo. Me corrí con la cara hundida en el colchón, gimiendo su nombre mientras él no aflojaba el ritmo. Un minuto después se corrió también y se dejó caer a mi lado, sudado, satisfecho y todavía medio pegado a mí.

Dormimos apenas un rato. Cerca del amanecer volvimos a tocarnos, a besarnos y a follar más despacio, con el cansancio feliz de quien ya no tiene nada que demostrar. A la mañana siguiente, en el desayuno, Noelia comentó riéndose que una mujer había gemido tanto en la noche que casi no la dejó dormir. Yo bajé la vista a la taza de café para que no se me notara la sonrisa. Mauro, del otro lado de la mesa, no dijo una palabra. Solo me miró como si siguiera viéndome desnuda.

Las dos noches siguientes del viaje volvió a mi cuarto. No siempre con la misma urgencia, pero sí con el mismo vicio. En la ducha, contra la pared, en la cama, con la luz apagada o a media sombra. Yo ya no tenía que fingir nada, y él tampoco. Cuando regresamos a la ciudad, seguimos viéndonos durante un tiempo, siempre entre excusas y puertas cerradas.

No fue amor. Tampoco me interesaba que lo fuera. Fue deseo, atrevimiento y esa clase de historia que se queda pegada al cuerpo mucho después de terminar. Si hoy la cuento, es porque todavía recuerdo la primera vez que me metió la mano bajo el agua de la piscina y supe que tarde o temprano iba a terminar desnuda en una cama de hotel, abierta para él y sin ganas de arrepentirme.

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Comentarios(7)

EnzoLector

Increible!!! uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo

Daniela_BA

Por favor seguí escribiendo, este tiene potencial para una segunda parte. Quedé con ganas de mas

lector87

Lo que mas me gustó es como lo contás, sin apuro. Muy bien escrito.

CuriosaLectora

Cuánto tiempo pasó entre ese primer cruce de miradas y lo que ocurrió despues? Siempre me genera curiosidad ese proceso

FernandoK

Buenisimo, seguí así

pati_lect

Jajaja tan real esa sensacion que describis... me recordó algo parecido que viví hace un tiempo jaja

MartinSur79

Esto es lo que mas me gusta de los relatos de confesiones: esa mezcla de culpa y atraccion que convive sin resolverse. Lo describis muy bien, se siente genuino. Esperando mas.

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